5. El paisaje que estamos construyendo
Cómo dos o tres generaciones han transformado un paisaje de miles de años
Durante más de mil generaciones, el clima fue uno de los grandes arquitectos del paisaje.
El hielo abrió los valles. Después llegaron los bosques, los primeros agricultores, las ciudades, los caminos y los pueblos. Más tarde, la Pequeña Edad del Hielo volvió a transformar las montañas y los ríos.
Pero las transformaciones más rápidas no ocurrieron hace miles de años. Han sucedido durante la vida de nuestros padres y abuelos.
No siempre resulta fácil mirar el pasado con perspectiva ni imaginar cómo será el futuro. Nuestra experiencia se limita a unas pocas décadas y tendemos a pensar que el paisaje que conocimos siempre estuvo allí. Las fotografías antiguas nos permiten superar ese límite: al compararlas con el presente, descubrimos que también nosotros formamos parte de la historia del territorio.
También estamos construyendo el que heredarán quienes vengan después.
Barbastro dejó de depender de su huerta
Durante siglos, Barbastro estuvo rodeado por una extensa huerta alimentada por las acequias del río Vero.
La huerta que nació junto a la Barbastro andalusí y continuó alimentando la ciudad durante siglos ha desaparecido en gran parte en apenas dos o tres generaciones.
Aquellas parcelas no eran únicamente un paisaje agrícola. Eran la base de la economía local y abastecían de alimentos a la ciudad. La relación entre Barbastro y su territorio era directa: la ciudad vivía de la huerta que la rodeaba.
En apenas unas décadas, buena parte de aquel paisaje comenzó a desaparecer.
Los nuevos barrios ocuparon antiguos campos de cultivo. Las carreteras sustituyeron algunos caminos y la ciudad pasó a depender cada vez más de alimentos producidos lejos de su entorno inmediato.
No cambió únicamente la imagen del paisaje. Cambió también la forma de vivir y de relacionarnos con él.
La comparación entre ambas imágenes permite comprender algo difícil de percibir cuando observamos la ciudad cada día: en apenas tres generaciones se ha transformado un paisaje construido durante siglos.
También cambiamos los ríos
Durante miles de años, el Cinca fue un río libre, no regulado por grandes embalses. Las crecidas desplazaban sus brazos, renovaban las graveras y modificaban continuamente el paisaje. Los puentes podían desaparecer, las barcas cambiaban de emplazamiento y los campos próximos al cauce convivían con la incertidumbre de las avenidas. Cada generación aprendía a adaptarse a un río imprevisible.
La construcción de los grandes embalses transformó profundamente ese comportamiento. Las avenidas disminuyeron en frecuencia e intensidad, el cauce dejó de desplazarse con la misma facilidad y la vegetación comenzó a colonizar espacios que anteriormente eran removidos por las crecidas.
El río se volvió más estable, pero también más dependiente de la gestión humana.
Por primera vez, ya no era únicamente el clima quien decidía el comportamiento del río. También lo hacían las personas.
La comparación entre las dos fotografías muestra una transformación que no ocurrió durante siglos, sino durante la vida de nuestros padres y abuelos.
Un paisaje que depende también de nosotros
La presa de El Grado resume buena parte de las transformaciones que han marcado el paisaje durante el último siglo. El agua embalsada permitió ampliar los regadíos, reforzar el abastecimiento, producir energía y reducir el impacto de muchas crecidas. Al mismo tiempo, modificó el funcionamiento natural del río y transformó profundamente el valle.
La presa no representa únicamente una obra de ingeniería. Resume el momento en que la capacidad humana para transformar el paisaje alcanzó una escala desconocida hasta entonces.
En la fotografía, la gran pared de hormigón no aparece aislada. A su alrededor se extienden campos, pueblos, carreteras y cultivos. Todo forma parte de un mismo paisaje construido mediante decisiones humanas.
Muchos de estos cambios mejoraron nuestras condiciones de vida. Las carreteras facilitaron los desplazamientos, los embalses garantizaron el agua, los regadíos hicieron posible una agricultura más productiva y las ciudades ofrecieron viviendas, servicios y nuevas oportunidades.
Pero el paisaje dejó de evolucionar únicamente siguiendo los procesos naturales. Ahora depende también de nuestras decisiones:
- cómo gestionamos el agua;
- dónde construimos;
- qué cultivos mantenemos;
- cómo producimos la energía;
- cómo reducimos nuestras emisiones;
- y qué espacios decidimos conservar.
El mismo lugar durante 270 generaciones
Pocos lugares del Somontano permiten comprender tan bien el paso del tiempo como el estrecho de El Grado. Las rocas apenas han cambiado. Nuestra forma de relacionarnos con el río, sí.
Hace unas 270 generaciones, durante el Neolítico, las personas dependían completamente del territorio. El Cinca se cruzaba por los lugares donde el caudal y el relieve lo permitían, y los pequeños rebaños avanzaban siguiendo los pasos naturales.
Hace unas 70 generaciones, en época romana, este corredor natural formaba parte de un territorio cada vez más organizado mediante caminos, asentamientos y comunicaciones. Sin embargo, el río seguía imponiendo sus reglas.
Hace unas 20 generaciones, hacia el siglo XV, el paso dependía todavía de una barca de maroma. Personas, animales y mercancías podían atravesar el Cinca, pero siempre condicionados por el caudal y las crecidas.
Hoy, la presa regula el río, produce energía, abastece los regadíos y reduce el efecto de muchas avenidas. En unas pocas generaciones hemos pasado de adaptarnos al Cinca a modificar profundamente su funcionamiento.
Una velocidad desconocida
Durante más de mil generaciones, las transformaciones del paisaje necesitaron mucho tiempo. Un bosque avanzaba o retrocedía lentamente, los caminos se consolidaban durante siglos, las ciudades crecían alrededor de sus murallas y los ríos cambiaban después de sucesivas crecidas.
Hoy, una sola generación puede contemplar la desaparición de una huerta, la construcción de un embalse, la apertura de una carretera o la transformación completa de un valle. Ninguna generación anterior había tenido tanta capacidad para modificar el territorio en tan poco tiempo.
Las imágenes de Barbastro, del Puente de las Pilas y de El Grado no muestran paisajes separados. Son distintas manifestaciones de un mismo proceso: en apenas unas décadas hemos cambiado la ciudad, el río y la forma de aprovechar el agua.
Formamos parte de la historia
Cuando observamos una fotografía antigua solemos pensar que estamos mirando el pasado. Sin embargo, dentro de cien o doscientos años, otras generaciones observarán nuestras fotografías exactamente igual que nosotros contemplamos hoy las de Lucien Briet o las primeras imágenes de Barbastro.
Las compararán con los paisajes que existan entonces e intentarán comprender por qué desaparecieron muchas huertas, por qué se regularon los ríos, por qué crecieron las ciudades y por qué se construyeron grandes embalses.
Del mismo modo que hoy tratamos de comprender las decisiones de quienes nos precedieron, las generaciones futuras intentarán comprender las nuestras. Verán que hubo necesidades, intereses, errores y aciertos, y también comprobarán que, a diferencia de muchas generaciones anteriores, nosotros ya conocíamos buena parte de las consecuencias de nuestras decisiones.
Somos parte de la historia del paisaje. No podemos atribuir al pasado toda la responsabilidad por el territorio que dejaremos.
Una nueva responsabilidad
Durante miles de años, las personas aprendieron a adaptarse al paisaje. Hoy también somos capaces de transformarlo a una escala desconocida. Esa capacidad ha permitido mejorar la alimentación, la vivienda, las comunicaciones, la sanidad y la seguridad frente a algunos riesgos naturales, pero también nos otorga una responsabilidad que las generaciones anteriores apenas podían imaginar.
No se trata de rechazar todo lo construido ni de idealizar el paisaje del pasado. Los antiguos ríos también provocaban destrucción, las sociedades agrícolas conocieron el hambre y las comunicaciones eran lentas, dejando aislados a muchos pueblos.
Comprender la historia no significa querer regresar a ella. Significa reconocer que cada decisión tiene consecuencias y que el progreso también modifica aquello que recibimos.
No podemos cambiar lo que hicieron quienes vivieron antes que nosotros, pero sí podemos decidir qué paisaje queremos dejar a quienes vendrán después.
El final del viaje
Este viaje comenzó hace más de mil generaciones, cuando el hielo cubría el Pirineo.
Desde entonces, el clima, los ríos, los bosques y las personas han ido construyendo, generación tras generación, el paisaje que hoy conocemos.
Durante mucho tiempo, esas transformaciones fueron tan lentas que apenas podían percibirse a lo largo de una vida. Ahora ocurre algo diferente. En apenas dos o tres generaciones hemos cambiado ciudades, ríos, campos y valles enteros.
Nosotros no contemplamos el final de esa historia.
Somos una generación más dentro de ella.
Cada generación deja otro diferente.
Nosotros también estamos escribiendo esa historia.
📍 Visita recomendada
Para comprender la rapidez y la magnitud con la que hemos transformado el paisaje durante el último siglo, merece la pena visitar la presa de El Grado.
🚗 Presa de El Grado
Se puede llegar fácilmente en coche. La presa permite observar una de las mayores transformaciones realizadas por el ser humano en el valle del Cinca. Donde antes existían un río, campos, caminos y un valle abierto, hoy encontramos una inmensa pared de hormigón y un gran embalse.
La construcción de la presa modificó el curso del río, inundó parte del paisaje anterior y convirtió el agua del Cinca en un recurso regulado para los regadíos, la producción de energía y el abastecimiento.
En apenas dos generaciones, el paisaje cambió más profundamente que durante muchos siglos. La visita ayuda a comprender el contraste entre el mundo antiguo, condicionado por el clima y los ríos, y el mundo actual, capaz de transformar ambos mediante grandes obras de ingeniería.
La presa de El Grado muestra cómo, en apenas cincuenta años, hemos transformado y domesticado el paisaje del río Cinca.
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Cada fotografía antigua, cada mapa y cada camino conservan una parte de la historia del territorio.
Seguir explorando Caminos de BarbastroEl paisaje nunca ha permanecido inmóvil. El hielo, el clima, los ríos y las personas lo han transformado generación tras generación. Comprender esa historia nos ayuda a mirar de otra manera el territorio que habitamos y a recordar que nosotros también estamos construyendo el paisaje del futuro.
Has llegado al final de El camino del clima
Gracias por acompañarme en este recorrido de más de mil generaciones. Si lo deseas, puedes volver al índice de la serie o revisar cualquiera de los capítulos anteriores.
Daniel Vallés Turmo
Julio de 2026