martes, 8 de septiembre de 2026

Bolturina y Torreciudad: cuando cambió el camino

Antiguo Santuario de Torreciudad visto desde el camino de La Puebla de Castro
Antiguo Santuario de Torreciudad y torre de señales, vistos desde el camino de La Puebla de Castro una vez pasadas las Serrafinas. Fotografía: Pedro Bardají Suárez. Fuente: «Torreciudad: la vida cotidiana en los dos últimos siglos» .

En la entrada “Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto” miramos Torreciudad desde Barbastro. Ahora quiero hacerlo desde el despoblado de Bolturina para ofrecer otra perspectiva.

La razón está en una fotografía de 1964 que aparece en aquella entrada, cuando empezaba a gestarse la nueva Torreciudad. En ella vemos la imagen restaurada de la Virgen de Torreciudad regresando a su antigua ermita, acompañada por el obispo de Barbastro, Jaime Flores, y por numerosos vecinos. Pero hay un detalle que cambia por completo la forma de mirar aquella escena: la romería parte de Bolturina.

Hoy puede resultar extraño. Quien visita Torreciudad llega normalmente por la carretera que conduce directamente al santuario desde El Grado y Bolturina queda fuera del recorrido habitual. Sólo vuelve a aparecer si llegamos por la carretera de La Puebla de Castro. En 1964 aquellas carreteras todavía no existían y la geografía era muy distinta. Para comprender la antigua Torreciudad hay que volver a mirar los pueblos y caminos que la rodeaban.

Y entre ellos aparece Bolturina.

Bolturina no era sólo un pueblo cercano

Hoy Bolturina aparece como un despoblado y la iglesia de Santa Ana queda casi aislada en el paisaje. Cuesta imaginar que a su alrededor hubo casas, calles, familias, cultivos y una vida cotidiana completa. A principios del siglo XX contaba con unos 140 habitantes. Las fotografías antiguas permiten recuperar esa imagen: un pequeño núcleo compacto, con la iglesia integrada en el pueblo y rodeado de bancales y campos trabajados a los pies de un tozal.

Vista antigua del pueblo de Bolturina
Estado actual de Bolturina con la iglesia de Santa Ana
La iglesia de Santa Ana permite reconocer el antiguo núcleo. Antes formaba parte del pueblo; hoy permanece sola.

La cercanía con Torreciudad no era sólo geográfica. Durante siglos, la antigua ermita estuvo vinculada eclesiásticamente al Priorato de Bolturina, y todavía a comienzos del siglo XX la Casa-Santuario y sus tierras aparecen documentadas dentro de esa jurisdicción.

Los documentos del siglo XIX permiten incluso asomarse a una Torreciudad muy distinta de la actual. Aparecen vecinos de Bolturina relacionados con la Casa-Santuario y los inventarios hablan de camas, alimentos, animales y utensilios domésticos propios de una hospedería. La ermita no era únicamente un lugar de devoción: formaba parte de una pequeña economía rural ligada al territorio.

Cuando terminaban las romerías y llegaba el invierno, Torreciudad quedaba prácticamente aislada. Una de las fuentes cuenta que, cuando había prior, éste se trasladaba entonces a Bolturina. Es un detalle pequeño, pero muy revelador: ambos lugares formaban parte de una misma vida cotidiana.

A Torreciudad se llegaba a pie o a caballo

Desde El Grado existía una senda difícil y accidentada, mientras que Bolturina ofrecía una de las rutas utilizadas por quienes viajaban con caballerías. Llegar a Torreciudad no era una ruta sencilla.

Mapa antiguo de los caminos entre Bolturina y Torreciudad
Mapa actual del entorno de Bolturina y Torreciudad
La relación entre Bolturina y Torreciudad se entendía a través de una red de caminos anterior a la carretera moderna.

La romería de 1964 conserva así mucho más que una celebración religiosa. Conserva un paisaje humano que todavía funcionaba: el pueblo, sus vecinos, la Virgen y el camino hacia la ermita.

Pero aquel mundo estaba a punto de cambiar.

Mientras Bolturina se vaciaba, Torreciudad crecía

La desaparición de Bolturina no puede explicarse por Torreciudad. Forma parte de un proceso de despoblación mucho más amplio que afectó durante aquellas décadas a numerosos pueblos del Somontano, la Ribagorza y el Sobrarbe. En mi propia familia ocurrió algo parecido con Sarsa de Surta, el pueblo donde nació mi padre y que también terminó quedando abandonado.

El camino del abandono: Sarsa de Surta es, en ese sentido, otra parte de la misma historia.

La falta de oportunidades, la mecanización del campo, la marcha hacia Barbastro, Monzón, Zaragoza o Barcelona y los grandes cambios económicos de aquellos años fueron vaciando muchos pequeños núcleos rurales. Al mismo tiempo, las grandes obras que transformaban el territorio —el embalse de El Grado, los nuevos regadíos o la construcción del nuevo santuario de Torreciudad— también generaban empleo y retenían durante un tiempo a parte de aquella población.

Por eso quizá la imagen más justa no sea buscar una relación de causa y efecto, sino observar dos procesos que sucedían casi al mismo tiempo: mientras Bolturina perdía habitantes, Torreciudad ganaba visitantes.

Ortofoto antigua del núcleo de Bolturina
Ortofoto actual del antiguo núcleo de Bolturina
La comparación aérea permite reconocer el antiguo núcleo de Bolturina y comprobar hasta qué punto ha cambiado el paisaje.

Las fotografías aéreas permiten distinguir además dos momentos diferentes. Primero se produjo el abandono progresivo del pueblo. Después llegó su desaparición física.

Diversas fuentes señalan que buena parte de las propiedades fueron adquiridas durante aquellos años por sociedades o entidades vinculadas al entorno patrimonial de Torreciudad. Cuando el pueblo quedó deshabitado, muchas viviendas fueron derribadas o dinamitadas. Sobre las razones concretas aparecen versiones diferentes: unas hablan de seguridad ante el estado de las construcciones y otras recogen testimonios según los cuales también se pretendía evitar la ocupación de las casas abandonadas.

Con las fuentes que he podido localizar no parece prudente ir mucho más lejos. Lo que sí puede comprobarse en las fotografías y ortofotos es el resultado: allí donde había existido un pequeño pueblo compacto quedó finalmente la iglesia de Santa Ana sola en el paisaje. El pueblo había desaparecido físicamente.

Cuando cambió el camino

La transformación decisiva no fue únicamente la construcción del nuevo santuario. También cambió la manera de llegar hasta él.

Durante siglos, Torreciudad había estado unido a su entorno por caminos que obligaban a pasar por los pueblos, seguir el relieve y adaptarse a una geografía difícil. Bolturina era una de esas puertas de acceso. La llegada formaba parte del propio viaje.

La construcción de las nuevas carreteras alteró por completo esa relación. Torreciudad pasó a estar conectado directamente con una red viaria pensada para otro volumen de visitantes y para una forma de acceso muy distinta. El nuevo acceso quedó articulado principalmente desde El Grado, mientras Bolturina quedaba fuera del recorrido habitual.

La nueva carretera no sólo cambió el acceso a Torreciudad. Cambió también su relación con los pueblos que lo rodeaban.

El antiguo esquema podría resumirse de una forma sencilla: pueblo, camino y ermita. El nuevo era diferente: carretera, aparcamiento y santuario.

Bolturina dejó de estar en el recorrido habitual de quienes llegaban a Torreciudad. Poco a poco, también dejó de estar en la mirada.

La historia anterior seguía existiendo, pero había dejado de ser visible para la mayoría de quienes llegaban a Torreciudad.

Recuperar Bolturina

Sin embargo, Bolturina no ha desaparecido de la memoria.

En los últimos años antiguos vecinos, descendientes y personas vinculadas al lugar han comenzado a recuperar fotografías, recuerdos, nombres y espacios. La Asociación Amigos de Bolturina, creada en 2019, ha impulsado trabajos de limpieza y recuperación del entorno de la iglesia de Santa Ana, el cementerio y la fuente.

En 2021 varias jornadas de trabajo permitieron volver a acondicionar algunos de esos lugares. El lema utilizado entonces resumía bien el sentido de la iniciativa: “Tras más de 40 años de silencio, Bolturina renace”.

Después llegaron también exposiciones y encuentros destinados a recuperar la memoria del pueblo. En 2022 se organizó la muestra Recordando Bolturina, con fotografías y recuerdos de antiguos habitantes y descendientes.

Y en 2024 el Museo Diocesano Barbastro-Monzón acogió la exposición De Bolturina a Torreciudad, el peregrinar de una Virgen , que recuperaba precisamente algunos de los vínculos históricos entre ambos lugares.

Recuperar Bolturina no significa necesariamente reconstruir el pueblo tal como fue. Significa también recuperar los nombres, las fotografías, las historias familiares, los caminos y la función que aquel lugar tuvo dentro de su territorio.

Volver a caminar la historia

Hoy todavía es posible acercarse a esa antigua geografía de una forma distinta a la habitual. El GR 17 atraviesa La Puebla de Castro, Ubiergo y Bolturina antes de llegar al Santuario de Torreciudad y continuar hacia El Grado.

No podemos afirmar que el sendero actual reproduzca metro a metro los caminos utilizados durante siglos, pero sí recupera, al menos en parte, su lógica: llegar a Torreciudad atravesando el territorio y pasando por algunos de los lugares que formaban parte de su antigua geografía humana.

GR 17: La Puebla de Castro – Ubiergo – Bolturina – Santuario de Torreciudad – El Grado

Quien hoy llega andando por este camino contempla Torreciudad de una manera muy diferente a quien llega directamente en coche. Aparecen el relieve, las distancias, los barrancos, los antiguos pueblos y esa sensación de aproximarse poco a poco a un lugar que durante siglos estuvo mucho más aislado.

Y vuelve a aparecer Bolturina. Durante siglos fue uno de los lugares desde los que se entendía y se alcanzaba Torreciudad. Después perdió habitantes, desaparecieron sus casas y la nueva carretera dejó el antiguo pueblo fuera del recorrido habitual. Pero la historia no desapareció con las casas. Permanece en los documentos, en las fotografías, en la iglesia de Santa Ana, en los recuerdos de quienes nacieron allí o descendieron de sus habitantes y también en los caminos que todavía atraviesan este paisaje.

Para comprender del todo Torreciudad, hay que volver a mirar el camino que venía de Bolturina.


Fuentes y más información

Antonio Torres Rausa, Torreciudad: propiedad y patrimonio en los siglos pasados .

Antonio Torres Rausa, Torreciudad: la vida cotidiana en los dos últimos siglos .

Constantino Ánchel, La primera romería de san Josemaría a la Virgen de Torreciudad .

Museo Diocesano Barbastro-Monzón, De Bolturina a Torreciudad, el peregrinar de una Virgen .

Diario del AltoAragón, La ilusión ya marca la rehabilitación del núcleo deshabitado de Bolturina .

Senderos Turísticos de Aragón, GR 17: La Puebla de Castro – Ubiergo – Bolturina – Santuario de Torreciudad – El Grado .


Cómo llegar a Bolturina en coche

Bolturina puede alcanzarse en coche desde la carretera que une Torreciudad con La Puebla de Castro. A unos 3,3 kilómetros de Torreciudad hay que abandonar la carretera y tomar la pista que conduce hacia el antiguo núcleo. Para facilitar la localización, he preparado la ruta en Google Maps:

Torreciudad en Caminos de Barbastro

Una serie de entradas para recorrer la historia, el paisaje y el conflicto actual de Torreciudad:

Torreciudad
Una primera mirada publicada en Caminos de Barbastro en 2015.

Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen
De la antigua ermita sobre el Cinca al gran santuario junto al embalse.

Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto
Los vínculos históricos entre Torreciudad, Barbastro y la diócesis.

Bolturina y Torreciudad: cuando cambió el camino
Los pueblos, caminos y relaciones humanas que rodeaban a la antigua Torreciudad.

Torreciudad y Barbastro: un camino de restitución, reconciliación y futuro
Una primera reflexión sobre el conflicto y la búsqueda de una salida compartida.

Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer
Una reflexión más reciente sobre una posible salida al conflicto preservando las distintas realidades de Torreciudad.

Contenido elaborado por el autor con apoyo de herramientas de inteligencia artificial para la documentación, contraste de información, análisis cartográfico y edición del texto.

Daniel Vallés Turmo

Septiembre de 2026

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lunes, 7 de septiembre de 2026

Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto

Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto

Una historia que también es la mía

Nací en Barbastro en 1966. Hasta hace poco nunca había pensado demasiado en esa coincidencia, pero mientras yo comenzaba mi vida estaba empezando también a tomar forma el Torreciudad moderno.

Mi relación con aquel lugar viene, además, de mucho antes de que yo pudiera conocerlo. Mi madre sufrió de niña un accidente gravísimo: cayó desde unos cinco metros de altura y estuvo a punto de morir. Después la llevaron a Torreciudad y durante toda su vida conservó un profundo agradecimiento a la Virgen. Esa historia formó parte de mi infancia y por eso la Virgen de Torreciudad nunca fue para mí simplemente una imagen religiosa situada en un santuario cercano. Desde niño estuvo unida a una memoria familiar de agradecimiento. Siempre llevaba una medalla de la Virgen pegada a su corazón. Como no había de Torreciudad, llevaba una del Pilar, como muchas mujeres de su generación.

San Josemaría Escrivá y la Virgen del Pilar en la iglesia de San Josemaría de Barbastro
San Josemaría Escrivá y la Virgen del Pilar. Relieve de la iglesia de San Josemaría de Barbastro. La presencia del Pilar recuerda una devoción profundamente arraigada en Aragón y también muy vinculada a la vida de Josemaría Escrivá. Esa misma devoción formó parte de mi historia familiar: mi madre llevaba siempre una medalla de la Virgen junto al corazón y, como no tenía una de Torreciudad, llevó durante años una del Pilar.

He crecido también viendo Torreciudad formar parte del paisaje de mi tierra. Durante mi infancia se construyó el nuevo santuario; durante mi juventud comenzó a consolidarse y durante mi vida adulta terminó convirtiéndose en una realidad conocida mucho más allá de nuestra comarca. Ahora, cuando el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei mantienen un conflicto que ha llegado hasta Roma, me he hecho una pregunta bastante sencilla: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?, que es la que se hacen la mayoría de sus paisanos atónitos.

No tengo vinculación con el santuario. Lo cuento únicamente para explicar desde dónde escribo: no desde una pertenencia institucional, sino como barbastrense que intenta comprender la historia de su propia tierra desde hace muchos años.

Y al empezar a reconstruirla me he encontrado una y otra vez con otro barbastrense: Josemaría Escrivá, aunque su reconocimiento haga que no sea fácil referirse a él como paisano.

Hay dos hechos que, puestos uno junto al otro, resultan especialmente llamativos. Sin Josemaría Escrivá no existiría el Torreciudad moderno que conocemos hoy. Y aunque no podemos saber qué habría ocurrido con el Obispado de Barbastro sin su intervención, sí sabemos que trabajó en diferentes momentos para defender su continuidad.

El hombre que hizo posible el Torreciudad moderno fue también uno de los barbastrenses que trabajaron para que su ciudad conservara su Obispado.

Torreciudad, Barbastro y Josemaría Escrivá: la historia antes del conflicto

Josemaría Escrivá, un barbastrense

Josemaría Escrivá nació en Barbastro el 9 de enero de 1902. Aquí pasó su infancia, recibió su primera formación y estudió en los Escolapios. Su familia formaba parte de la vida cotidiana de aquella pequeña ciudad de comienzos del siglo XX hasta que una grave crisis económica provocó su marcha a Logroño en 1915, cuando tenía trece años.

Escolapios de Barbastro a comienzos del siglo XX
Escolapios de Barbastro a comienzos del siglo XX. Josemaría Escrivá estudió en este colegio desde niño. No aparece en esta fotografía, pero sí nos acerca al ambiente escolar de la ciudad en la que pasó su infancia. Imagen coloreada y mejorada digitalmente.

Muchas décadas después yo también estudiaría en los Escolapios de Barbastro. Es una pequeña coincidencia, separada por generaciones, pero que me ayuda a mirar esta historia desde una cercanía especial.

Podría haber sucedido lo que ocurre tantas veces cuando una familia abandona una ciudad pequeña: que aquella etapa quedara simplemente atrás. Sin embargo, décadas después, cuando Escrivá se había convertido ya en fundador del Opus Dei y vivía lejos de Barbastro, seguía expresando públicamente un fuerte vínculo con su ciudad natal.

En una entrevista de 1969 afirmó: «Me interesa, y mucho, todo lo que se refiere a Barbastro». Explicó además que eran pocas las personas de su tierra que conocían hasta qué punto ponía su cariño y sus esfuerzos cuando podía hacer algo por la ciudad. Dos años después, en una carta dirigida al alcalde, escribió una frase todavía más sencilla: «Soy muy barbastrino».

Estas palabras podrían interpretarse únicamente como recuerdos afectivos de la infancia, pero adquieren otra dimensión cuando comprobamos que ese afecto se tradujo también en actuaciones concretas. Y una de las primeras tuvo que ver precisamente con aquello que hoy vuelve a aparecer en el centro de esta historia: el Obispado de Barbastro.

Cuando Barbastro temió perder su Obispado

La existencia del Obispado de Barbastro no fue siempre tan segura como puede parecernos hoy. Su historia atravesó numerosas dificultades y el Concordato de 1851 llegó a contemplar la supresión de la diócesis. Durante décadas Barbastro vivió una situación provisional, gobernada mediante administradores apostólicos.

Para una ciudad pequeña, conservar una sede episcopal tenía entonces una importancia que iba mucho más allá de lo estrictamente religioso. Formaba parte de su identidad, de su historia y también de su posición dentro del territorio.

Barbastro y Huesca: una larga disputa por la centralidad

A lo largo de los siglos, Barbastro vivió repetidamente la pérdida, defensa o recuperación de su sede episcopal y, en el siglo XIX, también compitió con Huesca por la capitalidad provincial. Ese pasado ayuda a comprender por qué el Obispado forma parte de la memoria histórica de la ciudad.

1100 · Barbastro inicia su sede episcopal
Tras la conquista cristiana, la sede de Roda se traslada a Barbastro, que adquiere un importante peso eclesiástico.

1116 · Conflicto con Huesca
San Ramón es desplazado en el contexto del enfrentamiento territorial con el obispo de Huesca. Comienza una larga disputa por territorios y derechos eclesiásticos.

1149 · Barbastro pierde la sede
La sede de Roda-Barbastro es trasladada a Lérida. Barbastro queda durante siglos sin obispado propio.

1571 · Recuperación del Obispado
Después de siglos de reivindicaciones, Pío V restablece la diócesis de Barbastro.

1829–1833 · Barbastro y Huesca disputan la capitalidad
Las dos ciudades compiten por la capitalidad del Alto Aragón. La reorganización provincial de 1833 consolida finalmente a Huesca como capital de la provincia.

1851 · El Obispado vuelve a estar amenazado
El Concordato de 1851 contempla la supresión de la diócesis de Barbastro. La ciudad queda durante décadas sin obispo residencial.

Siglo XX · Una nueva defensa del Obispado
Barbastro vuelve a movilizarse para conservar su sede episcopal tras la guerra civil. En esas gestiones participará también Josemaría Escrivá.

Una constante histórica: durante siglos Barbastro vivió repetidamente la pérdida, amenaza y recuperación de su sede episcopal y, más tarde, la disputa por su peso institucional frente a Huesca. Esta historia ayuda a entender por qué la continuidad del Obispado adquirió también una dimensión identitaria para la ciudad.

En los años cuarenta, tras la guerra civil, volvieron a existir temores sobre el futuro de la diócesis. Autoridades y representantes de Barbastro realizaron gestiones en Madrid y ante la Nunciatura para defender su continuidad. Entre quienes participaron en ellas estuvo Josemaría Escrivá cuando tenía 41 años.

No estuvo solo, y conviene dejarlo claro. Hubo una movilización de responsables municipales, miembros del Cabildo y otras personas relacionadas con Barbastro. Pero sabemos que la intervención de Escrivá fue considerada importante por sus propios contemporáneos. En 1947 el Ayuntamiento de Barbastro lo nombró Hijo Predilecto de la ciudad, y en la propia propuesta municipal se recordaban expresamente sus gestiones para evitar la desaparición de la diócesis.

Josemaría Escrivá, Hijo Predilecto de Barbastro
Josemaría Escrivá, Hijo Predilecto de Barbastro. El Ayuntamiento le concedió esta distinción en 1947, recordando expresamente en la propuesta municipal sus gestiones en defensa de la continuidad de la diócesis.

Me parece un dato especialmente interesante porque no estamos ante una interpretación elaborada muchas décadas después, sino ante el recuerdo que dejó en la propia ciudad aquella intervención.

Por eso podemos afirmar con bastante seguridad que, cuando Barbastro temió por la continuidad de su Obispado, Escrivá ayudó a defenderlo. No podemos saber qué habría ocurrido sin él ni sería correcto atribuirle en solitario la supervivencia de la diócesis. Pero tampoco parece razonable borrar aquella intervención de nuestra historia.

Y lo más significativo es que no ocurrió una sola vez. Aproximadamente dos décadas más tarde volvieron a circular noticias sobre una posible desaparición de la diócesis de Barbastro. La situación de Escrivá era entonces completamente distinta: vivía en Roma y el Opus Dei había adquirido ya una dimensión internacional.

Sin embargo, cuando volvió a plantearse el futuro de la diócesis de su ciudad natal, intervino nuevamente. Según la documentación biográfica conservada, hizo llegar a Pablo VI en 1966 un escrito en el que exponía razones históricas, sociales y pastorales y terminaba pidiendo expresamente que no se suprimiera la diócesis de Barbastro.

Este segundo episodio me parece incluso más significativo que el primero. Demuestra que la defensa del Obispado no fue solamente una actuación circunstancial de juventud. Dos décadas después continuaba preocupado por la misma cuestión.

Y aquí la cronología se vuelve especialmente interesante porque, mientras Escrivá defendía nuevamente la continuidad del Obispado, estaba tomando forma también el proyecto del nuevo Torreciudad. Para Escrivá, conservar el Obispado de Barbastro e impulsar Torreciudad no eran proyectos incompatibles, ni parece que lo fuera por la otra parte.

Romería de Torreciudad de 1964 con el obispo Jaime Flores
Romería a Torreciudad, 3 de mayo de 1964. La imagen de la Virgen regresaba a la antigua ermita después de una primera restauración realizada en Madrid. La peregrinación desde Bolturina estuvo presidida por el obispo de Barbastro, Jaime Flores, que pocos años después participaría también en los acuerdos para la construcción del nuevo santuario.

Mientras se defendía el Obispado, nacía otro Torreciudad

Yo nací en 1966. Cuando miro la fotografía aérea de Torreciudad de 1957 estoy viendo, por tanto, el paisaje inmediatamente anterior al mundo que he conocido durante toda mi vida.

La antigua ermita y la devoción a la Virgen estaban allí desde hacía siglos. Eso es importante recordarlo porque Josemaría Escrivá no creó Torreciudad ni creó su devoción. Pero prácticamente todo lo que hoy asociamos al lugar todavía no existía.

Ortofoto de Torreciudad en 1957
Torreciudad en 1957. La antigua ermita y su devoción ya existían, pero todavía no estaban el embalse de El Grado, el nuevo santuario ni las infraestructuras que posteriormente transformarían este paisaje. La línea azul señala el espacio donde décadas después se desarrollaría el nuevo santuario.

Esta transformación forma parte de un cambio mucho más amplio del paisaje del Cinca. La construcción de embalses, la extensión de los regadíos y las nuevas infraestructuras modificaron profundamente este territorio durante la segunda mitad del siglo XX. Sobre estos cambios ya reflexioné en El paisaje que estamos construyendo.

El Cinca discurría por su antiguo cauce, no existía el embalse de El Grado y el acceso se realizaba mediante los caminos tradicionales. La ermita se encontraba en un paraje apartado, mantenido durante generaciones por una devoción fundamentalmente local y comarcal, pero sin las comunicaciones ni las infraestructuras que después permitirían convertirlo en un gran centro de peregrinación.

Sin embargo, aquel aislamiento no significa que Torreciudad fuera un lugar olvidado. Pascual Madoz, en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de mediados del siglo XIX, menciona ya el santuario de Torreciudad, situado aproximadamente a media hora de Bolturina. Señala que contaba con hospedería, que estaba atendido por un sacerdote prior y que se sostenía con las limosnas de los fieles. Lo presenta, además, como un santuario de antigua tradición.

Torreciudad no era, por tanto, un lugar de paso. Era un lugar al que había que ir expresamente y cuyo acceso exigía esfuerzo. Mi madre me contó que, cuando la llevaron siendo niña, caminaron durante toda la noche.

Mapa histórico del acceso a Torreciudad desde Bolturina
Torreciudad antes de las nuevas comunicaciones. El mapa permite apreciar el aislamiento del lugar y los caminos que comunicaban la antigua ermita con Bolturina y otras poblaciones próximas. El Cinca discurría todavía por su cauce natural.

La primera gran transformación física del territorio no llegó de la mano del Opus Dei, sino del Estado. La construcción de la presa y del embalse de El Grado modificó profundamente este tramo del Cinca y obligó a construir nuevas infraestructuras. Entre ellas estuvo el camino de servicio por la margen izquierda del embalse desde la presa hasta Torreciudad, cuya adjudicación aparece publicada en el Boletín Oficial del Estado en diciembre de 1967.

Es importante precisar esto. No fue el Opus Dei quien construyó aquella carretera como una actuación propia. Sin embargo, el nuevo acceso vinculado a las obras del embalse cambió completamente las posibilidades del lugar precisamente cuando estaba empezando a desarrollarse el proyecto del nuevo santuario.

El arquitecto Heliodoro Dols había comenzado a trabajar en el proyecto en los años sesenta. La idea inicial fue evolucionando hasta adquirir una dimensión mucho mayor y las grandes obras se desarrollaron fundamentalmente durante la primera mitad de los años setenta.

Construcción del santuario de Torreciudad
Construcción del nuevo santuario de Torreciudad en los años setenta. En pocos años aquel terreno junto al embalse se transformó en el gran centro de peregrinación que abrió sus puertas en 1975.

Los testimonios de algunos trabajadores recuerdan un terreno seco, pedregoso y sin explanar, muy diferente del entorno que conocemos actualmente. En las obras participaron también trabajadores de localidades próximas, de modo que la construcción comenzó a establecer una relación laboral directa con la comarca.

El nuevo santuario abrió en 1975. Yo tenía entonces nueve años. Quizá por eso, para los barbastrenses de mi generación, resulta tan fácil tener la sensación de que aquel gran edificio siempre estuvo allí. Sin embargo, habían transcurrido menos de veinte años entre la fotografía aérea de 1957 y la aparición del nuevo Torreciudad.

El Cinca se había convertido en embalse, había aparecido una carretera, se había construido un enorme santuario y una devoción tradicional de carácter fundamentalmente local comenzaba a proyectarse internacionalmente.

Ortofoto actual de Torreciudad
Torreciudad en la actualidad. El embalse, el santuario, las carreteras, los aparcamientos y la vegetación muestran hasta qué punto cambió el paisaje en unas pocas décadas.
La primera imagen muestra el paisaje anterior a mi nacimiento. La segunda, el paisaje que se fue construyendo durante mi vida.

La forma más exacta de expresarlo, creo, es ésta: Escrivá no creó Torreciudad; transformó la escala de Torreciudad.

Mucho más que un santuario

Hay otro aspecto que hoy resulta fácil olvidar. El proyecto concebido alrededor de Torreciudad no consistía únicamente en construir una iglesia. Ya en 1969, antes de que comenzaran las grandes obras del santuario, Escrivá hablaba de un centro de formación rural destinado a promover actividades sociales y educativas en la comarca.

Aquella idea acabaría materializándose en la Escuela Familiar Agraria El Poblado, que comenzó a funcionar a comienzos de los años setenta. Durante décadas desarrolló formación profesional vinculada especialmente al medio rural y posteriormente otras actividades relacionadas con el empleo.

Con el tiempo fueron apareciendo también alojamientos, residencias y otras instalaciones. La antigua Hostería El Tozal funcionó durante años y su edificio ha comenzado recientemente una nueva etapa como albergue. A ello se sumaron distintas casas utilizadas por grupos y actividades y la cercana urbanización El Tozal.

El Poblado, la antigua Hostería y la urbanización El Tozal
Mucho más que un santuario. En el entorno de la presa y de Torreciudad fueron apareciendo El Poblado, la antigua Hostería y la urbanización El Tozal, junto con otras instalaciones relacionadas con las actividades desarrolladas en la zona.

Cuando se observa el conjunto resulta evidente que el proyecto acabó siendo bastante más que un edificio religioso. Formación, alojamientos, viviendas, carreteras, servicios y actividades generaron una presencia continuada de personas en un territorio que unas décadas antes era muy difícil de alcanzar.

Esa preocupación por el entorno aparece incluso en algunos detalles del proyecto. El arquitecto Heliodoro Dols recordaba que Escrivá pidió que determinados servicios comerciales no se instalaran dentro del propio santuario porque quería que esas necesidades pudieran beneficiar también a las poblaciones próximas.

Eso encaja con algo que Escrivá había expresado ya en 1969: su deseo de que Torreciudad ayudara a que Barbastro y su comarca fueran más conocidas y estimadas y pudiera proporcionar también un impulso económico al territorio.

Una percepción muy arraigada en Barbastro

Durante décadas existió en Barbastro una percepción difícil de demostrar documentalmente, pero muy presente en la memoria colectiva de la ciudad. En los años del desarrollismo franquista, cuando algunos ministros y altos cargos vinculados al Opus Dei ocupaban puestos relevantes en la Administración, muchas personas relacionaban determinadas inversiones realizadas en Barbastro con la influencia de Josemaría Escrivá y con su vínculo con su ciudad natal.

Obras como la canalización del río Vero, el desarrollo del polígono industrial, nuevas infraestructuras o determinadas actuaciones públicas eran interpretadas a veces desde esa idea: que «don Josemaría cuidaba de Barbastro» y que su posición y sus relaciones podían favorecer a la ciudad.

No he encontrado documentación que permita atribuir directamente esas obras a una intervención de Escrivá o del Opus Dei, y por tanto no sería correcto presentarlo como un hecho histórico demostrado. Pero la existencia de esa percepción sí forma parte de la historia social de Barbastro y ayuda a comprender la relación que durante décadas muchos barbastrenses mantuvieron con su figura.

Más que una afirmación sobre quién consiguió cada obra, es el recuerdo de una sensación: la de que un barbastrense que había alcanzado una enorme proyección fuera de la ciudad seguía pendiente, de alguna manera, de lo que ocurría en ella.

No sabemos hasta qué punto se cumplieron todas aquellas expectativas y sería absurdo atribuir a Torreciudad el posterior desarrollo de Barbastro. Pero sí podemos afirmar algo bastante más sencillo: antes de que el santuario existiera, Escrivá ya estaba pensando en los efectos que podía tener sobre su ciudad natal y su comarca.

Entrearcos: dejar algo vivo en Barbastro

En la plaza del Mercado, sobre el solar de la casa natal de Josemaría Escrivá, se construyó en 1977 el Centro Cultural Entrearcos, proyectado por Heliodoro Dols.

Escrivá había expresado que no quería que aquel lugar se convirtiera simplemente en un recuerdo sobre su persona, sino en un espacio vivo de formación y actividad abierto a los barbastrenses. Durante décadas Entrearcos ha acogido iniciativas culturales, sociales y formativas y ha servido también de puente entre Barbastro y quienes llegaban a Torreciudad.

Cincuenta años de relación con Barbastro

Una vez construido el santuario, Torreciudad dejó de ser un proyecto y comenzó a formar parte de la vida habitual del territorio. Durante décadas llegaron peregrinos, grupos organizados, familias y visitantes de numerosos países. Algunos acudían únicamente al santuario; otros conocían también Barbastro y otros lugares del Somontano, Sobrarbe y Ribagorza.

Para quienes vivimos aquí, aquella presencia terminó normalizándose. Los autobuses, las peregrinaciones, los visitantes extranjeros y las celebraciones multitudinarias pasaron a formar parte del paisaje habitual. También lo hicieron trabajadores, proveedores y empresas de la zona relacionadas de una forma u otra con las actividades desarrolladas allí.

La conexión con Barbastro no era automática. Un visitante podía llegar a Torreciudad y marcharse sin entrar en la ciudad. Por eso fueron apareciendo iniciativas destinadas precisamente a tender ese puente. Una de las más conocidas fue la Ruta de San Josemaría por Barbastro, que permitía recorrer los lugares relacionados con su infancia. Junto al componente religioso existía también una finalidad turística evidente: conseguir que una parte de quienes llegaban a Torreciudad conocieran Barbastro, visitaran su patrimonio y utilizaran sus establecimientos.

En estas iniciativas participaron personas vinculadas a Torreciudad, asociaciones empresariales y el Ayuntamiento a lo largo de etapas políticas diferentes. Por eso me parece adecuado hablar de una relación durante muchos años más territorial que partidista.

Incluso en mayo de 2025, cuando el conflicto entre el Obispado y el Opus Dei estaba ya abierto, el Ayuntamiento de Barbastro conmemoró los cincuenta años de la concesión de la Medalla de Oro de la ciudad a Josemaría Escrivá. Participaron responsables institucionales y antiguos alcaldes de diferentes etapas. Aquel acto demuestra que Escrivá continuaba formando parte de la memoria cívica de Barbastro incluso cuando la controversia de Torreciudad estaba ya sobre la mesa.

En 2024 la Cámara de Comercio de Huesca realizó, por encargo del Patronato de Torreciudad, un estudio sobre el impacto socioeconómico del santuario. El trabajo estimaba una media aproximada de 180.900 visitantes anuales y calculaba un impacto económico total cercano a los 97 millones de euros, sumando efectos directos, indirectos e inducidos en la provincia de Huesca y otras zonas de Aragón.

Conviene precisar que esa cifra no significa que Torreciudad deje 97 millones de euros en Barbastro. El estudio utiliza una metodología económica más amplia y, además, fue encargado por el propio Patronato. Pero resulta interesante desde el punto de vista histórico que, más de cincuenta años después de que Escrivá hablara de un posible impulso económico para su comarca, una institución empresarial tratara precisamente de medir esa repercusión.

De la convivencia al conflicto

Precisamente por todo lo anterior, para muchos barbastrenses resulta extraño contemplar ahora al Obispado de Barbastro-Monzón y al Opus Dei como dos partes enfrentadas.

La explicación jurídica es compleja y ya la he tratado con mayor detalle en otras entradas. Para comprender esta historia basta recordar que los acuerdos fundamentales se remontan a 1962 y 1966, cuando el Torreciudad moderno todavía estaba naciendo. Después llegaron el santuario de 1975 y cincuenta años de crecimiento y actividad. La realidad terminó siendo muchísimo mayor que la existente cuando se redactaron aquellos documentos.

A partir de 2020 se intentó actualizar el marco jurídico. Las posiciones del Obispado y del Opus Dei fueron alejándose hasta que el desacuerdo se hizo público en 2023 y finalmente llegó a Roma. En octubre de 2024 la Santa Sede nombró a Alejandro Arellano Cedillo, decano de la Rota Romana, para intervenir en la cuestión.

En septiembre de 2026 continuamos pendientes de una solución definitiva.

Una de las cosas que más me ha ayudado a comprender el conflicto es asumir que las dos partes miran momentos diferentes de una misma historia. El Obispado mira la antigua ermita, la imagen de la Virgen, la devoción secular y sus derechos históricos. El Opus Dei mira el santuario construido a partir de Escrivá, cincuenta años de actividad y toda una realidad religiosa y material levantada alrededor de aquella antigua devoción.

Jaime Flores en Torreciudad en 1964 y Ángel Pérez Pueyo en 2026 ante la antigua ermita
1964–2026: dos obispos ante la misma ermita. A la izquierda, Jaime Flores durante el regreso de la Virgen restaurada a Torreciudad en 1964. A la derecha, Ángel Pérez Pueyo durante la romería de septiembre de 2026. Sesenta y dos años separan ambas escenas, pero el arco de la antigua ermita sigue siendo el mismo.
La ermita permanece. Lo que ha cambiado es todo lo que se ha construido alrededor de ella, física e institucionalmente.

Ambas historias existen, y la Virgen de Torreciudad está en las dos.

Lo pude percibir de una forma especialmente clara durante la romería del pasado 5 de septiembre. La imagen estuvo unas horas en la antigua ermita y después regresó al nuevo santuario. La distancia física entre ambos lugares es pequeña, pero aquel recorrido parecía condensar siglos de historia. En la ermita está el origen; en el santuario están los últimos cincuenta años.

Y para mí hay además una historia todavía más sencilla: es la Virgen de la que mi madre habló siempre con agradecimiento después del gravísimo accidente que sufrió siendo niña. Por eso me cuesta contemplarla únicamente como una pieza dentro de un litigio.

Una historia que también es nuestra

Después de recorrer todo este camino termino regresando al punto desde el que empecé: Josemaría Escrivá como barbastrense.

En los años cuarenta intervino en las gestiones destinadas a defender la continuidad del Obispado. Décadas después volvió a intervenir ante Roma cuando nuevamente se temió por su futuro. Y simultáneamente estaba impulsando el nuevo Torreciudad. No parece que él viera ninguna contradicción entre ambas cosas: quería que continuara el Obispado de su ciudad y quería que Torreciudad creciera.

1. Sin Josemaría Escrivá no existiría el Torreciudad moderno.
La antigua ermita, la Virgen y la devoción son anteriores a él, pero el gran santuario y la transformación territorial que conocemos fueron posibles por su iniciativa.

2. Escrivá intervino repetidamente para defender la continuidad del Obispado de Barbastro.
No podemos saber qué habría sucedido sin él, porque hubo otras personas implicadas y la decisión final correspondía a Roma. Pero sí sabemos que participó en esas gestiones y que la propia ciudad reconoció tempranamente su importancia.

La paradoja de 2026 resulta difícil de ignorar: el hombre que hizo posible el Torreciudad moderno fue también uno de los barbastrenses que trabajaron para conservar el Obispado con el que ahora existe el conflicto.

He escrito esta entrada como barbastrense. Mi vida ha transcurrido prácticamente en paralelo a la del Torreciudad moderno y mi relación con su Virgen empezó con una historia familiar que escuché desde niño. Tampoco mi recorrido cristiano me sitúa dentro de una única sensibilidad de la Iglesia. Quizá por todo ello me interesa más intentar comprender esta historia que colocarme en uno de sus bandos.

No sé cuál será finalmente la solución que establezca Roma, y tampoco era ése el propósito de estas páginas. Lo que quería recuperar era algo anterior al conflicto: cómo era Torreciudad, cómo se transformó, qué papel tuvo Josemaría Escrivá, qué relación quiso mantener con Barbastro y cómo todo aquello terminó incorporándose durante medio siglo a la vida de nuestra comarca.

Porque antes de convertirse en un conflicto, Torreciudad fue durante mucho tiempo una historia compartida.

Torreciudad forma parte de la historia de Barbastro.
Representa una de las grandes realizaciones impulsadas por un barbastrense, Josemaría Escrivá, cuya iniciativa transformó una antigua devoción local en un santuario de proyección internacional.

El Obispado también forma parte de la historia de Barbastro.
Durante siglos la ciudad defendió su continuidad porque la sede episcopal representaba no solo una realidad religiosa, sino también una parte esencial de su identidad y de su lugar dentro del territorio.

Quizá por eso resulta tan difícil aceptar que ambas realidades puedan aparecer hoy enfrentadas. Para muchos barbastrenses, las dos forman parte de una misma historia colectiva y ninguna debería construirse contra la otra.

Para saber más sobre el conflicto actual

Esta entrada intenta explicar la historia anterior al conflicto. Para profundizar en la situación actual pueden resultar útiles estas otras dos entradas de Caminos de Barbastro:

Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen
Una aproximación documental y territorial a la antigua ermita, el nuevo santuario y la situación de la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad.

Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer
Una reflexión a partir de la romería del 5 de septiembre de 2026 y sobre la posibilidad de encontrar una solución en la que puedan continuar las distintas realidades vinculadas a Torreciudad.

Fuentes y documentación

Para preparar esta entrada he procurado diferenciar los documentos oficiales, las fuentes institucionales del Obispado, del Opus Dei y de Torreciudad, y los estudios realizados por otras entidades. Cuando una información procede de una institución directamente relacionada con una de las partes del conflicto, conviene tener presente esa procedencia.

Continuar la historia:
En la siguiente entrada cambiamos el punto de vista y miramos Torreciudad desde uno de los pueblos que históricamente estuvo más unido a la antigua ermita: Bolturina y Torreciudad: cuando cambió el camino .

Esta entrada recoge una reflexión personal acompañada de documentación histórica y fuentes públicas. Su propósito no es resolver el conflicto jurídico existente en torno a Torreciudad, sino aportar contexto histórico y territorial desde la perspectiva de un barbastrense.

Torreciudad en Caminos de Barbastro

Una serie de entradas para recorrer la historia, el paisaje y el conflicto actual de Torreciudad:

Torreciudad
Una primera mirada publicada en Caminos de Barbastro en 2015.

Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen
De la antigua ermita sobre el Cinca al gran santuario junto al embalse.

Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto
Los vínculos históricos entre Torreciudad, Barbastro y la diócesis.

Bolturina y Torreciudad: cuando cambió el camino
Los pueblos, caminos y relaciones humanas que rodeaban a la antigua Torreciudad.

Torreciudad y Barbastro: un camino de restitución, reconciliación y futuro
Una primera reflexión sobre el conflicto y la búsqueda de una salida compartida.

Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer
Una reflexión más reciente sobre una posible salida al conflicto preservando las distintas realidades de Torreciudad.

Daniel Vallés Turmo
Caminos de Barbastro

Entrada elaborada a partir de documentación histórica, fuentes públicas y experiencia personal, con apoyo de herramientas de inteligencia artificial para la búsqueda, contraste, organización y revisión de la información.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer

Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer

Cómo reparar la ermita, regularizar el santuario y construir un futuro compartido sin convertir la Virgen en el símbolo de una victoria o una derrota.

¡¡¡ ADVERTENCIA !!!

Puede parecer pretencioso intentar plantear una posible solución a un conflicto tan complejo como el de Torreciudad sin disponer de toda la información que manejan las partes y la Santa Sede.

No pretendo que lo que sigue sea la solución correcta ni que tenga que resultar válido para todos. Lo entiendo más bien como un ejercicio para ordenar el problema y mirarlo desde otra perspectiva.

Los seres humanos solemos ver con mucha facilidad los defectos de la posición contraria y bastante peor los de la propia. A veces, incluso una propuesta con la que no estamos de acuerdo puede ayudarnos precisamente a descubrir qué cambiaríamos, qué conservaríamos y qué estaríamos dispuestos a ceder.

Ése es el propósito de esta entrada: plantear una solución suficientemente concreta y estructurada para que cada lector pueda contrastarla con la suya y preguntarse qué solución propondría él.

La antigua ermita y el santuario moderno de Torreciudad
La antigua ermita y el santuario moderno de Torreciudad forman hoy parte de una misma realidad. El reto es encontrar un futuro en el que ninguno de los dos tenga que perder para que el otro gane.

Después de varios días siguiendo con atención el conflicto de Torreciudad, leyendo documentos, revisando las posiciones del Obispado de Barbastro-Monzón y del Opus Dei y, sobre todo, después de estar personalmente allí el 5 de septiembre de 2026, he terminado cambiando un poco la pregunta que me hacía al principio.

Durante mucho tiempo la cuestión parecía consistir en intentar saber quién tenía razón: qué decía exactamente el acuerdo de 1962, qué cambió en 1966, cuándo y en qué condiciones salió la imagen original de la antigua ermita, qué autoridad corresponde al obispo, cuál es la situación jurídica del santuario moderno o qué papel debe seguir desempeñando el Opus Dei.

Todo eso sigue siendo importante. Probablemente Roma tendrá que estudiarlo con mucha más información de la que podemos conocer desde fuera. Pero después de recorrer todo este camino me interesa cada vez más otra pregunta, quizá más sencilla y al mismo tiempo bastante más difícil:

¿Cómo regularizar Torreciudad sin destruir aquello que funciona y reparando aquello que quedó desequilibrado?

Quien quiera conocer con más detalle la documentación, la evolución del conflicto y lo ocurrido durante la romería del 5 de septiembre puede consultar la entrada anterior, donde he ido reuniendo las fuentes y actualizando la información.

La caja de Pandora ya está abierta

Cuando en 2020 comenzó a hablarse de actualizar el marco jurídico de Torreciudad, probablemente nadie imaginaba hasta dónde llegaría aquel proceso. Lo que inicialmente podía parecer una revisión de unos acuerdos nacidos en los años sesenta terminó sacando a la superficie cuestiones históricas, patrimoniales, canónicas y pastorales que llevaban décadas conviviendo sin un encaje completamente claro.

Poco a poco la antigua ermita, el santuario moderno, la talla original de Nuestra Señora de los Ángeles, el nombramiento del rector, la autoridad del obispo, la continuidad de la misión del Opus Dei y hasta la propia historia de Torreciudad quedaron unidos dentro de un mismo conflicto.

La caja de Pandora ya está abierta y no parece posible regresar simplemente al punto anterior, como si nada hubiera sucedido. Pero quizá tampoco sea necesario hacerlo. Una crisis puede producir daños, pero también puede obligar a ordenar mejor aquello que durante mucho tiempo funcionó gracias a equilibrios personales, acuerdos antiguos y una realidad que fue creciendo mucho más de lo que probablemente imaginaron quienes la pusieron en marcha.

Torreciudad no es hoy la realidad de 1962. Tampoco la de 1975. El santuario ha recibido durante medio siglo peregrinos de lugares muy distintos y se ha desarrollado alrededor de él una importante realidad pastoral y organizativa. El propio obispo ha reconocido públicamente el bien producido allí durante estos años. Al mismo tiempo, la antigua ermita quedó progresivamente relegada y permanece como el lugar donde nació una devoción muy anterior al santuario moderno.

Quizá una de las claves del problema esté precisamente aquí:

Torreciudad había crecido mucho más allá del marco jurídico e institucional con el que nació. El problema apareció cuando actualizar ese marco se mezcló con la voluntad de reparar también determinadas decisiones históricas.

Cuatro realidades que deberían seguir vivas

Después de analizar todo lo ocurrido, cada vez me resulta más difícil pensar en una solución basada únicamente en quién posee la talla o en qué espacio debe permanecer. Torreciudad es hoy mucho más complejo.

La ermita: recuperar vida, culto y una función propia.
El santuario: conservar continuidad y capacidad pastoral.
La diócesis: disponer de un encaje institucional claro.
El Opus Dei: poder continuar su misión dentro de ese nuevo marco.

Está, en primer lugar, la antigua ermita, que no debería convertirse simplemente en una pieza de museo dentro de la historia de Torreciudad. Tiene sentido que recupere una función propia, que vuelva a estar relacionada con la devoción popular, con los pueblos de Ribagorza y Sobrarbe y con la historia que dio origen a todo lo que vino después.

Está también el santuario moderno, una realidad que durante cincuenta años ha desarrollado una función religiosa, pastoral y de peregrinación que sería difícil ignorar. Regularizar su situación no debería significar debilitar aquello que ha demostrado capacidad para funcionar y atraer personas durante décadas.

La diócesis de Barbastro-Monzón, por su parte, necesita un encaje institucional claro. Resulta difícil imaginar que una realidad de la importancia de Torreciudad pueda continuar indefinidamente apoyándose en acuerdos de hace más de sesenta años cuya interpretación sigue siendo discutida.

Y está finalmente el Opus Dei, cuya misión forma parte ya de la historia contemporánea de Torreciudad. El propio obispo reconoció durante la homilía del 5 de septiembre las confesiones, conversiones, vocaciones y familias que han encontrado allí un camino de fe y expresó su deseo de que ese bien continúe y crezca.

Por eso creo que una solución no debería preguntarse únicamente quién obtiene lo que reclama.

Una buena solución debería preguntarse qué necesita cada una de estas realidades para seguir viva dentro de veinte o treinta años.

El pasado, el presente y el futuro

Quizá buena parte del conflicto se haya complicado porque se han terminado mezclando tres problemas diferentes. Uno pertenece al pasado: qué ocurrió con los acuerdos de 1962 y 1966, qué derechos se establecieron entonces, cómo se produjo posteriormente el traslado de la imagen y qué lugar debía ocupar la antigua ermita.

Otro pertenece al presente: qué autoridad corresponde a la diócesis, cómo debe nombrarse el rector, qué responsabilidades tienen las distintas instituciones, quién sostiene económicamente el complejo y cuál es la situación canónica del conjunto.

Y existe además una tercera cuestión, que probablemente sea la más importante: cómo debe organizarse Torreciudad para que pueda seguir funcionando dentro de veinte, treinta o cincuenta años.

Pasado: reconocer lo ocurrido.
Presente: regularizar la realidad que existe.
Futuro: diseñar un marco capaz de durar.

Por eso una de las ideas que más me ha ayudado a ordenar todo este conflicto es ésta:

El pasado debe ser reconocido, el presente debe ser regularizado y el futuro debe ser diseñado.

No necesariamente tienen que resolverse las tres cosas mediante una sola decisión. Reconocer que la antigua ermita perdió centralidad no obliga automáticamente a concluir que la única forma de repararlo sea trasladar allí permanentemente la imagen original. Y reconocer que el santuario moderno ha desarrollado una importante realidad pastoral tampoco significa que pueda continuar indefinidamente dentro de un marco institucional ambiguo.

Especialmente importante me parece distinguir dos cuestiones que durante estos años han terminado casi identificándose:

Integrar Torreciudad en la diócesis no es necesariamente lo mismo que trasladar definitivamente la imagen original a la ermita.

La integración institucional puede articularse mediante normas, competencias y responsabilidades claras. La ubicación de la imagen incorpora además cuestiones históricas, devocionales, patrimoniales, pastorales y de conservación que quizá merezcan ser consideradas por separado.

Cuando tuve que dejar de esconderme detrás del análisis

Durante varios días intenté entender Torreciudad acumulando documentos, declaraciones, acuerdos antiguos y versiones diferentes de una misma historia. Había momentos en que parecía que cuanto más leía, más difícil resultaba separar lo importante de todo lo accesorio.

En medio de ese trabajo hubo dos cosas que me ayudaron a cambiar de perspectiva. Una fue una conversación con un periodista. Me dijo algo bastante sencillo: «Tú también tendrás que tener tu opinión, ¿no?». Incluso me hizo ver que no podía esconderme indefinidamente detrás de una reflexión documental. Después de analizar tanto, también tenía que asumir una posición propia.

La otra ocurrió mirando de cerca la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles. Entre tantos símbolos, titulares y discusiones terminé fijándome en algo mucho más pequeño: la mano del Niño Jesús, la mano de su Madre y el libro que sostiene. En él puede leerse el comienzo del Evangelio de san Juan: «En el principio era la Palabra».

Detalle de las manos del Niño Jesús y de la Virgen de Torreciudad junto al libro
La mano del Niño, la mano de la Virgen y el comienzo del Evangelio de san Juan: «En el principio era la Palabra». Un detalle que me ayudó a volver a la esencia de todo este conflicto.

Aquella imagen me ayudó a volver un poco a la esencia de todo esto. Torreciudad no nació para convertirse en un conflicto entre instituciones. La Virgen tampoco debería terminar siendo el símbolo de quién ha ganado o perdido una disputa. Y quizá la mejor manera de intentar salir de todo este laberinto sea regresar precisamente a aquello que está detrás de todo lo demás: la fe, la palabra, la devoción y las personas.

Fue a partir de ahí cuando dejé de preguntarme solamente quién tenía razón y empecé a preguntarme cuál podía ser una solución que ayudara realmente a Torreciudad.

Una solución de integración

Después de todo lo estudiado, la solución que personalmente me parece más equilibrada no sería mantener simplemente lo que existía antes de comenzar el conflicto, pero tampoco trasladar el desequilibrio de un espacio al otro. Torreciudad necesita un marco nuevo.

Un acuerdo o estatuto suficientemente claro debería definir la relación entre la diócesis, el santuario moderno, la antigua ermita y las instituciones que sostienen actualmente su funcionamiento. Tendría que establecer con claridad la forma de nombrar al rector, las competencias de cada parte, las responsabilidades patrimoniales, la financiación y aquellos mecanismos que permitan resolver futuros desacuerdos sin volver a abrir toda la crisis.

Porque una solución estable no puede depender de que el obispo y los responsables de Torreciudad de cada momento mantengan una buena relación personal.

Un buen acuerdo no es el que funciona entre amigos, sino el que sigue funcionando cuando las relaciones personales son malas.

La antigua ermita debería recuperar además una función propia dentro del conjunto. No bastaría con devolver allí una imagen y considerar resuelto el problema. Para que la ermita gane realmente tendría que recuperar vida, culto, memoria, relación con los pueblos, pequeñas peregrinaciones y una presencia clara dentro del recorrido de quienes visitan Torreciudad.

El santuario moderno, al mismo tiempo, debería conservar la continuidad de la misión que se ha desarrollado allí durante medio siglo. Regularizar Torreciudad tendría que significar fortalecer su futuro y no convertir la reforma en una forma de vaciamiento.

Por eso la solución que me parece más sensata podría resumirse así:

No se trata de conservar el statu quo. La ermita debe ganar de verdad. Pero tampoco de reparar el pasado creando una nueva pérdida en el santuario.
Matriz de posibles soluciones al conflicto de Torreciudad
Una solución equilibrada debería fortalecer tanto la antigua ermita como el santuario moderno.

¿Y dónde debería estar la Virgen?

Éste es probablemente el punto más difícil de todo el conflicto porque la talla original ha terminado acumulando muchos significados diferentes. Es una imagen religiosa, pero también una pieza histórica; es la Virgen vinculada durante siglos a la antigua ermita, pero también la imagen que durante cincuenta años ha presidido el gran retablo del santuario moderno.

Su ubicación ha terminado representando además cuestiones de autoridad, de continuidad, de reconocimiento e incluso de quién parece haber ganado o perdido la disputa.

Quizá sea demasiado peso para una sola talla.

Después de todo lo estudiado, y siempre sometiendo esta opinión a lo que puedan determinar los derechos existentes y los criterios técnicos de conservación, me parece más equilibrado que la imagen original pudiera mantener su continuidad habitual en el santuario moderno y recuperar al mismo tiempo una relación estable y significativa con la antigua ermita.

La jornada del 5 de septiembre permitió ver, de una manera muy concreta, que ambos espacios pueden volver a relacionarse. Aquella mañana la Virgen regresó junto a su antigua ermita y posteriormente volvió al santuario moderno. La operación mostró también que el traslado de una talla de estas características no es algo sencillo: requiere cuidado, protección, manipulación especializada y unas condiciones de seguridad que probablemente deban ser valoradas por técnicos antes de establecer cualquier régimen periódico.

Personalmente, aquella cercanía me produjo además una impresión que no esperaba. Durante años había visto la imagen en lo alto del gran retablo y, de pronto, podía contemplarla casi a la altura de los ojos. Pude fijarme en las manos, en el libro y en detalles que desde abajo apenas se perciben. Entendí entonces mejor algo de la antigua devoción popular: una imagen religiosa no está solamente para ser contemplada desde lejos; también existe una necesidad de proximidad.

Por eso creo que, cualquiera que sea finalmente su ubicación habitual, tendría sentido que la imagen original pudiera estar en determinados momentos más cerca de las personas, siempre en condiciones adecuadas de conservación y seguridad. No solo como un gesto hacia la antigua ermita, sino como una forma de recuperar también esa relación más cercana entre la imagen y los fieles.

Para la presencia habitual en la antigua ermita podría utilizarse una réplica de gran calidad, inspirada en la imagen que conocemos por las fotografías de la época en que todavía se veneraba en aquel lugar. No como una copia sin importancia, sino como parte de una recuperación más amplia de la propia ermita y de su función religiosa.

La réplica podría asegurar una presencia estable en la ermita, mientras que el original podría devolverle, en determinados momentos, una proximidad que forma parte también de su historia devocional.

La cuestión principal no debería ser, por tanto, si arriba queda el original y abajo una copia o al contrario. Lo verdaderamente importante sería conseguir que los dos espacios vuelvan a tener una razón propia para existir.

Integrar sin absorber, continuar sin aislarse

Una solución de este tipo exigiría también que todas las partes aceptaran algo que probablemente no coincide completamente con su posición actual.

El obispo tendría que aceptar que la integración plena de Torreciudad en la Iglesia local no necesita demostrarse necesariamente mediante la residencia permanente de la talla original en la ermita. La autoridad episcopal debería quedar suficientemente clara en las normas y no depender de un gesto simbólico.

El Opus Dei, por su parte, tendría que aceptar que la continuidad de su misión no puede descansar indefinidamente sobre un marco jurídico discutido y que Torreciudad necesita una relación institucional inequívoca con la diócesis.

La diócesis tendría que reconocer que integrar no significa absorber, del mismo modo que el Opus Dei debería asumir que conservar una identidad propia no significa aislarse.

Y probablemente la Santa Sede tenga que desempeñar el papel decisivo, porque Torreciudad es hoy una realidad demasiado grande para ser tratada únicamente como un asunto local y demasiado vinculada a Barbastro-Monzón para funcionar al margen de su Iglesia particular.

Torreciudad es, en cierto modo, local por su origen e internacional por su evolución. La solución debería reconocer ambas cosas.

Lo que vi el 5 de septiembre

La romería del 5 de septiembre me ayudó mucho a entender esta cuestión porque durante unas horas pude ver juntas las dos realidades de Torreciudad.

Abajo estaban la antigua ermita y, junto a ella, la imagen original, rodeada de advocaciones llegadas de distintos pueblos. Arriba esperaba el gran santuario moderno, construido muchos años después y convertido en el lugar al que llegan peregrinos de lugares muy distintos.

Entre ambos espacios había personas, sacerdotes, imágenes, conversaciones y una tensión que, aunque apenas se mostraba exteriormente, seguía presente.

Imagen de Nuestra Señora de los Ángeles junto al altar del santuario de Torreciudad
La imagen original junto al altar del santuario moderno, con el camarín del retablo vacío al fondo, el 5 de septiembre de 2026.

La homilía del obispo tuvo un tono muy diferente al de algunos de los días anteriores. Habló de comunión, agradeció expresamente el bien desarrollado por el Opus Dei en Torreciudad y pronunció una frase que me parece especialmente importante:

«Que nadie tenga que desaparecer para que todos podamos vivir, amar y servir.»

Quizá esa frase pueda servir también como criterio para valorar cualquier solución futura. Porque si nadie tiene que desaparecer, entonces la antigua ermita no debería recuperar su lugar a costa de vaciar de significado el santuario moderno. El santuario tampoco debería continuar ignorando la importancia histórica y religiosa de la ermita. La diócesis no debería sentirse extraña dentro de Torreciudad y el Opus Dei tampoco debería experimentar la regularización como la progresiva desaparición de aquello que ha construido durante medio siglo.

Ese día me quedó además otra impresión: cuando una relación institucional se deteriora, cualquier gesto comienza a cargarse de significado. Que la Virgen esté abajo o arriba, que el camarín aparezca vacío, que el obispo entre en la ermita o que la imagen vuelva al templo moderno dejan de ser simplemente actos religiosos y empiezan a interpretarse como movimientos dentro del conflicto.

La normalidad regresará cuando ya no necesitemos interpretar cada gesto.

Que gane Torreciudad

Quizá ésta sea finalmente la manera más sencilla de explicar todo lo anterior. No creo que una buena solución deba establecer si gana el obispo o gana el Opus Dei. Tendría que conseguir que gane Torreciudad.

Eso significaría que la ermita recuperase vida y sentido, que el santuario mantuviera estabilidad y continuidad, que la diócesis obtuviera un encaje institucional claro y que el Opus Dei pudiera continuar desarrollando allí su misión dentro de unas reglas conocidas por todos.

Y, sobre todo, que una familia pudiera entrar en la antigua ermita y después subir al santuario sin sentir que está atravesando la frontera entre dos partes enfrentadas de la Iglesia.

Porque el verdadero éxito no será que una de las partes consiga demostrar que tenía razón. Será que dentro de algunos años nadie necesite hacerse esa pregunta.

La esperanza que queda en la caja

La caja de Pandora ya se abrió. De ella han salido documentos olvidados, interpretaciones enfrentadas, procedimientos jurídicos, cartas, titulares, desconfianzas y gestos convertidos en símbolos. No tiene sentido intentar borrar todo eso ni regresar artificialmente al punto de partida.

Pero el mito de Pandora recuerda también que, cuando la caja se cerró, quedó dentro la esperanza.

Después de varios días intentando comprender el conflicto de Torreciudad, quise resumir también esta reflexión con mi propia voz. No como una conclusión jurídica, sino como una propuesta personal: que la ermita, el santuario, la diócesis y el Opus Dei puedan encontrar un marco en el que nadie tenga que desaparecer.

Torreciudad, septiembre de 2026 · Caminos de Barbastro

Quizá esa esperanza consista ahora en aprovechar todo lo ocurrido para construir un Torreciudad mejor ordenado que el que existía antes del conflicto: un Torreciudad en el que la antigua ermita vuelva a estar viva sin que el santuario deje de estarlo; en el que la diócesis pueda sentirse plenamente reconocida sin necesidad de asumir una estructura que quizá no tenga capacidad para sostener directamente; en el que el Opus Dei continúe una misión que forma parte ya de la historia de este lugar, pero dentro de un marco institucional claro; y en el que la Virgen vuelva a ser principalmente aquello que siempre fue para quienes acudían a verla: una imagen de devoción y no el marcador de quién ha vencido.

Quizá la mejor solución sea aquella en la que todos tengan que renunciar a algo, pero nadie tenga que desaparecer.

Torreciudad se habrá reparado de verdad cuando la autoridad ya no necesite escenificarse, la identidad ya no necesite defenderse y la Virgen ya no tenga que cargar con el peso del conflicto.

Entonces la caja podrá cerrarse. No para olvidar lo ocurrido, sino porque ya no será necesario seguir viviendo dentro de ello.


Cómo se ha elaborado esta reflexión

Esta entrada es el resultado de varios días de trabajo sobre documentos jurídicos, comunicados oficiales, informaciones periodísticas, declaraciones públicas y la observación personal realizada en Torreciudad el 5 de septiembre de 2026.

La profundidad de este análisis no habría sido posible en tan poco tiempo sin la ayuda de herramientas de inteligencia artificial, utilizadas para localizar y ordenar fuentes dispersas, reconstruir cronologías, comparar documentos de distintas fechas y someter las diferentes hipótesis a contraste.

En un conflicto que se extiende durante años y cuya documentación aparece repartida entre escrituras notariales, comunicados de la diócesis, textos del Opus Dei, medios de comunicación y documentos posteriores, esta ayuda me ha permitido realizar en pocos días una investigación mucho más amplia de la que habría podido desarrollar por mis propios medios en ese mismo tiempo.

Las visitas, fotografías y observaciones sobre el terreno son propias. La selección final de las fuentes, su interpretación y las conclusiones expresadas en esta entrada corresponden al autor de Caminos de Barbastro.

Para entender el origen del conflicto

Esta reflexión sobre una posible salida al conflicto se entiende mejor conociendo la historia anterior. En Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto reconstruyo la relación histórica entre Torreciudad, Barbastro, el Obispado y Josemaría Escrivá.

PARA TERMINAR

Espero que este recorrido de ideas te haya servido para comprender mejor el conflicto de Torreciudad y, sobre todo, para formarte una opinión propia sobre sus posibles soluciones.

No era mi intención ofrecer una respuesta definitiva, sino ordenar los problemas, separar las distintas cuestiones y mostrar una posible salida suficientemente concreta como para poder pensarla, discutirla o incluso rechazarla.

Si al terminar esta entrada tienes más claro qué solución propondrías tú, entonces este ejercicio ya habrá cumplido su objetivo.

Torreciudad en Caminos de Barbastro

Una serie de entradas para recorrer la historia, el paisaje y el conflicto actual de Torreciudad:

Torreciudad
Una primera mirada publicada en Caminos de Barbastro en 2015.

Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen
De la antigua ermita sobre el Cinca al gran santuario junto al embalse.

Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto
Los vínculos históricos entre Torreciudad, Barbastro y la diócesis.

Bolturina y Torreciudad: cuando cambió el camino
Los pueblos, caminos y relaciones humanas que rodeaban a la antigua Torreciudad.

Torreciudad y Barbastro: un camino de restitución, reconciliación y futuro
Una primera reflexión sobre el conflicto y la búsqueda de una salida compartida.

Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer
Una reflexión más reciente sobre una posible salida al conflicto preservando las distintas realidades de Torreciudad.


Daniel Vallés Turmo
Caminos de Barbastro
Septiembre de 2026