Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer
Cómo reparar la ermita, regularizar el santuario y construir un futuro
compartido sin convertir la Virgen en el símbolo de una victoria o una derrota.
¡¡¡ ADVERTENCIA !!!
Puede parecer pretencioso intentar plantear una posible solución a un conflicto tan complejo como el de Torreciudad sin disponer de toda la información que manejan las partes y la Santa Sede.
No pretendo que lo que sigue sea la solución correcta ni que tenga que resultar válido para todos. Lo entiendo más bien como un ejercicio para ordenar el problema y mirarlo desde otra perspectiva.
Los seres humanos solemos ver con mucha facilidad los defectos de la posición contraria y bastante peor los de la propia. A veces, incluso una propuesta con la que no estamos de acuerdo puede ayudarnos precisamente a descubrir qué cambiaríamos, qué conservaríamos y qué estaríamos dispuestos a ceder.
Ése es el propósito de esta entrada: plantear una solución suficientemente concreta y estructurada para que cada lector pueda contrastarla con la suya y preguntarse qué solución propondría él.
La antigua ermita y el santuario moderno de Torreciudad forman hoy parte
de una misma realidad. El reto es encontrar un futuro en el que ninguno
de los dos tenga que perder para que el otro gane.
Después de varios días siguiendo con atención el conflicto de Torreciudad,
leyendo documentos, revisando las posiciones del Obispado de Barbastro-Monzón
y del Opus Dei y, sobre todo, después de estar personalmente allí el
5 de septiembre de 2026, he terminado cambiando un poco
la pregunta que me hacía al principio.
Durante mucho tiempo la cuestión parecía consistir en intentar saber quién
tenía razón: qué decía exactamente el acuerdo de 1962, qué cambió en 1966,
cuándo y en qué condiciones salió la imagen original de la antigua ermita,
qué autoridad corresponde al obispo, cuál es la situación jurídica del
santuario moderno o qué papel debe seguir desempeñando el Opus Dei.
Todo eso sigue siendo importante. Probablemente Roma tendrá que estudiarlo
con mucha más información de la que podemos conocer desde fuera. Pero después
de recorrer todo este camino me interesa cada vez más otra pregunta, quizá
más sencilla y al mismo tiempo bastante más difícil:
¿Cómo regularizar Torreciudad sin destruir aquello que funciona y reparando
aquello que quedó desequilibrado?
Quien quiera conocer con más detalle la documentación, la evolución del
conflicto y lo ocurrido durante la romería del 5 de septiembre puede consultar
la entrada anterior, donde he ido reuniendo las fuentes y actualizando la
información.
La caja de Pandora ya está abierta
Cuando en 2020 comenzó a hablarse de actualizar el marco jurídico de
Torreciudad, probablemente nadie imaginaba hasta dónde llegaría aquel proceso.
Lo que inicialmente podía parecer una revisión de unos acuerdos nacidos en
los años sesenta terminó sacando a la superficie cuestiones históricas,
patrimoniales, canónicas y pastorales que llevaban décadas conviviendo sin
un encaje completamente claro.
Poco a poco la antigua ermita, el santuario moderno, la talla original de
Nuestra Señora de los Ángeles, el nombramiento del rector, la autoridad del
obispo, la continuidad de la misión del Opus Dei y hasta la propia historia
de Torreciudad quedaron unidos dentro de un mismo conflicto.
La caja de Pandora ya está abierta y no parece posible regresar simplemente
al punto anterior, como si nada hubiera sucedido. Pero quizá tampoco sea
necesario hacerlo. Una crisis puede producir daños, pero también puede obligar
a ordenar mejor aquello que durante mucho tiempo funcionó gracias a equilibrios
personales, acuerdos antiguos y una realidad que fue creciendo mucho más de
lo que probablemente imaginaron quienes la pusieron en marcha.
Torreciudad no es hoy la realidad de 1962. Tampoco la de 1975. El santuario
ha recibido durante medio siglo peregrinos de lugares muy distintos y se ha
desarrollado alrededor de él una importante realidad pastoral y organizativa.
El propio obispo ha reconocido públicamente el bien producido allí durante
estos años. Al mismo tiempo, la antigua ermita quedó progresivamente relegada
y permanece como el lugar donde nació una devoción muy anterior al santuario
moderno.
Quizá una de las claves del problema esté precisamente aquí:
Torreciudad había crecido mucho más allá del marco jurídico e institucional
con el que nació. El problema apareció cuando actualizar ese marco se mezcló
con la voluntad de reparar también determinadas decisiones históricas.
Cuatro realidades que deberían seguir vivas
Después de analizar todo lo ocurrido, cada vez me resulta más difícil pensar
en una solución basada únicamente en quién posee la talla o en qué espacio
debe permanecer. Torreciudad es hoy mucho más complejo.
La ermita: recuperar vida, culto y una función propia.
El santuario: conservar continuidad y capacidad pastoral.
La diócesis: disponer de un encaje institucional claro.
El Opus Dei: poder continuar su misión dentro de ese nuevo marco.
Está, en primer lugar, la antigua ermita, que no debería
convertirse simplemente en una pieza de museo dentro de la historia de
Torreciudad. Tiene sentido que recupere una función propia, que vuelva a estar
relacionada con la devoción popular, con los pueblos de Ribagorza y Sobrarbe
y con la historia que dio origen a todo lo que vino después.
Está también el santuario moderno, una realidad que durante
cincuenta años ha desarrollado una función religiosa, pastoral y de
peregrinación que sería difícil ignorar. Regularizar su situación no debería
significar debilitar aquello que ha demostrado capacidad para funcionar y
atraer personas durante décadas.
La diócesis de Barbastro-Monzón, por su parte, necesita
un encaje institucional claro. Resulta difícil imaginar que una realidad de
la importancia de Torreciudad pueda continuar indefinidamente apoyándose
en acuerdos de hace más de sesenta años cuya interpretación sigue siendo
discutida.
Y está finalmente el Opus Dei, cuya misión forma parte ya
de la historia contemporánea de Torreciudad. El propio obispo reconoció
durante la homilía del 5 de septiembre las confesiones, conversiones,
vocaciones y familias que han encontrado allí un camino de fe y expresó
su deseo de que ese bien continúe y crezca.
Por eso creo que una solución no debería preguntarse únicamente quién obtiene
lo que reclama.
Una buena solución debería preguntarse qué necesita cada una de estas
realidades para seguir viva dentro de veinte o treinta años.
El pasado, el presente y el futuro
Quizá buena parte del conflicto se haya complicado porque se han terminado
mezclando tres problemas diferentes. Uno pertenece al pasado: qué ocurrió
con los acuerdos de 1962 y 1966, qué derechos se establecieron entonces,
cómo se produjo posteriormente el traslado de la imagen y qué lugar debía
ocupar la antigua ermita.
Otro pertenece al presente: qué autoridad corresponde a la diócesis, cómo
debe nombrarse el rector, qué responsabilidades tienen las distintas
instituciones, quién sostiene económicamente el complejo y cuál es la
situación canónica del conjunto.
Y existe además una tercera cuestión, que probablemente sea la más importante:
cómo debe organizarse Torreciudad para que pueda seguir funcionando dentro
de veinte, treinta o cincuenta años.
Pasado: reconocer lo ocurrido.
Presente: regularizar la realidad que existe.
Futuro: diseñar un marco capaz de durar.
Por eso una de las ideas que más me ha ayudado a ordenar todo este conflicto
es ésta:
El pasado debe ser reconocido, el presente debe ser regularizado y el futuro
debe ser diseñado.
No necesariamente tienen que resolverse las tres cosas mediante una sola
decisión. Reconocer que la antigua ermita perdió centralidad no obliga
automáticamente a concluir que la única forma de repararlo sea trasladar allí
permanentemente la imagen original. Y reconocer que el santuario moderno ha
desarrollado una importante realidad pastoral tampoco significa que pueda
continuar indefinidamente dentro de un marco institucional ambiguo.
Especialmente importante me parece distinguir dos cuestiones que durante
estos años han terminado casi identificándose:
Integrar Torreciudad en la diócesis no es necesariamente lo mismo que
trasladar definitivamente la imagen original a la ermita.
La integración institucional puede articularse mediante normas, competencias
y responsabilidades claras. La ubicación de la imagen incorpora además
cuestiones históricas, devocionales, patrimoniales, pastorales y de
conservación que quizá merezcan ser consideradas por separado.
Cuando tuve que dejar de esconderme detrás del análisis
Durante varios días intenté entender Torreciudad acumulando documentos,
declaraciones, acuerdos antiguos y versiones diferentes de una misma historia.
Había momentos en que parecía que cuanto más leía, más difícil resultaba
separar lo importante de todo lo accesorio.
En medio de ese trabajo hubo dos cosas que me ayudaron a cambiar de
perspectiva. Una fue una conversación con un periodista. Me dijo algo bastante
sencillo: «Tú también tendrás que tener tu opinión, ¿no?».
Incluso me hizo ver que no podía esconderme indefinidamente detrás de una
reflexión documental. Después de analizar tanto, también tenía que asumir
una posición propia.
La otra ocurrió mirando de cerca la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles.
Entre tantos símbolos, titulares y discusiones terminé fijándome en algo
mucho más pequeño: la mano del Niño Jesús, la mano de su Madre y el
libro que sostiene. En él puede leerse el comienzo del Evangelio de
san Juan: «En el principio era la Palabra».
La mano del Niño, la mano de la Virgen y el comienzo del Evangelio de
san Juan: «En el principio era la Palabra». Un detalle que me ayudó
a volver a la esencia de todo este conflicto.
Aquella imagen me ayudó a volver un poco a la esencia de todo esto.
Torreciudad no nació para convertirse en un conflicto entre instituciones.
La Virgen tampoco debería terminar siendo el símbolo de quién ha ganado o
perdido una disputa. Y quizá la mejor manera de intentar salir de todo este
laberinto sea regresar precisamente a aquello que está detrás de todo lo
demás: la fe, la palabra, la devoción y las personas.
Fue a partir de ahí cuando dejé de preguntarme solamente quién tenía razón
y empecé a preguntarme cuál podía ser una solución que ayudara realmente a
Torreciudad.
Una solución de integración
Después de todo lo estudiado, la solución que personalmente me parece más
equilibrada no sería mantener simplemente lo que existía antes de comenzar
el conflicto, pero tampoco trasladar el desequilibrio de un espacio al otro.
Torreciudad necesita un marco nuevo.
Un acuerdo o estatuto suficientemente claro debería definir la relación entre
la diócesis, el santuario moderno, la antigua ermita y las instituciones que
sostienen actualmente su funcionamiento. Tendría que establecer con claridad
la forma de nombrar al rector, las competencias de cada parte, las
responsabilidades patrimoniales, la financiación y aquellos mecanismos que
permitan resolver futuros desacuerdos sin volver a abrir toda la crisis.
Porque una solución estable no puede depender de que el obispo y los
responsables de Torreciudad de cada momento mantengan una buena relación
personal.
Un buen acuerdo no es el que funciona entre amigos, sino el que sigue
funcionando cuando las relaciones personales son malas.
La antigua ermita debería recuperar además una función propia dentro del
conjunto. No bastaría con devolver allí una imagen y considerar resuelto el
problema. Para que la ermita gane realmente tendría que recuperar vida, culto,
memoria, relación con los pueblos, pequeñas peregrinaciones y una presencia
clara dentro del recorrido de quienes visitan Torreciudad.
El santuario moderno, al mismo tiempo, debería conservar la continuidad de
la misión que se ha desarrollado allí durante medio siglo. Regularizar
Torreciudad tendría que significar fortalecer su futuro y no convertir la
reforma en una forma de vaciamiento.
Por eso la solución que me parece más sensata podría resumirse así:
No se trata de conservar el statu quo. La ermita debe ganar de verdad.
Pero tampoco de reparar el pasado creando una nueva pérdida en el santuario.
Una solución equilibrada debería fortalecer tanto la antigua ermita
como el santuario moderno.
¿Y dónde debería estar la Virgen?
Éste es probablemente el punto más difícil de todo el conflicto porque la
talla original ha terminado acumulando muchos significados diferentes. Es
una imagen religiosa, pero también una pieza histórica; es la Virgen vinculada
durante siglos a la antigua ermita, pero también la imagen que durante
cincuenta años ha presidido el gran retablo del santuario moderno.
Su ubicación ha terminado representando además cuestiones de autoridad, de
continuidad, de reconocimiento e incluso de quién parece haber ganado o
perdido la disputa.
Quizá sea demasiado peso para una sola talla.
Después de todo lo estudiado, y siempre sometiendo esta opinión a lo que
puedan determinar los derechos existentes y los criterios técnicos de
conservación, me parece más equilibrado que la imagen original pudiera
mantener su continuidad habitual en el santuario moderno y recuperar al
mismo tiempo una relación estable y significativa con la antigua ermita.
La jornada del 5 de septiembre permitió ver, de una manera muy concreta,
que ambos espacios pueden volver a relacionarse. Aquella mañana la Virgen
regresó junto a su antigua ermita y posteriormente volvió
al santuario moderno. La operación mostró también que el traslado de una
talla de estas características no es algo sencillo: requiere cuidado,
protección, manipulación especializada y unas condiciones de seguridad que
probablemente deban ser valoradas por técnicos antes de establecer cualquier
régimen periódico.
Personalmente, aquella cercanía me produjo además una impresión que no
esperaba. Durante años había visto la imagen en lo alto del gran retablo y,
de pronto, podía contemplarla casi a la altura de los ojos. Pude fijarme en
las manos, en el libro y en detalles que desde abajo apenas se perciben.
Entendí entonces mejor algo de la antigua devoción popular: una imagen
religiosa no está solamente para ser contemplada desde lejos; también existe
una necesidad de proximidad.
Por eso creo que, cualquiera que sea finalmente su ubicación habitual, tendría
sentido que la imagen original pudiera estar en determinados momentos
más cerca de las personas, siempre en condiciones adecuadas
de conservación y seguridad. No solo como un gesto hacia la antigua ermita,
sino como una forma de recuperar también esa relación más cercana entre la
imagen y los fieles.
Para la presencia habitual en la antigua ermita podría utilizarse una
réplica de gran calidad, inspirada en la imagen que conocemos
por las fotografías de la época en que todavía se veneraba en aquel lugar.
No como una copia sin importancia, sino como parte de una recuperación más
amplia de la propia ermita y de su función religiosa.
La réplica podría asegurar una presencia estable en la ermita, mientras que
el original podría devolverle, en determinados momentos, una proximidad que
forma parte también de su historia devocional.
La cuestión principal no debería ser, por tanto, si arriba queda el original
y abajo una copia o al contrario. Lo verdaderamente importante sería conseguir
que los dos espacios vuelvan a tener una razón propia para existir.
Integrar sin absorber, continuar sin aislarse
Una solución de este tipo exigiría también que todas las partes aceptaran
algo que probablemente no coincide completamente con su posición actual.
El obispo tendría que aceptar que la integración plena de Torreciudad en la
Iglesia local no necesita demostrarse necesariamente mediante la residencia
permanente de la talla original en la ermita. La autoridad episcopal debería
quedar suficientemente clara en las normas y no depender de un gesto
simbólico.
El Opus Dei, por su parte, tendría que aceptar que la continuidad de su misión
no puede descansar indefinidamente sobre un marco jurídico discutido y que
Torreciudad necesita una relación institucional inequívoca con la diócesis.
La diócesis tendría que reconocer que integrar no significa
absorber, del mismo modo que el Opus Dei debería asumir que
conservar una identidad propia no significa aislarse.
Y probablemente la Santa Sede tenga que desempeñar el papel decisivo, porque
Torreciudad es hoy una realidad demasiado grande para ser tratada únicamente
como un asunto local y demasiado vinculada a Barbastro-Monzón para funcionar
al margen de su Iglesia particular.
Torreciudad es, en cierto modo,
local por su origen e internacional por su evolución.
La solución debería reconocer ambas cosas.
Lo que vi el 5 de septiembre
La romería del 5 de septiembre me ayudó mucho a entender esta cuestión porque
durante unas horas pude ver juntas las dos realidades de Torreciudad.
Abajo estaban la antigua ermita y, junto a ella, la imagen original, rodeada
de advocaciones llegadas de distintos pueblos. Arriba esperaba el gran
santuario moderno, construido muchos años después y convertido en el lugar
al que llegan peregrinos de lugares muy distintos.
Entre ambos espacios había personas, sacerdotes, imágenes, conversaciones y
una tensión que, aunque apenas se mostraba exteriormente, seguía presente.
La imagen original junto al altar del santuario moderno, con el camarín
del retablo vacío al fondo, el 5 de septiembre de 2026.
La homilía del obispo tuvo un tono muy diferente al de algunos de los días
anteriores. Habló de comunión, agradeció expresamente el bien desarrollado
por el Opus Dei en Torreciudad y pronunció una frase que me parece
especialmente importante:
«Que nadie tenga que desaparecer para que todos podamos vivir, amar y servir.»
Quizá esa frase pueda servir también como criterio para valorar cualquier
solución futura. Porque si nadie tiene que desaparecer, entonces la antigua
ermita no debería recuperar su lugar a costa de vaciar de significado el
santuario moderno. El santuario tampoco debería continuar ignorando la
importancia histórica y religiosa de la ermita. La diócesis no debería
sentirse extraña dentro de Torreciudad y el Opus Dei tampoco debería
experimentar la regularización como la progresiva desaparición de aquello
que ha construido durante medio siglo.
Ese día me quedó además otra impresión: cuando una relación institucional se
deteriora, cualquier gesto comienza a cargarse de significado. Que la Virgen
esté abajo o arriba, que el camarín aparezca vacío, que el obispo entre en la
ermita o que la imagen vuelva al templo moderno dejan de ser simplemente
actos religiosos y empiezan a interpretarse como movimientos dentro del
conflicto.
La normalidad regresará cuando ya no necesitemos interpretar cada gesto.
Que gane Torreciudad
Quizá ésta sea finalmente la manera más sencilla de explicar todo lo anterior.
No creo que una buena solución deba establecer si gana el obispo o gana el
Opus Dei. Tendría que conseguir que gane Torreciudad.
Eso significaría que la ermita recuperase vida y sentido, que el santuario
mantuviera estabilidad y continuidad, que la diócesis obtuviera un encaje
institucional claro y que el Opus Dei pudiera continuar desarrollando allí
su misión dentro de unas reglas conocidas por todos.
Y, sobre todo, que una familia pudiera entrar en la antigua ermita y después
subir al santuario sin sentir que está atravesando la frontera entre dos
partes enfrentadas de la Iglesia.
Porque el verdadero éxito no será que una de las partes consiga demostrar
que tenía razón. Será que dentro de algunos años nadie necesite hacerse esa
pregunta.
La esperanza que queda en la caja
La caja de Pandora ya se abrió. De ella han salido documentos olvidados,
interpretaciones enfrentadas, procedimientos jurídicos, cartas, titulares,
desconfianzas y gestos convertidos en símbolos. No tiene sentido intentar
borrar todo eso ni regresar artificialmente al punto de partida.
Pero el mito de Pandora recuerda también que, cuando la caja se cerró, quedó
dentro la esperanza.
Después de varios días intentando comprender el conflicto de Torreciudad,
quise resumir también esta reflexión con mi propia voz.
No como una conclusión jurídica, sino como una propuesta personal:
que la ermita, el santuario, la diócesis y el Opus Dei puedan encontrar
un marco en el que nadie tenga que desaparecer.
Torreciudad, septiembre de 2026 · Caminos de Barbastro
Quizá esa esperanza consista ahora en aprovechar todo lo ocurrido para
construir un Torreciudad mejor ordenado que el que existía antes del
conflicto: un Torreciudad en el que la antigua ermita vuelva a estar viva
sin que el santuario deje de estarlo; en el que la diócesis pueda sentirse
plenamente reconocida sin necesidad de asumir una estructura que quizá no
tenga capacidad para sostener directamente; en el que el Opus Dei continúe
una misión que forma parte ya de la historia de este lugar, pero dentro de
un marco institucional claro; y en el que la Virgen vuelva a ser
principalmente aquello que siempre fue para quienes acudían a verla: una
imagen de devoción y no el marcador de quién ha vencido.
Quizá la mejor solución sea aquella en la que todos tengan que renunciar a
algo, pero nadie tenga que desaparecer.
Torreciudad se habrá reparado de verdad cuando la autoridad ya no necesite
escenificarse, la identidad ya no necesite defenderse y la Virgen ya no
tenga que cargar con el peso del conflicto.
Entonces la caja podrá cerrarse. No para olvidar lo ocurrido, sino porque
ya no será necesario seguir viviendo dentro de ello.
Cómo se ha elaborado esta reflexión
Esta entrada es el resultado de varios días de trabajo sobre documentos
jurídicos, comunicados oficiales, informaciones periodísticas, declaraciones
públicas y la observación personal realizada en Torreciudad el
5 de septiembre de 2026.
La profundidad de este análisis no habría sido posible en tan poco tiempo
sin la ayuda de herramientas de inteligencia artificial,
utilizadas para localizar y ordenar fuentes dispersas, reconstruir
cronologías, comparar documentos de distintas fechas y someter las diferentes
hipótesis a contraste.
En un conflicto que se extiende durante años y cuya documentación aparece
repartida entre escrituras notariales, comunicados de la diócesis, textos
del Opus Dei, medios de comunicación y documentos posteriores, esta ayuda
me ha permitido realizar en pocos días una investigación mucho más amplia
de la que habría podido desarrollar por mis propios medios en ese mismo
tiempo.
Las visitas, fotografías y observaciones sobre el terreno son propias.
La selección final de las fuentes, su interpretación y las conclusiones
expresadas en esta entrada corresponden al autor de
Caminos de Barbastro.
PARA TERMINAR
Espero que este recorrido de ideas te haya servido para comprender mejor
el conflicto de Torreciudad y, sobre todo, para formarte una opinión propia
sobre sus posibles soluciones.
No era mi intención ofrecer una respuesta definitiva, sino ordenar los
problemas, separar las distintas cuestiones y mostrar una posible salida
suficientemente concreta como para poder pensarla, discutirla o incluso
rechazarla.
Si al terminar esta entrada tienes más claro qué solución propondrías tú,
entonces este ejercicio ya habrá cumplido su objetivo.
Daniel Vallés Turmo
Caminos de Barbastro
Septiembre de 2026