Hace unos días intentamos devolver Bolturina al mapa.
El plano parcelario de 1976, las fotografías aéreas y la memoria
conservada sobre el pueblo nos permitieron situar aproximadamente
sus antiguas casas y recuperar el trazado de sus calles.
Pero mientras hacía aquel trabajo ocurrió algo que no había previsto.
Algunas fotografías antiguas comenzaron a encajar en el plano.
En ellas podíamos reconocer una casa, pero también el lugar desde el
que había sido tomada la fotografía. Y, en algunos casos, incluso la
dirección en la que estaba mirando quien apretó el disparador.
De pronto podíamos colocarnos al comienzo de la Calle del Olivo,
junto a Casa Miranda; llegar al cruce donde estaba La Cruz; mirar
hacia Calle Alta y encontrar Casa Sesa, Casa Juan y Casa Barri; o
entrar en la Calle del Sol dejando Casa Juanico a nuestra derecha
y Casa Sánchez al fondo.
El plano nos había permitido devolver Bolturina al mapa.
Las fotografías nos permiten ahora intentar algo diferente:
volver a caminar algunas de sus calles.
Bolturina sobre el mapa
Localización de las antiguas casas de Bolturina sobre el plano
parcelario de 1976. Identificación y ubicación de las casas
facilitadas por José Antonio Castarlenas.
Explora el mapa.
Puedes acercarte al antiguo caserío, seguir el trazado de sus calles
y pulsar sobre los marcadores para conocer el nombre de las antiguas
casas y otros lugares de Bolturina.
La localización es aproximada. Se ha realizado relacionando el plano
parcelario de 1976 con las ortofotos y con la información conservada
sobre las antiguas casas y calles. No pretende establecer una
delimitación catastral exacta.
Las fotografías que aparecen a continuación se han situado únicamente
cuando ha sido posible relacionarlas con suficiente seguridad con el
plano y con el trazado de las antiguas calles.
Entramos en Bolturina
La entrada actual a Bolturina nos deja frente al
ábside de la iglesia de Santa Ana. Si pudiéramos
recuperar el antiguo caserío, a nuestra izquierda encontraríamos
Casa Miranda.
Una de las fotografías antiguas nos permite precisamente situarnos
al comienzo de la Calle del Olivo. En ella podemos
identificar Casa Miranda, la número 5 del plano, y Casa Layo,
la número 9.
La iglesia de Santa Ana nos proporciona además una referencia especialmente
útil para orientarnos dentro del antiguo caserío.
Comienzo de la Calle del Olivo. Casa Miranda y Casa Layo, con la iglesia de Santa Ana como referencia.
Si rodeamos Casa Miranda y nos situamos en su parte posterior,
encontramos otra perspectiva. Desde allí se salía hacia el
Camino de El Grado. A la izquierda de la imagen
aparece parcialmente Casa Ferrero, la número 33 del plano.
Parte posterior de Casa Miranda, en la salida hacia el Camino de El Grado.
A la izquierda aparece parcialmente Casa Ferrero (n.º 33).
Estas fotografías nos permiten recuperar algo que el plano por sí solo no podía mostrarnos:
cómo se relacionaban las casas con las calles y caminos que las rodeaban.
Llegamos a La Cruz
Continuando nuestro recorrido llegamos al encuentro de la
Calle de la Plaza con la Calle de Graus.
Allí estaba La Cruz.
La Cruz, en el cruce de la Calle de la Plaza con la Calle de Graus.
A la izquierda, Casa Salinas.
La fotografía no conserva solamente la cruz.
A la izquierda podemos identificar Casa Salinas, la número 14 del plano.
La imagen conserva así también el aspecto de aquel cruce cuando todavía
formaba parte de un pueblo habitado.
Y desde prácticamente este mismo lugar podemos hacer algo más:
girarnos y mirar hacia Calle Alta.
Miramos hacia Calle Alta
En otra fotografía aparecen a nuestra derecha, siguiendo la calle,
Casa Sesa, Casa Juan y Casa Barri, números 11, 12 y 13
del plano.
Casas Sesa, Juan y Barri. Fotografía tomada desde el entorno del
cruce de la Calle de la Plaza con la Calle de Graus, mirando hacia
Calle Alta. A la derecha se suceden Casa Sesa, Casa Juan y Casa Barri.
Aquí ya no tenemos solamente unos nombres sobre un plano.
Podemos comenzar a comprender qué veía una persona al caminar
por aquella calle.
Entramos en la Calle del Sol
Otra fotografía nos lleva al comienzo de la Calle del Sol.
Desde allí, Casa Juanico queda a nuestra derecha y Casa Sánchez
aparece al fondo.
Calle del Sol. Desde el comienzo de la calle, Casa Juanico queda
a la derecha y Casa Sánchez aparece al fondo.
Entre ambas había otras construcciones que la disposición de las propias
casas y la perspectiva ocultan en la fotografía.
Y así, poco a poco, las líneas del plano empiezan a adquirir profundidad.
Las casas también eran familias
Pero en el plano las casas siguen siendo solamente un número y un nombre.
Detrás de cada uno de esos nombres había una familia.
Santiago me ha enviado esta fotografía tomada en la puerta de
Casa Mora, la número 16 de nuestro plano, poco antes
de que la familia vendiera la casa. En ella aparece de niño junto a sus abuelos.
Santiago, de niño, con sus abuelos en la puerta de Casa Mora,
poco antes de que la familia vendiera la casa. Fotografía cedida por Santiago.
El empedrado, la puerta, las paredes de la casa y, sobre todo, las personas
nos devuelven por un instante a la Bolturina habitada.
No todo eran casas y calles
Un pueblo no se explica solamente por sus edificios.
También estaban los lugares utilizados cada día y, sobre todo,
las personas que les daban vida.
Una fotografía del lavadero de Bolturina conserva
precisamente una de esas escenas.
El lavadero de Bolturina. Una escena de la vida cotidiana del pueblo.
El lavadero y la fuente también han podido ser situados
ahora en el mapa de Bolturina. De esta forma, junto a las casas y las
calles, empiezan a recuperar su lugar algunos de los espacios que
formaban parte de la vida cotidiana del pueblo.
Muchas fotografías antiguas no fueron tomadas para documentar Bolturina.
Eran fotografías familiares, de vecinos o de momentos cotidianos.
Pero detrás de aquellas personas pueden haber quedado una fachada,
una puerta, una calle o un rincón que hoy resulta difícil reconocer.
Cada fotografía puede conservar un pequeño fragmento del pueblo.
Volver a Bolturina
El 16 de septiembre volví a Bolturina después de pasar varios días
situando sus casas y recorriendo sus calles sobre planos, ortofotos
y fotografías antiguas.
Pensaba que, después de todo aquel trabajo, me resultaría más fácil
reconocer el pueblo.
Ocurrió casi lo contrario.
La vegetación cubre buena parte del antiguo caserío. Muchas construcciones
apenas pueden distinguirse entre las piedras y resulta difícil reconocer
sobre el terreno unas calles que en el plano parecen perfectamente comprensibles.
Bolturina en la actualidad. El GR-17 atraviesa un paisaje en el que la vegetación hace difícil reconocer buena parte del antiguo caserío.
En el mapa había conseguido volver a ver Bolturina.
Al llegar físicamente a Bolturina, casi no conseguía verla.
Quizá por eso adquieren tanto valor estas fotografías.
No podemos reconstruir Bolturina exactamente como fue. Pero todavía
podemos hacer algo más sencillo:
reconstruir algunas miradas.
Volver a colocarnos al comienzo de la Calle del Olivo. Mirar desde
La Cruz hacia Calle Alta. Entrar en la Calle del Sol y encontrar
Casa Juanico a nuestra derecha y Casa Sánchez al fondo.
Durante unos instantes, volver a mirar el pueblo desde donde lo
miraron quienes estuvieron allí.
Una memoria que todavía puede crecer
Esta página quiere quedar abierta.
En los álbumes familiares se conservan todavía fotografías que
pueden permitirnos identificar otras casas, calles y rincones de Bolturina.
No tienen por qué ser fotografías de edificios. Una escena familiar
puede contener al fondo precisamente aquello que necesitamos para
reconocer un lugar.
Si conservas alguna fotografía y puedes identificar la casa, el lugar, las personas o aproximadamente la fecha, puedes ayudarme a completar poco a poco esta memoria visual de Bolturina. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico que aparece en el blog.
Quiero agradecer especialmente la ayuda de
José Antonio Castarlenas, cuya información ha sido
fundamental para identificar y situar muchas de las antiguas casas,
y la colaboración de Amigos de Bolturina, que me
permitió contactar con él y que desde hace años trabaja por conservar
la memoria del pueblo.
Otro modo de recuperar Bolturina
Este intento de recuperar la memoria de Bolturina no comienza ahora.
Desde su creación en 2019, Amigos de Bolturina ha
trabajado para conservar la memoria del pueblo y recuperar algunos
de sus espacios.
En 2021 la asociación plasmó ese trabajo en el proyecto
«El renacer de Bolturina». Se habían realizado ya
labores de limpieza y acondicionamiento de la iglesia, el cementerio
y la fuente, y se planteaba crear un pequeño centro de interpretación
mediante fotografías, paneles y señalización. Resulta especialmente
significativo que uno de sus objetivos fuera, precisamente,
volver a situar Bolturina en el mapa.
El proyecto llegó más lejos. Un anteproyecto arquitectónico estudió
la recuperación de la iglesia de Santa Ana, la conservación de algunas
trazas del antiguo caserío y la adecuación del entorno de la fuente.
No se trataba de reconstruir todas las casas, sino de conseguir que
el antiguo pueblo volviera a ser reconocible dentro del paisaje.
Pero el paisaje tiene sus propios tiempos. La vegetación vuelve a
ocupar rápidamente el espacio y, entre ella, resulta cada vez más
difícil reconocer dónde estuvieron las antiguas casas y por dónde
discurrieron sus calles.
Quizá por eso aquella voluntad de recuperar Bolturina puede continuar
también de otra manera.
Si ya resulta difícil devolver físicamente el pueblo al paisaje,
todavía podemos devolverlo al mapa y a la memoria.
Situar sus casas, recuperar sus nombres, reconstruir sus calles,
colocar las fotografías en el lugar donde fueron tomadas y recoger
los recuerdos de quienes vivieron allí permite construir poco a poco
una memoria digital de Bolturina.
No sustituye el trabajo realizado sobre el terreno. Lo prolonga de
otra manera. Y quizá pueda conseguir algo importante: que, aunque la
vegetación termine ocultando sus últimas huellas,
Bolturina no vuelva a desaparecer.
La antigua ermita de Torreciudad, origen de una historia mucho más antigua que el gran santuario actual.
Torreciudad puede contarse desde distintos puntos de partida. En Torreciudad antes de Torreciudad seguimos el camino que, a partir de los años cincuenta, llevó desde la recuperación de la antigua ermita hasta el gran santuario actual. Primero se pensó en restaurar lo que existía, después en levantar una casa para actividades, más tarde una pequeña iglesia y finalmente un gran centro de peregrinación. Pero la misma historia puede recorrerse en sentido contrario.
Cuando aquel proyecto comenzó, Torreciudad no era simplemente una ermita deteriorada esperando que alguien la recuperase. Detrás había siglos de historia religiosa vinculada a la diócesis de Barbastro: una Casa-Santuario, hospedería, bienes, sacerdotes priores y peregrinaciones procedentes de distintos territorios del Alto Aragón.
Vista desde el Obispado, por tanto, la pregunta cambia:
¿Qué ocurrió con aquella antigua realidad mientras nacía y crecía el nuevo Torreciudad?
Una precisión sobre el enfoque
Esta entrada reconstruye la historia desde la perspectiva del Obispado de Barbastro-Monzón. Cuando un mismo documento o acontecimiento admite interpretaciones diferentes, se incorpora también la lectura del Opus Dei para que pueda entenderse dónde se encuentra realmente el desacuerdo.
Torreciudad antes del gran Torreciudad
Durante siglos, la pequeña ermita situada sobre el Cinca formó parte de una realidad religiosa más amplia. Torreciudad estuvo estrechamente relacionado con Bolturina, pero tenía también una organización propia dentro de la diócesis de Barbastro. Un documento de 1794 permite conocer bastante bien aquella estructura. El obispo Agustín de Abbad y Lasierra nombró entonces a José Faro vicario perpetuo de la Casa y Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad. La expresión resulta significativa: Casa y Santuario.
No había únicamente una ermita. Existía también una hospedería para atender a quienes llegaban hasta aquel lugar, bienes destinados a su sostenimiento y un sacerdote encargado de su vida religiosa. Los inventarios posteriores muestran incluso la dimensión cotidiana de aquella realidad: camas, alimentos, animales y utensilios domésticos convivían con los objetos destinados al culto. Torreciudad era pequeño, pero no era un lugar sin organización. A comienzos del siglo XX seguía siendo un centro mariano conocido más allá del entorno inmediato. Se celebraban ejercicios espirituales, confesiones y peregrinaciones procedentes de diferentes zonas de la diócesis.
Cuando las fuentes antiguas utilizan la palabra santuario, conviene introducir una precisión: esa denominación histórica y devocional no debe identificarse automáticamente con la figura jurídica de santuario regulada actualmente por el Código de Derecho Canónico.
Mucho antes de existir el gran Torreciudad, aquel lugar ya tenía una identidad religiosa propia dentro de la diócesis de Barbastro.
La antigua ermita de Torreciudad antes de la transformación del paisaje. Durante siglos, este pequeño conjunto fue el centro de una devoción vinculada a la diócesis de Barbastro.
1936: cuando se rompe una continuidad
La Guerra Civil alteró profundamente aquella realidad. El último prior residente, José Muzás Lalueza, tuvo que abandonar Torreciudad en 1936 y posteriormente fue asesinado. La ermita y la casa fueron saqueadas y la propia imagen de la Virgen estuvo en peligro, aunque pudo salvarse. Después de la guerra sobrevivieron la devoción y el cuidado del lugar, pero no volvió a recuperarse de la misma manera la estructura anterior. Ya no encontramos aquella continuidad formada por prior residente, Casa-Santuario, hospedería y vida cotidiana alrededor de la ermita.
La Guerra Civil no dañó solamente unos edificios. Rompió también una forma tradicional de organizar Torreciudad.
1956: recuperar una realidad antigua
Cuando en 1956 personas vinculadas a Josemaría Escrivá volvieron su mirada hacia Torreciudad, encontraron una ermita deteriorada y una antigua estructura religiosa muy debilitada. Pero encontraron también una devoción que había sobrevivido. Aquí comienzan a encontrarse las dos historias. Desde la perspectiva del Opus Dei, 1956 marca el inicio del camino que acabará conduciendo al gran santuario. Desde la perspectiva del Obispado, inicialmente se trataba de recuperar y asegurar el futuro de un antiguo lugar mariano perteneciente a la diócesis. Y conviene recordar algo que hemos podido comprobar al reconstruir la evolución arquitectónica:
En 1956 todavía no existía el proyecto del gran santuario actual.
Lo que existía era una antigua ermita que necesitaba ser recuperada.
1962: poner por escrito aquella recuperación
El 24 de septiembre de 1962 se formalizó mediante escritura pública un acuerdo para la recuperación y conservación de Torreciudad. La diócesis conservaba el dominio directo y mediante un censo enfitéutico se cedía el dominio útil del antiguo conjunto. Entre las condiciones figuraba una que adquiriría mucha importancia décadas después: la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad no debía retirarse de la ermita. Pero debemos situarnos en 1962 y evitar leer aquel documento desde el conflicto actual. Cuando se firma la escritura, el gran santuario todavía no estaba proyectado en la forma que conocemos hoy. El acuerdo se refiere fundamentalmente al Torreciudad que entonces existía.
1963–1967: el proyecto cambia de escala
La transformación no ocurrió de una sola vez. En 1963, Heliodoro Dols recibió inicialmente el encargo de proyectar una pequeña casa destinada a actividades cerca de la antigua ermita. Las dificultades físicas del lugar llevaron a trasladar el proyecto hacia una explanada cercana. Después apareció una pequeña iglesia. En 1966 la documentación habla ya de un «nuevo Santuario». Y hacia 1967 Josemaría Escrivá impulsa una escala mucho mayor: un gran centro capaz de recibir importantes peregrinaciones.
Restaurar la ermita → casa de actividades → pequeña iglesia → nuevo santuario → gran centro de peregrinación
Esta evolución puede seguirse con más detalle en Torreciudad antes de Torreciudad. Vista ahora desde el Obispado, plantea otra cuestión. El acuerdo de 1962 había nacido alrededor de la antigua ermita. El proyecto de finales de los sesenta era ya algo completamente distinto en dimensión y función. A medida que el proyecto cambiaba de escala, también fueron apareciendo nuevos acuerdos y soluciones jurídicas para una realidad que ya no era la misma de 1962.
1966: un documento y dos interpretaciones
El 15 de julio de 1966 se documentó un acuerdo en el que intervino el obispo Jaime Flores y que conocemos actualmente a través de un testimonio notarial expedido el 8 de septiembre de aquel año. El texto es importante. Reconoce que la antigua ermita era insuficiente para atender adecuadamente a los peregrinos y contempla la construcción de un «nuevo Santuario» próximo a ella. Y establece expresamente que en él:
«reciba culto y veneración la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad».
También contempla que la antigua ermita y los terrenos del nuevo santuario constituyan un único recinto. Para el Opus Dei, el significado resulta bastante claro: el obispo conocía y aceptaba el nuevo proyecto y que la imagen recibiera culto allí. El Obispado actual introduce, sin embargo, otra cuestión. El documento hoy conocido es un testimonio notarial que da fe de otro documento privado. Ese original de julio de 1966 no se ha hecho público y la diócesis afirma que no dispone de él. Eso no convierte el testimonio notarial en un documento carente de valor. Pero deja abierta una pregunta que hoy resulta fundamental:
¿Autorizar que la Virgen recibiera culto en el nuevo santuario significaba también autorizar que abandonara definitivamente la antigua ermita?
Entre estas dos imágenes no cambió solamente el paisaje. Cambió la escala de Torreciudad y también la relación entre la antigua ermita y el nuevo santuario.
1970–1975: se construye el gran Torreciudad
La mayor parte de las obras del nuevo complejo se desarrolló durante el episcopado de Damián Iguacen. En 1973, el nuevo templo quedó configurado canónicamente como oratorio semipúblico de un centro del Opus Dei, con licencia del obispo de Barbastro. Eso significa que el nuevo templo tenía una situación canónica concreta y conocida. Pero no había sido erigido jurídicamente como santuario.
Torreciudad fue conocido y vivido durante décadas como santuario, aunque el nuevo templo hubiera nacido canónicamente como oratorio semipúblico.
Mientras tanto, la diferencia entre los dos espacios se hacía enorme. La antigua ermita seguía existiendo, restaurada, pero unos cientos de metros más arriba estaba naciendo un complejo capaz de recibir a miles de personas. El nuevo Torreciudad no hizo desaparecer físicamente al antiguo. Pero cambió completamente su escala y su centralidad.
1975: ¿dónde debía quedarse la Virgen?
En 1975 el gran proyecto se hizo realidad. El 26 de mayo, Josemaría Escrivá visitó el nuevo Torreciudad prácticamente terminado. Falleció un mes después, el 26 de junio. El 7 de julio comenzó la actividad del nuevo templo. La imagen original de Nuestra Señora de Torreciudad quedó instalada allí. Desde la perspectiva del Opus Dei, aquello culminaba un proceso desarrollado durante casi veinte años. El testimonio de 1966 recogía expresamente que la Virgen recibiría culto en el nuevo santuario. Pero el actual Obispado reconstruye aquel momento de otra manera.
Según la documentación que ha dado a conocer en 2026, Ambrosio Echebarría, recién llegado a la diócesis, consideró que la permanencia de la imagen en el nuevo templo no contaba con autorización suficiente y reclamó a Florencio Sánchez Bella su regreso a la antigua ermita.
Un documento todavía no publicado
El Obispado afirma que Ambrosio Echebarría reclamó ya en 1975 el regreso de la Virgen a la antigua ermita. Hasta el momento, la carta original en la que se habría formulado esa reclamación no se ha hecho pública. Por ello, esta entrada atribuye expresamente esta información a la reconstrucción documental ofrecida por la diócesis.
Cuatro documentos, cuatro momentos
1962 · La antigua realidad
Escritura pública del censo enfitéutico sobre el antiguo Torreciudad.
1966 · El nuevo proyecto
Testimonio notarial sobre el nuevo santuario y el culto de la imagen.
1973 · El nuevo templo
Configuración canónica como oratorio semipúblico con licencia episcopal.
1975 · La realidad pastoral
Comienza la actividad del gran Torreciudad y la imagen permanece en él.
Ninguno de estos momentos explica por sí solo toda la situación actual. El desacuerdo surge precisamente al determinar cómo se relacionan entre ellos.
1975–2020: una larga normalidad pastoral
Sería, sin embargo, un error saltar directamente desde aquella posible discrepancia de 1975 hasta el conflicto actual. Entre ambos momentos transcurrieron aproximadamente cuarenta y cinco años. Y durante esas décadas encontramos una relación pastoral ampliamente normalizada. Los obispos de Barbastro acudieron a Torreciudad, presidieron celebraciones y reconocieron públicamente su importancia religiosa. Para peregrinos, medios de comunicación, responsables eclesiásticos y la propia diócesis, Torreciudad era habitualmente el santuario de Torreciudad. Pero jurídicamente el templo seguía teniendo otra configuración.
Durante décadas esa diferencia apenas tuvo consecuencias visibles. El lugar funcionaba, los peregrinos acudían, el Opus Dei desarrollaba allí su actividad y los obispos participaban normalmente en su vida religiosa. La antigua ermita, mientras tanto, había perdido su antigua centralidad. La Virgen original estaba en el nuevo templo. Las grandes celebraciones se desarrollaban allí. Los nuevos accesos conducían fundamentalmente al gran complejo. Sin necesidad de una decisión explícita que la relegara, la antigua ermita había pasado de ser Torreciudad a convertirse en la antigua ermita de Torreciudad.
La aceptación pastoral del nuevo Torreciudad fue muy clara. Eso no demuestra, por sí solo, que todas las cuestiones jurídicas hubieran quedado definitivamente resueltas.
2020: revisar una situación que llevaba décadas funcionando
En 2020, el propio Opus Dei planteó actualizar algunos aspectos jurídicos de Torreciudad. El Obispado reconoce que recibió primero una petición verbal y después una solicitud escrita de novación del marco existente. No había comenzado todavía el conflicto público. En principio se trataba de adaptar una realidad nacida décadas atrás a las circunstancias jurídicas y canónicas actuales. Pero hacerlo obligaba a volver a los documentos: qué seguía significando la escritura de 1962, qué había modificado realmente el acuerdo conocido mediante el testimonio de 1966, cuál era exactamente el estatuto del nuevo templo, qué competencias correspondían a cada parte y qué ocurría con la imagen original.
Lo que comenzó como una actualización jurídica fue sacando a la superficie cuestiones que durante décadas no habían impedido el funcionamiento cotidiano de Torreciudad.
2022–2024: de la negociación al conflicto
En diciembre de 2022, según la cronología difundida posteriormente, la diócesis cuestionó formalmente la continuidad del antiguo censo enfitéutico y reclamó la restitución de la imagen y del antiguo conjunto. Pero aquello no terminó inmediatamente con las conversaciones. Todavía a comienzos de 2023 ambas partes seguían buscando un nuevo marco contractual. El conflicto se hizo público en julio, cuando el obispo nombró un rector diocesano para Torreciudad y el Opus Dei recurrió la decisión ante la Santa Sede.
A partir de entonces comenzaron a avanzar dos planos distintos: por un lado, la vía canónica, relacionada con el estatuto del templo, el rector y la autoridad pastoral; por otro, la vía civil, relacionada con el censo enfitéutico, la ermita y la imagen. Y, aun así, siguieron existiendo intentos de acuerdo. En agosto de 2023, el Opus Dei presentó una propuesta que contemplaba incluso convertir el nuevo templo en santuario diocesano. Eso demuestra que, incluso entonces, el desacuerdo no consistía en decidir si Torreciudad debía seguir existiendo. El problema era cómo regularlo y qué derechos conservaba cada parte.
Finalmente, el 25 de septiembre de 2024, el Obispado anunció que confiaba a la Santa Sede la solución de las diferencias sobre la regularización jurídica, canónica y pastoral del complejo. El 9 de octubre de 2024, el papa Francisco nombró a Alejandro Arellano Cedillo, decano del Tribunal de la Rota Romana, comisario pontificio plenipotenciario y delegado de la Santa Sede para Torreciudad.
El conflicto pasa a manos de Roma
El nombramiento de Arellano marca un cambio decisivo. Ya no se trata únicamente de una negociación bilateral entre el Obispado y el Opus Dei: la Santa Sede encomienda a un comisario pontificio plenipotenciario la misión de buscar una solución a sus diferencias sobre la regularización jurídica, canónica y pastoral de Torreciudad. Desde entonces, ambas partes han manifestado su disposición a colaborar con él y a esperar la resolución de la Santa Sede.
Dos maneras de leer la misma historia
Momento
Desde el Obispado
Desde el Opus Dei
1962
Se cede el uso de una realidad diocesana conservando derechos y obligaciones sobre la ermita y la imagen.
Se establece un marco duradero para recuperar y desarrollar Torreciudad.
1966
Se acepta un nuevo santuario y el culto de la Virgen allí, pero se discute que eso implique su traslado definitivo.
Jaime Flores acepta el nuevo santuario y que la imagen reciba allí culto y veneración.
1975–2020
La normalidad pastoral no supone necesariamente que hayan desaparecido todos los derechos anteriores.
Casi medio siglo de funcionamiento público y normal confirma la estabilidad de la situación.
2020–2024
La regularización hace aflorar cuestiones jurídicas que seguían pendientes.
Una actualización jurídica termina cuestionando una realidad consolidada durante décadas.
Las dos partes comparten buena parte de los hechos. Lo que cambia es el significado jurídico que atribuyen a algunos de ellos.
Junio-julio de 2025: Arellano intenta acercar posiciones
El trabajo de Alejandro Arellano no quedó limitado a su nombramiento. En junio de 2025 comenzaron a circular informaciones según las cuales el comisario pontificio estaba preparando una posible salida para Torreciudad. Algunos medios llegaron a hablar de un principio de acuerdo sobre el gobierno del santuario, el nombramiento del rector y la relación de la imagen original con la antigua ermita.
Sin embargo, el 24 de junio de 2025 el Opus Dei salió públicamente al paso de aquellas informaciones. En un breve comunicado negó que existiera un acuerdo cerrado y precisó que seguía «a la espera de la resolución que proponga el comisario pontificio, Mons. Arellano». El dato es importante: demuestra que en aquel momento ya existía un trabajo de mediación avanzado, pero también que la Prelatura no consideraba aprobada como definitiva ninguna de las soluciones que estaban circulando.
Arellano ya estaba intentando una salida
En junio de 2025 se habló públicamente de una posible fórmula de acuerdo, pero el Opus Dei negó que estuviera cerrada y remitió expresamente a la futura resolución de Arellano. Conviene, por tanto, distinguir entre las soluciones que se estaban estudiando o filtrando y una resolución formal del comisario, que todavía no se había producido.
Una semana después, el 1 de julio de 2025, el Obispado hizo pública su propia propuesta a la Santa Sede. Planteaba que el nuevo Torreciudad, que seguía teniendo jurídicamente la condición de oratorio semipúblico, fuera reconocido como Santuario Internacional directamente dependiente de Roma; que el Opus Dei pudiera designar libremente al rector; que el complejo tuviera independencia económica respecto de la diócesis; y que la imagen original de la Virgen regresara a la antigua ermita.
La propuesta mostraba hasta dónde estaba dispuesto a llegar entonces el Obispado: renunciaba al gobierno ordinario y a cualquier beneficio económico derivado del gran santuario, pero mantenía como cuestión esencial la devolución de la imagen. El Opus Dei respondió que continuaba a disposición del comisario pontificio y a la espera de su resolución.
Este episodio resulta importante porque evita imaginar que entre 2024 y 2026 Arellano permaneció simplemente a la espera. Hubo una mediación activa y se estudiaron fórmulas concretas, pero ninguna quedó consolidada como solución definitiva. Precisamente esa falta de cierre ayudará a entender la escalada pública que se produjo pocas semanas después.
8 de septiembre de 2025: Francisco entra públicamente en el conflicto
Hay un momento anterior a la publicación de las cartas que conviene señalar porque marca una verdadera escalada del conflicto. El 8 de septiembre de 2025, durante la homilía de la Natividad de Nuestra Señora en la catedral de Barbastro, el obispo Ángel Pérez Pueyo hizo pública por primera vez de manera muy directa la intervención personal del papa Francisco en Torreciudad.
Hasta entonces se sabía que la Santa Sede estaba interviniendo y que Alejandro Arellano había sido nombrado comisario pontificio, pero Pérez Pueyo dio un paso más: afirmó que Francisco había apoyado su posición y reveló la existencia de cartas manuscritas del pontífice. Citó la expresión «Ángel, no cedás», de una carta de 2023, y explicó que en otra, fechada el 13 de octubre de 2024, Francisco le había advertido sobre las que denominaba «intrigas mafiosas» en torno al conflicto.
Una escalada decisiva
La homilía del 8 de septiembre de 2025 cambió la dimensión pública del conflicto. Por primera vez el obispo no sólo defendía su interpretación histórica y jurídica, sino que presentaba abiertamente al papa Francisco como respaldo de su posición y cuestionaba que una solución diferente respetara la voluntad del pontífice fallecido. Desde ese momento, el conflicto dejó de ser únicamente una discusión entre el Obispado y el Opus Dei sobre documentos, competencias e imagen: entró también en juego la interpretación de cuál había sido la voluntad de Francisco.
Aquel día las cartas todavía no se publicaron íntegramente. Pérez Pueyo habló de ellas, citó algunos de sus pasajes y manifestó que estaba dispuesto a mostrarlas. La existencia de esos documentos quedó así incorporada al debate público, pero su contenido completo seguía sin poder ser examinado directamente.
3 de septiembre de 2026: las cartas salen a la luz
Casi un año después, el 3 de septiembre de 2026, El País publicó las dos cartas manuscritas hasta entonces inéditas que Francisco había enviado a Ángel Pérez Pueyo durante el conflicto. La revelación permitió comprobar directamente aquello que el obispo había adelantado en su homilía del año anterior.
La carta del 13 de julio de 2023 contenía la expresión «¡No cedás!». La del 13 de octubre de 2024 mostraba igualmente que Francisco conocía de primera mano la tensión existente y seguía personalmente la evolución de Torreciudad.
Del anuncio de las cartas a su publicación
8 de septiembre de 2025: Pérez Pueyo revela públicamente que Francisco le había escrito y cita algunos de sus mensajes.
3 de septiembre de 2026: las cartas se publican y pueden ser conocidas directamente.
La primera fecha marca la escalada pública del conflicto; la segunda modifica de nuevo el relato porque permite comprobar documentalmente el respaldo personal de Francisco al obispo.
Las cartas no resolvían jurídicamente la disputa ni demostraban por sí solas que todas las tesis del Obispado fueran correctas. Pero sí hacían visible algo que hasta entonces sólo conocíamos por las declaraciones del propio Pérez Pueyo: Francisco había respaldado personalmente al obispo y había seguido directamente el conflicto. Su publicación reforzó, por tanto, la posición del Obispado en el terreno del relato público y modificó la forma en que muchos observadores interpretaron la intervención de Roma.
La reacción fue inmediata. Ese mismo 3 de septiembre, el Opus Dei defendió públicamente que el traslado de la imagen al nuevo templo había contado con la aceptación del obispo Jaime Flores y volvió a apoyarse en la documentación de 1966. La publicación de las cartas, por tanto, no cerró la discusión: añadió una nueva capa al conflicto, porque a los documentos históricos de 1962, 1966 y 1973 se incorporaba ahora una pregunta distinta: qué peso debía tener la voluntad expresada por Francisco en una controversia que todavía esperaba una resolución definitiva de la Santa Sede.
1964–2026: dos obispos ante la misma ermita. A la izquierda, Jaime Flores durante el regreso de la Virgen restaurada a Torreciudad en 1964. A la derecha, Ángel Pérez Pueyo durante la romería del 5 de septiembre de 2026. Sesenta y dos años separan ambas escenas, pero la antigua ermita sigue siendo el punto de encuentro.
5 de septiembre de 2026: la Virgen vuelve por un día a la ermita
Dos días después de la publicación de las cartas de Francisco se produjo otro momento significativo. El 5 de septiembre de 2026, con motivo de la 47.ª Romería de las Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe, la imagen original de Nuestra Señora de los Ángeles regresó por un día a la antigua ermita. El traslado desde su camarín en el nuevo templo había sido solicitado por el obispo y autorizado por el comisario pontificio, Alejandro Arellano.
La jornada comenzó precisamente en la ermita, donde la Virgen recibió a las distintas advocaciones marianas. Después, la celebración continuó en el santuario moderno. Esa secuencia tenía una fuerte carga simbólica: durante unas horas, los dos Torreciudad quedaban unidos en una misma celebración, primero en la pequeña ermita histórica y después en el gran templo construido en el siglo XX.
La homilía de Ángel Pérez Pueyo resultó especialmente importante porque introdujo un tono diferente al de los días más duros del conflicto. El obispo reconoció expresamente el bien realizado en Torreciudad durante décadas: habló de confesiones, conversiones, vocaciones, familias que habían recuperado la fe y personas que habían encontrado a Jesucristo de la mano de María. La propia información diocesana destacó su agradecimiento por «todo el bien realizado por la Prelatura del Opus Dei en Torreciudad a lo largo de los años».
Reconocer el bien y pedir integración
El núcleo de la homilía no fue negar la obra realizada por el Opus Dei, sino situarla dentro de una relación eclesial más amplia. Pérez Pueyo expresó su deseo de que Torreciudad siguiera siendo un gran foco de evangelización y pastoral familiar, pero «plenamente integrado en la diócesis». Esa fórmula resume bastante bien la posición episcopal que aparece al final de todo este proceso: continuidad de la misión de Torreciudad, sí; pero integrada en la Iglesia particular de Barbastro-Monzón.
Ese matiz es importante porque evita reducir la posición del Obispado a una reclamación patrimonial o a la ubicación de la Virgen. En la homilía del 5 de septiembre aparece con claridad una cuestión de fondo que atraviesa todo el conflicto: cómo encajar el gran Torreciudad dentro de la estructura diocesana sin borrar la identidad y la labor pastoral desarrolladas allí por el Opus Dei.
2026: el conflicto termina concentrándose en la Virgen
A medida que avanzaba la mediación, la posición del Obispado fue quedando cada vez más concentrada en un punto. La diócesis aceptaba que el gran Torreciudad pudiera convertirse en santuario internacional dependiente de la Santa Sede, que el Opus Dei mantuviera allí su misión pastoral e incluso que pudiera designar al rector. También manifestó su disposición a renunciar al gobierno del nuevo complejo, a compensaciones económicas y a cualquier responsabilidad sobre sus bienes y cuentas.
La condición que Pérez Pueyo presentó como irrenunciable era otra: la imagen original de Nuestra Señora de Torreciudad debía regresar a la antigua ermita. De esta manera, un conflicto que había comenzado alrededor de contratos, estatuto canónico, rector, competencias y propiedad fue reduciéndose progresivamente hasta quedar simbolizado en la ubicación habitual de la Virgen.
Esta evolución se produce siempre dentro del marco abierto por Arellano. Las propuestas de 2025 y 2026 no sustituyen su intervención: forman parte precisamente del escenario que el comisario pontificio debe ordenar y sobre el que la Santa Sede tendrá que pronunciarse.
Dos posiciones ya muy definidas
En septiembre de 2026 las dos partes han expuesto públicamente sus argumentos esenciales.
El
Opus Dei sostiene
que los acuerdos de 1962 y 1966 legitiman la permanencia de la imagen en el nuevo templo.
El
Obispado de Barbastro-Monzón considera
que ninguno de esos documentos acredita una cesión permanente del derecho a disponer de la talla.
Ambas partes remiten ahora, desde posiciones distintas, a la resolución de la Santa Sede.
De unir dos Torreciudad a volver a distinguirlos
Aquí aparece una curiosa paradoja histórica. En 1966 se intentaba integrar la antigua ermita y el nuevo santuario dentro de una misma realidad. Sesenta años después, la propuesta episcopal vuelve a distinguirlos. Arriba, un gran santuario internacional, con su enorme capacidad pastoral y vinculado a la misión desarrollada por el Opus Dei. Abajo, la antigua ermita diocesana, que recuperaría la presencia habitual de la imagen original.
En 1966 se intentó hacer de los dos Torreciudad una unidad. En 2026 el Obispado propone reconocer nuevamente sus diferencias.
Los dos Torreciudad en una misma imagen: la antigua ermita y el gran santuario. Dos espacios de escala muy diferente que forman parte de una misma historia.
Dos Torreciudad, una historia compartida
En Torreciudad antes de Torreciudad vimos cómo una pequeña ermita terminó dando origen, paso a paso, a un gran centro de peregrinación. Vista desde el Obispado, la misma historia plantea una pregunta diferente:
¿Qué ocurrió durante aquella transformación con la antigua ermita, con su Virgen y con los derechos que la diócesis considera que conservó sobre el lugar del que había partido todo?
Las dos historias no se excluyen. Sin Josemaría Escrivá difícilmente existiría el Torreciudad moderno. Sin la antigua ermita, su Virgen y los siglos de devoción anteriores, tampoco habría existido el proyecto que Escrivá decidió impulsar. El gran Torreciudad no apareció de una sola vez ni nació de un único documento. Fue creciendo mediante decisiones sucesivas: acuerdos civiles, autorizaciones canónicas, proyectos arquitectónicos y una práctica pastoral consolidada durante décadas.
El problema de Torreciudad no nace de que faltara todo marco jurídico, sino precisamente de lo contrario: existen varios marcos nacidos en momentos distintos y no todos producen hoy la misma interpretación.
Vista desde el Opus Dei, esta historia explica cómo la antigua ermita dio origen a un gran santuario. Vista desde el Obispado, plantea otra pregunta:
¿Qué debía conservar aquella ermita después de haber dado origen a algo mucho mayor que ella?
Quizá ahí siga estando, setenta años después, una de las claves para entender Torreciudad.
¿Dónde está hoy el conflicto?
Desde octubre de 2024 la búsqueda de una solución está encomendada por la Santa Sede a Alejandro Arellano Cedillo, comisario pontificio plenipotenciario para Torreciudad. En septiembre de 2026 no se ha hecho pública una resolución definitiva. La publicación de las cartas de Francisco el 3 de septiembre cambió de forma importante la percepción pública del conflicto, pero no sustituyó la decisión pendiente. El problema ya no depende solamente de que el Obispado y el Opus Dei alcancen por sí solos un acuerdo: está encauzado a través de la intervención de la Santa Sede y del comisario nombrado para buscar una solución.
¿Qué tiene que decidir ahora Roma?
Después de recorrer esta historia desde la antigua ermita hasta el conflicto actual,
queda una última pregunta: ¿qué tiene que resolver realmente Roma?
Este vídeo intenta ordenar la cuestión a partir de sus principales etapas:
los acuerdos de 1962 y 1966, la evolución del proyecto, la configuración canónica
del nuevo templo y la situación abierta desde 2020.
Torreciudad: ¿qué tiene que decidir Roma?
La cuestión ya no es simplemente quién es propietario de la imagen.
El problema es cómo deben interpretarse conjuntamente los acuerdos históricos,
qué derechos siguen vigentes sobre su uso, custodia y ubicación y qué
configuración jurídica debe tener Torreciudad en adelante.
Para reconstruir esta historia se han utilizado documentos históricos, fuentes del Obispado de Barbastro-Monzón y del Opus Dei, así como documentos y comunicaciones publicados durante el conflicto. No todos los textos tienen la misma naturaleza jurídica ni el mismo valor probatorio.
El antiguo Torreciudad
Resulta especialmente útil la documentación sobre el nombramiento de José Faro en 1794, donde aparece la expresión «Casa y Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad», junto con información sobre la residencia del sacerdote, bienes y rentas vinculados al lugar. Se han utilizado también documentación histórica sobre los antiguos priores, la Casa-Santuario y la hospedería, información patrimonial de SIPCA y estudios sobre José Muzás Lalueza y los acontecimientos de 1936.
De la recuperación de la ermita al nuevo Torreciudad
Para el periodo iniciado en 1956 se han utilizado las reconstrucciones históricas publicadas por Torreciudad y el Opus Dei, la escritura pública de 24 de septiembre de 1962 y el testimonio notarial de 8 de septiembre de 1966, relativo al acuerdo fechado el 15 de julio de aquel año. La evolución arquitectónica del proyecto entre 1963 y 1975 puede seguirse también mediante el documental dedicado a la construcción del nuevo Torreciudad.
El nuevo templo y el conflicto contemporáneo
Para el estatuto del templo y el conflicto posterior se han contrastado las comunicaciones oficiales del Obispado de Barbastro-Monzón, las explicaciones jurídicas publicadas por el Opus Dei, la documentación relativa al nombramiento del rector, las propuestas de regularización y la intervención de la Santa Sede.
La reconstrucción realizada por el Obispado en 2026 menciona una carta del obispo Ambrosio Echebarría a Florencio Sánchez Bella reclamando el regreso de la imagen. Al cierre de esta entrada no he localizado la publicación del documento original, por lo que cualquier referencia a su contenido se atribuye expresamente a la versión ofrecida por la diócesis.
Cómo una pequeña ermita terminó convirtiéndose, paso a paso, en el gran santuario actual
Cuando hoy contemplamos Torreciudad resulta fácil pensar que el gran santuario nació como un proyecto perfectamente definido desde el principio. Sin embargo, al reconstruir su historia aparece un proceso bastante más gradual.
Antes hubo una pequeña ermita sobre el Cinca, un recuerdo de infancia de Josemaría Escrivá, una consulta realizada desde Roma en 1956, la restauración de la antigua Torreciudad, un primer proyecto junto a la ermita, un cambio de emplazamiento, una iglesia más pequeña y, finalmente, un santuario preparado para recibir a numerosos peregrinos.
Esta entrada intenta responder a dos preguntas:
¿por qué se eligió precisamente Torreciudad y cómo se llegó, paso a paso, al santuario que vemos hoy?
Para reconstruir ese proceso utilizaremos como hilo conductor un reportaje publicado por Torreciudad en 2024 con motivo del cincuentenario del nuevo templo. Sus imágenes de archivo y los testimonios de quienes participaron o conocieron aquella historia permiten seguir la evolución del proyecto desde dentro. A ese relato añadiremos documentos y otras fuentes que ayudan a ordenar sus diferentes etapas.
1. Antes del nuevo Torreciudad
Antes del gran santuario, Torreciudad era un lugar muy distinto.
Sobre una atalaya rocosa junto al Cinca se encontraban la antigua torre que dio nombre al lugar y una pequeña ermita dedicada a la Virgen. Hasta allí llegaban vecinos, familias y romerías por caminos muy diferentes de los accesos actuales.
Antigua ermita de Torreciudad antes de la construcción del nuevo santuario.
El reportaje conserva fotografías y películas de aquel mundo anterior. Vecinos de la zona recuerdan las romerías, el difícil camino y una relación con la ermita integrada con naturalidad en la vida familiar y religiosa de los pueblos próximos.
También la Virgen tenía entonces una apariencia distinta.
La Virgen de Torreciudad revestida con mantos en la antigua ermita. Ésta fue durante generaciones la imagen contemplada por quienes acudían al pequeño santuario antes de las restauraciones del siglo XX.
Torreciudad, por tanto, no nació en 1975. Mucho antes del nuevo edificio ya existían un lugar, una devoción y una historia.
2. ¿Por qué precisamente Torreciudad?
Para responder a esta pregunta hay que separar dos historias que terminaron encontrándose.
Josemaría Escrivá tenía desde años antes el deseo de dejar construida una iglesia dedicada a la Virgen como agradecimiento por la protección recibida. Pero todavía no había concretado dónde debía estar.
Torreciudad pertenecía, entretanto, a una historia mucho más personal.
Escrivá había estado gravemente enfermo durante su infancia en Barbastro. Tras recuperarse, su madre lo llevó a Torreciudad para dar gracias a la Virgen.
Muchos años después, en 1956, volvió a interesarse por aquel lugar.
Consulta realizada en 1956 para obtener información sobre la ermita de Nuestra Señora de Torreciudad y su situación.
Desde Roma preguntó si existía una ermita denominada Nuestra Señora de Torreciudad, dónde se encontraba y cuál era su estado. La consulta llegó a Barbastro y permitió recuperar información sobre aquel lugar ligado a su infancia.
Documento en el que Josemaría Escrivá relaciona la imagen de Torreciudad con el recuerdo de su enfermedad infantil y la peregrinación realizada con su madre.
En 1956 todavía no tenemos diseñado el gran santuario actual. Tenemos algo mucho más sencillo:
un deseo previo de construir una iglesia mariana y un antiguo lugar de devoción ligado a un recuerdo personal que vuelve a aparecer.
Torreciudad empezaba a convertirse en el lugar donde aquel deseo podía tomar forma.
3. 1956–1964: recuperar primero lo antiguo
Tras la consulta de 1956 comenzaron los contactos que acabarían convirtiendo aquel interés en una actuación concreta.
El 24 de septiembre de 1962 se formalizó en Barbastro un acuerdo mediante censo enfitéutico. La diócesis mantenía la propiedad de la ermita, mientras se establecía un marco para su conservación, restauración y culto.
En 1962 el centro del proyecto seguía siendo la antigua ermita.
Una de las primeras actuaciones fue precisamente la restauración de la imagen. Tras ser intervenida en Talleres de Arte Granda, regresó en mayo de 1964 en una romería desde Bolturina presidida por el obispo Jaime Flores.
Romería de regreso de la Virgen a Torreciudad tras su restauración, mayo de 1964.
La fotografía resulta reveladora: todavía no existe el nuevo santuario. La Virgen regresa a su pequeña ermita rodeada de vecinos y peregrinos.
Pero, mientras se recuperaba aquella Torreciudad antigua, ya comenzaba a proyectarse otra.
4. 1963–1967: un proyecto que fue creciendo
Aquí se encuentra probablemente la parte menos conocida de la historia.
En 1963, Heliodoro Dols recibió el encargo de proyectar una casa de actividades o formación social junto a la antigua ermita.
Heliodoro Dols, arquitecto del nuevo Torreciudad. Su testimonio permite seguir cómo el proyecto fue cambiando de emplazamiento, función y escala.
Era un proyecto considerablemente más pequeño que el conjunto actual.
El problema apareció al intentar hacerlo encajar en el terreno. La ermita ocupaba una estrecha atalaya rocosa y añadir allí habitaciones, servicios y espacios comunes obligaba a alterar excesivamente aquel entorno.
El entorno de la antigua ermita permite comprender las limitaciones físicas del primer emplazamiento.
Se tomó entonces una decisión que cambiaría toda la historia posterior:
El proyecto salió de la antigua ermita y pasó al emplazamiento donde hoy se encuentra el santuario.
Pero ni siquiera entonces apareció inmediatamente el Torreciudad actual.
Dols recuerda una fase intermedia: en el nuevo emplazamiento se pensó inicialmente en un centro de actividades acompañado por una iglesia pequeña. La imagen de la Virgen se trasladaría allí y en la antigua ermita quedaría una representación.
Era otro Torreciudad posible que finalmente tampoco llegó a realizarse de aquella manera.
De una pequeña iglesia a un gran santuario
En 1966, la documentación entre el Obispado y el Patronato ya habla expresamente de la construcción de un nuevo santuario en el que recibiría culto la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad.
La idea había dejado atrás el simple centro de actividades junto a la antigua ermita.
Pero tampoco aquel proyecto tenía todavía necesariamente la escala que conocemos hoy.
En 1967, Heliodoro Dols volvió a tratar el proyecto con Josemaría Escrivá en Roma. El propio arquitecto explicaría posteriormente que el programa fue ampliándose. Escrivá pensaba en un lugar al que acudirían numerosos peregrinos.
«Aquí va a venir mucha gente.»
Hasta la gran explanada, hoy inseparable de nuestra imagen de Torreciudad, surgió como consecuencia de ese aumento de escala.
Cambió el lugar: de construir junto a la antigua ermita a hacerlo en otro emplazamiento cercano.
Cambió la función: de una casa de actividades con una pequeña iglesia a un santuario.
Cambió la escala: de un proyecto relativamente reducido a un gran centro de peregrinación.
El Torreciudad actual no estaba dibujado desde el principio. Fue apareciendo a medida que cambiaba lo que se esperaba que aquel lugar llegara a ser.
5. 1970–1975: construir el nuevo Torreciudad
Durante los años sesenta Dols fue desarrollando un proyecto sometido a numerosas modificaciones. A partir de 1970 comienza la gran fase constructiva que se prolongaría hasta 1975.
El nuevo santuario durante una fase avanzada de las obras.
Las fotografías permiten contemplar algo difícil de imaginar hoy: el enorme santuario cuando todavía era simplemente una obra levantándose sobre el monte.
Mientras Torreciudad cambiaba, también estaba transformándose el territorio que lo rodeaba.
El embalse de El Grado modificó profundamente el antiguo paisaje del Cinca. La ermita que durante siglos había contemplado el río pasó a quedar sobre una gran lámina de agua.
6. Las personas que lo hicieron posible
Trabajadores durante la construcción del nuevo santuario. Las obras reunieron a trabajadores procedentes de diferentes lugares de la comarca y de la provincia.
Una obra de estas dimensiones no se explica sólo por quienes la imaginaron o proyectaron.
El documental dedica una parte importante a los trabajadores y a quienes contribuyeron económicamente. Llegaron obreros de diferentes localidades de la comarca y de la provincia. Sus recuerdos hablan de grúas, andamios, esfuerzo y unas condiciones de trabajo muy distintas de las actuales, pero también del orgullo de haber participado en una obra que permanecería después de ellos.
La financiación ofrece otra dimensión humana. El reportaje recoge aportaciones muy diferentes: dinero obtenido mediante horas extraordinarias, una joya familiar, pequeños ahorros, familias que buscaban donativos o personas que renunciaban a algo propio para contribuir a la construcción.
Entre esos recuerdos aparece incluso el de un trabajador que vendió su Seat 600 y entregó 60.000 pesetas.
El gran santuario fue también el resultado de muchas pequeñas decisiones: trabajar, ahorrar, donar y construir.
7. Dar forma al santuario
Cuando la estructura estaba levantada todavía quedaba definir el carácter interior del templo. Uno de los elementos fundamentales fue el gran retablo.
Heliodoro Dols recuerda que llegó a plantearse la utilización de un retablo antiguo, pero finalmente se optó por realizar uno nuevo. Joan Mayné trabajó en un conjunto de alabastro concebido para narrar escenas religiosas de una manera comprensible y favorecer la oración.
La intención era que Torreciudad no fuese únicamente un edificio monumental. Su arquitectura y su decoración debían responder a la finalidad religiosa para la que había sido construido.
8. 1975: termina la obra, comienza Torreciudad
El 26 de mayo de 1975, Josemaría Escrivá visitó Torreciudad cuando el nuevo santuario estaba prácticamente terminado.
Josemaría Escrivá durante su visita a Torreciudad el 26 de mayo de 1975, con el nuevo santuario prácticamente terminado.
El documental conserva el recuerdo del momento en que se encendieron las luces del templo y pudo contemplar el resultado de un proceso iniciado casi veinte años antes.
Escrivá murió en Roma el 26 de junio de 1975.
El 7 de julio de 1975 estaba previsto el comienzo de la actividad del nuevo templo. Josemaría Escrivá había fallecido apenas once días antes, por lo que aquel inicio quedó inevitablemente marcado por su muerte y por la celebración de una misa funeral.
El nuevo santuario ya terminado y recibiendo visitantes. Tras años de proyectos y obras, comenzaba la vida del Torreciudad que conocemos hoy.
La fotografía nos lleva a un momento completamente diferente del que habíamos visto al comenzar.
Ya no tenemos una obra.
Tenemos un santuario funcionando.
Dos imágenes para comprender el cambio
Yo nací en 1966. Cuando miro la fotografía aérea de Torreciudad de 1957 estoy viendo, por tanto, el paisaje inmediatamente anterior al mundo que he conocido durante toda mi vida.
Después de recorrer casi veinte años de historia, quizá la transformación pueda entenderse mejor mirando simplemente dos fotografías aéreas.
Torreciudad en 1957. El Cinca conserva todavía su antiguo cauce y aún no existen el embalse de El Grado ni el nuevo santuario.
Torreciudad en la actualidad. El embalse, el santuario, las carreteras, los aparcamientos y la vegetación muestran hasta qué punto cambió el paisaje.
Entre ambas imágenes no ha cambiado sólo Torreciudad. Ha cambiado todo el paisaje que lo rodea.
Cincuenta años después
El reportaje que ha servido como hilo conductor de esta entrada fue publicado por Torreciudad en octubre de 2024, cuando se preparaba el cincuentenario del nuevo templo.
Su valor está en las imágenes históricas, pero también en algo mucho más difícil de recuperar mediante documentos: la memoria de quienes participaron o estuvieron cerca de aquella historia.
Es una narración realizada desde el propio Torreciudad. Por eso no pretende ser una mirada externa. Precisamente esa característica la convierte también en una fuente interesante: permite conocer cómo Torreciudad explica sus propios orígenes cincuenta años después.
El reportaje apareció en 2024, cuando el conflicto entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei sobre Torreciudad ya estaba abierto. Ese contexto forma parte inevitablemente de nuestra lectura actual, aunque el documental fue presentado con otro propósito: recuperar la memoria de la construcción ante el cincuentenario del nuevo templo.
Después de todo el recorrido, podemos volver a la pregunta inicial.
El Torreciudad que vemos hoy no nació de una sola decisión ni estuvo dibujado desde el principio. Fue creciendo durante casi veinte años: cambió de lugar, cambió de función y cambió de escala hasta transformar también el paisaje que lo rodeaba.
De cómo nació Torreciudad a lo que ahora debe resolver Roma
Reconstruir cómo fue creciendo el nuevo Torreciudad ayuda también a comprender
el conflicto actual. Los acuerdos se fueron produciendo en momentos distintos,
mientras cambiaban el proyecto, el emplazamiento y la propia escala del conjunto.
Por eso, cincuenta años después de la apertura del nuevo templo, la pregunta ya
no es solamente cómo se construyó Torreciudad, sino cómo deben interpretarse
ahora aquellos acuerdos y qué tiene que decidir la Santa Sede.
Torreciudad: ¿qué tiene que decidir Roma?
Un recorrido desde los acuerdos de 1962 y 1966 hasta la situación actual:
la imagen de la Virgen, los derechos derivados de aquellos documentos,
la configuración canónica del nuevo templo y las cuestiones que siguen
pendientes de resolución.
Fuentes y documentación
Esta entrada se ha construido principalmente a partir del reportaje publicado por Torreciudad en 2024 y se ha completado con documentación sobre las distintas etapas del proyecto.
Salvo la fotografía de la romería de 1964 y las dos ortofotos comparativas finales, las imágenes utilizadas en esta entrada son fotogramas extraídos del reportaje sobre la construcción del nuevo templo de Torreciudad publicado en 2024. Se han seleccionado para acompañar visualmente las distintas etapas del relato y facilitar la comprensión de cómo fue evolucionando el proyecto.
Torreciudad en Caminos de Barbastro
Una serie de entradas para recorrer la historia, el paisaje y el conflicto actual de Torreciudad:
Torreciudad
Una primera mirada publicada en Caminos de Barbastro en 2015.
Contenido elaborado por el autor con apoyo de herramientas de inteligencia artificial para la documentación, contraste de información, análisis de fuentes y edición del texto.