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domingo, 30 de agosto de 2026

Castillo de Artasona: una torre sobre el encinar y el valle del Cinca

El castillo de Artasona: una torre sobre el encinar y el valle del Cinca
Historia, paisaje y comunicación visual en uno de los rincones menos conocidos del Somontano.

En el centro de Artasona, en el entorno del valle del Cinca y rodeado por las viviendas que fueron creciendo a su alrededor, se conserva uno de esos edificios que ayudan a comprender no solo la historia de un pueblo, sino también el territorio en el que nació. La gran torre cuadrada del castillo-palacio continúa sobresaliendo sobre un caserío de calles estrechas, arcos y pasadizos. No estamos ante una fortaleza aislada en la cima de un monte: el propio pueblo terminó desarrollándose alrededor del castillo, utilizando incluso algunos de los antiguos muros defensivos como parte de construcciones posteriores. La documentación patrimonial describe precisamente un núcleo compacto cuyo trazado quedó condicionado por la fortificación y por la iglesia de la Purificación de Nuestra Señora, de estilo gótico.

Artasona al atardecer con la torre del castillo-palacio y el campanario de la iglesia
Artasona al atardecer. Sobre el caserío destacan la torre del castillo-palacio, a la derecha, y el campanario de la iglesia parroquial. Recreación mejorada mediante inteligencia artificial a partir de una fotografía publicada en Turismo Somontano, donde aparece sin indicación de autor.

Artasona y el encinar

Una de las interpretaciones tradicionales del nombre de Artasona lo relaciona con la encina y el encinar. Esa relación con el paisaje se percibe especialmente bien cuando se baja desde La Puebla de Castro, aunque el territorio actual es bastante más complejo. Hoy el pueblo aparece rodeado principalmente por campos de cultivo, resultado de siglos de roturaciones y aprovechamiento agrícola.

Sin embargo, desde la carretera de La Puebla la perspectiva cambia: los encinares de las laderas y de las zonas más elevadas forman el fondo visual de Artasona y, en determinados puntos, el castillo parece surgir entre la masa verde de los árboles. Entre el mosaico de campos, monte y encinar sobresale entonces el tono pardo de sus muros. Esa imagen ayuda a imaginar un territorio en el que el bosque debió de tener una presencia mayor antes de que generaciones sucesivas fueran ampliando las superficies destinadas al cultivo.

Un territorio recorrido mucho antes del castillo

La importancia de este lugar no comenzó en la Edad Media. Cerca de Artasona discurría el corredor que comunicaba el valle del Cinca con Labitolosa, la ciudad romana situada junto a la actual La Puebla de Castro. Durante los primeros siglos de nuestra era, las terrazas del Cinca fueron ocupándose por explotaciones agrícolas y villas, algunas documentadas en lugares próximos como San Vicente, Cuadradones o San Martín, en el entorno de El Grado, y Las Huertas, en Olvena.

Aquel paisaje combinaría zonas de monte y encinar con superficies progresivamente abiertas para la agricultura, explotaciones rurales y caminos que permitían desplazar personas y productos entre el Cinca y los núcleos del interior. Muchos siglos después, ese mismo corredor continuaría teniendo importancia, aunque las formas de controlarlo serían diferentes. Donde en época romana encontramos caminos, campos y explotaciones agrícolas, durante la Edad Media aparecen fortalezas desde las que vigilar el territorio.

Somontano romano

De la fortificación medieval al castillo-palacio

Las fuentes patrimoniales sitúan ya en 1094, durante el reinado de Sancho Ramírez, la existencia de un recinto fortificado en Artasona. Para entender realmente el significado de esa fecha conviene recordar primero cómo funcionaba aquella frontera.

La frontera no estaba permanentemente en guerra

El cine y la literatura pueden hacernos imaginar la frontera medieval como un territorio sometido a una guerra continua. La realidad era bastante más compleja. Durante largos periodos existían pactos, treguas, pagos de tributos y relaciones entre ambos lados de la frontera, mientras la población continuaba cultivando los campos, criando ganado y utilizando los caminos.

Cuando se rompía ese equilibrio eran frecuentes las incursiones o razzias. Su objetivo no siempre consistía en conquistar definitivamente un territorio. Podían buscar botín y cautivos, destruir cosechas, incendiar poblaciones o debilitar las defensas del adversario.

En Ribagorza conocemos algunos episodios que ayudan a comprender esta realidad. Hacia 908, el caudillo musulmán Muhammad al-Tawil, señor de Huesca, penetró en el condado y atacó Roda de Isábena y otras posiciones de la frontera. Años después los ribagorzanos recuperaron parte del territorio perdido. La tradición histórica sitúa en 914 el enfrentamiento de Soperún, en el que murió al-Tawil.

La frontera de Ribagorza Batalla de Soperún, 914

Casi un siglo después, en 1006, una nueva expedición dirigida por ʿAbd al-Malik al-Muzaffar, hijo de Almanzor, penetró profundamente en Ribagorza. Roda de Isábena fue saqueada y destruida y su propio obispo fue hecho prisionero. No se trataba de establecer una ocupación permanente, sino de una gran campaña destinada a golpear y debilitar el territorio cristiano.

Estos episodios ayudan a comprender por qué durante los siglos X y XI se reforzaron castillos, pasos y posiciones de vigilancia. La frontera podía permanecer tranquila durante años y, sin embargo, una incursión podía atravesarla rápidamente y penetrar decenas de kilómetros en territorio enemigo.

Durante el siglo XI el equilibrio comenzó a cambiar. Los reinos cristianos avanzaron hacia el sur y aumentaron también sus relaciones con los territorios situados al norte de los Pirineos. En 1064, un ejército con una importante participación de combatientes procedentes de fuera de la Península conquistó temporalmente Barbastro en la expedición tradicionalmente conocida como Cruzada de Barbastro. La ciudad sería recuperada por los musulmanes al año siguiente.

Cruzada de Barbastro

Recreación de la batalla de Soperún de 914 en la Sierra de Sis
Recreación gráfica de la batalla de Soperún (914), situada por la tradición histórica en la Sierra de Sis. El episodio ayuda a imaginar el tipo de incursiones que durante siglos atravesaron la frontera de Ribagorza.

Cuando llegamos a 1094, por tanto, Artasona aparece en una frontera que llevaba generaciones alternando periodos de relativa estabilidad con incursiones, conquistas y recuperaciones de territorio. Pero precisamente en esos años el equilibrio estaba cambiando con rapidez.

1094: Artasona en una frontera que avanza hacia Barbastro

Para comprender la existencia de una fortificación en Artasona hacia 1094 hay que situarse en uno de los momentos de mayor transformación de la frontera entre los territorios cristianos y musulmanes del Alto Aragón. Barbastro continuaba siendo una importante ciudad musulmana, pero las posiciones cristianas avanzaban desde Sobrarbe y Ribagorza y el espacio que la rodeaba se iba reduciendo.

EL AVANCE HACIA EL SOMONTANO

1064 — Barbastro es conquistada por primera vez por un ejército cristiano.
1065 — Los musulmanes recuperan Barbastro.
1067 — Alquézar pasa a manos cristianas.
1083 — Graus y El Grado quedan en poder cristiano.
1089 — Primera conquista cristiana de Monzón, aunque la frontera oriental seguirá siendo inestable.
1094 — ARTASONA

Está documentada la existencia de su recinto fortificado.
Barbastro y Huesca todavía permanecen en poder musulmán.
EL CERCO SE CIERRA

1096 — Pedro I conquista Huesca.
1097 — Estada queda definitivamente en manos cristianas.
1100 — Barbastro es conquistada definitivamente por Pedro I.
LA FRONTERA CONTINÚA HACIA EL ESTE Y EL SUR

1118 — Alfonso I conquista Zaragoza.
1141 — Monzón queda definitivamente en manos cristianas tras sucesivas pérdidas y recuperaciones.
1149 — Binéfar y Lleida pasan a dominio cristiano.

Artasona aparece, por tanto, en plena tierra de frontera: entre las posiciones cristianas del norte y una Barbastro musulmana cada vez más aislada.

Vista desde este contexto, la existencia de una fortificación en Artasona hacia 1094 adquiere otro significado. No estamos contemplando un castillo levantado en un territorio ya pacificado, sino una posición situada en una frontera activa, en unos años en los que castillos, caminos y puntos de comunicación visual podían desempeñar un papel fundamental en el control del territorio.

Sin embargo, el edificio que contemplamos actualmente no corresponde íntegramente a aquella primera fortaleza. La mayor parte de la fábrica conservada pertenece a transformaciones posteriores, especialmente del siglo XVI, aunque en la base de la torre aparecen diferencias de aparejo y una puerta situada en altura que algunos autores relacionan con su origen medieval.

Con el paso del tiempo, el castillo fue perdiendo el carácter de una fortaleza exclusivamente militar y se transformó en una residencia señorial fortificada. El conjunto quedó formado por dos grandes cuerpos unidos: una casa-palacio de planta rectangular y, adosada a su muro oriental, una poderosa torre cuadrada. Esta conserva tres plantas, aunque perdió el remate superior, que pudo constituir un nivel adicional. Desde el primer piso del palacio se accedía directamente a la torre mediante una puerta elevada, mientras las aspilleras y otros elementos defensivos recuerdan que, pese a convertirse en residencia nobiliaria, el edificio seguía manteniendo una clara función defensiva.

Castillo-palacio de Artasona
El castillo-palacio de Artasona. La torre cuadrada conserva tres plantas, aunque ha perdido su remate superior.

El plano publicado por Adolfo Castán ayuda a comprender muy bien esta organización. Palacio y torre forman prácticamente una única construcción, mientras a su alrededor las viviendas fueron ocupando progresivamente el espacio del antiguo recinto. Esa evolución explica que hoy resulte difícil separar visualmente el castillo del propio pueblo: Artasona creció con él y alrededor de él.

Planta del castillo-palacio de Artasona
Planta del castillo-palacio de Artasona según Adolfo Castán Sarasa. El palacio rectangular aparece unido a la torre cuadrada situada en su lado oriental.

Una reconstrucción orientativa

Los restos actuales permiten reconocer las grandes dimensiones del edificio, pero resulta difícil imaginar cómo pudo verse el conjunto antes de su progresivo deterioro. A partir de la planta conocida, las fotografías antiguas y actuales y los elementos que todavía se conservan, he preparado esta reconstrucción orientativa del castillo-palacio de Artasona.

No pretende ser una restitución arquitectónica exacta. Algunos elementos desaparecidos siguen siendo necesariamente hipotéticos. Su objetivo es más sencillo: ayudarnos a comprender el volumen del antiguo palacio, su relación con la gran torre y la importancia del desnivel del terreno, que hace que una parte considerable de los muros quede por debajo de la cota de acceso.

Reconstrucción orientativa del castillo-palacio de Artasona
Reconstrucción orientativa del castillo-palacio de Artasona a partir de los restos conservados, la planta del edificio y diferentes fotografías del conjunto. La imagen ha sido elaborada con ayuda de inteligencia artificial y debe entenderse como una hipótesis visual, no como una restitución arquitectónica exacta.

Los Claramunt: de Artasona a Barbastro

La historia del edificio quedó especialmente vinculada a los Claramunt o Claramonte. Patrimonio Cultural de Aragón sitúa en 1390 el comienzo de su relación con Artasona, y todavía hoy uno de los elementos más visibles de aquella presencia familiar permanece sobre el arco de entrada al recinto: el escudo de los Claramunt, rematado por una cruz. Tras aquella puerta se accedía al espacio fortificado que conducía hacia el patio de armas, el palacio y la torre.

Arco de acceso al recinto del castillo de Artasona
Arco de acceso al antiguo recinto fortificado. Sobre la entrada se conserva el escudo de los Claramunt.

La historia de esta familia se extendía mucho más allá del pequeño núcleo de Artasona. Los Claramunt quedaron emparentados con los Pérez de Suelves, reuniéndose con el tiempo ambos linajes y señoríos. En Barbastro, el apellido Suelves continúa resultando familiar por las conocidas Huertas de Suelves, mientras que los propios Claramunt dejaron también una importante residencia urbana.

Hace años dedicamos una entrada de Caminos de Barbastro al Palacio Claramunt de Barbastro, y ambos edificios pueden contemplarse ahora como partes de una misma historia: el castillo-palacio ligado al señorío de Artasona y la residencia urbana de la familia en Barbastro.

Palacio Claramunt de Barbastro

Con el paso de las generaciones, el nombre de aquella pequeña población acabaría llegando incluso a la nobleza titulada mediante el Marquesado de Artasona. No es necesario reconstruir aquí toda la genealogía; quizá resulte más interesante comprobar cómo nombres que todavía permanecen en el paisaje —Artasona, Claramunt o Suelves— continúan enlazando lugares que hoy parecen historias independientes. Es curioso que el poblado de colonización de Artasona del Llano creado en 1957 deba su nombre a la marquesa de Artasona, quien vendió los terrenos en los que posteriormente se construyó la localidad.

Una torre que miraba al Cinca

Al estudiar el castillo surgió una pregunta que no aparecía directamente en las fuentes: ¿qué territorio podía verse desde su torre?

La respuesta comenzó sobre el propio terreno. Desde las afueras de Artasona se distingue claramente, hacia el norte, la pequeña torre medieval de Torreciudad, situada junto al actual embalse del Grado. En la misma panorámica aparece, mucho más arriba, el moderno santuario, pero es la pequeña fortificación próxima al Cinca la que nos interesa en esta historia.

Torre medieval de Torreciudad vista desde Artasona
Vista desde Artasona hacia Torreciudad. Junto al embalse se distingue la pequeña torre medieval; más arriba, a la derecha, aparece el actual Santuario de Torreciudad.

Esa observación nos llevó a estudiar, mediante observación sobre el terreno y perfiles de elevación de Google Earth, la relación de Artasona con otras fortificaciones. El resultado dibujó una geografía bastante clara. Hacia el norte existe comunicación visual directa con Torreciudad y, hacia el sur, con el castillo de Estada. En cambio, las elevaciones situadas hacia La Puebla de Castro impiden la visión directa tanto de Muñones como del castillo de Castro.

A partir de Estada, la red visual puede seguirse en dos direcciones. Hacia el oeste alcanza El Pueyo de Barbastro. Esta conexión resulta especialmente significativa porque Barbastro se encuentra asentada en la hoya del Vero y su núcleo urbano no dispone de visión directa sobre el corredor del Cinca. El Pueyo, elevado sobre la ciudad, permite en cambio dominar visualmente ambos territorios.

Hacia el sur, la comunicación continúa desde Estada con el castillo de Figueruela, situado sobre las elevaciones que separan los valles del Vero y del Cinca. Desde allí existe línea visual con el castillo de Castejón del Puente y, desde este, con el castillo de Monzón.

👁️ Una cadena visual por el valle del Cinca
🏰 Samitier
↓
🏰 Torreciudad
↓
🏰 Artasona
↓
🏰 Estada
↓
🏰 Figueruela
↓
🏰 Castejón del Puente
↓
🏰 Monzón
↙️ Desde Estada, otra línea visual alcanza El Pueyo de Barbastro, enlazando el corredor del Cinca con Barbastro.

El caso de Castejón del Puente resulta especialmente revelador. Tras su conquista por Pedro I en 1099, la documentación histórica señala que allí se establecieron tenentes con la misión de vigilar el puente sobre el Cinca en dirección a Monzón. La posición de estas fortificaciones no respondía únicamente a la posibilidad de divisarse entre sí: permitía también controlar caminos, pasos y lugares estratégicos del valle.

Vista en conjunto, esta distribución ayuda a comprender el papel del valle del Cinca como gran corredor natural de comunicación. Las posiciones fortificadas se suceden de norte a sur y, al mismo tiempo, aparecen conexiones laterales como la de El Pueyo, que permitían relacionar ese corredor con Barbastro, principal centro urbano del Somontano durante buena parte de la Edad Media.

Mapa de las relaciones visuales estudiadas entre Samitier, Torreciudad, Artasona, Estada, Figueruela, Castejón del Puente, Monzón y El Pueyo de Barbastro. Las líneas representan relaciones de visibilidad directa comprobadas mediante perfiles de elevación de Google Earth y, cuando ha sido posible, mediante observación sobre el terreno.

La visibilidad entre los puntos enlazados en el mapa está comprobada. Esto no significa necesariamente que todos ellos formaran, en un mismo momento histórico, una única red organizada de transmisión de señales. Para demostrarlo sería necesaria documentación específica para cada relación. Lo que sí muestra el relieve es un conjunto de posiciones estratégicas visualmente conectadas capaces de controlar amplios sectores del Cinca, sus caminos y algunos de sus principales pasos.

Una forma medieval de comunicar el territorio

Al prolongar el estudio hacia el norte aparece otro detalle interesante. La torre medieval de Torreciudad no mantiene comunicación visual directa con Abizanda, ya que las elevaciones intermedias impiden la visión entre ambos puntos. Las comunicaciones no seguían, por tanto, necesariamente una línea continua por el fondo del valle. Pero sí tendría comunicación directa con la cercana actual ermita de San Salvador.

Sin embargo, desde Torreciudad sí existe comunicación visual directa con el castillo de Samitier, un conjunto fortificado del siglo XI situado en una extraordinaria posición elevada sobre el Cinca y el Entremón.

El relieve ayuda así a comprender cómo podían organizarse estas comunicaciones. Determinados castillos situados en grandes alturas permitían salvar obstáculos y mantener contacto visual con puntos estratégicos separados por varios kilómetros.

Más al norte conocemos además una red medieval de torres visualmente comunicadas. En otra entrada de Caminos de Barbastro estudiamos las torres de Escanilla, Abizanda, Samitier, Clamosa, Olsón o Troncedo. Su emplazamiento aprovechaba las alturas para controlar el territorio y facilitar la transmisión de avisos.

Recreación gráfica de una comunicación mediante señales entre Escanilla y Abizanda
Recreación gráfica de cómo pudo realizarse una transmisión de señales entre las torres de Escanilla y Abizanda, fortificaciones con comunicación visual directa.

No pretendemos incluir automáticamente Artasona, Estada, Figueruela, Castejón del Puente o Monzón dentro de una única red histórica documentada. Lo interesante es comprobar que todas estas posiciones responden a una lógica territorial semejante: ver, vigilar y ser visto, aprovechando el relieve para controlar caminos, pasos y valles.

Torres de comunicaciones del siglo XI

De residencia señorial a ruina

El castillo-palacio atravesó todavía varios siglos de historia antes de alcanzar el estado en el que lo encontramos actualmente. Patrimonio Cultural de Aragón señala que sufrió graves daños durante la Guerra de la Independencia. Con el progresivo abandono desaparecieron los pisos interiores, algunos muros quedaron integrados en las viviendas próximas y el antiguo recinto defensivo terminó confundiéndose con el caserío.

Cuando en 2012 se realizó la ficha del Inventario de Fortificaciones Aragonesas, el conjunto era descrito ya en estado de ruina avanzada. La torre mantenía sus grandes muros exteriores, pero había perdido los pisos interiores, mientras que del palacio permanecían fundamentalmente las paredes.

Restos del castillo-palacio de Artasona
Los restos del palacio y de la torre permanecen completamente integrados en el actual caserío de Artasona. Autor: Javier Blasco. Fuente: Gobierno de Aragón – DARA.

A pesar de ello, su tamaño sigue impresionando cuando se recorre Artasona. Torre, palacio, iglesia y viviendas forman un conjunto compacto que conserva todavía la estructura del núcleo histórico.

Desde 2006 el castillo-palacio forma parte de la relación de fortificaciones aragonesas consideradas Bien de Interés Cultural, una protección acorde con la importancia histórica de un edificio que, aun arruinado, continúa explicando el origen y la evolución del pueblo.

Lo que más me ha sorprendido

Dos cosas me llamaron especialmente la atención al visitar Artasona.

🏰 La altura de la torre del castillo.
Ya es una construcción considerable, pero al encontrarse completamente encajada entre las casas del pueblo parece todavía más alta. Desde las calles estrechas, al levantar la vista, sus grandes muros se elevan casi directamente sobre las viviendas y producen una sensación muy diferente a la de otros castillos situados de forma aislada sobre una colina.

🌄 Las vistas hacia el río Cinca.
Desde Artasona se contempla el valle desde una perspectiva poco habitual, diferente de la que tenemos desde las carreteras y lugares más conocidos. El río, las terrazas agrícolas y las montañas que cierran el horizonte permiten comprender mejor la posición estratégica del pueblo y por qué este lugar tuvo importancia durante tantos siglos.

El paisaje todavía conserva las respuestas

Quizá lo más interesante de Artasona sea que su historia no termina en los muros del castillo. Para comprender realmente el lugar hay que volver a mirar alrededor. El antiguo encinar permanece fragmentado entre los campos y las laderas; el corredor que comunicaba el Cinca con Labitolosa sigue siendo reconocible en el territorio; el castillo continúa sobresaliendo sobre las casas y, hacia el norte, todavía podemos distinguir la pequeña torre de Torreciudad.

A lo largo de los siglos cambiaron los habitantes, los caminos, los usos agrícolas y las propias funciones del castillo. La fortificación medieval se convirtió en residencia señorial, los Claramunt dieron paso a nuevas generaciones y una parte importante del bosque fue sustituida por cultivos. Sin embargo, la relación entre el castillo y el paisaje continúa siendo visible. Más de nueve siglos después de sus primeras referencias documentales, todavía podemos comprender por qué aquel edificio se levantó precisamente allí.

Artasona es, además, uno de esos lugares a los que hay que ir expresamente. La carretera termina en el pueblo y quizá por eso, a pesar de encontrarse a muy pocos kilómetros de El Grado, continúa siendo relativamente desconocido. Al llegar sorprende sobre todo la tranquilidad: las calles estrechas alrededor del castillo, el silencio y hasta los gatos, que apenas se inmutan ante la presencia del visitante y se dejan acariciar con una docilidad poco habitual.

Una vez en Artasona merece la pena acercarse también a la iglesia de la Purificación de Nuestra Señora, donde los domingos se celebra misa a las 10 de la mañana, y detenerse después en el mirador sobre el valle del Cinca. Desde allí se contempla una perspectiva diferente del territorio, probablemente desconocida para muchas personas que nunca han llegado hasta este pequeño núcleo.

Y quizá el momento que mejor resume la visita llega al atravesar el arco de entrada del antiguo recinto fortificado. Al adentrarnos bajo aquella puerta, coronada todavía por el escudo de los Claramunt, parece que durante unos instantes retrocedemos varios siglos y volvemos a entrar en la Artasona medieval.

Tal vez esa sea la mejor forma de terminar el recorrido. Después de seguir caminos romanos, castillos medievales, linajes nobiliarios y antiguas líneas de comunicación visual, Artasona continúa allí, al final de la carretera, entre los campos, el encinar y el Cinca, conservando en su paisaje buena parte de su historia.

Dos rutas para completar la visita

Si disponemos de algo más de tiempo, podemos completar la visita a Artasona recorriendo algunos lugares próximos que ayudan a comprender todavía mejor el paisaje y las distintas épocas históricas que hemos seguido a lo largo de esta entrada.

Ruta 1 · Labitolosa, Castro y Olvena

Si tenemos una mañana o una tarde, podemos comenzar acercándonos a Labitolosa. Antes de llegar merece la pena detenerse en la ermita de San Roque, desde donde se disfruta de una magnífica vista sobre el valle y se percibe especialmente bien la presencia del encinar que caracteriza estas laderas.

Después podemos continuar hasta la iglesia y el castillo de Castro, otro emplazamiento elevado estrechamente relacionado con el control del territorio. Finalmente, podemos subir hasta Olvena, desde donde obtenemos una perspectiva diferente de este mismo espacio y volvemos a encontrarnos con dos de los grandes hilos de este recorrido: la presencia romana y la frontera medieval.

De esta forma, en pocos kilómetros podemos recorrer un paisaje que conserva testimonios de más de dos mil años de historia: desde la ciudad romana de Labitolosa hasta los castillos y fortificaciones levantados durante los siglos de la frontera medieval.

Ruta por Labitolosa Ver ruta en Google Maps


Ruta 2 · Torreciudad y Estada

Si disponemos de menos tiempo, podemos hacer una ruta más corta siguiendo precisamente las comunicaciones visuales que hemos estudiado desde Artasona. Al salir del pueblo en coche y mirar hacia el norte destaca la gran silueta del actual Santuario de Torreciudad y, mucho más pequeña junto al embalse, la antigua torre medieval.

Podemos acercarnos a la ermita de Torreciudad. Desde este entorno se obtiene una nueva perspectiva sobre el valle y podemos volver la mirada hacia Artasona, comprendiendo sobre el propio terreno la relación visual entre ambas posiciones. También es un buen lugar para observar cómo la comunicación continúa hacia el norte, en dirección a las fortificaciones que dominaban el Cinca.

Ermita de Torreciudad

Si todavía disponemos de tiempo y ganas, podemos continuar hasta el castillo de Estada. Desde allí tendremos otra perspectiva del río Cinca y podremos comprobar visualmente el amplio territorio que domina esta posición, tanto hacia el norte como hacia el este y el sur.

Esta segunda ruta permite convertir en paisaje real buena parte de lo estudiado en el mapa: Artasona, Torreciudad y Estada dejan de ser puntos aislados y pasan a entenderse como posiciones relacionadas por la propia geografía del valle.

Ver ruta Artasona · Torreciudad · Estada


Fuentes y documentación consultada

Patrimonio Cultural de Aragón: Castillo-Palacio de Artasona .
DARA / SIPCA: Castillo-palacio de los Claramonte .
Inventario de Fortificaciones Aragonesas (A.R.C.A.), ficha del Castillo de Artasona, 2012.
Castán Sarasa, Adolfo: Torres y castillos del Alto Aragón.
SIPCA: Castillo de Figueruela .
Patrimonio Cultural de Aragón: Castillo de Castejón del Puente .
Patrimonio Cultural de Aragón: Castillo de Samitier .
Patrimonio Cultural de Aragón: Castillo de Monzón .
Ayuntamiento de Barbastro: Historia de Barbastro .
Reino de Monzón , para las sucesivas conquistas y pérdidas de Monzón.
Cruzada de Barbastro .

Para el estudio de la visibilidad se han utilizado observaciones realizadas sobre el terreno y perfiles de elevación de Google Earth.

Contenido elaborado por el autor con apoyo de herramientas de inteligencia artificial para la documentación, contraste de información, análisis cartográfico y edición del texto.

Daniel Vallés Turmo

Agosto de 2026

Acceso a guías y rutas (pinchar)




domingo, 2 de agosto de 2026

Cuando nació el paisaje histórico

3. Cuando nació el paisaje histórico

Cómo unas setenta generaciones transformaron el territorio

Recreación de las termas romanas de Labitolosa
Recreación de las termas romanas de Labitolosa. Hace unas setenta generaciones, las ciudades, los caminos y las explotaciones agrícolas comenzaron a organizar el territorio de una forma desconocida hasta entonces.

Hace unas setenta generaciones, el paisaje comenzó a parecerse al que heredaron nuestros abuelos.

Los primeros agricultores y pastores llevaban miles de años recorriendo y transformando lentamente el Pirineo y el Somontano. Vivían en pequeñas comunidades, seguían senderos marcados por el relieve y apenas modificaban el territorio.

Con Roma comenzó una etapa distinta: las personas dejaron de limitarse a ocupar el paisaje y empezaron a organizarlo como una red de ciudades, caminos, cultivos y mercados.

Hace unas 70 generaciones
Roma → Visigodos → Al-Ándalus → Edad Media
Setenta generaciones construyendo el paisaje histórico

Durante más de mil años, distintas sociedades construyeron ciudades, abrieron campos de cultivo, levantaron iglesias, castillos y puentes, consolidaron caminos y fundaron muchos de los pueblos que todavía existen.

Ninguna generación transformó el territorio por sí sola. Cada una heredó la huella de las anteriores y añadió una nueva capa.

Así nació el paisaje histórico que hoy seguimos recorriendo.

Roma organiza el territorio

Cuando el Somontano y la Ribagorza pasaron a formar parte del mundo romano, el paisaje ya llevaba miles de años habitado.

Los caminos ya existían, los ríos marcaban los mejores lugares para vivir y las montañas condicionaban los desplazamientos. Roma introdujo una nueva manera de organizar ese territorio.

Las ciudades de Labitolosa y Barbotum se convirtieron en centros administrativos y económicos desde los que se organizaban la agricultura, el comercio y las comunicaciones.

A su alrededor se extendieron villas y explotaciones rurales, mientras los antiguos recorridos pasaban a formar parte de una red que enlazaba ciudades, campos y mercados.

El territorio dejaba de ser únicamente un espacio habitado y se convertía en una red organizada.

Roma no inventó los caminos. Transformó antiguos recorridos en una red organizada al servicio de una sociedad cada vez más compleja.

Un paisaje construido por las personas

Las termas de Labitolosa representan mucho más que un edificio romano.

Hablan de una sociedad capaz de levantar obras públicas permanentes, explotar canteras, transportar materiales, mantener caminos y organizar servicios comunes para sus habitantes.

Cada construcción necesitaba piedra, madera, agua y mano de obra. Cada villa requería campos de cultivo y cada camino facilitaba el movimiento de personas y mercancías.

La presencia humana comenzaba a dejar una huella cada vez más visible.

El paisaje empezaba a ser, además de natural, una obra construida por generaciones.

El paisaje sobrevivió a Roma

A partir del siglo V, el Imperio romano fue perdiendo fuerza hasta desaparecer en Occidente.

Muchas ciudades redujeron su actividad y algunas villas fueron abandonadas, pero el territorio no volvió a empezar desde cero.

Los campos continuaron cultivándose, los caminos siguieron utilizándose y muchas comunidades permanecieron en los mismos lugares.

La época visigoda fue un período de cambios, pero también de continuidad.

Durante unas quince generaciones, el paisaje heredado de Roma fue adaptándose lentamente a una nueva realidad política y social.

Las civilizaciones cambiaban, pero el territorio conservaba la memoria de quienes lo habían habitado y transformado antes.

Lauda funeraria hallada en Barbotum, Monte Cillas
Lauda funeraria de Barbotum (Monte Cillas), fechada hacia el siglo IV. Mientras cambiaban los poderes políticos, las comunidades seguían viviendo en el territorio. El paisaje conservaba la huella de las generaciones anteriores.

Al-Ándalus introduce una nueva forma de organizar el territorio

A comienzos del siglo VIII, el Somontano y buena parte del valle del Ebro pasaron a formar parte de Al-Ándalus.

El territorio quedó integrado en una extensa red que comunicaba el valle del Ebro con el resto de la península y con los pasos pirenaicos.

Barbastro nació como una fortificación andalusí levantada para controlar el territorio. A su alrededor fue creciendo una medina y una huerta estrechamente ligada al aprovechamiento del agua, elemento esencial desde el origen de la ciudad.

Su posición reforzó el valor de los caminos comerciales, administrativos y militares que comunicaban el valle del Ebro con los pasos pirenaicos. Otros recorridos continuaron siguiendo los mismos corredores naturales utilizados desde la Prehistoria.

Tras la conquista cristiana, Barbastro consolidó su importancia política, religiosa y territorial, aumentando su influencia sobre el Somontano y las comarcas vecinas. Cambiaron los poderes y las formas de administrar el espacio, pero la ciudad, la huerta, los caminos, los ríos y las montañas siguieron organizando la vida del territorio.

El paisaje volvía a transformarse, pero conservaba las capas construidas por las generaciones anteriores.

La gran expansión medieval

A partir del siglo XI comenzó una etapa decisiva.

Los reinos cristianos fueron incorporando progresivamente estas tierras y la población empezó a crecer.

Este crecimiento coincidió con un período de clima relativamente favorable, conocido como el Periodo Cálido Medieval.

La combinación de una población creciente y unas condiciones climáticas generalmente benignas aceleró la transformación del territorio.

Los bosques retrocedieron para dejar espacio a nuevos cultivos. Se fundaron pueblos, los monasterios impulsaron la ocupación de nuevas tierras y los castillos protegieron los pasos estratégicos.

La ganadería se expandió por las sierras, la trashumancia conectó el Pirineo con las tierras bajas y los caminos enlazaron pueblos, mercados, puentes, hospitales, monasterios y ciudades.

Muchos de los recorridos históricos que todavía seguimos hoy nacieron o alcanzaron entonces su mayor desarrollo.

El crecimiento de la población y un clima favorable transformaron el paisaje con una intensidad desconocida hasta entonces.

El paisaje que heredamos

Al finalizar la Edad Media, el territorio ya empezaba a parecerse al que conocerían muchas generaciones posteriores.

Los pueblos ocupaban prácticamente los mismos lugares y los grandes caminos históricos estaban consolidados.

Las terrazas agrícolas modelaban las laderas, los puentes y las barcas permitían atravesar los ríos, las iglesias marcaban el centro de las comunidades y las sierras estaban recorridas por caminos ganaderos.

Tras unas setenta generaciones de transformaciones, el paisaje había adquirido una estructura que permanecería reconocible durante siglos.

Roda de Isábena y puente medieval sobre el río Isábena
Roda de Isábena y el puente medieval sobre el río Isábena. El puente, el camino, los campos y el núcleo elevado resumen un paisaje construido durante generaciones y todavía plenamente reconocible.

No heredamos el paisaje de una sola civilización. Lo heredamos de muchas generaciones que fueron añadiendo una nueva capa sobre la anterior.

Todavía quedaba un nuevo cambio

Durante siglos, aquel paisaje pareció haber alcanzado un cierto equilibrio. Los pueblos, los campos, los caminos y los puentes ya formaban una estructura reconocible.

Pero el clima todavía tenía reservada una nueva transformación.

A partir del final de la Edad Media, las condiciones comenzaron a cambiar.

Los inviernos se hicieron más largos y fríos. Los glaciares crecieron de nuevo. Los ríos modificaron su comportamiento y muchas comunidades tuvieron que adaptarse otra vez.

El paisaje construido durante siglos tendría que enfrentarse a una nueva etapa: la Pequeña Edad del Hielo.

Ese será el siguiente paso de nuestro viaje.

📍 Visita recomendada

Para comprender cómo Roma organizó y transformó el territorio de la Ribagorza, merece la pena visitar los restos de la antigua ciudad de Labitolosa.

🚗 Ciudad romana de Labitolosa

Se puede llegar en coche hasta las proximidades del yacimiento, situado junto a La Puebla de Castro. Labitolosa permite descubrir cómo era una pequeña ciudad romana del interior, alejada de las grandes capitales del Imperio, pero plenamente integrada en su organización política, económica y cultural.

Sus edificios públicos, las termas, las inscripciones y la disposición urbana muestran cómo Roma creó nuevos centros de poder y comunicación en un territorio hasta entonces organizado principalmente en pequeños asentamientos rurales.

Desde el yacimiento también se comprende la importancia de su emplazamiento: una posición elevada desde la que se dominaban el valle del Ésera, las tierras agrícolas y las vías que comunicaban el Somontano con la Ribagorza y el Pirineo.

Labitolosa permite ver cómo Roma convirtió el territorio en una red de ciudades, caminos y espacios organizados.

Descubrir Labitolosa

Para seguir descubriendo

Las ciudades romanas, los restos visigodos y los caminos históricos permiten comprender cómo cada generación fue añadiendo una nueva capa al paisaje.

🏛️ El Somontano romano

Un recorrido por las ciudades, villas y caminos con los que Roma comenzó a organizar el territorio.

Descubrir el Somontano romano

📖 Nuestra época visigoda

Una etapa poco conocida, pero fundamental para comprender la continuidad entre el mundo romano y Al-Ándalus.

Conocer nuestra época visigoda

📍 Labitolosa

La antigua ciudad romana permite comprender cómo era la vida en este territorio hace unas setenta generaciones.

Descubrir Labitolosa

🥾 El Camino de San Ramón

Un recorrido histórico que muestra cómo los caminos aprovecharon los corredores naturales utilizados durante generaciones.

Recorrer el Camino de San Ramón

Continúa el viaje por El camino del clima

Este capítulo forma parte de una serie de cinco recorridos para comprender cómo el clima y las personas han construido el paisaje del Pirineo y el Somontano.


domingo, 26 de octubre de 2014

Circular Labitolosa

Esta ruta circular a Labitolosa de 9 kilómetros está completamente señalizada, aunque se han hecho algunas variantes sobre la original. El recorrido mostrado se ha realizado en el calendario de Senderismo Infantil del club Montañeros de Aragón de Barbastro, por lo que es accesible para recorrerlo en familia en una mañana. Es una excursión para disfrutar del paisaje del pantano de Barasona, el Pirineo al fondo, arte románico y arqueología romana.

Ruta Circular a Labitolosa

Se puede consultar y descargar la ruta de 8.74 kilómetros, 4 horas 30 minutos y 378 metros de desnivel en wikiloc



Se muestra la ruta en un mapa y una foto satélite. En amarillo se dibuja la que está señalizada de 11 kilómetros.

Ruta en el mapa
Ruta en foto satélite

En el mapa de 1931 de la foto vemos que no existía la carretera actual por el congosto del Olvena, ni el embalse.

Ruta en un mapa de 1931

Comenzamos la ruta dejando el coche junto al Camping Bellavista en el embarcadero del Embalse Joaquín Costa en el río Ésera. Para evitar el tramo de carretera del sendero señalizado, hacemos una pequeña variante accediendo a través del Hotel Souvenirs. Poco a poco vamos ascendiendo.

Comienzo del ascenso a Castro

En este primer tramo del camino es donde hacemos la ascensión principal para ganar altura. Los colores del otoño agradecen la vista.

Sierra donde se encuentra San Román de Castro

Durante la subida vamos tomando perspectiva sobre el embalse de Barasona con el Pirineo al fondo.

Embalse de Barasona

Al llegar al collado, kilómetro 1.5 de la ruta, tomamos la dirección que nos lleva a la Ermita de San Román de Castro. En la foto, Pedro Solana, guiando el grupo.

Llegando al collado

Antes de llegar a la ermita, vemos una vista sobre el congosto del Olvena. Podemos ver la carretera que lo recorre junto al río.

Congosto de Olvena

Para ir a Graus, estamos acostumbrados a cruzar el río Cinca por el puente de las Pilas. Pero las obras del congosto de apertura completa son de los años 1960. Antes, desde 1865, se iba por El Grado, desde la construcción de un puente metálico por el Plan de Carreteras de 1860. (Ver publicación Cruzar el Cinca)

En la ermita hay unas fotos de la construcción de la presa, del canal de Aragón y la carretera. Vemos muchos picos y un martillo neumático, a la izquierda, que lo enseñan con orgullo.

Trabajadores en las obras del congosto

La ermita de San Román se encuentra el kilómetro 2.5 de la ruta. Es un bello ejemplo de arte románico. Fue consagrada el 1 de febrero del 1120. La hechura actual es del siglo XIII.

Ermita de San Román de Castro

Por fuera, lo que más llama la atención es su abside de estilo románico lombardo. En el blog puebladecastro.blogspot, tenemos una extensa información sobre el edificio.

Ábside de San Román de Castro

Tenemos la suerte que José de la Puebla de Castro nos espera con su perro Chiqui para abrirnos la ermita y explicarnos su historia y características. Al entrar nos sorprende su perfecta hechura románica con su bóveda de medio cañón. En la oscuridad, la mirada nos lleva hacia la luz del ábside donde contemplamos unos magníficos capiteles.

El capitel superior de la izquierda muestra la consagración de la iglesia y el que se encuentra debajo, un sacrificio de un león. Sorprende lo bien cuidados que se encuentran.

Capíteles de San Román de Castro

También, la mirada nos lleva a la decoración mudejar del artesonado del coro, realizado hacia el año 1400. Son necesarios los flash de las cámaras para ver el color de los escudos que se muestran.

Artesonada de estilo mudejar

José nos va explicando los escudos. Nos pasaríamos horas contemplando tanta belleza.

Detalle artesonado

El retablo se encuentra en la Iglesia de la Puebla de Castro. En el blog de la Puebla de Castro nos explican cómo lo recuperaron, También se muestra esta foto cuando se encontraba en la ermita.

Retablo antes de 1936. Foto de Juan Mora Insa

Podemos subir a un mirador donde estaba una fortaleza árabe que fue conquistada por Sancho Ramírez en el año 1082, un año antes de la toma de Graus en 1083. Las vistas son espléndidas en todas las direcciones.

Esta fortaleza formaba parte de la línea de defensa musulmana, como también lo eran Alquezar y Calasanz. La cristiana se encontraba al norte, formada por Monclús, Troncedo, Fantova, San Esteban del Mall e Iscles. (Para más información ver la publicación El Camino de la Frontera).

Puebla de Castro, Ubiergo y Secastilla desde el mirador del castillo

Antes de irnos, hacemos una foto de grupo delante de la ermita. Agradecer la labor de intermediación de Carmen Guardia, en cuclillas, para poder visitar la ermita.

Foto de grupo de Senderismo infantil de Montañeros de Aragón de Barbastro

Retrocedemos hasta el collado. Seguimos la ruta marcada por una pista. José nos enseña un atajo en el kilómetro 4. Al principio, vamos bordeando un campo hasta retomar el camino de los sotos. Vamos viendo como la Puebla de Castro queda cada vez más cerca y Labitolosa. 

La Puebla de Castro

Labitolosa al fondo

De nuevo José nos propone un segundo atajo en el kilómetro 4.9. Esta vez es campo a través. Los niños agradecen la aventura. De esa forma visitamos Peñarrolla, un barranco de tierra arcillosa junto a Labitolosa.

Arcillas en Peñarrolla

Llegamos a Labitolosa, kilómetro 5.9 de la ruta, donde podemos observar las excavaciones  de esta ciudad romana creada en el siglo I antes de Cristo. (Ver la publicación Somontano Romano donde se explica). 

En la excursión, tenemos la suerte de poder contar con Fernando, un guía especializado en el lugar. El edificio mejor conservado son las termas, que sorprenden por su tamaño y la buena conservación de los restos.


Fernando explicando en las termas
Detalle de las termas

Nos despedimos de los anfitriones, José y Fernando, y nos hacemos una foto con ellos. El perrito Chiqui parece que se quiere ir con los niños y hay que llamarlo. El grupo decide que los guías nos hagamos una foto.

Foto con los anfitriones delante de las termas

Volvemos por el "camino de las casas". Al llegar a la carretera, kilómetro 7,9 de la ruta, cogemos el carril bici hasta llegar al punto de partida.

Bajando por el Camino de las Casas

Al llegar, nos encontramos en el carril bici a Carlos Bravo Suárez, cuyo blog aconsejo para conocer la Ribagorza a fondo. No hay ermita que se le resista.

El total de la ruta ha supuesto 4 horas 30 minutos. Nos despedimos hasta la próxima salida de senderismo infantil. Sin duda, una buena manera de acercar a los niños a la naturaleza y conocer mejor el entorno. La organización por parte de Montañeros de Aragón de Barbastro, asegura un marco de seguridad.

Daniel Vallés Turmo, 25 de Octubre de 2014


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