Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto
Una historia que también es la mía
Nací en Barbastro en 1966. Hasta hace poco nunca había pensado demasiado en esa coincidencia, pero mientras yo comenzaba mi vida estaba empezando también a tomar forma el Torreciudad moderno.
Mi relación con aquel lugar viene, además, de mucho antes de que yo pudiera conocerlo. Mi madre sufrió de niña un accidente gravísimo: cayó desde unos cinco metros de altura y estuvo a punto de morir. Después la llevaron a Torreciudad y durante toda su vida conservó un profundo agradecimiento a la Virgen. Esa historia formó parte de mi infancia y por eso la Virgen de Torreciudad nunca fue para mí simplemente una imagen religiosa situada en un santuario cercano. Desde niño estuvo unida a una memoria familiar de agradecimiento. Siempre llevaba una medalla de la Virgen pegada a su corazón. Como no había de Torreciudad, llevaba una del Pilar, como muchas mujeres de su generación.
San Josemaría Escrivá y la Virgen del Pilar.
Relieve de la iglesia de San Josemaría de Barbastro. La presencia del Pilar recuerda una devoción profundamente arraigada en Aragón y también muy vinculada a la vida de Josemaría Escrivá. Esa misma devoción formó parte de mi historia familiar: mi madre llevaba siempre una medalla de la Virgen junto al corazón y, como no tenía una de Torreciudad, llevó durante años una del Pilar.
He crecido también viendo Torreciudad formar parte del paisaje de mi tierra. Durante mi infancia se construyó el nuevo santuario; durante mi juventud comenzó a consolidarse y durante mi vida adulta terminó convirtiéndose en una realidad conocida mucho más allá de nuestra comarca. Ahora, cuando el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei mantienen un conflicto que ha llegado hasta Roma, me he hecho una pregunta bastante sencilla: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?
No tengo vinculación con el santuario. Lo cuento únicamente para explicar desde dónde escribo: no desde una pertenencia institucional, sino como barbastrense que intenta comprender una historia de su propia tierra.
Y al empezar a reconstruirla me he encontrado una y otra vez con otro barbastrense: Josemaría Escrivá, aunque su reconocimiento haga que no sea fácil referirse a él como paisano.
Hay dos hechos que, puestos uno junto al otro, resultan especialmente llamativos. Sin Josemaría Escrivá no existiría el Torreciudad moderno que conocemos hoy. Y aunque no podemos saber qué habría ocurrido con el Obispado de Barbastro sin su intervención, sí sabemos que trabajó en diferentes momentos para defender su continuidad.
El hombre que hizo posible el Torreciudad moderno fue también uno de los barbastrenses que trabajaron para que su ciudad conservara su Obispado.
Torreciudad, Barbastro y Josemaría Escrivá: la historia antes del conflicto
Josemaría Escrivá, un barbastrense
Josemaría Escrivá nació en Barbastro el 9 de enero de 1902. Aquí pasó su infancia, recibió su primera formación y estudió en los Escolapios. Su familia formaba parte de la vida cotidiana de aquella pequeña ciudad de comienzos del siglo XX hasta que una grave crisis económica provocó su marcha a Logroño en 1915, cuando tenía trece años.
Escolapios de Barbastro a comienzos del siglo XX.
Josemaría Escrivá estudió en este colegio desde niño. No sabemos si aparece en esta fotografía, pero sí nos acerca al ambiente escolar de la ciudad en la que pasó su infancia. Imagen coloreada y mejorada digitalmente.
Muchas décadas después yo también estudiaría en los Escolapios de Barbastro. Es una pequeña coincidencia, separada por generaciones, pero que me ayuda a mirar esta historia desde una cercanía especial.
Podría haber sucedido lo que ocurre tantas veces cuando una familia abandona una ciudad pequeña: que aquella etapa quedara simplemente atrás. Sin embargo, décadas después, cuando Escrivá se había convertido ya en fundador del Opus Dei y vivía lejos de Barbastro, seguía expresando públicamente un fuerte vínculo con su ciudad natal.
En una entrevista de 1969 afirmó: «Me interesa, y mucho, todo lo que se refiere a Barbastro». Explicó además que eran pocas las personas de su tierra que conocían hasta qué punto ponía su cariño y sus esfuerzos cuando podía hacer algo por la ciudad. Dos años después, en una carta dirigida al alcalde, escribió una frase todavía más sencilla: «Soy muy barbastrino».
Estas palabras podrían interpretarse únicamente como recuerdos afectivos de la infancia, pero adquieren otra dimensión cuando comprobamos que ese afecto se tradujo también en actuaciones concretas. Y una de las primeras tuvo que ver precisamente con aquello que hoy vuelve a aparecer en el centro de esta historia: el Obispado de Barbastro.
Cuando Barbastro temió perder su Obispado
La existencia del Obispado de Barbastro no fue siempre tan segura como puede parecernos hoy. Su historia atravesó numerosas dificultades y el Concordato de 1851 llegó a contemplar la supresión de la diócesis. Durante décadas Barbastro vivió una situación provisional, gobernada mediante administradores apostólicos.
Para una ciudad pequeña, conservar una sede episcopal tenía entonces una importancia que iba mucho más allá de lo estrictamente religioso. Formaba parte de su identidad, de su historia y también de su posición dentro del territorio.
En los años cuarenta, tras la guerra civil, volvieron a existir temores sobre el futuro de la diócesis. Autoridades y representantes de Barbastro realizaron gestiones en Madrid y ante la Nunciatura para defender su continuidad. Entre quienes participaron en ellas estuvo Josemaría Escrivá cuando tenía 41 años.
No estuvo solo, y conviene dejarlo claro. Hubo una movilización de responsables municipales, miembros del Cabildo y otras personas relacionadas con Barbastro. Pero sabemos que la intervención de Escrivá fue considerada importante por sus propios contemporáneos. En 1947 el Ayuntamiento de Barbastro lo nombró Hijo Predilecto de la ciudad, y en la propia propuesta municipal se recordaban expresamente sus gestiones para evitar la desaparición de la diócesis.
Josemaría Escrivá, Hijo Predilecto de Barbastro.
El Ayuntamiento le concedió esta distinción en 1947, recordando expresamente en la propuesta municipal sus gestiones en defensa de la continuidad de la diócesis.
Me parece un dato especialmente interesante porque no estamos ante una interpretación elaborada muchas décadas después, sino ante el recuerdo que dejó en la propia ciudad aquella intervención.
Por eso podemos afirmar con bastante seguridad que, cuando Barbastro temió por la continuidad de su Obispado, Escrivá ayudó a defenderlo. No podemos saber qué habría ocurrido sin él ni sería correcto atribuirle en solitario la supervivencia de la diócesis. Pero tampoco parece razonable borrar aquella intervención de nuestra historia.
Y lo más significativo es que no ocurrió una sola vez. Aproximadamente dos décadas más tarde volvieron a circular noticias sobre una posible desaparición de la diócesis de Barbastro. La situación de Escrivá era entonces completamente distinta: vivía en Roma y el Opus Dei había adquirido ya una dimensión internacional.
Sin embargo, cuando volvió a plantearse el futuro de la diócesis de su ciudad natal, intervino nuevamente. Según la documentación biográfica conservada, hizo llegar a Pablo VI en 1966 un escrito en el que exponía razones históricas, sociales y pastorales y terminaba pidiendo expresamente que no se suprimiera la diócesis de Barbastro.
Este segundo episodio me parece incluso más significativo que el primero. Demuestra que la defensa del Obispado no fue solamente una actuación circunstancial de juventud. Dos décadas después continuaba preocupado por la misma cuestión.
Y aquí la cronología se vuelve especialmente interesante porque, mientras Escrivá defendía nuevamente la continuidad del Obispado, estaba tomando forma también el proyecto del nuevo Torreciudad. Para Escrivá, conservar el Obispado de Barbastro e impulsar Torreciudad no eran proyectos incompatibles.
Mientras se defendía el Obispado, nacía otro Torreciudad
Yo nací en 1966. Cuando miro la fotografía aérea de Torreciudad de 1957 estoy viendo, por tanto, el paisaje inmediatamente anterior al mundo que he conocido durante toda mi vida.
La antigua ermita y la devoción a la Virgen estaban allí desde hacía siglos. Eso es importante recordarlo porque Josemaría Escrivá no creó Torreciudad ni creó su devoción. Pero prácticamente todo lo que hoy asociamos al lugar todavía no existía.
Torreciudad en 1957.
La antigua ermita y su devoción ya existían, pero todavía no estaban el embalse de El Grado, el nuevo santuario ni las infraestructuras que posteriormente transformarían este paisaje. La línea azul señala el espacio donde décadas después se desarrollaría el nuevo santuario.
Esta transformación forma parte de un cambio mucho más amplio del paisaje del Cinca. La construcción de embalses, la extensión de los regadíos y las nuevas infraestructuras modificaron profundamente este territorio durante la segunda mitad del siglo XX. Sobre estos cambios ya reflexioné en
El paisaje que estamos construyendo.
El Cinca discurría por su antiguo cauce, no existía el embalse de El Grado y el acceso se realizaba mediante los caminos tradicionales. La ermita se encontraba en un paraje apartado, mantenido durante generaciones por una devoción fundamentalmente local y comarcal, pero sin las comunicaciones ni las infraestructuras que después permitirían convertirlo en un gran centro de peregrinación.
Sin embargo, aquel aislamiento no significa que Torreciudad fuera un lugar olvidado. Pascual Madoz, en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de mediados del siglo XIX, menciona ya el santuario de Torreciudad, situado aproximadamente a media hora de Bolturina. Señala que contaba con hospedería, que estaba atendido por un sacerdote prior y que se sostenía con las limosnas de los fieles. Lo presenta, además, como un santuario de antigua tradición.
Torreciudad no era, por tanto, un lugar de paso. Era un lugar al que había que ir expresamente y cuyo acceso exigía esfuerzo. Mi madre me contó que, cuando la llevaron siendo niña, caminaron durante toda la noche.
Torreciudad antes de las nuevas comunicaciones.
El mapa permite apreciar el aislamiento del lugar y los caminos que comunicaban la antigua ermita con Bolturina y otras poblaciones próximas. El Cinca discurría todavía por su cauce natural.
La primera gran transformación física del territorio no llegó de la mano del Opus Dei, sino del Estado. La construcción de la presa y del embalse de El Grado modificó profundamente este tramo del Cinca y obligó a construir nuevas infraestructuras. Entre ellas estuvo el camino de servicio por la margen izquierda del embalse desde la presa hasta Torreciudad, cuya adjudicación aparece publicada en el Boletín Oficial del Estado en diciembre de 1967.
Es importante precisar esto. No fue el Opus Dei quien construyó aquella carretera como una actuación propia. Sin embargo, el nuevo acceso vinculado a las obras del embalse cambió completamente las posibilidades del lugar precisamente cuando estaba empezando a desarrollarse el proyecto del nuevo santuario.
El arquitecto Heliodoro Dols había comenzado a trabajar en el proyecto en los años sesenta. La idea inicial fue evolucionando hasta adquirir una dimensión mucho mayor y las grandes obras se desarrollaron fundamentalmente durante la primera mitad de los años setenta.
Construcción del nuevo santuario de Torreciudad en los años setenta.
En pocos años aquel terreno junto al embalse se transformó en el gran centro de peregrinación que abrió sus puertas en 1975.
Los testimonios de algunos trabajadores recuerdan un terreno seco, pedregoso y sin explanar, muy diferente del entorno que conocemos actualmente. En las obras participaron también trabajadores de localidades próximas, de modo que la construcción comenzó a establecer una relación laboral directa con la comarca.
El nuevo santuario abrió en 1975. Yo tenía entonces nueve años. Quizá por eso, para los barbastrenses de mi generación, resulta tan fácil tener la sensación de que aquel gran edificio siempre estuvo allí. Sin embargo, habían transcurrido menos de veinte años entre la fotografía aérea de 1957 y la aparición del nuevo Torreciudad.
El Cinca se había convertido en embalse, había aparecido una carretera, se había construido un enorme santuario y una devoción tradicional de carácter fundamentalmente local comenzaba a proyectarse internacionalmente.
Torreciudad en la actualidad.
El embalse, el santuario, las carreteras, los aparcamientos y la vegetación muestran hasta qué punto cambió el paisaje en unas pocas décadas.
La primera imagen muestra el paisaje anterior a mi nacimiento. La segunda, el paisaje que se fue construyendo durante mi vida.
La forma más exacta de expresarlo, creo, es ésta: Escrivá no creó Torreciudad; transformó la escala de Torreciudad.
Mucho más que un santuario
Hay otro aspecto que hoy resulta fácil olvidar. El proyecto concebido alrededor de Torreciudad no consistía únicamente en construir una iglesia. Ya en 1969, antes de que comenzaran las grandes obras del santuario, Escrivá hablaba de un centro de formación rural destinado a promover actividades sociales y educativas en la comarca.
Aquella idea acabaría materializándose en la Escuela Familiar Agraria El Poblado, que comenzó a funcionar a comienzos de los años setenta. Durante décadas desarrolló formación profesional vinculada especialmente al medio rural y posteriormente otras actividades relacionadas con el empleo.
Con el tiempo fueron apareciendo también alojamientos, residencias y otras instalaciones. La antigua Hostería El Tozal funcionó durante años y su edificio ha comenzado recientemente una nueva etapa como albergue. A ello se sumaron distintas casas utilizadas por grupos y actividades y la cercana urbanización El Tozal.
Mucho más que un santuario.
En el entorno de la presa y de Torreciudad fueron apareciendo El Poblado, la antigua Hostería y la urbanización El Tozal, junto con otras instalaciones relacionadas con las actividades desarrolladas en la zona.
Cuando se observa el conjunto resulta evidente que el proyecto acabó siendo bastante más que un edificio religioso. Formación, alojamientos, viviendas, carreteras, servicios y actividades generaron una presencia continuada de personas en un territorio que unas décadas antes era muy difícil de alcanzar.
Esa preocupación por el entorno aparece incluso en algunos detalles del proyecto. El arquitecto Heliodoro Dols recordaba que Escrivá pidió que determinados servicios comerciales no se instalaran dentro del propio santuario porque quería que esas necesidades pudieran beneficiar también a las poblaciones próximas.
Eso encaja con algo que Escrivá había expresado ya en 1969: su deseo de que Torreciudad ayudara a que Barbastro y su comarca fueran más conocidas y estimadas y pudiera proporcionar también un impulso económico al territorio.
No sabemos hasta qué punto se cumplieron todas aquellas expectativas y sería absurdo atribuir a Torreciudad el posterior desarrollo de Barbastro. Pero sí podemos afirmar algo bastante más sencillo: antes de que el santuario existiera, Escrivá ya estaba pensando en los efectos que podía tener sobre su ciudad natal y su comarca.
Cincuenta años de relación con Barbastro
Una vez construido el santuario, Torreciudad dejó de ser un proyecto y comenzó a formar parte de la vida habitual del territorio. Durante décadas llegaron peregrinos, grupos organizados, familias y visitantes de numerosos países. Algunos acudían únicamente al santuario; otros conocían también Barbastro y otros lugares del Somontano, Sobrarbe y Ribagorza.
Para quienes vivimos aquí, aquella presencia terminó normalizándose. Los autobuses, las peregrinaciones, los visitantes extranjeros y las celebraciones multitudinarias pasaron a formar parte del paisaje habitual. También lo hicieron trabajadores, proveedores y empresas de la zona relacionadas de una forma u otra con las actividades desarrolladas allí.
La conexión con Barbastro no era automática. Un visitante podía llegar a Torreciudad y marcharse sin entrar en la ciudad. Por eso fueron apareciendo iniciativas destinadas precisamente a tender ese puente. Una de las más conocidas fue la Ruta de San Josemaría por Barbastro, que permitía recorrer los lugares relacionados con su infancia. Junto al componente religioso existía también una finalidad turística evidente: conseguir que una parte de quienes llegaban a Torreciudad conocieran Barbastro, visitaran su patrimonio y utilizaran sus establecimientos.
En estas iniciativas participaron personas vinculadas a Torreciudad, asociaciones empresariales y el Ayuntamiento a lo largo de etapas políticas diferentes. Por eso me parece adecuado hablar de una relación durante muchos años más territorial que partidista.
Incluso en mayo de 2025, cuando el conflicto entre el Obispado y el Opus Dei estaba ya abierto, el Ayuntamiento de Barbastro conmemoró los cincuenta años de la concesión de la Medalla de Oro de la ciudad a Josemaría Escrivá. Participaron responsables institucionales y antiguos alcaldes de diferentes etapas. Aquel acto demuestra que Escrivá continuaba formando parte de la memoria cívica de Barbastro incluso cuando la controversia de Torreciudad estaba ya sobre la mesa.
En 2024 la Cámara de Comercio de Huesca realizó, por encargo del Patronato de Torreciudad, un estudio sobre el impacto socioeconómico del santuario. El trabajo estimaba una media aproximada de 180.900 visitantes anuales y calculaba un impacto económico total cercano a los 97 millones de euros, sumando efectos directos, indirectos e inducidos en la provincia de Huesca y otras zonas de Aragón.
Conviene precisar que esa cifra no significa que Torreciudad deje 97 millones de euros en Barbastro. El estudio utiliza una metodología económica más amplia y, además, fue encargado por el propio Patronato. Pero resulta interesante desde el punto de vista histórico que, más de cincuenta años después de que Escrivá hablara de un posible impulso económico para su comarca, una institución empresarial tratara precisamente de medir esa repercusión.
De la convivencia al conflicto
Precisamente por todo lo anterior, para muchos barbastrenses resulta extraño contemplar ahora al Obispado de Barbastro-Monzón y al Opus Dei como dos partes enfrentadas.
La explicación jurídica es compleja y ya la he tratado con mayor detalle en otras entradas. Para comprender esta historia basta recordar que los acuerdos fundamentales se remontan a 1962 y 1966, cuando el Torreciudad moderno todavía estaba naciendo. Después llegaron el santuario de 1975 y cincuenta años de crecimiento y actividad. La realidad terminó siendo muchísimo mayor que la existente cuando se redactaron aquellos documentos.
A partir de 2020 se intentó actualizar el marco jurídico. Las posiciones del Obispado y del Opus Dei fueron alejándose hasta que el desacuerdo se hizo público en 2023 y finalmente llegó a Roma. En octubre de 2024 la Santa Sede nombró a Alejandro Arellano Cedillo, decano de la Rota Romana, para intervenir en la cuestión.
En septiembre de 2026 continuamos pendientes de una solución definitiva.
Una de las cosas que más me ha ayudado a comprender el conflicto es asumir que las dos partes miran momentos diferentes de una misma historia. El Obispado mira la antigua ermita, la imagen de la Virgen, la devoción secular y sus derechos históricos. El Opus Dei mira el santuario construido a partir de Escrivá, cincuenta años de actividad y toda una realidad religiosa y material levantada alrededor de aquella antigua devoción.
Ambas historias existen, y la Virgen de Torreciudad está en las dos.
Lo pude percibir de una forma especialmente clara durante la romería del pasado 5 de septiembre. La imagen estuvo unas horas en la antigua ermita y después regresó al nuevo santuario. La distancia física entre ambos lugares es pequeña, pero aquel recorrido parecía condensar siglos de historia. En la ermita está el origen; en el santuario están los últimos cincuenta años.
Y para mí hay además una historia todavía más sencilla: es la Virgen de la que mi madre habló siempre con agradecimiento después del gravísimo accidente que sufrió siendo niña. Por eso me cuesta contemplarla únicamente como una pieza dentro de un litigio.
Una historia que también es nuestra
Después de recorrer todo este camino termino regresando al punto desde el que empecé: Josemaría Escrivá como barbastrense.
En los años cuarenta intervino en las gestiones destinadas a defender la continuidad del Obispado. Décadas después volvió a intervenir ante Roma cuando nuevamente se temió por su futuro. Y simultáneamente estaba impulsando el nuevo Torreciudad. No parece que él viera ninguna contradicción entre ambas cosas: quería que continuara el Obispado de su ciudad y quería que Torreciudad creciera.
Por eso hay dos conclusiones que me parecen importantes. La primera puede expresarse con bastante claridad: sin Josemaría Escrivá no existiría el Torreciudad moderno. La antigua ermita, la Virgen y la devoción son anteriores a él, pero el gran santuario y la transformación territorial que conocemos fueron posibles por su iniciativa.
La segunda requiere mayor prudencia. No podemos saber qué habría sucedido con el Obispado de Barbastro sin Escrivá, porque hubo otras personas implicadas y la decisión final correspondía a Roma. Pero sí sabemos que intervino repetidamente para defender su continuidad y que la propia ciudad reconoció tempranamente la importancia de esas gestiones.
La paradoja de 2026 resulta difícil de ignorar: el hombre que hizo posible el Torreciudad moderno fue también uno de los barbastrenses que trabajaron para conservar el Obispado con el que ahora existe el conflicto.
He escrito esta entrada como barbastrense. Mi vida ha transcurrido prácticamente en paralelo a la del Torreciudad moderno y mi relación con su Virgen empezó con una historia familiar que escuché desde niño. Tampoco mi recorrido cristiano me sitúa dentro de una única sensibilidad de la Iglesia. Quizá por todo ello me interesa más intentar comprender esta historia que colocarme en uno de sus bandos.
No sé cuál será finalmente la solución que establezca Roma, y tampoco era ése el propósito de estas páginas. Lo que quería recuperar era algo anterior al conflicto: cómo era Torreciudad, cómo se transformó, qué papel tuvo Josemaría Escrivá, qué relación quiso mantener con Barbastro y cómo todo aquello terminó incorporándose durante medio siglo a la vida de nuestra comarca.
Porque antes de convertirse en un conflicto, Torreciudad fue durante mucho tiempo una historia compartida.
Torreciudad forma parte de la historia de Barbastro. Y el Obispado también. Entender cómo ambas historias estuvieron durante tanto tiempo unidas quizá sea un buen punto de partida para comprender por qué resulta ahora tan difícil separarlas.
Barbastro, tierra de fundadores
Al terminar esta entrada me queda una última reflexión que va más allá de Torreciudad. Barbastro ha estado vinculada a figuras religiosas cuya obra terminó alcanzando una dimensión extraordinaria. José de Calasanz, Teresa de Jornet y Josemaría Escrivá pertenecen a siglos diferentes y sus obras son también muy distintas, pero las tres terminaron proyectándose mucho más allá de este territorio.
La ciudad conserva memoria de ellas de muchas maneras: colegios, instituciones, calles, reconocimientos y lugares vinculados a sus vidas. Sin embargo, quizá hemos contemplado menos esta historia en su conjunto. A veces conocemos mejor la dimensión universal que alcanzaron estas figuras que su relación concreta con Barbastro.
La imagen que acompaña estas líneas es una recreación realizada precisamente para imaginar esa idea: tres figuras diferentes reunidas simbólicamente por su relación con Barbastro.
Barbastro, tierra de fundadores.
Recreación realizada para Caminos de Barbastro que reúne simbólicamente a san José de Calasanz, santa Teresa de Jornet y san Josemaría Escrivá, tres figuras de distinta época y sensibilidad vinculadas a Barbastro.
Para saber más sobre el conflicto actual
Esta entrada intenta explicar la historia anterior al conflicto. Para profundizar en la situación actual pueden resultar útiles estas otras dos entradas de Caminos de Barbastro:
Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen
Una aproximación documental y territorial a la antigua ermita, el nuevo santuario y la situación de la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad.
Para preparar esta entrada he procurado diferenciar los documentos oficiales, las fuentes institucionales del Obispado, del Opus Dei y de Torreciudad, y los estudios realizados por otras entidades. Cuando una información procede de una institución directamente relacionada con una de las partes del conflicto, conviene tener presente esa procedencia.
Entrevista a Josemaría Escrivá, 3 de mayo de 1969.
Incluye sus declaraciones sobre Barbastro, Torreciudad y la repercusión que esperaba para la ciudad y su comarca.
Entrevista y referencias a Barbastro y Torreciudad
Intervención ante Pablo VI en defensa de la diócesis de Barbastro.
Fuente biográfica sobre las gestiones realizadas por Escrivá ante el temor de una nueva supresión de la diócesis.
Josemaría Escrivá y la diócesis de Barbastro
Boletín Oficial del Estado, 25 de diciembre de 1967.
Adjudicación del camino de servicio de la margen izquierda del embalse de El Grado desde la presa hasta Torreciudad.
BOE de 25 de diciembre de 1967
Cámara de Comercio de Huesca, 2024.
Estudio del impacto socioeconómico de Torreciudad, realizado por encargo del Patronato de Torreciudad.
Estudio completo de impacto socioeconómico
Acuerdo de 1966.
Testimonio notarial del acuerdo relativo a la construcción del nuevo santuario y al culto de la imagen de la Virgen.
Acuerdo de 1966 sobre el nuevo santuario
Esta entrada recoge una reflexión personal acompañada de documentación histórica y fuentes públicas. Su propósito no es resolver el conflicto jurídico existente en torno a Torreciudad, sino aportar contexto histórico y territorial desde la perspectiva de un barbastrense.
Daniel Vallés Turmo Caminos de Barbastro
Entrada elaborada a partir de documentación histórica, fuentes públicas y experiencia personal, con apoyo de herramientas de inteligencia artificial para la búsqueda, contraste, organización y revisión de la información.
Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer
Cómo reparar la ermita, regularizar el santuario y construir un futuro
compartido sin convertir la Virgen en el símbolo de una victoria o una derrota.
La antigua ermita y el santuario moderno de Torreciudad forman hoy parte
de una misma realidad. El reto es encontrar un futuro en el que ninguno
de los dos tenga que perder para que el otro gane.
Después de varios días siguiendo con atención el conflicto de Torreciudad,
leyendo documentos, revisando las posiciones del Obispado de Barbastro-Monzón
y del Opus Dei y, sobre todo, después de estar personalmente allí el
5 de septiembre de 2026, he terminado cambiando un poco
la pregunta que me hacía al principio.
Durante mucho tiempo la cuestión parecía consistir en intentar saber quién
tenía razón: qué decía exactamente el acuerdo de 1962, qué cambió en 1966,
cuándo y en qué condiciones salió la imagen original de la antigua ermita,
qué autoridad corresponde al obispo, cuál es la situación jurídica del
santuario moderno o qué papel debe seguir desempeñando el Opus Dei.
Todo eso sigue siendo importante. Probablemente Roma tendrá que estudiarlo
con mucha más información de la que podemos conocer desde fuera. Pero después
de recorrer todo este camino me interesa cada vez más otra pregunta, quizá
más sencilla y al mismo tiempo bastante más difícil:
¿Cómo regularizar Torreciudad sin destruir aquello que funciona y reparando
aquello que quedó desequilibrado?
Quien quiera conocer con más detalle la documentación, la evolución del
conflicto y lo ocurrido durante la romería del 5 de septiembre puede consultar
la entrada anterior, donde he ido reuniendo las fuentes y actualizando la
información.
Cuando en 2020 comenzó a hablarse de actualizar el marco jurídico de
Torreciudad, probablemente nadie imaginaba hasta dónde llegaría aquel proceso.
Lo que inicialmente podía parecer una revisión de unos acuerdos nacidos en
los años sesenta terminó sacando a la superficie cuestiones históricas,
patrimoniales, canónicas y pastorales que llevaban décadas conviviendo sin
un encaje completamente claro.
Poco a poco la antigua ermita, el santuario moderno, la talla original de
Nuestra Señora de los Ángeles, el nombramiento del rector, la autoridad del
obispo, la continuidad de la misión del Opus Dei y hasta la propia historia
de Torreciudad quedaron unidos dentro de un mismo conflicto.
La caja de Pandora ya está abierta y no parece posible regresar simplemente
al punto anterior, como si nada hubiera sucedido. Pero quizá tampoco sea
necesario hacerlo. Una crisis puede producir daños, pero también puede obligar
a ordenar mejor aquello que durante mucho tiempo funcionó gracias a equilibrios
personales, acuerdos antiguos y una realidad que fue creciendo mucho más de
lo que probablemente imaginaron quienes la pusieron en marcha.
Torreciudad no es hoy la realidad de 1962. Tampoco la de 1975. El santuario
ha recibido durante medio siglo peregrinos de lugares muy distintos y se ha
desarrollado alrededor de él una importante realidad pastoral y organizativa.
El propio obispo ha reconocido públicamente el bien producido allí durante
estos años. Al mismo tiempo, la antigua ermita quedó progresivamente relegada
y permanece como el lugar donde nació una devoción muy anterior al santuario
moderno.
Quizá una de las claves del problema esté precisamente aquí:
Torreciudad había crecido mucho más allá del marco jurídico e institucional
con el que nació. El problema apareció cuando actualizar ese marco se mezcló
con la voluntad de reparar también determinadas decisiones históricas.
Cuatro realidades que deberían seguir vivas
Después de analizar todo lo ocurrido, cada vez me resulta más difícil pensar
en una solución basada únicamente en quién posee la talla o en qué espacio
debe permanecer. Torreciudad es hoy mucho más complejo.
La ermita: recuperar vida, culto y una función propia. El santuario: conservar continuidad y capacidad pastoral. La diócesis: disponer de un encaje institucional claro. El Opus Dei: poder continuar su misión dentro de ese nuevo marco.
Está, en primer lugar, la antigua ermita, que no debería
convertirse simplemente en una pieza de museo dentro de la historia de
Torreciudad. Tiene sentido que recupere una función propia, que vuelva a estar
relacionada con la devoción popular, con los pueblos de Ribagorza y Sobrarbe
y con la historia que dio origen a todo lo que vino después.
Está también el santuario moderno, una realidad que durante
cincuenta años ha desarrollado una función religiosa, pastoral y de
peregrinación que sería difícil ignorar. Regularizar su situación no debería
significar debilitar aquello que ha demostrado capacidad para funcionar y
atraer personas durante décadas.
La diócesis de Barbastro-Monzón, por su parte, necesita
un encaje institucional claro. Resulta difícil imaginar que una realidad de
la importancia de Torreciudad pueda continuar indefinidamente apoyándose
en acuerdos de hace más de sesenta años cuya interpretación sigue siendo
discutida.
Y está finalmente el Opus Dei, cuya misión forma parte ya
de la historia contemporánea de Torreciudad. El propio obispo reconoció
durante la homilía del 5 de septiembre las confesiones, conversiones,
vocaciones y familias que han encontrado allí un camino de fe y expresó
su deseo de que ese bien continúe y crezca.
Por eso creo que una solución no debería preguntarse únicamente quién obtiene
lo que reclama.
Una buena solución debería preguntarse qué necesita cada una de estas
realidades para seguir viva dentro de veinte o treinta años.
El pasado, el presente y el futuro
Quizá buena parte del conflicto se haya complicado porque se han terminado
mezclando tres problemas diferentes. Uno pertenece al pasado: qué ocurrió
con los acuerdos de 1962 y 1966, qué derechos se establecieron entonces,
cómo se produjo posteriormente el traslado de la imagen y qué lugar debía
ocupar la antigua ermita.
Otro pertenece al presente: qué autoridad corresponde a la diócesis, cómo
debe nombrarse el rector, qué responsabilidades tienen las distintas
instituciones, quién sostiene económicamente el complejo y cuál es la
situación canónica del conjunto.
Y existe además una tercera cuestión, que probablemente sea la más importante:
cómo debe organizarse Torreciudad para que pueda seguir funcionando dentro
de veinte, treinta o cincuenta años.
Pasado: reconocer lo ocurrido. Presente: regularizar la realidad que existe. Futuro: diseñar un marco capaz de durar.
Por eso una de las ideas que más me ha ayudado a ordenar todo este conflicto
es ésta:
El pasado debe ser reconocido, el presente debe ser regularizado y el futuro
debe ser diseñado.
No necesariamente tienen que resolverse las tres cosas mediante una sola
decisión. Reconocer que la antigua ermita perdió centralidad no obliga
automáticamente a concluir que la única forma de repararlo sea trasladar allí
permanentemente la imagen original. Y reconocer que el santuario moderno ha
desarrollado una importante realidad pastoral tampoco significa que pueda
continuar indefinidamente dentro de un marco institucional ambiguo.
Especialmente importante me parece distinguir dos cuestiones que durante
estos años han terminado casi identificándose:
Integrar Torreciudad en la diócesis no es necesariamente lo mismo que
trasladar definitivamente la imagen original a la ermita.
La integración institucional puede articularse mediante normas, competencias
y responsabilidades claras. La ubicación de la imagen incorpora además
cuestiones históricas, devocionales, patrimoniales, pastorales y de
conservación que quizá merezcan ser consideradas por separado.
Cuando tuve que dejar de esconderme detrás del análisis
Durante varios días intenté entender Torreciudad acumulando documentos,
declaraciones, acuerdos antiguos y versiones diferentes de una misma historia.
Había momentos en que parecía que cuanto más leía, más difícil resultaba
separar lo importante de todo lo accesorio.
En medio de ese trabajo hubo dos cosas que me ayudaron a cambiar de
perspectiva. Una fue una conversación con un periodista. Me dijo algo bastante
sencillo: «Tú también tendrás que tener tu opinión, ¿no?».
Incluso me hizo ver que no podía esconderme indefinidamente detrás de una
reflexión documental. Después de analizar tanto, también tenía que asumir
una posición propia.
La otra ocurrió mirando de cerca la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles.
Entre tantos símbolos, titulares y discusiones terminé fijándome en algo
mucho más pequeño: la mano del Niño Jesús, la mano de su Madre y el
libro que sostiene. En él puede leerse el comienzo del Evangelio de
san Juan: «En el principio era la Palabra».
La mano del Niño, la mano de la Virgen y el comienzo del Evangelio de
san Juan: «En el principio era la Palabra». Un detalle que me ayudó
a volver a la esencia de todo este conflicto.
Aquella imagen me ayudó a volver un poco a la esencia de todo esto.
Torreciudad no nació para convertirse en un conflicto entre instituciones.
La Virgen tampoco debería terminar siendo el símbolo de quién ha ganado o
perdido una disputa. Y quizá la mejor manera de intentar salir de todo este
laberinto sea regresar precisamente a aquello que está detrás de todo lo
demás: la fe, la palabra, la devoción y las personas.
Fue a partir de ahí cuando dejé de preguntarme solamente quién tenía razón
y empecé a preguntarme cuál podía ser una solución que ayudara realmente a
Torreciudad.
Una solución de integración
Después de todo lo estudiado, la solución que personalmente me parece más
equilibrada no sería mantener simplemente lo que existía antes de comenzar
el conflicto, pero tampoco trasladar el desequilibrio de un espacio al otro.
Torreciudad necesita un marco nuevo.
Un acuerdo o estatuto suficientemente claro debería definir la relación entre
la diócesis, el santuario moderno, la antigua ermita y las instituciones que
sostienen actualmente su funcionamiento. Tendría que establecer con claridad
la forma de nombrar al rector, las competencias de cada parte, las
responsabilidades patrimoniales, la financiación y aquellos mecanismos que
permitan resolver futuros desacuerdos sin volver a abrir toda la crisis.
Porque una solución estable no puede depender de que el obispo y los
responsables de Torreciudad de cada momento mantengan una buena relación
personal.
Un buen acuerdo no es el que funciona entre amigos, sino el que sigue
funcionando cuando las relaciones personales son malas.
La antigua ermita debería recuperar además una función propia dentro del
conjunto. No bastaría con devolver allí una imagen y considerar resuelto el
problema. Para que la ermita gane realmente tendría que recuperar vida, culto,
memoria, relación con los pueblos, pequeñas peregrinaciones y una presencia
clara dentro del recorrido de quienes visitan Torreciudad.
El santuario moderno, al mismo tiempo, debería conservar la continuidad de
la misión que se ha desarrollado allí durante medio siglo. Regularizar
Torreciudad tendría que significar fortalecer su futuro y no convertir la
reforma en una forma de vaciamiento.
Por eso la solución que me parece más sensata podría resumirse así:
No se trata de conservar el statu quo. La ermita debe ganar de verdad.
Pero tampoco de reparar el pasado creando una nueva pérdida en el santuario.
Una solución equilibrada debería fortalecer tanto la antigua ermita
como el santuario moderno.
¿Y dónde debería estar la Virgen?
Éste es probablemente el punto más difícil de todo el conflicto porque la
talla original ha terminado acumulando muchos significados diferentes. Es
una imagen religiosa, pero también una pieza histórica; es la Virgen vinculada
durante siglos a la antigua ermita, pero también la imagen que durante
cincuenta años ha presidido el gran retablo del santuario moderno.
Su ubicación ha terminado representando además cuestiones de autoridad, de
continuidad, de reconocimiento e incluso de quién parece haber ganado o
perdido la disputa.
Quizá sea demasiado peso para una sola talla.
Después de todo lo estudiado, y siempre sometiendo esta opinión a lo que
puedan determinar los derechos existentes y los criterios técnicos de
conservación, me parece más equilibrado que la imagen original pudiera
mantener su continuidad habitual en el santuario moderno y recuperar al
mismo tiempo una relación estable y significativa con la antigua ermita.
La jornada del 5 de septiembre permitió ver, de una manera muy concreta,
que ambos espacios pueden volver a relacionarse. Aquella mañana la Virgen
regresó junto a su antigua ermita y posteriormente volvió
al santuario moderno. La operación mostró también que el traslado de una
talla de estas características no es algo sencillo: requiere cuidado,
protección, manipulación especializada y unas condiciones de seguridad que
probablemente deban ser valoradas por técnicos antes de establecer cualquier
régimen periódico.
Personalmente, aquella cercanía me produjo además una impresión que no
esperaba. Durante años había visto la imagen en lo alto del gran retablo y,
de pronto, podía contemplarla casi a la altura de los ojos. Pude fijarme en
las manos, en el libro y en detalles que desde abajo apenas se perciben.
Entendí entonces mejor algo de la antigua devoción popular: una imagen
religiosa no está solamente para ser contemplada desde lejos; también existe
una necesidad de proximidad.
Por eso creo que, cualquiera que sea finalmente su ubicación habitual, tendría
sentido que la imagen original pudiera estar en determinados momentos
más cerca de las personas, siempre en condiciones adecuadas
de conservación y seguridad. No solo como un gesto hacia la antigua ermita,
sino como una forma de recuperar también esa relación más cercana entre la
imagen y los fieles.
Para la presencia habitual en la antigua ermita podría utilizarse una
réplica de gran calidad, inspirada en la imagen que conocemos
por las fotografías de la época en que todavía se veneraba en aquel lugar.
No como una copia sin importancia, sino como parte de una recuperación más
amplia de la propia ermita y de su función religiosa.
La réplica podría asegurar una presencia estable en la ermita, mientras que
el original podría devolverle, en determinados momentos, una proximidad que
forma parte también de su historia devocional.
La cuestión principal no debería ser, por tanto, si arriba queda el original
y abajo una copia o al contrario. Lo verdaderamente importante sería conseguir
que los dos espacios vuelvan a tener una razón propia para existir.
Integrar sin absorber, continuar sin aislarse
Una solución de este tipo exigiría también que todas las partes aceptaran
algo que probablemente no coincide completamente con su posición actual.
El obispo tendría que aceptar que la integración plena de Torreciudad en la
Iglesia local no necesita demostrarse necesariamente mediante la residencia
permanente de la talla original en la ermita. La autoridad episcopal debería
quedar suficientemente clara en las normas y no depender de un gesto
simbólico.
El Opus Dei, por su parte, tendría que aceptar que la continuidad de su misión
no puede descansar indefinidamente sobre un marco jurídico discutido y que
Torreciudad necesita una relación institucional inequívoca con la diócesis.
La diócesis tendría que reconocer que integrar no significa
absorber, del mismo modo que el Opus Dei debería asumir que
conservar una identidad propia no significa aislarse.
Y probablemente la Santa Sede tenga que desempeñar el papel decisivo, porque
Torreciudad es hoy una realidad demasiado grande para ser tratada únicamente
como un asunto local y demasiado vinculada a Barbastro-Monzón para funcionar
al margen de su Iglesia particular.
Torreciudad es, en cierto modo,
local por su origen e internacional por su evolución.
La solución debería reconocer ambas cosas.
Lo que vi el 5 de septiembre
La romería del 5 de septiembre me ayudó mucho a entender esta cuestión porque
durante unas horas pude ver juntas las dos realidades de Torreciudad.
Abajo estaban la antigua ermita y, junto a ella, la imagen original, rodeada
de advocaciones llegadas de distintos pueblos. Arriba esperaba el gran
santuario moderno, construido muchos años después y convertido en el lugar
al que llegan peregrinos de lugares muy distintos.
Entre ambos espacios había personas, sacerdotes, imágenes, conversaciones y
una tensión que, aunque apenas se mostraba exteriormente, seguía presente.
La imagen original junto al altar del santuario moderno, con el camarín
del retablo vacío al fondo, el 5 de septiembre de 2026.
La homilía del obispo tuvo un tono muy diferente al de algunos de los días
anteriores. Habló de comunión, agradeció expresamente el bien desarrollado
por el Opus Dei en Torreciudad y pronunció una frase que me parece
especialmente importante:
«Que nadie tenga que desaparecer para que todos podamos vivir, amar y servir.»
Quizá esa frase pueda servir también como criterio para valorar cualquier
solución futura. Porque si nadie tiene que desaparecer, entonces la antigua
ermita no debería recuperar su lugar a costa de vaciar de significado el
santuario moderno. El santuario tampoco debería continuar ignorando la
importancia histórica y religiosa de la ermita. La diócesis no debería
sentirse extraña dentro de Torreciudad y el Opus Dei tampoco debería
experimentar la regularización como la progresiva desaparición de aquello
que ha construido durante medio siglo.
Ese día me quedó además otra impresión: cuando una relación institucional se
deteriora, cualquier gesto comienza a cargarse de significado. Que la Virgen
esté abajo o arriba, que el camarín aparezca vacío, que el obispo entre en la
ermita o que la imagen vuelva al templo moderno dejan de ser simplemente
actos religiosos y empiezan a interpretarse como movimientos dentro del
conflicto.
La normalidad regresará cuando ya no necesitemos interpretar cada gesto.
Que gane Torreciudad
Quizá ésta sea finalmente la manera más sencilla de explicar todo lo anterior.
No creo que una buena solución deba establecer si gana el obispo o gana el
Opus Dei. Tendría que conseguir que gane Torreciudad.
Eso significaría que la ermita recuperase vida y sentido, que el santuario
mantuviera estabilidad y continuidad, que la diócesis obtuviera un encaje
institucional claro y que el Opus Dei pudiera continuar desarrollando allí
su misión dentro de unas reglas conocidas por todos.
Y, sobre todo, que una familia pudiera entrar en la antigua ermita y después
subir al santuario sin sentir que está atravesando la frontera entre dos
partes enfrentadas de la Iglesia.
Porque el verdadero éxito no será que una de las partes consiga demostrar
que tenía razón. Será que dentro de algunos años nadie necesite hacerse esa
pregunta.
La esperanza que queda en la caja
La caja de Pandora ya se abrió. De ella han salido documentos olvidados,
interpretaciones enfrentadas, procedimientos jurídicos, cartas, titulares,
desconfianzas y gestos convertidos en símbolos. No tiene sentido intentar
borrar todo eso ni regresar artificialmente al punto de partida.
Pero el mito de Pandora recuerda también que, cuando la caja se cerró, quedó
dentro la esperanza.
Después de varios días intentando comprender el conflicto de Torreciudad,
quise resumir también esta reflexión con mi propia voz.
No como una conclusión jurídica, sino como una propuesta personal:
que la ermita, el santuario, la diócesis y el Opus Dei puedan encontrar
un marco en el que nadie tenga que desaparecer.
Torreciudad, septiembre de 2026 · Caminos de Barbastro
Quizá esa esperanza consista ahora en aprovechar todo lo ocurrido para
construir un Torreciudad mejor ordenado que el que existía antes del
conflicto: un Torreciudad en el que la antigua ermita vuelva a estar viva
sin que el santuario deje de estarlo; en el que la diócesis pueda sentirse
plenamente reconocida sin necesidad de asumir una estructura que quizá no
tenga capacidad para sostener directamente; en el que el Opus Dei continúe
una misión que forma parte ya de la historia de este lugar, pero dentro de
un marco institucional claro; y en el que la Virgen vuelva a ser
principalmente aquello que siempre fue para quienes acudían a verla: una
imagen de devoción y no el marcador de quién ha vencido.
Quizá la mejor solución sea aquella en la que todos tengan que renunciar a
algo, pero nadie tenga que desaparecer.
Torreciudad se habrá reparado de verdad cuando la autoridad ya no necesite
escenificarse, la identidad ya no necesite defenderse y la Virgen ya no
tenga que cargar con el peso del conflicto.
Entonces la caja podrá cerrarse. No para olvidar lo ocurrido, sino porque
ya no será necesario seguir viviendo dentro de ello.
Cómo se ha elaborado esta reflexión
Esta entrada es el resultado de varios días de trabajo sobre documentos
jurídicos, comunicados oficiales, informaciones periodísticas, declaraciones
públicas y la observación personal realizada en Torreciudad el
5 de septiembre de 2026.
La profundidad de este análisis no habría sido posible en tan poco tiempo
sin la ayuda de herramientas de inteligencia artificial,
utilizadas para localizar y ordenar fuentes dispersas, reconstruir
cronologías, comparar documentos de distintas fechas y someter las diferentes
hipótesis a contraste.
En un conflicto que se extiende durante años y cuya documentación aparece
repartida entre escrituras notariales, comunicados de la diócesis, textos
del Opus Dei, medios de comunicación y documentos posteriores, esta ayuda
me ha permitido realizar en pocos días una investigación mucho más amplia
de la que habría podido desarrollar por mis propios medios en ese mismo
tiempo.
Las visitas, fotografías y observaciones sobre el terreno son propias.
La selección final de las fuentes, su interpretación y las conclusiones
expresadas en esta entrada corresponden al autor de
Caminos de Barbastro.
Para entender el origen del conflicto
Esta reflexión sobre una posible salida al conflicto se entiende mejor conociendo la historia anterior.
En
Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto
reconstruyo la relación histórica entre Torreciudad, Barbastro, el Obispado y Josemaría Escrivá.
Daniel Vallés Turmo Caminos de Barbastro
Septiembre de 2026
Después de varios días estudiando este conflicto y de estar personalmente
en Torreciudad durante la romería del 5 de septiembre, he publicado una
segunda entrada en la que dejo a un lado la reconstrucción de los hechos
para plantear una pregunta diferente:
¿qué solución podría permitir que la ermita, el santuario,
la diócesis y el Opus Dei tengan futuro sin que ninguno tenga que
desaparecer?
Esta no es sólo una entrada sobre el conflicto actual de Torreciudad.
Es un recorrido por cómo ha cambiado este lugar a lo largo del
tiempo y cómo ha cambiado también mi manera de mirarlo.
✓ El paisaje: de la torre medieval y la ermita sobre
el río Cinca al embalse de El Grado y el gran santuario.
✓ La Virgen: una misma talla en dos espacios muy
diferentes, su restauración y el paso de una devoción local a un
santuario conocido internacionalmente.
✓ La experiencia personal: recuerdos familiares,
caminos, visitas y más de medio siglo contemplando Torreciudad desde
lugares y momentos diferentes.
✓ El conflicto actual: qué sostienen la
Diócesis de Barbastro-Monzón y el Opus Dei, qué dicen los documentos
y cómo evoluciona la situación día a día.
✓ Historia en vivo: mientras los acontecimientos
suceden, podemos observar también cómo distintos medios y protagonistas
van construyendo relatos diferentes sobre una misma historia.
Torreciudad es uno de esos lugares que he conocido siempre y que, sin embargo,
con los años he aprendido a mirar de otra manera. Por mi edad, he conocido el
nuevo santuario prácticamente desde sus comienzos y he podido seguir su
evolución viviendo a apenas media hora. Ya hice una entrada en el blog en el
año 2015,
Torreciudad.
Curiosamente, uno de mis primeros recuerdos de aquel nuevo Torreciudad es muy
cotidiano: el bar que había junto al embalse y que cerró pocos años después.
Por encima de edificios e instituciones, lo que siempre permaneció fue un
paisaje excepcional.
Tiene además para mí una dimensión personal. Mi madre,
Amparo Turmo Barrabés, fue llevada siendo niña hasta
Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad después de
recuperarse de una caída. Aquella historia familiar hizo que este lugar nunca
me resultara indiferente.
Después llegó el paisaje. He llegado tres veces a pie desde
Barbastro hasta Torreciudad, una de ellas corriendo. Son kilómetros recorridos
por Costean, El Grado, el Cinca y las laderas que rodean el santuario. Es un
territorio que conozco también desde los pies.
Recuerdo especialmente aquella carrera de 1985. Después de recorrer más de una
media maratón desde Barbastro, llegamos con ropa deportiva y no nos permitieron
siquiera acceder a la explanada porque nuestra indumentaria no se consideró
decorosa. El santuario quedó allí, a cientos de metros, frente a nosotros.
En 1985 llegamos corriendo y no pudimos entrar; hoy llegar corriendo forma
parte de la propia historia de Torreciudad.
Durante muchos años practiqué además piragüismo en el embalse de El Grado. En
una lámina de agua de casi veinte kilómetros de longitud, la silueta de
Torreciudad era una referencia inconfundible. Desde la piragua aparecía sobre
las laderas como un punto de orientación. También así he aprendido a conocer
este paisaje: desde el camino y desde el agua.
Durante aquellos años en los que conocía bien el embalse desde la piragua
llegué incluso a proponer a Torreciudad una pequeña iniciativa que me parecía
muy ligada al lugar: que cada 16 de julio, festividad de la Virgen del
Carmen, una imagen llegara hasta Torreciudad por las aguas del embalse.
La idea no llegó entonces a desarrollarse, pero recuerdo que me parecía una
forma muy hermosa de unir el paisaje, el agua y la devoción popular.
En otros proyectos tuve más fortuna. El Obispado de Barbastro-Monzón sí acogió
años después la propuesta del Camino de San Ramón, una
iniciativa que desde Caminos de Barbastro y con el imprescindible apoyo de Montañeros de Aragón de Barbastro y el Centro Excursionista de Ribagorza, permitió movilizar a muchas
personas alrededor de los antiguos caminos de estas tierras. Eran también
otros tiempos, y quizá otra forma de relacionarnos con el territorio y con las
instituciones.
Durante mucho tiempo, como probablemente le ocurre a casi todo el que llega,
mi mirada se dirigía principalmente hacia el gran santuario, mientras la
pequeña ermita permanecía abajo, casi como un resto de todo lo anterior. Con
los años me ha sucedido justamente lo contrario: cada vez me interesan más
aquella pequeña ermita, la torre medieval, Nuestra Señora de los Ángeles y el
paisaje que existió antes de que el río Cinca se convirtiera en embalse.
Quizá porque Torreciudad permite contemplar algo más que la historia de un
santuario: cómo cambian un paisaje, una sociedad y nuestra propia
manera de mirar un lugar.
El mismo lugar, dos paisajes.
El antiguo Torreciudad sobre el valle del Cinca y el paisaje actual,
transformado por el embalse de El Grado y la construcción del nuevo
santuario. La fotografía histórica ha sido coloreada para facilitar
la comparación.
Antes de ser santuario, Torreciudad fue una torre
El propio nombre nos lleva mucho más atrás que el actual edificio. La torre
medieval ocupa una posición privilegiada sobre el corredor del Cinca. Desde
allí se podía controlar el paso por el valle y mantener contacto visual con
otros puntos elevados.
Al estudiar recientemente otras fortalezas del Cinca, como el
castillo de Artasona,
he empezado también a mirar Torreciudad desde esa perspectiva. Desde Artasona
se distingue Torreciudad. No sabemos hasta qué punto aquellas posiciones
formaron una red organizada de comunicación, pero su relación visual permite
comprender que no eran lugares aislados.
Antes de ser un lugar al que acudir, Torreciudad fue un lugar desde el que mirar.
Con el paso de los siglos aquella función defensiva perdió importancia. Sin
embargo, junto a la torre permaneció un pequeño edificio que acabaría teniendo
una vida mucho más larga: la ermita.
Al visitar hoy la antigua ermita me sorprende que apenas encontremos una
explicación sobre aquella torre que, en realidad, dio nombre a
Torreciudad. Se trata de una construcción medieval documentada ya en
el siglo XI, situada en una posición estratégica sobre el valle del Cinca,
cuando esta zona formaba parte de la frontera entre los territorios cristianos
y musulmanes. Desde aquí se vigilaban el valle y los caminos en una época en
la que lugares próximos como Graus y El Grado todavía no habían pasado
definitivamente a manos cristianas.
No haría falta una gran intervención para recuperar esta parte de la historia.
Un sencillo panel interpretativo junto a los restos de la torre permitiría
explicar su función defensiva, su relación con el valle del Cinca y, sobre
todo, algo tan elemental como por qué este lugar se llama
Torreciudad. La ermita explica la historia religiosa del lugar; la
torre permitiría recordar la historia anterior sobre la que aquella devoción
acabó asentándose.
Dos torres separadas por siglos.
En primer plano, los restos de la torre medieval que dio nombre a
Torreciudad; al fondo, la torre del santuario construido en el siglo XX.
La imagen permite reunir en una misma mirada dos momentos muy distintos
de la historia del lugar.
Nuestra Señora de los Ángeles
Hoy utilizamos casi siempre la expresión Virgen de Torreciudad,
pero durante siglos la advocación fue más precisa:
Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad. Las antiguas
espéculas de peregrino todavía conservan ese nombre.
Espécula medieval de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad.
Aquellas pequeñas insignias permiten acercarnos a un Torreciudad muy diferente
del actual. Sobre las espéculas y las antiguas insignias de peregrinación ya
escribí hace años en
Caminos de Barbastro.
Las familias llegaban desde los pueblos próximos para pedir ayuda, agradecer
una curación o cumplir una promesa. Entre las tradiciones asociadas a Nuestra
Señora de los Ángeles tuvo especial importancia la presentación y protección
de los niños. Y eso permite comprender dos pequeñas historias separadas por
casi treinta años.
Dos niños llevados a la Virgen
En 1904 una familia de Barbastro llevó hasta aquella pequeña ermita a un niño
de unos dos años después de que se recuperara de una grave enfermedad. Se
llamaba Josemaría Escrivá de Balaguer. Su madre había
prometido llevarlo a Torreciudad si sanaba. Décadas después, aquel niño
impulsaría la construcción del gran santuario que hoy conocemos.
En 1932 otra familia llevó hasta el mismo lugar a una niña procedente de Merli
después de recuperarse de una caída. Era mi madre,
Amparo Turmo Barrabés.
Son dos historias particulares, pero pertenecen a algo mucho más amplio: una
religiosidad popular en la que las familias acudían hasta Nuestra Señora de los
Ángeles para poner a sus hijos bajo su protección o agradecer su recuperación.
Antes de que Torreciudad recibiera peregrinos de todo el mundo,
recibía a las familias de estos valles.
La misma Virgen, dos maneras de verla
También ha cambiado ante nuestros ojos la manera de contemplar a la
Virgen. No se trata solamente del lugar en el que se encuentra, sino
también de la forma en que la imagen ha sido presentada y venerada a lo largo
del tiempo.
La misma imagen, dos maneras de contemplarla. Durante generaciones,
Nuestra Señora de los Ángeles apareció cubierta por vestidos, manto y
corona; actualmente se muestra la talla románica restaurada.
Durante generaciones la talla románica permaneció cubierta por vestidos,
manto y corona. Ésa fue la imagen que contemplaron muchos de quienes llegaron
hasta la antigua ermita. Con su restauración volvió a quedar visible la
escultura, pero también cambió notablemente el aspecto con el que hoy la
conocemos.
Antes y después de la restauración
Una fotografía tomada durante la romería de Torreciudad de
1967 permite observar con especial claridad aquel cambio.
La talla conservaba entonces una policromía muy visible: azules, rojizos,
tonos claros y algunos detalles dorados cubrían los vestidos de la Virgen y
del Niño.
Nuestra Señora de los Ángeles durante la romería de Torreciudad de 1967.
La fotografía permite apreciar la policromía que conservaba la talla antes
de adquirir su aspecto dorado actual.
Fotografía: Eugenio Cama Permisán. Fuente:
La Puebla de Castro.
El contraste con su aspecto actual es muy llamativo. La estructura de la
escultura es la misma, pero la presencia dominante del oro modifica
profundamente nuestra percepción de la imagen.
La misma talla en dos momentos de su historia.
Aspecto de Nuestra Señora de los Ángeles durante la romería de 1967
y presentación actual después de las restauraciones del siglo XX.
Fotografía de 1967: Eugenio Cama Permisán. Fuente:
La Puebla de Castro.
El propio Opus Dei explica este proceso en un vídeo dedicado a la historia de
la talla. Se realizó una primera intervención de consolidación en 1964 y,
posteriormente, una nueva restauración en torno a 1970. Fue en esta segunda
intervención cuando se incorporó una lámina de pan de oro,
que dio a buena parte de la escultura el aspecto con el que hoy se contempla
en el nuevo santuario.
El vídeo resulta especialmente interesante porque muestra también imágenes
antiguas de la ermita y de la propia Virgen antes de aquella transformación.
Permite comprobar que no sólo cambió el lugar en el que se veneraba la
imagen: también cambió profundamente la manera de presentarla ante
los peregrinos.
Vídeo del Opus Dei sobre la historia y restauración de la talla de la
Virgen de Torreciudad. Incluye imágenes antiguas de la ermita y de la
propia imagen antes de su aspecto actual.
Es la misma imagen y, sin embargo, cuando observo esta transformación tengo
una sensación parecida a la que producen los dos paisajes de Torreciudad:
parecen pertenecer a mundos diferentes.
La Virgen en los dos espacios
Al recorrer el mismo día, uno detrás de otro, la antigua ermita y el nuevo
santuario, me llamó especialmente la atención que Nuestra Señora de los
Ángeles parece hablar en cada lugar un lenguaje diferente.
En la ermita continúa muy presente la representación tradicional de la Virgen
vestida, coronada y rodeada de ángeles, la forma en que fue
contemplada durante generaciones por las familias que llegaban hasta
Torreciudad. En el nuevo santuario, en cambio, la talla románica restaurada
aparece sin aquellos vestidos y ocupa el centro de un enorme retablo.
Nuestra Señora de los Ángeles en la antigua ermita:
vestida, coronada y acompañada por ángeles.
La talla románica en el gran retablo del nuevo santuario.
La misma Virgen presentada de una forma completamente diferente.
No es únicamente una diferencia estética. Los dos espacios parecen responder
también a dos maneras distintas de vivir Torreciudad. La ermita invita a una
relación próxima, individual o familiar. El nuevo santuario fue concebido
desde su origen para las grandes peregrinaciones y para recibir a muchas
personas.
Y al contemplar la talla dentro del enorme retablo se comprende mejor también
su transformación. La imagen románica mide apenas 84 centímetros
y, vista desde la nave, ocupa un espacio diminuto dentro de una arquitectura
de dimensiones monumentales. El dorado hace que destaque sobre un retablo
deliberadamente oscuro y que la mirada del visitante se dirija inmediatamente
hacia ella. En ese contexto, el pan de oro no parece solamente una decisión
de restauración: cumple también una función iconográfica y visual,
convirtiendo a la pequeña talla en el centro luminoso de todo el
santuario.
La percepción cambia mucho cuando contemplamos la imagen fuera de ese marco.
Aislada, el dorado resulta mucho más llamativo y hace difícil imaginar la
policromía azul, rojiza y clara que todavía conservaba en las fotografías de
1967. También aquí conviene mirar aquella intervención con los criterios de
su época. A comienzos de los años setenta se estaba creando un gran santuario
y se buscaba una imagen capaz de presidir visualmente aquel espacio. Con los
criterios actuales de conservación del patrimonio, una intervención que
modificara de forma tan intensa la apariencia de una talla románica sería
mucho más difícil de justificar.
No son simplemente una ermita pequeña y un santuario grande.
Son dos espacios concebidos para experiencias diferentes.
1969-1975: cuando cambió la escala
Durante siglos la ermita estuvo sobre el río Cinca, no sobre un embalse. El
agua corría por el fondo del valle, entre gleras y laderas, bajo la torre y la
ermita. En 1969 se terminó la presa de El Grado y aquel paisaje cambió
profundamente con la creación del nuevo embalse. Solamente seis años después,
en 1975, abrió al culto el nuevo santuario de Torreciudad.
En muy poco tiempo cambiaron simultáneamente el paisaje y la arquitectura. El
río se convirtió en embalse y la pequeña ermita pasó a convivir con un enorme
santuario preparado para recibir grandes peregrinaciones.
La antigua ermita pertenecía al paisaje del río.
El nuevo santuario pertenece al paisaje del embalse.
Presa y santuario son obras completamente diferentes, pero ambas pertenecen a
unos años caracterizados por la confianza en las grandes construcciones y en
la capacidad humana para transformar el territorio. Una gran obra modificó el
Cinca; la otra modificó para siempre la imagen de Torreciudad.
La escala al acercarse
Las fotografías aéreas y las cifras permiten medir Torreciudad, pero caminar
hacia el santuario permite percibir su tamaño de otra manera. Desde la entrada
del recinto el edificio todavía aparece integrado en el paisaje. Conforme nos
acercamos, va ocupando cada vez una parte mayor de nuestra mirada hasta que su
volumen acaba dominando por completo el espacio.
Acercamiento al santuario desde la entrada del recinto.
El paisaje va desapareciendo progresivamente mientras el edificio ocupa
cada vez una parte mayor del campo visual.
Esta sucesión ayuda a comprender algo que las cifras por sí solas no muestran.
El nuevo Torreciudad fue concebido para hacerse presente en el paisaje y para
recibir grandes concentraciones. Su monumentalidad no es accidental:
forma parte del propio concepto del santuario.
La escala vista desde el aire
Visto desde el aire se comprende todavía mejor la magnitud de aquella
transformación. Una medición aproximada sobre la ortofoto actual muestra que
el conjunto de Torreciudad se extiende a lo largo de
unos 500 metros y que la zona ocupada por el santuario,
edificios, explanadas, aparcamientos, jardines y accesos ronda las
5,3 hectáreas.
Medición orientativa sobre ortofoto actual. El conjunto alcanza
aproximadamente medio kilómetro de longitud.
Medición orientativa sobre ortofoto: aproximadamente 5,3 hectáreas
ocupadas por el conjunto. No representa una delimitación oficial de la
propiedad.
La información catastral aporta otra referencia para comprender esa escala.
El edificio del santuario propiamente dicho figura con
7.555 m² construidos, mientras que
la otra gran unidad catastral del conjunto figura con
16.616 m² construidos. Entre ambas unidades principales se superan
los 24.000 m² construidos.
Una comparación cercana
Cada día, al ir al trabajo, veo la catedral de Barbastro y siempre me ha
parecido un edificio enorme. Por eso me ha sorprendido especialmente comparar
sus dimensiones con las de Torreciudad. Según la información catastral, la
catedral de Barbastro cuenta con 2.986 m² construidos,
mientras que solamente el edificio religioso del nuevo santuario de
Torreciudad alcanza los 7.555 m².
Es decir, el santuario de Torreciudad tiene aproximadamente
dos veces y media la superficie construida de la catedral de
Barbastro.
Para hacerse una idea de la escala:
Catedral de Barbastro: 2.986 m² construidos
Santuario de Torreciudad: 7.555 m² construidos
Otra gran unidad catastral del conjunto: 16.616 m² construidos
Longitud aproximada del conjunto: 500 metros
Superficie ocupada aproximada: 5,3 hectáreas
No se trató, por tanto, únicamente de construir un gran templo, sino de crear
un amplio conjunto capaz de recibir peregrinaciones, familias y grupos de muy
diversa procedencia.
También en este aspecto Torreciudad es una obra muy vinculada a su tiempo.
Cuando fue proyectado y construido todavía no existía en España el actual
marco de evaluación ambiental y paisajística. Hoy una actuación semejante,
por su extensión y por encontrarse en una ladera especialmente visible sobre
un embalse, tendría que someterse a unos controles ambientales y paisajísticos
mucho más exigentes. No podemos saber cuál sería el resultado, pero
difícilmente podría plantearse hoy de la misma manera.
La importancia del agua en este paisaje se hizo especialmente visible durante
el
gran descenso del nivel del embalse de El Grado en 2025.
Al descender extraordinariamente su nivel, el paisaje contemplado desde
Torreciudad se volvió áspero y casi irreconocible, muy alejado de la imagen
serena que ofrece el embalse cuando está lleno.
Torreciudad durante el gran descenso del embalse de El Grado en 2025.
Al retirarse el agua reaparece parte del relieve que el embalse oculta
habitualmente.
Un rincón olvidado del nuevo Torreciudad
Hay también un pequeño lugar que forma parte de mis primeros recuerdos de
Torreciudad. Cuando era niño recuerdo el bar del antiguo
Merendero, situado poco antes de llegar al santuario.
Décadas después he vuelto hasta allí y me ha sorprendido encontrar el edificio
completamente abandonado y vandalizado, en fuerte contraste con el cuidado
del resto del entorno.
La paradoja es que desde este lugar se obtiene una de las perspectivas que
más me gustan de Torreciudad. Desde aquí pueden contemplarse en una misma
mirada la antigua ermita, la torre medieval, el nuevo santuario y el paisaje
del embalse. Precisamente desde este edificio abandonado hice una de las
fotografías que mejor me ha permitido comprender la relación entre los dos
Torreciudad.
El antiguo Merendero de Torreciudad, hoy abandonado y vandalizado.
Su estado contrasta con el cuidado del resto del entorno. Desde este lugar
se obtiene además una magnífica perspectiva de la antigua ermita y del
nuevo santuario.
Actualmente existe un proyecto para recuperar este edificio y convertirlo en
alojamiento para familias y peregrinos, una iniciativa de la que informó
Diario del AltoAragón.
Quizá dentro de unos años este rincón vuelva a formar parte de la vida de
Torreciudad.
Mi mirada también ha cambiado
Mi relación con Torreciudad ha evolucionado igualmente. Durante muchos años el
gran santuario ocupó para mí el primer plano y la antigua ermita permanecía
casi como algo residual. Ahora me ocurre lo contrario, aunque también he
aprendido a comprender mejor la función diferente de ambos espacios.
Durante décadas, ésta ha sido probablemente una de las imágenes más
características del nuevo Torreciudad: el santuario lleno, la gran explanada
ocupada por miles de peregrinos y el embalse como fondo paisajístico. En
momentos así se comprende mejor la escala con la que fue concebido.
El nuevo Torreciudad en una gran concentración de peregrinos.
La explanada y el santuario muestran aquí la escala para la que fueron
concebidos.
Lo percibí de una manera completamente diferente este último invierno. Fui a
Torreciudad un martes de febrero y prácticamente estaba solo. Había regresado
con una intención muy personal: agradecer que una caída de cabeza que había
sufrido mientras preparaba aquella entrada sobre el descenso del nivel del
embalse de El Grado hubiera quedado, afortunadamente, en nada. Resultaba
curioso pensar que, muchos años después de que mi madre hubiera sido llevada
allí tras recuperarse de una caída, yo regresaba también después de otra
caída para dar gracias.
Pedí permiso para acercarme al camarín y después me senté en la primera fila
del templo. Delante de mí había un enorme santuario prácticamente vacío. El
espacio que en las grandes concentraciones podía acoger a miles de personas
era ahora casi sólo para mí.
Aquel día, más que proximidad o recogimiento, sentí cierta inquietud. Era una
experiencia muy personal: un espacio concebido para reunir a muchas personas
se encontraba prácticamente vacío y su monumentalidad se hacía especialmente
perceptible.
Después, al volver a Torreciudad y recorrer de nuevo con calma la antigua
ermita y el nuevo santuario, comprendí mejor algo que entonces no había
valorado suficientemente. La monumentalidad del nuevo templo no es
accidental, sino que responde a la función para la que fue concebido.
El santuario cobra especialmente sentido cuando recibe peregrinaciones,
familias y grandes celebraciones. La antigua ermita responde a otra escala y
a otra experiencia religiosa.
Cuando bajé hasta la antigua ermita la sensación fue completamente diferente.
El espacio era reducido, próximo y silencioso. Allí encontré un tipo de
recogimiento que personalmente siento más próximo.
Una sola persona basta para que aquel pequeño espacio tenga sentido.
Pero había algo que siempre me había producido una sensación extraña. En el
lugar donde durante siglos estuvo Nuestra Señora de los Ángeles ya no había
ninguna talla, sino una pintura. De alguna manera, aquel día me encontré con
dos situaciones completamente diferentes:
El gran santuario estaba vacío de personas.
La pequeña ermita estaba vacía de su Virgen.
Quizá fue entonces cuando comprendí con mayor claridad cuánto había cambiado
también mi propia manera de mirar Torreciudad.
Con independencia de la relación que cada persona pueda tener con el Opus Dei,
resulta difícil no reconocer la extraordinaria capacidad de iniciativa de
Josemaría Escrivá. Desde una ciudad pequeña como Barbastro impulsó proyectos
que acabarían alcanzando una dimensión internacional, y Torreciudad es
probablemente una de sus manifestaciones más visibles.
Tampoco puede olvidarse el impacto económico y turístico que Torreciudad ha
tenido durante estos cincuenta años en su entorno, especialmente en el
Somontano y en poblaciones como Barbastro y El Grado. Un
estudio elaborado en 2024 por la Cámara de Comercio e
Industria de Huesca estimó en 97,4 millones de euros anuales
su impacto económico directo, indirecto e inducido, calculado
fundamentalmente para la provincia de Huesca y, en algunos efectos, para el
conjunto de Aragón. El propio estudio destaca además la especial repercusión
turística y territorial de Torreciudad en el Somontano y su contribución al
conocimiento de Barbastro y de otras poblaciones del entorno.
Los recelos que durante años despertó el santuario llegaron a generar toda
clase de rumores y leyendas. Resulta muy ilustrativo el blog
Secretos de Torreciudad,
creado por José Alfonso Arregui, entonces responsable de comunicación del
santuario, precisamente para explicar y desmontar muchos de aquellos rumores.
Mi relación con este lugar nunca ha sido, por tanto, simplemente de adhesión o
rechazo. Torreciudad forma parte de mi paisaje, de mi historia familiar y de
mis propios caminos, y mi manera de verlo también ha cambiado conmigo.
La antigua ermita después del traslado de la talla
Cuando la talla original fue trasladada al nuevo santuario, la antigua ermita
cambió también de función. El retablo permanece, pero en el lugar que durante
siglos ocupó Nuestra Señora de los Ángeles encontramos actualmente una
pintura de la Virgen.
Interior actual de la antigua ermita. Una pintura ocupa el lugar de la
talla original.
Siempre me ha llamado la atención esta solución. Precisamente porque éste fue
durante siglos el lugar de la imagen, me pregunto si una réplica de la talla
no ayudaría a conservar visualmente esa relación histórica. Permitiría
comprender mejor el sentido original de la ermita sin necesidad de mantener
allí expuesta de forma permanente una imagen románica de tanto valor.
Y quizá esa réplica ni siquiera tendría que reproducir el aspecto dorado con
el que hoy contemplamos la talla en el nuevo santuario. Podría recuperar,
de forma interpretativa, la imagen policromada que conocieron quienes
acudían a la antigua ermita antes de las restauraciones del siglo XX.
De esa manera, los dos espacios quedarían también diferenciados visualmente:
el santuario conservaría la presentación actual de la talla original y la
ermita ayudaría a comprender cómo fue contemplada durante generaciones.
Una posible interpretación para la antigua ermita.
Simulación realizada a partir del retablo actual, colocando en él una
reproducción de la talla inspirada en la policromía visible antes de las
restauraciones del siglo XX. No pretende ser una reconstrucción histórica
exacta, sino mostrar cómo una réplica podría recuperar visualmente la
relación entre la ermita y Nuestra Señora de los Ángeles.
Sería, evidentemente, sólo una posibilidad. Pero permitiría que la ermita y el
nuevo santuario no aparecieran como dos espacios en competencia, sino como
dos momentos diferentes de la historia de una misma devoción.
Durante medio siglo el nuevo santuario pasó inevitablemente a ocupar el
primer plano de Torreciudad, mientras la pequeña ermita quedaba en una posición
mucho más discreta. Al mismo tiempo, Torreciudad quedó estrechamente
identificado con el Opus Dei, una realidad que ha generado a lo largo de los
años adhesiones, recelos y opiniones muy diferentes.
Las recientes discrepancias entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus
Dei han producido, sin embargo, una consecuencia inesperada: han vuelto a
colocar en primer plano precisamente aquello que parecía haber quedado en
segundo término, la antigua ermita y Nuestra Señora de los Ángeles de
Torreciudad.
El 31 de agosto de 2026, pocos días antes de la romería, el obispo de
Barbastro-Monzón hizo pública su petición de que la talla permanezca
definitivamente en la antigua ermita. El comunicado volvió a elevar
notablemente un conflicto que ya había alcanzado repercusión nacional un año
antes, durante la homilía pronunciada por Ángel Pérez Pueyo en la catedral de
Barbastro el 8 de septiembre de 2025.
Después de volver a recorrer ambos espacios, cada vez tengo más claro que no
tiene demasiado sentido plantearlos como dos alternativas entre las que haya
que elegir. La antigua ermita y el nuevo santuario responden a
conceptos diferentes de Torreciudad. La primera conserva la memoria,
la proximidad y la escala humana de la antigua devoción; el segundo nació para
acoger grandes peregrinaciones y desarrollar un proyecto mariano de una
dimensión completamente distinta.
Quizá precisamente por eso ambos espacios puedan conservar su propia identidad.
La antigua ermita podría recuperar visualmente su relación histórica con
Nuestra Señora de los Ángeles mediante una réplica de la talla, sin necesidad
de que una imagen románica de tanto valor permanezca allí expuesta de forma
permanente. El gran santuario, por su parte, puede continuar desarrollando la
función para la que fue concebido.
La ermita y el santuario no tienen por qué competir.
Son dos maneras distintas de entender y vivir Torreciudad.
Hay además otra razón por la que he querido recoger estos acontecimientos en
forma de cronología. Estamos viviendo un momento que, con el paso de los años,
probablemente acabará formando parte de la historia de Torreciudad y de la
propia Iglesia en estas tierras. Muchas veces conocemos estos procesos cuando
ya han terminado, resumidos en unas pocas líneas de un libro de historia.
Esta vez podemos observar cómo se desarrolla uno de ellos mientras está
ocurriendo.
Desde Caminos de Barbastro me interesa precisamente eso:
seguir los hechos, conocer las distintas posiciones y ver cómo una
institución con siglos de historia se replantea hoy la relación entre una
imagen, una antigua ermita y un santuario contemporáneo. No se trata
tanto de decidir quién tiene razón como de intentar comprender qué está
sucediendo y dejar constancia de cómo evoluciona.
🧭 Para situarse: ¿qué se discute en Torreciudad?
El conflicto gira principalmente en torno al destino de la
talla románica de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad,
venerada durante siglos en la antigua ermita y trasladada al nuevo
santuario cuando este abrió sus puertas en 1975.
La Diócesis de Barbastro-Monzón sostiene que la imagen
es propiedad de la diócesis y reclama que permanezca de forma estable
en su antigua ermita.
El Opus Dei reconoce que la propiedad de la talla
corresponde a la diócesis, pero considera que los acuerdos de
1962 y 1966 amparan su uso, custodia y permanencia
en el nuevo santuario.
En 2024, el papa Francisco nombró a
Alejandro Arellano comisario pontificio para intentar
encontrar una solución al conflicto.
El 8 de septiembre de 2025, durante una homilía en la
catedral de Barbastro, Ángel Pérez Pueyo reveló públicamente que
Francisco le había escrito «No cedás!» y que, en otra
carta, le había advertido de unas «intrigas mafiosas»
en torno al conflicto. Aquella homilía llevó el enfrentamiento a un
nuevo nivel público.
31 de agosto de 2026 —
el obispo Ángel Pérez Pueyo propuso que la talla regresara definitivamente
a la ermita y manifestó que la diócesis no pretendía controlar ni obtener
compensación económica por el nuevo santuario.
3 de septiembre de 2026 —
El País publicó por primera vez reproducciones de las dos cartas
manuscritas de Francisco. Sus expresiones esenciales ya habían sido reveladas
por el obispo en 2025, pero ahora podían conocerse directamente los documentos.
Ese mismo día el Opus Dei respondió oficialmente defendiendo la vigencia de
los acuerdos históricos.
5 de septiembre de 2026 —
la talla original regresó temporalmente junto a la antigua ermita con motivo
de la 47.ª Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe. Tras el acto celebrado
en ese espacio, la imagen fue protegida y trasladada en automóvil al santuario
moderno, donde presidió la eucaristía junto al altar.
La jornada no produjo una nueva escalada mediática y el obispo utilizó
un lenguaje claramente conciliador, apelando a la unidad, reconociendo el bien
realizado por el Opus Dei y expresando su deseo de que pudiera seguir
desarrollando su misión en Torreciudad.
El conflicto continúa abierto. Las partes mantienen
interpretaciones diferentes y la solución definitiva sigue dependiendo
del proceso encomendado por la Santa Sede.
Este cuadro resume únicamente las claves para seguir la actualidad.
La cronología que aparece a continuación recoge los documentos,
declaraciones y acontecimientos con mayor detalle.
🎥 La guerra de los seis días
Entre el 31 de agosto y el 5 de septiembre de 2026,
el conflicto de Torreciudad pasó, en apenas seis días, de una disputa
conocida principalmente en ámbitos eclesiales a ocupar titulares nacionales.
Esta breve crónica resume cómo se produjo aquella escalada, qué me llevó
personalmente a seguirla y el cambio de tono que pude observar en Torreciudad
el 5 de septiembre.
Torreciudad: la guerra de los seis días · 31 de agosto–5 de septiembre de 2026
Soluciones al conflicto: ¿pueden ganar los dos Torreciudad?
Después de revisar los documentos y las posiciones de ambas partes, hay una
pregunta diferente a la de quién tiene jurídicamente razón:
¿existe una solución en la que no sea necesario debilitar uno de los
dos Torreciudad para fortalecer el otro?
La antigua ermita y el templo moderno son hoy dos realidades muy diferentes.
La primera conserva el origen histórico de la devoción; el segundo concentra
desde 1975 la talla original, el gran retablo, las peregrinaciones y buena
parte de la actividad de Torreciudad.
La siguiente matriz intenta representar cómo ha ido cambiando ese equilibrio
y dónde podrían situarse las distintas soluciones.
Una matriz para pensar las soluciones.
No pretende determinar quién tiene razón jurídica, sino observar qué
ocurre con la antigua ermita y con el templo moderno en cada escenario.
Pulsando sobre la imagen puede verse a mayor tamaño.
En este esquema, «ganar» no significa quedarse con la talla.
Significa que cada espacio conserve o recupere una función propia,
reconocible y sostenible.
Del equilibrio al conflicto
En 1962 existía un primer equilibrio. La imagen permanecía
en la antigua ermita mientras comenzaba un proyecto destinado a conservar
el lugar y potenciar el culto a Nuestra Señora de los Ángeles.
Entre 1966 y 1975, con la construcción del nuevo templo y
el traslado de la talla, el centro de gravedad se desplazó progresivamente
hacia el nuevo Torreciudad. La ermita continuó existiendo y conservando su
valor histórico, pero perdió principalmente la presencia ordinaria de la
Virgen y dejó de ser el centro principal de la devoción.
Durante aproximadamente medio siglo aquella situación terminó convirtiéndose
en la normalidad: la talla original, el camarín y el gran retablo formaron
un nuevo conjunto religioso y artístico alrededor del cual se desarrolló
la peregrinación contemporánea a Torreciudad.
La propuesta actual de la diócesis intenta corregir aquel desplazamiento:
la talla original regresaría a la antigua ermita y una copia ocuparía
su lugar en el templo moderno. Recuperaría así con enorme fuerza el
espacio histórico, aunque introduciría una pérdida en el conjunto creado
desde 1975.
Por eso puede entenderse como un intento de reequilibrio, pero también plantea
una pregunta: ¿corregir un desequilibrio histórico exige desplazar
ahora el centro de gravedad en sentido contrario?
El conflicto institucional actual representa el peor escenario.
Cuando cada parte intenta evitar su propia pérdida, aumenta la incertidumbre,
se deterioran las relaciones y ninguno de los dos Torreciudad resulta
realmente fortalecido.
¿Puede existir un nuevo ganar–ganar?
La alternativa que he ido planteando a lo largo de esta entrada sería mantener
la talla original en el templo moderno y recuperar para la antigua ermita una
imagen propia de culto basada en el aspecto documentado fotográficamente en
1967.
No sería una reconstrucción de una hipotética policromía medieval, que no
conocemos, sino una réplica 1967: una imagen inspirada en
un momento concreto y documentado de la historia de Torreciudad, cuando la
Virgen todavía se veneraba en la antigua ermita.
Esta solución no devolvería materialmente Torreciudad a 1962. Intentaría algo
diferente: conservar el valor creado desde 1975 y reparar parte del
valor que la ermita perdió entonces.
La antigua ermita podría reforzar su función como lugar de origen, memoria,
tradiciones y devoción local. El templo moderno conservaría la talla original,
el gran retablo y la continuidad adquirida durante medio siglo.
No mover el original para reparar la ermita;
reparar la ermita sin destruir la continuidad del santuario.
La Iglesia real de 2026
Hay todavía otro elemento que considero fundamental. Cualquier solución debe
preguntarse no sólo quién tiene determinados derechos, sino
quién puede sostener realmente cada espacio durante las próximas
décadas.
La Diócesis de Barbastro-Monzón reconoce una situación estructural de escasez
y envejecimiento del clero y necesita recurrir también a sacerdotes procedentes
de otras diócesis y países. El complejo moderno de Torreciudad, por su parte,
es una infraestructura de grandes dimensiones que requiere personal,
mantenimiento y una financiación permanente considerable.
Esto introduce una cuestión que quizá hace cincuenta años se percibía de una
manera diferente: recibir un derecho significa también asumir una
responsabilidad.
Una solución estable debería intentar hacer coincidir función, responsabilidad
y capacidad real. La diócesis podría conservar expresamente la propiedad de
la talla y reforzar el papel histórico y religioso de la antigua ermita; las
entidades que actualmente sostienen Torreciudad continuarían asumiendo la
gestión y mantenimiento del gran complejo; y la Santa Sede podría proporcionar
un marco canónico estable que dejara claras para el futuro la custodia de la
imagen, la situación del templo y las responsabilidades de cada parte.
Un nuevo equilibrio
Quizá el problema de Torreciudad sea seguir pensando que sólo puede existir
un centro. La antigua ermita puede ser el centro histórico de la
devoción y el templo moderno, el centro contemporáneo de culto y
peregrinación.
No se trataría de decidir cuál de las dos historias debe vencer, sino de
conservar las dos.
No se trata de volver a 1962, sino de recuperar en 2026 la lógica de
equilibrio que tenía aquel primer acuerdo.
La ermita debe volver a ser necesaria sin que el santuario deje de serlo.
📜 Fuentes primarias en las que se apoyan ambas partes
Para comprender el conflicto resulta útil acudir directamente a los
documentos originales que están detrás de las posiciones mantenidas
públicamente por ambas partes.
Opus Dei / Torreciudad
1. Escritura pública de 24 de septiembre de 1962
Otorgada en Barbastro ante el notario Luis F. Alós Bobadilla.
Mediante un contrato de censo enfitéutico se regula la relación jurídica
sobre la antigua ermita de Torreciudad y sus dependencias.
La escritura contempla también la conservación y el culto de la imagen
de Nuestra Señora de Torreciudad y establece inicialmente que no sea
retirada de la ermita en la que se encontraba.
Alcanzado en Madrid entre el obispo de Barbastro,
Jaime Flores Martín, Florencio Sánchez Bella,
por parte del Opus Dei, y Rafael Solís García, representante
del grupo promotor del Patronato de Torreciudad.
El acuerdo queda recogido posteriormente en un
testimonio notarial fechado el 8 de septiembre de 1966.
El documento se remite expresamente a la escritura de 1962 y desarrolla
algunas de sus previsiones ante la construcción del nuevo santuario.
Entre otras cuestiones, recoge que la imagen de Nuestra Señora de
Torreciudad recibiría culto y veneración en el nuevo santuario.
Naturaleza de las fuentes:
escritura pública de 1962 y posterior acuerdo de 1966
documentado mediante testimonio notarial.
Obispo de Barbastro-Monzón
Cartas manuscritas del papa Francisco de 2023 y 2024
Entre los documentos que permiten conocer directamente la posición
del papa Francisco durante el conflicto se encuentran dos cartas
manuscritas dirigidas al obispo de Barbastro-Monzón,
Ángel Pérez Pueyo.
En la primera, fechada el 13 de julio de 2023,
Francisco expresa su apoyo al obispo y escribe:
«No cedás!».
En la segunda, fechada el 13 de octubre de 2024,
pocos días después del nombramiento de Alejandro Arellano como
comisario pontificio, Francisco explica que mediante ese nombramiento
hacía visible su intervención personal en Torreciudad.
El contenido esencial de estas cartas no era completamente desconocido.
El 8 de septiembre de 2025, durante una homilía en la
catedral de Barbastro, el obispo citó públicamente tanto el
«No cedás!» como la advertencia de Francisco sobre
las «intrigas mafiosas». La novedad del 3 de septiembre
de 2026 fue la publicación de reproducciones de los manuscritos.
Ver la información de El País de 2025.
Naturaleza de las fuentes:
correspondencia manuscrita del Papa durante el desarrollo
contemporáneo del conflicto.
📄 Consultar las imágenes de las cartas originales en esta entrada
Código de Derecho Canónico
Cánones 556 y 557 — Rectores de iglesias
El canon 556 define como rector de una iglesia al
sacerdote al que se confía la atención de una iglesia que no sea
parroquial ni capitular y que tampoco esté aneja a la casa de una
comunidad religiosa o sociedad de vida apostólica.
El canon 557 §1 establece, como regla general, que
el obispo diocesano nombra libremente al rector de una
iglesia, sin perjuicio de los derechos de elección o presentación
que puedan corresponder legítimamente a otra persona o institución.
Estos cánones fueron el fundamento invocado por el
Obispado de Barbastro-Monzón para el nombramiento de
un rector de Torreciudad en julio de 2023. La controversia no se centra
tanto en el contenido del canon 557 como en una cuestión previa:
si el nuevo templo de Torreciudad se encuentra jurídicamente
sometido a este régimen. El Opus Dei sostiene que se trata de
un oratorio de la Prelatura y, por tanto, discute la aplicación de estos
cánones en los términos defendidos por la diócesis.
Naturaleza de la fuente:
norma general del Código de Derecho Canónico. Su aplicación concreta
a Torreciudad forma parte precisamente de la controversia.
Para interpretar estos documentos:
no tienen la misma naturaleza ni responden exactamente a la misma
cuestión. La escritura de 1962 y el acuerdo documentado en 1966
forman parte de los antecedentes históricos y jurídicos de Torreciudad.
Las cartas de Francisco documentan el respaldo y la intervención
personal del Papa en el conflicto contemporáneo. Su alcance jurídico
o canónico es una cuestión distinta de su valor como fuentes primarias.
🧭 El conflicto de Torreciudad, paso a paso
Una cronología abierta de unos acontecimientos todavía en desarrollo.
1962 — El acuerdo inicial
La diócesis de Barbastro y el Opus Dei establecen el acuerdo mediante
el cual la antigua ermita de Torreciudad queda vinculada al proyecto
de conservación del lugar y promoción del culto.
1966 — La Virgen y el nuevo santuario
Un testimonio notarial recoge el acuerdo entre el obispo Jaime Flores
y los promotores de Torreciudad para construir el nuevo santuario con
la condición expresa de que en él recibiera culto y veneración la
imagen de Nuestra Señora de Torreciudad.
1975 — Apertura del nuevo Torreciudad
La talla románica restaurada pasa a presidir el retablo del nuevo
santuario. La antigua ermita permanece como lugar histórico de la
devoción.
2023 — El conflicto se hace público
Las diferencias entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei
sobre la situación jurídica y pastoral de Torreciudad pasan al primer
plano público.
9 de octubre de 2024 — Roma interviene
El papa Francisco nombra a Alejandro Arellano comisario pontificio
plenipotenciario para estudiar y encauzar la situación de Torreciudad.
Junio de 2025 — La propuesta del mediador
Después de varios meses de trabajo, el comisario pontificio
Alejandro Arellano presenta sus conclusiones para intentar
resolver el conflicto. La propuesta o resolución no se hace pública, por lo
que su contenido exacto no puede conocerse documentalmente.
Según distintas informaciones publicadas entonces, la solución buscaba un
equilibrio entre las partes: el Opus Dei mantendría la gestión de Torreciudad;
el obispo nombraría al rector entre una terna presentada por la Prelatura; y
la talla original permanecería habitualmente en el santuario moderno,
regresando periódicamente a la antigua ermita.
El Opus Dei precisó el 24 de junio de 2025 que no existía
todavía un acuerdo cerrado y manifestó que seguía a la espera de la resolución
propuesta por el comisario pontificio.
1 de julio de 2025 — El obispo plantea otra solución
El Obispado de Barbastro-Monzón hace pública su propia propuesta. Plantea que
Torreciudad sea reconocido como santuario internacional bajo
la dependencia de la Santa Sede, que el Opus Dei pueda continuar desarrollando
allí su misión y que la diócesis renuncie a beneficios económicos y
responsabilidades patrimoniales sobre el santuario moderno.
La diferencia fundamental aparece en la talla: el obispo reclama que la
imagen original regrese permanentemente a la antigua ermita y que una copia
ocupe su lugar en el santuario moderno.
8 de septiembre de 2025 — La homilía de Barbastro lleva el conflicto a un nuevo nivel
Durante una misa en la catedral de Barbastro con motivo de las fiestas
de la ciudad, Ángel Pérez Pueyo dedica la homilía al conflicto de
Torreciudad y revela públicamente parte del contenido
de las comunicaciones que había recibido de Francisco.
Desde este momento, el conflicto ya no gira solamente alrededor de cómo
interpretar los acuerdos de 1962 y 1966. También existe un desacuerdo sobre
la solución futura de Torreciudad que Roma intenta arbitrar.
El obispo cuenta que en una carta del 13 de julio de
2023 Francisco le había escrito «Ángel, no
cedás» y que, en otra del 13 de octubre de
2024, le había advertido de las «intrigas
mafiosas» que, según las palabras atribuidas al propio Papa,
estaban en curso alrededor del asunto.
La homilía tuvo una gran repercusión porque Pérez Pueyo expresó además
su rechazo a aceptar una solución que considerase contraria a la
dignidad y a los derechos de la diócesis, recurrió al ejemplo bíblico
de Eleazar y dejó planteada públicamente la posibilidad de llegar hasta
las últimas consecuencias personales si se le obligaba a asumirla.
Desde entonces, las expresiones de Francisco y la posible renuncia del
obispo formaban ya parte del debate público sobre Torreciudad.
Alejandro Arellano autoriza el traslado temporal de la talla original
con motivo de la Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe.
Las informaciones previas señalaban que la imagen peregrina de
Torreciudad participaría después en la procesión hacia el nuevo templo.
Finalmente, el desarrollo de la jornada fue diferente: ni la talla
original ni la imagen peregrina subieron en aquella procesión.
31 de agosto — El comunicado del obispo
Ángel Pérez Pueyo pide públicamente que la imagen permanezca
definitivamente en la antigua ermita. La diócesis plantea además una
posible solución diferente para la situación jurídica del nuevo
santuario, proponiendo que pueda depender directamente de la Santa Sede.
El obispo lleva además su posición hasta una consecuencia personal:
afirma que no firmaría una solución que, a su juicio, privara a la
diócesis de la imagen y que, si llegara a plantearse esa situación,
pondría su cargo a disposición.
1 de septiembre — El documento de 1966 vuelve al debate
Vuelve a hacerse público un testimonio notarial fechado el
8 de septiembre de 1966, que recoge un acuerdo alcanzado
en Madrid el 15 de julio de aquel año entre el obispo de Barbastro,
Jaime Flores Martín, Florencio Sánchez Bella, por parte
del Opus Dei, y Rafael Solís García, representante del grupo promotor del
Patronato de Torreciudad.
En el documento se establece que el Patronato asumiría la construcción y
financiación del nuevo santuario con la condición expresa de que en él
recibiera culto y veneración la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad.
También se contemplaba que la antigua ermita y el nuevo santuario
constituyeran un único recinto.
Aunque este testimonio notarial era públicamente accesible al menos desde
marzo de 2024, en septiembre de 2026 ha adquirido un protagonismo nuevo
en el conflicto. El obispo ha señalado que el acuerdo no consta en los
archivos del Cabildo ni de la diócesis, mientras que el Opus Dei lo
presenta como uno de los documentos que sustentan su posición.
3 de septiembre — Se publican por primera vez reproducciones de las cartas de Francisco
El País publica reproducciones de dos cartas manuscritas enviadas
por el papa Francisco al obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez Pueyo.
El propio periódico las presenta como documentos que revela por primera
vez. Sin embargo, las frases esenciales de ambas cartas ya eran
públicas desde la homilía del 8 de septiembre de 2025. La novedad
de esta jornada es que ahora pueden contemplarse directamente los
manuscritos y conocer su contexto con mayor precisión.
La primera, fechada el 13 de julio de 2023, muestra
claramente el apoyo personal del pontífice al obispo y contiene una
expresión especialmente explícita: «No cedás!».
La segunda carta, fechada el 13 de octubre de 2024,
fue escrita pocos días después del nombramiento de Alejandro Arellano
como comisario pontificio para Torreciudad. En ella Francisco explica
que con aquel nombramiento hacía visible su intervención personal
en el asunto.
13 de julio de 2023.
Carta manuscrita del papa Francisco al obispo de Barbastro-Monzón,
Ángel Pérez Pueyo. En ella le anima a mantenerse firme en su posición.
Reproducción publicada por El País.
13 de octubre de 2024.
Segunda carta manuscrita de Francisco a Ángel Pérez Pueyo,
escrita pocos días después del nombramiento de Alejandro Arellano
como comisario pontificio para Torreciudad.
Reproducción publicada por El País.
La publicación de los manuscritos aporta un dato importante para comprender
el conflicto: no descubre por primera vez las expresiones de
Francisco, pero permite comprobar directamente los documentos en los que
aparecen. El respaldo personal del Papa al obispo era conocido
desde 2025; ahora adquiere una fuerza documental y visual mucho mayor.
Sin embargo, estas cartas no resuelven por sí mismas la cuestión jurídica
sobre la permanencia de la talla ni el alcance de los acuerdos históricos
entre la diócesis y los promotores del nuevo santuario.
🎥 Para comprender el conflicto: una visión de conjunto
El mismo 3 de septiembre, Rome Reports, medio especializado
en información sobre el Vaticano, publicó un vídeo que resume los
principales puntos de desacuerdo entre el Obispado de Barbastro-Monzón
y el Opus Dei.
El vídeo permite conocer de forma especialmente clara varios de los
argumentos sostenidos por la Prelatura. Entre ellos plantea una cuestión
especialmente interesante a la luz de las reproducciones de las cartas
publicadas ese mismo día:
si Francisco hubiera querido resolver personalmente el conflicto
adoptando directamente una decisión favorable a la posición del obispo,
podría haberlo hecho. Sin embargo, según la interpretación de
Rome Reports, optó por
nombrar a Alejandro Arellano como comisario pontificio para buscar una
solución entre las partes.
Es una interpretación que conviene distinguir de los propios documentos.
Las cartas muestran claramente el respaldo personal de Francisco a
Ángel Pérez Pueyo; el nombramiento de Arellano muestra, al mismo tiempo,
que el papa decidió encargar a un comisario pontificio la búsqueda de
una salida al conflicto.
Francisco no dejó una decisión definitiva conocida sobre el
destino permanente de la talla.
Actualización del 3 de septiembre.
La primera versión de este vídeo fue retirada de YouTube poco después
de su publicación y posteriormente Rome Reports publicó una
nueva versión editada con una dirección diferente. El artículo escrito
del medio permaneció disponible.
3 de septiembre — El Opus Dei responde oficialmente al obispo
La Oficina de Información del Opus Dei en España publica una respuesta
al comunicado de Ángel Pérez Pueyo del 31 de agosto. La Prelatura
reconoce expresamente que la propiedad de la talla corresponde
a la diócesis, pero sostiene que la controversia se refiere
al alcance y vigencia de los derechos de uso, custodia y ubicación
establecidos mediante los acuerdos históricos.
El comunicado recuerda que la escritura de 1962 habría cedido a
perpetuidad el dominio útil —no la propiedad— de la antigua ermita
y de la imagen, y que el acuerdo documentado en 1966 estableció
que el nuevo santuario sería construido con la condición expresa
de que Nuestra Señora de Torreciudad recibiera allí culto y
veneración. También señalaba que la antigua ermita y el nuevo templo
formarían un único recinto.
Sobre esta base, el Opus Dei rechaza que la permanencia de la talla
en el nuevo santuario pueda describirse como una sustracción,
usurpación o retención ilegal. Admite que pueden existir
interpretaciones jurídicas diferentes sobre los
acuerdos y considera que corresponde a la autoridad competente
resolverlas.
La Prelatura recuerda además que el nombramiento de
Alejandro Arellano como comisario pontificio se produjo
a petición del propio obispo de Barbastro-Monzón. Reitera su disposición
al diálogo y a colaborar con el comisario, y afirma que
aceptará lo que disponga la Santa Sede.
El comunicado incorpora también otra dimensión del debate: sostiene que
las actuaciones realizadas desde los años sesenta permitieron restaurar
la antigua ermita, conservar la talla, mejorar su accesibilidad y abrir
una devoción históricamente vinculada al Alto Aragón a peregrinos
procedentes de muchos otros lugares.
El País publica por primera vez reproducciones de dos cartas
manuscritas del papa Francisco que muestran su
respaldo personal al obispo Ángel Pérez Pueyo.
Sus expresiones principales, sin embargo, ya habían sido reveladas
públicamente por el propio obispo en septiembre de 2025.
Los manuscritos permiten comprobar directamente el
«No cedás!» de 2023 y la referencia a las
«intrigas mafiosas» de 2024. La segunda carta muestra
además que Francisco consideraba el nombramiento de
Alejandro Arellano como una intervención personal suya
en el conflicto.
Las cartas aportan una nueva fuerza documental al respaldo de Francisco,
pero no contienen por sí mismas una decisión definitiva conocida
sobre la ubicación permanente de la talla ni resuelven la
interpretación jurídica de los acuerdos históricos.
Ese mismo día el Opus Dei responde oficialmente al comunicado
del obispo del 31 de agosto. Reconoce que la propiedad de la
talla corresponde a la diócesis, pero sostiene que los acuerdos de
1962 y 1966 regulan su uso, custodia y permanencia en el nuevo santuario.
La Prelatura rechaza que exista una retención ilegal de la imagen,
defiende la vigencia de los acuerdos y afirma que
aceptará lo que finalmente disponga la Santa Sede.
La jornada hace especialmente visible otra dimensión del conflicto:
la disputa por el relato. Las mismas cartas, documentos
y actuaciones comienzan a recibir interpretaciones muy diferentes en
España y fuera de ella.
4 de septiembre — La respuesta documental del Opus Dei cambia el equilibrio informativo
A lo largo del 4 de septiembre no se produce una nueva decisión sobre
el fondo del conflicto, pero sí cambia progresivamente el primer plano
informativo. La respuesta publicada por el Opus Dei el día anterior
comienza a ser recogida por numerosos medios y adquieren mayor
protagonismo los acuerdos de 1962 y 1966 y la discusión
sobre su alcance jurídico.
La Prelatura reconoce que la propiedad de la talla corresponde
a la diócesis, pero rechaza que su permanencia en el templo
moderno pueda calificarse como una sustracción, usurpación o retención
ilegal. Sostiene que los acuerdos históricos regulan derechos de uso,
custodia y ubicación y considera que corresponde a la autoridad
eclesiástica competente resolver las distintas interpretaciones.
El cambio resulta especialmente visible al observar las noticias
destacadas en Google. Durante las primeras horas del día convivían de
forma bastante equilibrada las informaciones sobre las cartas de
Francisco y la respuesta del Opus Dei. Al final de la tarde,
los argumentos de la Prelatura habían ganado una mayor presencia
en el primer plano informativo.
Incluso El País, que el día anterior había situado en primer
plano las cartas manuscritas de Francisco, aparece ahora entre las
noticias destacadas con la respuesta del Opus Dei. Al mismo tiempo,
medios como El Periódico de Aragón presentan ya el asunto como
un «pulso» entre ambas partes, introduciendo un relato
más bilateral del conflicto.
El episodio muestra algo especialmente interesante para este seguimiento:
la publicación de las cartas de Francisco no sólo produjo un
impacto por su contenido, sino también por la reacción comunicativa que
desencadenó. En apenas veinticuatro horas, el debate pasó del
respaldo personal de Francisco al obispo a una discusión mucho más
centrada en los documentos históricos y en las posiciones jurídicas
de las partes.
En vísperas de la romería del 5 de septiembre quedan además claramente
definidos dos relatos sobre un mismo acontecimiento:
para la diócesis, la Virgen regresa a su ermita; para
Torreciudad, se trata de un traslado temporal de la talla original
con motivo de la celebración.
5 de septiembre de 2026 — El conflicto llega a El Mundo
El día de la romería comienza con un nuevo salto del conflicto a la prensa nacional.
El Mundo, a través de su suplemento Crónica, publica
«Torreciudad: la cruzada de Barbastro contra el Opus Dei por la 'virgen negra'».
Después de que El País hubiera situado en primer plano las reclamaciones
del obispo y las cartas privadas de Francisco —incluido su «¡No cedás!»—,
El Mundo ofrece un encuadre sensiblemente diferente. Aunque recoge
extensamente los argumentos de ambas partes y las cartas del anterior pontífice,
presenta a Pérez Pueyo como el principal impulsor de una confrontación que se
prolonga desde hace años y concede un amplio espacio a la respuesta documental
del Opus Dei.
El contraste entre ambas cabeceras resulta significativo.
El conflicto de Torreciudad ya no pertenece únicamente a la prensa
religiosa o aragonesa: ha entrado plenamente en el relato de dos de los grandes
periódicos nacionales, y lo ha hecho con encuadres muy diferentes.
A primera hora de la mañana, esta evolución también se refleja en las noticias
destacadas de Google: desaparecen de los cuatro primeros resultados las
informaciones de El País sobre las cartas de Francisco y aparecen,
junto a informaciones más explicativas, las precisiones de la Prelatura y el nuevo
artículo de El Mundo.
La fotografía informativa, sin embargo, puede ser muy distinta al terminar el día.
La talla románica volverá esta mañana temporalmente a la antigua ermita durante
la Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe. Será entonces cuando pueda
comprobarse qué imágenes y qué interpretación del acontecimiento terminan
ocupando el primer plano.
Al terminar el día: la romería no reactiva el conflicto
Contra lo que podía esperarse después de la intensidad informativa de los días
anteriores, la romería no provocó una nueva oleada de noticias centradas en el
conflicto de Torreciudad.
La información más significativa fue la publicada por
ACI Prensa, que resumió bien la doble dimensión de la jornada:
«El Obispo de Barbastro apela a la unidad, pero mantiene su posición
sobre la Virgen». El tono de la homilía fue claramente conciliador,
con reconocimiento expreso del bien realizado por el Opus Dei y el deseo de
que continúe su misión en Torreciudad, aunque las posiciones de fondo
permanecieron sin cambios.
La información institucional de Iglesia en Aragón reforzó
todavía más este encuadre, presentando la jornada
«bajo el signo de la comunión». Otros medios aragoneses
centraron su atención principalmente en la propia romería, las advocaciones
participantes y la llamada a caminar como «una sola familia», más que en una
nueva confrontación.
También Heraldo de Aragón, en una crónica realizada desde
Torreciudad, destacó el cambio de tono de la jornada. Bajo el titular
«El obispo de Barbastro aparca la polémica con el Opus el día del
histórico regreso de la Virgen de Torreciudad», la información
describe una situación de «cierta calma tensa» y presenta
la romería como una jornada en la que la confrontación de los días anteriores
quedó temporalmente en segundo plano.
También resulta significativo el silencio de algunos de los grandes
medios nacionales que habían seguido intensamente la controversia
durante los días anteriores. Al cierre de la jornada del 5 de septiembre,
El País y ABC no habían publicado una nueva crónica específica sobre
la romería. La cobertura posterior al acto quedó así principalmente
en manos de medios aragoneses y religiosos.
La dimensión internacional del caso también parece depender en buena medida
de la confrontación. Algunos medios católicos extranjeros habían recogido
la escalada de los días anteriores, especialmente las amenazas de dimisión,
las acusaciones en torno a la talla y la intervención de Roma. Sin embargo,
la romería del 5 de septiembre, desarrollada sin un choque
público y con un discurso centrado en la comunión, apenas generó repercusión
fuera de España.
La polémica internacionaliza el conflicto; la normalidad, en cambio,
tiende a devolverlo al ámbito local.
Y fuera de los medios: una impresión local
En conversaciones mantenidas estos días con personas de perfiles muy distintos
en Barbastro aparece una impresión bastante repetida:
el conflicto público no se valora positivamente.
Incluso entre quienes consideran que podían existir cuestiones pendientes de
regularización, predomina la idea de que deberían haberse abordado por vías
institucionales y sin poner en riesgo una realidad que durante décadas ha
funcionado.
La polémica produce titulares; la estabilidad produce confianza.
Resulta significativo que, al terminar la tarde, las
Noticias destacadas de Google apenas hubieran cambiado.
Tres de los cuatro primeros resultados continuaban correspondiendo al ciclo
informativo de los días anteriores y solamente la nueva información de
ACI Prensa incorporaba directamente lo sucedido durante la jornada.
La romería no resolvió el conflicto, pero tampoco produjo la escalada
informativa que podía haberse esperado. El relato pasó de la confrontación
de los días anteriores a un escenario más próximo a la conciliación, aunque
el desacuerdo sobre el futuro de Torreciudad permaneciera intacto.
Un día después de la romería disminuye la intensidad del enfrentamiento
institucional, pero la controversia no desaparece de los medios. Lo que
cambia es el tipo de relato. Las grandes declaraciones de las partes dejan
paso progresivamente al análisis y a interpretaciones muy diferentes de lo
ocurrido durante los días anteriores.
Por una parte, la prensa aragonesa destaca el lenguaje de
unidad y comunión empleado por el obispo durante la romería
del día 5 y su reconocimiento del bien realizado por el Opus Dei en
Torreciudad. Otros medios continúan presentando, sin embargo, el episodio
desde la perspectiva del enfrentamiento entre la diócesis y la Prelatura.
Al mismo tiempo aparece una tercera línea. El diario ABC publica
una columna de José Francisco Serrano Oceja titulada
«Salvar al obispo de Barbastro-Monzón», muy crítica con la forma
en que Ángel Pérez Pueyo ha gestionado públicamente el conflicto.
Horas después, Religión en Libertad recoge y amplifica esa
interpretación.
A esta línea crítica se suma también sor Lucía Caram,
religiosa conocida por su cercanía personal al papa Francisco. Sus
declaraciones resultan especialmente significativas porque cuestiona que
el conflicto por Torreciudad haya llegado a ocupar un lugar tan central en
la actuación del obispo, critica que se haya planteado una posible renuncia
por esta cuestión y reprocha la publicación de las cartas privadas de
Francisco.
Su intervención introduce así una crítica procedente de un ámbito difícil
de identificar simplemente con el entorno del Opus Dei y contribuye a
desplazar todavía más el debate desde la ubicación de la talla o la
interpretación de los acuerdos históricos hacia
la forma en que Ángel Pérez Pueyo ha gestionado públicamente el
conflicto.
Al finalizar la tarde, este desplazamiento resulta ya visible también en
las Noticias destacadas de Google. A las
20:21 horas del 6 de septiembre, tres de los cuatro
resultados principales colocaban el foco en la actuación del obispo o en
la forma de conducir el conflicto: el reportaje de El Mundo,
la columna de José Francisco Serrano Oceja y las declaraciones de
sor Lucía Caram. Solamente ACI Prensa mantenía en primer plano
el tono conciliador de la romería del día anterior.
La fotografía informativa de ese momento muestra así un cambio claro:
el debate empieza a desplazarse desde el conflicto entre
instituciones hacia la valoración pública de la actuación personal de
Ángel Pérez Pueyo.
Un relato cada vez más fragmentado
Al terminar el 6 de septiembre ya no existe un único marco dominante.
Conviven el relato del conflicto abierto, la defensa documental del
Opus Dei, el lenguaje conciliador utilizado por el obispo durante la
romería y una creciente línea de opinión crítica con la forma en que este
ha conducido públicamente el enfrentamiento. Esa crítica ya no procede
únicamente de medios conservadores o próximos al ámbito vaticanista,
sino también de voces vinculadas personalmente al papa Francisco.
La discusión empieza así a desplazarse desde
qué debe ocurrir con Torreciudad hacia
cómo han actuado sus protagonistas durante el conflicto.
La evolución también se refleja en el seguimiento gráfico del relato.
Si durante la mañana del día 6 predominaba todavía una lectura
conciliadora, por la tarde aparece un desplazamiento hacia posiciones
más favorables al Opus Dei y más críticas con el obispo.
12 de septiembre — Jornada Mariana de la Familia
Alejandro Arellano, comisario pontificio para Torreciudad, presidirá
una de las grandes celebraciones anuales del nuevo santuario.
Esta cronología se irá actualizando a medida que se produzcan nuevos
acontecimientos.
📰 También se disputa el relato
Un mapa para entender cómo se construye el relato
A medida que he ido siguiendo estas noticias, me ha resultado útil intentar
ordenar los distintos relatos que se están construyendo alrededor de
Torreciudad. No se trata de decidir quién tiene razón, sino de observar
qué papel atribuye cada narración al obispo y qué papel atribuye
al Opus Dei.
Mi punto de partida tampoco es completamente neutral. Como observador de este
conflicto, me gustaría que terminara siendo posible un acuerdo que
pudiera ser asumido por las partes y que permitiera que la ermita, el
santuario y la devoción a la Virgen continuaran conviviendo.
Probablemente esa sería también la solución más estable para Torreciudad.
Sin embargo, en este momento las posiciones parecen haberse alejado y el
conflicto ha entrado en una fase de creciente polarización. Cuando disminuye
el espacio para el acuerdo, aumenta también la importancia del relato:
cada parte necesita explicar por qué defiende su posición, cómo ha
llegado hasta ella y dónde sitúa la responsabilidad de que el conflicto siga
abierto. Los comunicados, los documentos, los titulares, los vídeos
y su difusión internacional forman también parte de esa disputa.
El siguiente esquema es únicamente una herramienta de lectura. En un eje,
el obispo puede aparecer desde quien dificulta o bloquea una
solución hasta quien ha terminado acorralado o sometido
a fuertes presiones. En el otro, el Opus Dei puede ser presentado
desde una institución con una gran capacidad de presión e
influencia hasta una obra benefactora, constructora y
generadora de actividad.
Un mapa provisional de los relatos.
El esquema no pretende describir cómo son realmente las personas o las
instituciones, sino cómo pueden ser presentadas según
los hechos que se seleccionan, el orden en que se cuentan y las fuentes
que se utilizan.
De esta combinación surgen cuatro grandes formas de contar el conflicto:
un relato favorable al Opus Dei, un
relato favorable al obispo, un
conflicto duro en el que ambos aparecen mal situados y
un relato conciliador, capaz de reconocer al mismo tiempo
la aportación realizada por Torreciudad y la difícil situación en la que
puede haber terminado el obispo.
Este mapa permite entender mejor lo que ocurre cuando observamos después
los titulares, los vídeos o las informaciones de distintos medios.
Los hechos pueden ser los mismos, pero su selección y su
interpretación pueden situar al lector en lugares muy diferentes del
cuadrante.
Mientras sigo estos acontecimientos me resulta cada vez más evidente que no
sólo estamos asistiendo a una disputa jurídica, pastoral o institucional.
También estamos viendo cómo se construye el relato con el que
probablemente será recordado este conflicto.
Hay además otra dificultad: no recibimos la información desde
una posición neutral. En las conversaciones sobre Torreciudad he
comprobado cómo unos mismos documentos pueden reforzar opiniones muy
diferentes. Con frecuencia tendemos a interpretar cada nueva información
desde la posición que ya teníamos previamente.
Quizá sea uno de los grandes problemas de una sociedad cada vez más
polarizada. Cuando una cuestión acaba dividiéndose en dos posiciones,
resulta difícil moverse de una a otra: buscamos argumentos que confirmen
lo que pensamos y prestamos menos atención a aquellos que podrían
obligarnos a revisarlo.
Por eso, en esta entrada intento hacer justamente el ejercicio contrario:
volver a los documentos, escuchar las distintas explicaciones y
estar dispuesto a modificar la interpretación cuando aparecen nuevos
datos. No siempre es fácil. Pero quizá comprender una historia
exija precisamente eso.
La reacción en las redes sociales ofrece otro ejemplo interesante. En los
comentarios a la publicación de El País sobre las cartas de Francisco
aparecen posiciones prácticamente opuestas: unos ven en ellas una confirmación
de sus críticas al Opus Dei; otros cuestionan a Francisco, al obispo o al
propio periódico; algunos dudan incluso de la autenticidad o de la oportunidad
de publicar las cartas, mientras otros consideran que lo verdaderamente
importante sigue siendo determinar qué dicen el derecho y los acuerdos
históricos. No son una muestra representativa, pero sí ilustran hasta
qué punto una misma noticia puede ser recibida desde posiciones previas muy
diferentes.
Quizá por eso la polarización resulta tan difícil de romper. Una información
nueva que podría obligarnos a revisar nuestra posición termina muchas veces
utilizándose para reforzarla. No sólo elegimos entre relatos
diferentes: en ocasiones escogemos el relato que mejor encaja con lo que
ya pensábamos.
El relato también se mueve
Para observar esa evolución estoy siguiendo siempre la misma búsqueda en
Google y valorando las noticias que aparecen destacadas. El resultado se
representa sobre el cuadrante anterior:
no indica quién tiene razón, sino hacia qué relato se desplaza
en cada momento la información más visible.
Evolución del relato mediático sobre Torreciudad.
Cada punto representa una fotografía aproximada del encuadre predominante
en las noticias destacadas de Google en ese momento. No indica quién tiene
razón, sino qué relato adquiere mayor visibilidad. El mapa se irá
actualizando a medida que cambie el primer plano informativo, manteniendo
los puntos anteriores como referencia de la evolución.
Un mismo hecho puede adquirir significados muy diferentes según quién lo
cuente. Las reproducciones de las cartas manuscritas de Francisco publicadas
el 3 de septiembre muestran con claridad el respaldo personal que el papa
prestó al obispo Ángel Pérez Pueyo. Ese mismo día, sin embargo, el reportaje
de Rome Reports introduce otra lectura: si Francisco hubiera querido
resolver directamente el conflicto mediante una decisión definitiva, habría
podido hacerlo, mientras que optó por nombrar a Alejandro Arellano como
comisario pontificio para buscar una solución.
En los días siguientes, el relato continúa desplazándose. El 5 de septiembre
gana peso un tono conciliador, centrado en la unidad, la comunión y el
reconocimiento del bien realizado por el Opus Dei en Torreciudad. Pero el 6
aparecen también artículos que vuelven a polarizar la interpretación y
colocan esta vez el foco crítico sobre el propio obispo, como
«La cruzada de Barbastro contra el Opus Dei» o
«Salvar al obispo de Barbastro-Monzón». El punto 8 refleja
precisamente ese cambio: no una nueva posición institucional del Opus Dei,
sino una nueva fase del relato mediático, en la que comienza a discutirse
también cómo ha gestionado públicamente el conflicto Ángel Pérez Pueyo.
La intensidad mediática no coincide necesariamente con la importancia
institucional del momento. El conflicto genera grandes titulares; la
conciliación recibe menos atención y, cuando disminuyen las declaraciones
de las partes, comienza la batalla por interpretar lo ocurrido.
Cuando el foco pasa de la diócesis al obispo
Hay un cambio en el relato que conviene distinguir del propio conflicto
institucional. Durante buena parte de estos años, Torreciudad podía
presentarse fundamentalmente como una discrepancia entre la
Diócesis de Barbastro-Monzón y el
Opus Dei. Sin embargo, durante los primeros días de
septiembre de 2026 una parte de la información y de la opinión publicada
comienza a desplazar el foco desde la diócesis como institución hacia
la actuación personal de su obispo, Ángel Pérez Pueyo.
El cambio no se produce de una sola vez. The Pillar había
presentado ya el 1 de septiembre al obispo como la principal dificultad
para cerrar la solución planteada en Roma. El 5 de septiembre,
El Mundo utilizó en su titular la expresión
«la cruzada de Barbastro contra el Opus Dei». Un día después,
una columna de ABC llevaba todavía más claramente el debate
hacia su figura personal con el título
«Salvar al obispo de Barbastro-Monzón».
A estas interpretaciones se suma después
sor Lucía Caram, conocida por su cercanía personal al
papa Francisco. Su intervención resulta especialmente significativa
porque no discute únicamente el destino de la talla: cuestiona que este
conflicto haya llegado a ocupar un lugar tan central en la actuación del
obispo, critica que se haya vinculado a una posible renuncia y reprocha
la utilización pública de correspondencia privada de Francisco.
Se produce así una distinción que resulta importante para interpretar
lo que está ocurriendo:
una cosa es la posición institucional de la diócesis y otra
la valoración que pueda hacerse de la estrategia seguida personalmente
por su obispo para defenderla.
La Diócesis de Barbastro-Monzón puede mantener argumentos históricos,
patrimoniales, jurídicos y pastorales sobre Torreciudad con independencia
de que algunos observadores consideren acertada o desacertada la forma
en que Pérez Pueyo ha llevado esos argumentos al espacio público.
El debate empieza a dejar de ser únicamente
«Diócesis frente a Opus Dei».
También comienza a preguntarse hasta qué punto la forma de conducir
el conflicto ha condicionado su evolución.
Las cartas de Francisco: los mismos documentos, relatos diferentes
Hay aquí además un ejemplo especialmente revelador de cómo funciona la
información. El «No cedás!» y la referencia a las «intrigas
mafiosas» no aparecieron por primera vez en septiembre de 2026.
Ángel Pérez Pueyo ya las había citado públicamente en su homilía del
8 de septiembre de 2025 y aquella intervención había tenido repercusión
nacional. Sin embargo, un año después, la publicación de las imágenes de los
manuscritos volvió a convertir esas mismas palabras en una noticia de gran
impacto, esta vez también internacional.
La información era en buena medida conocida; lo que cambió fue
la posibilidad de ver directamente el documento y el contexto
periodístico en el que volvió a aparecer. También en esto se observa
cómo una misma información puede adquirir una fuerza completamente distinta
según el momento, el soporte y la forma en que llega al público.
Visto con unas horas de perspectiva, el impacto de las cartas quizá haya sido
menor de lo que sugería inicialmente su carácter de documentos inéditos.
Las expresiones esenciales de Francisco ya eran conocidas desde 2025
y el respaldo personal del Papa al obispo formaba parte desde entonces del
debate público. La principal novedad fue poder contemplar directamente
los manuscritos y comprobar su contexto.
Sin embargo, su publicación tuvo otro efecto importante:
desencadenó una rápida reacción comunicativa del Opus Dei y de medios
que difundieron sus argumentos jurídicos e institucionales. En las
horas siguientes, el primer plano informativo comenzó a desplazarse desde el
respaldo de Francisco al obispo hacia la defensa de los acuerdos de 1962 y
1966, el rechazo de una retención ilegal de la talla y la disposición de la
Prelatura a aceptar lo que decida la Santa Sede. El episodio muestra así que
una noticia no sólo influye por su contenido, sino también por
la reacción que provoca en quienes se sienten interpelados por ella.
La misma jornada permite observar hasta qué punto unos mismos hechos pueden
dar lugar a relatos diferentes. Mientras Rome Reports subraya que
Francisco podía haber adoptado directamente una decisión favorable al obispo
y optó, en cambio, por nombrar un comisario pontificio, Religión
Digital interpreta esas mismas cartas y ese mismo nombramiento como una
muestra del firme respaldo de Francisco a Ángel Pérez Pueyo y de su
intervención frente al Opus Dei.
Los hechos de partida son prácticamente los mismos; cambia el significado
que cada medio les atribuye. Es precisamente esa diferencia la que permite
observar, mientras el conflicto sigue abierto, cómo se va
construyendo el relato de una historia antes de que conozcamos su
desenlace.
Hay además algo que se aprecia especialmente en los medios aragoneses.
Cuanto más se entra en los antecedentes y documentos del conflicto,
más difícil resulta construir un relato sencillo con un vencedor y un
responsable claramente definidos. La diócesis puede apoyarse en la
propiedad de la talla, en su vínculo histórico con la ermita y en el respaldo
personal de Francisco; el Opus Dei, por su parte, presenta los acuerdos de
1962 y 1966 y medio siglo de presencia de la imagen en el nuevo santuario.
Cada argumento encuentra así otro que obliga a matizarlo. Quizá por eso, en
medios como Heraldo de Aragón o El Periódico de Aragón,
los titulares pueden inclinarse hacia un encuadre concreto, pero el cuerpo de
las informaciones termina normalmente recogiendo razones de ambas partes.
El propio conflicto parece resistirse a ser contado de una manera
simple.
La interpretación llega todavía más lejos en Vida Nueva.
El medio informa de que Ángel Pérez Pueyo llegó a recibir del entonces nuncio
en España la comunicación de un posible traslado a la diócesis de Ciudad Real.
Según el relato publicado, después de hablar personalmente con el obispo,
Francisco habría descubierto que la información que había recibido sobre su
situación no se correspondía con lo que Pérez Pueyo le explicó y el traslado
quedó finalmente paralizado.
Vida Nueva presenta aquel episodio como una maniobra destinada a
apartar al obispo del conflicto de Torreciudad. Es una acusación especialmente
grave y, por ello, conviene distinguir entre el hecho que el medio afirma haber
confirmado —que el nuncio llegó a comunicar el posible traslado— y la
interpretación sobre quién pudo impulsar aquella operación y con qué finalidad,
cuestiones que todavía no conocemos completamente.
La publicación de las cartas comenzó además a tener eco fuera de España.
La agencia italiana ANSA difundió ese mismo 3 de septiembre la
información en su edición latinoamericana y, pocas horas después, medios
argentinos como Vía País recogían también las cartas de Francisco.
El conflicto de Torreciudad empezaba así a abandonar el ámbito informativo
español para entrar en el circuito internacional.
En algunos medios latinoamericanos, especialmente argentinos, comienza a
repetirse además un encuadre bastante definido. El centro de la noticia ya
no es tanto la discusión jurídica sobre Torreciudad o la posible renuncia
del obispo, sino el respaldo de Francisco a Pérez Pueyo y su
referencia a las «intrigas mafiosas». Medios como
Vía País e Info del Estero, junto con
ANSA Latina, han llevado precisamente esas palabras a sus titulares.
No permite saber qué piensa la opinión pública latinoamericana, pero sí
muestra qué versión del conflicto está resultando más fácil de
reproducir y hacer circular allí.
En Estados Unidos puede observarse con especial claridad cómo un mismo
conflicto comienza a generar relatos casi opuestos.
El 1 de septiembre, antes de que se publicaran las reproducciones de las
cartas de Francisco, el medio católico The Pillar presentó a
Pérez Pueyo fundamentalmente como el obispo que se niega a aceptar las
soluciones propuestas por el comisario pontificio. A partir de fuentes
vaticanas y próximas al comisariado, llegó a recoger expresiones como
«a problem bishop» —«un obispo problemático»— y
«he has refused everything»
—«lo ha rechazado todo»—.
Dos días después, tras conocerse las cartas manuscritas de Francisco,
Letters from Leo ofrecía al lector estadounidense una imagen
prácticamente contraria. Su titular colocaba en primer plano el
«¡No cedás!» de Francisco y las «intrigas mafiosas»,
interpretándolas como un respaldo del Papa al obispo frente al Opus Dei
y quienes actuaban contra él.
Resulta difícil encontrar un ejemplo más claro de cómo funciona el
encuadre informativo. En un relato, Pérez Pueyo aparece como el
obispo que impide cerrar un acuerdo; en el otro, como el obispo al que
Francisco quiso proteger para que no cediera. Los hechos de
fondo son los mismos, pero la selección y el orden de la información
conducen al lector hacia interpretaciones muy diferentes.
El mismo conflicto, dos formas de presentarlo.
A la izquierda, la versión española de Rome Reports,
con el mensaje «AMENAZA CON DIMITIR».
A la derecha, la versión destinada al público internacional,
encabezada por «OPUS DEI STANDOFF»,
que puede traducirse como «Pulso con el Opus Dei».
La adaptación no se limita al idioma. La versión española del vídeo dura
aproximadamente 3 minutos y 51 segundos, mientras que la
versión inglesa se reduce a unos 3 minutos y 13 segundos.
También cambia la portada: en español domina el mensaje
«AMENAZA CON DIMITIR»; para el público internacional,
Rome Reports utiliza «OPUS DEI STANDOFF»
—«Pulso con el Opus Dei»—.
Algo parecido ocurre desde hace décadas con los carteles de cine cuando una
película se adapta para distintos países: no se traduce simplemente
el mensaje, sino que se modifica el encuadre para hacerlo más inmediato para
cada público. En España el protagonista de la portada es un obispo
que «amenaza con dimitir»; en la versión internacional se presenta, sobre
todo, un pulso entre el obispo y el Opus Dei. Para quien
desconoce la larga historia de Torreciudad, el obispo aparece así de forma
muy directa como la contraparte del Opus Dei en el conflicto.
Todo ello muestra cómo un mismo acontecimiento puede ser editado y presentado
de manera diferente según el público al que se dirige.
No significa necesariamente que estos medios pertenezcan a una parte u
otra. Lo interesante es comprobar cómo los mismos documentos
pueden adquirir significados muy diferentes según qué hechos se
seleccionan, qué palabras se utilizan en los titulares y qué contexto
se ofrece al lector.
No son necesariamente hechos incompatibles. Francisco podía apoyar
personalmente al obispo y, al mismo tiempo, considerar que la solución
institucional debía alcanzarse por otra vía. Lo interesante es observar cómo
cada nuevo documento, cada declaración y cada vídeo van poniendo el acento
en aspectos diferentes de una misma historia.
La rapidez con la que estos encuadres se difunden ayuda a comprender por qué
la comunicación se ha convertido en una parte importante del propio
conflicto. Una parte puede disponer de documentos, razones históricas
o argumentos jurídicos, pero si no consigue explicarlos de forma sencilla y
accesible, otra interpretación puede llegar mucho mejor a quien se aproxima
por primera vez a Torreciudad.
En esa capacidad de comunicar cuentan también los
recursos profesionales, la experiencia, la organización y las redes
nacionales e internacionales disponibles para difundir un determinado
relato. Eso no determina quién tiene razón, pero sí influye en
qué explicación resulta más visible y comprensible para la opinión
pública.
Estamos viendo, por tanto, algo que normalmente sólo podemos reconstruir
muchos años después. Cuando leemos un libro de historia, los acontecimientos
ya aparecen ordenados y conocemos su desenlace. Ahora podemos observar
cómo los hechos y su interpretación se van construyendo al mismo
tiempo.
La historia no sólo se hace con lo que ocurre.
También con la manera en que cada época decide contarlo.
5 de septiembre de 2026: el regreso
El 5 de septiembre volví a Torreciudad para asistir a la
47.ª Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe.
Después de tantos días siguiendo documentos, declaraciones y noticias,
quería observar también lo que ocurría sobre el terreno.
La Virgen junto a la antigua ermita
Llegué hacia las nueve y media de la mañana. Junto a la antigua ermita
estaban terminando de preparar el espacio para recibir a
Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad.
La talla románica había sido colocada bajo el pequeño porche exterior,
delante de la puerta de la ermita, sobre un pedestal adornado con flores.
Nuestra Señora de los Ángeles junto a la antigua ermita.
Torreciudad, 5 de septiembre de 2026.
De cerca, la imagen aparecía especialmente resplandeciente. Me detuve también
en uno de sus pequeños detalles: el libro que sostiene en su mano.
Detalle de la talla de Nuestra Señora de los Ángeles.
Un camarín vacío
Cuando se abrió el santuario moderno subí hasta el templo.
Allí encontré la segunda imagen que quería documentar:
el camarín central del gran retablo estaba vacío.
El camarín del retablo permaneció vacío mientras la talla estaba junto
a la antigua ermita.
Durante unas horas podían contemplarse así, casi simultáneamente,
las dos consecuencias del traslado: abajo, la talla junto al lugar donde
había sido venerada históricamente; arriba, vacío el espacio que ocupa
habitualmente desde la apertura del nuevo templo.
La romería junto a la ermita
Poco a poco fueron llegando las distintas advocaciones marianas procedentes
de pueblos de Ribagorza y Sobrarbe. El espacio situado delante de la ermita,
relativamente pequeño, se fue llenando de peregrinos.
Antes del comienzo del acto, el obispo de Barbastro-Monzón rezó en la ermita.
Después comenzaron los saludos y la celebración exterior.
La romería reunida junto a la antigua ermita de Torreciudad.
Entre los momentos más significativos estuvieron el gesto del obispo al
besar la talla y la presentación de un manto confeccionado con las cintas
aportadas por las distintas advocaciones presentes en la romería.
Una procesión sin la talla original
Cuando comenzó la procesión hacia el santuario moderno se produjo uno de los
detalles que más me sorprendieron.
La talla románica no subió en procesión.
Tampoco lo hizo la imagen peregrina de Nuestra Señora de Torreciudad,
que permaneció abajo.
La imagen peregrina permaneció junto a la ermita mientras comenzaba
la procesión hacia el santuario.
Mientras los peregrinos comenzaban a subir y el obispo cerraba la comitiva,
varias personas procedieron cuidadosamente a retirar la talla original.
Fue protegida entre almohadillas y preparada para su transporte.
Preparación de la talla para su traslado desde la ermita.
La imagen fue después trasladada en automóvil hasta el santuario moderno.
El traslado de la talla al santuario se realizó en automóvil.
De nuevo en el santuario
Antes de comenzar la misa, la talla no había sido recolocada en el camarín. Quedó situada junto al altar, mientras el espacio central del retablo permanecía vacío.
Por ello, la talla quedó situada junto al altar.
La talla junto al altar. Al fondo puede verse todavía vacío el camarín
que ocupa habitualmente en el retablo.
La imagen resultaba especialmente significativa: en un mismo plano podían
verse la talla románica y, detrás de ella, iluminado pero todavía vacío,
su lugar habitual en el retablo.
Un resumen en imágenes de la jornada del 5 de septiembre
Dos espacios. Una misma Virgen.
La homilía del obispo: «Una Madre, muchas advocaciones, una sola familia»
Durante la eucaristía, el obispo de Barbastro-Monzón,
Ángel Pérez Pueyo, pronunció una homilía bajo el lema
«Una Madre, muchas advocaciones, una sola familia».
Después de la tensión acumulada durante los días anteriores, sus palabras
tuvieron un tono especialmente significativo.
El obispo comenzó presentando la romería como una imagen de la propia Iglesia:
muchos pueblos, tradiciones y advocaciones diferentes, pero
una sola Madre y una sola familia. Desde esa idea fue
introduciendo también su visión de Torreciudad.
La pequeña ermita y la religiosidad popular
Una parte importante de la homilía estuvo dedicada a reivindicar el valor
de las pequeñas ermitas y de la religiosidad popular. Pérez Pueyo recordó
que la fe de los pueblos necesita también proximidad física con sus imágenes:
entrar en las ermitas, acercarse a ellas, tocarlas, besarlas, vestirlas
o sacarlas en procesión.
«La ermita-santuario de Torreciudad también es pequeña.
Pero lo pequeño no es insignificante para Dios».
Aplicó expresamente esa idea a Nuestra Señora de los Ángeles, recordando
cómo durante generaciones las familias se acercaron hasta ella para confiarle
sus enfermedades, hijos, cosechas, lágrimas y esperanzas.
La reivindicación de la antigua ermita aparecía así no tanto mediante
argumentos jurídicos como desde otra perspectiva:
la continuidad de una relación histórica y afectiva entre una imagen
y el pueblo que la veneró durante siglos.
Un reconocimiento explícito al Opus Dei
Pero la homilía tuvo también otra parte que considero especialmente relevante.
El obispo reconoció de manera expresa el trabajo realizado por el
Opus Dei en Torreciudad durante estos cincuenta años.
«Doy gracias especialmente hoy [...] por todo el bien que la Prelatura
del Opus Dei ha realizado durante estos años en Torreciudad».
Pérez Pueyo recordó las confesiones, conversiones, vocaciones y familias
que han recuperado la fe en este lugar y añadió que desea que ese trabajo
continúe:
«Deseo que el Opus Dei pueda seguir desarrollando aquí su misión y que
Torreciudad siga siendo un gran foco de evangelización mariana y familiar,
plenamente integrado en la diócesis».
Estas palabras resultan importantes para comprender su posición.
El obispo no plantea en esta homilía la desaparición del Opus Dei
de Torreciudad. Al contrario, manifiesta su deseo de que continúe
su labor. La expresión decisiva es otra:
«plenamente integrado en la diócesis».
Integrar sin hacer desaparecer
La palabra que recorrió buena parte de la homilía fue
comunión. Pérez Pueyo habló de sumar carismas,
instituciones, pueblos y sensibilidades y presentó Torreciudad no únicamente
como un lugar de llegada de peregrinos de todo el mundo, sino también como
un posible punto de partida hacia otros santuarios y advocaciones marianas
de la diócesis.
El santuario moderno quedaría así integrado dentro de una red más amplia
que incluiría lugares como Guayente, El Pueyo, Bruis, la Carrodilla,
Pineta o la Peña.
La frase final que mejor resume esa propuesta fue probablemente ésta:
«Que nadie tenga que desaparecer para que todos podamos vivir,
amar y servir».
La frase encaja de una forma casi sorprendente con la pregunta que he ido
planteando a lo largo de esta entrada: si es posible fortalecer
la antigua ermita sin que para ello tenga que debilitarse el santuario
moderno.
Sin embargo, queda pendiente transformar ese deseo de comunión en una
solución concreta. Porque reconocer la continuidad del Opus Dei, integrar
Torreciudad en la diócesis y recuperar el papel histórico de la ermita
pueden ser objetivos compatibles. La cuestión mucho más difícil sigue siendo
dónde debe permanecer de forma habitual la talla original.
Tampoco hubo durante la homilía ningún anuncio de renuncia ni un ultimátum
a la Santa Sede. El tono fue muy diferente al de algunos pronunciamientos
de los días anteriores: reivindicación de la ermita, sí, pero acompañada
de un reconocimiento explícito al Opus Dei y de una llamada insistente
a caminar juntos.
Lo que me hizo pensar la jornada
Asistí a esta romería intentando observar más que tomar partido.
Después de varios días revisando documentos, acuerdos, comunicados y
posiciones jurídicas, quería comprobar también cómo se vive el conflicto
sobre el terreno.
Mi impresión fue la existencia de una cierta
distancia contenida. No hubo enfrentamientos ni gestos
abiertamente hostiles. La jornada transcurrió con normalidad y cordialidad,
pero en algunos momentos percibí una especie de
silencio escénico: sensibilidades diferentes compartiendo
la misma celebración y procurando mantener la comunión.
Durante la subida hacia el santuario, una persona próxima al entorno
diocesano me habló de otra dimensión del problema:
la universalidad de la Iglesia.
La observación me pareció importante porque obliga a evitar dos
simplificaciones opuestas.
Torreciudad no puede funcionar como una realidad ajena a la Iglesia
particular en cuyo territorio se encuentra. Pero integrar tampoco debería
significar absorber. La Iglesia católica combina precisamente ambas
dimensiones: la comunión con el obispo y con la Iglesia universal, y el
reconocimiento de carismas e instituciones con una misión y un ámbito
propios.
Cómo integrar sin absorber y cómo conservar una identidad propia
sin convertirse en una realidad aislada.
La propia homilía parecía apuntar en esa dirección cuando hablaba de
«sumar carismas, instituciones, pueblos y sensibilidades».
El problema no parece estar en decidir si esas realidades deben coexistir,
sino en concretar qué significa jurídicamente y en la práctica que
Torreciudad quede «plenamente integrado en la diócesis».
Ahí aparecen cuestiones muy concretas: quién gobierna, quién nombra,
quién sostiene económicamente el conjunto, qué responsabilidades asume
cada institución y qué espacio propio conserva el Opus Dei para desarrollar
la misión que ha construido en Torreciudad durante medio siglo.
También comprendí mejor que para quienes han trabajado, cuidado y sostenido
Torreciudad durante décadas el conflicto no se percibe únicamente como una
discusión jurídica. Afecta a una realidad religiosa y humana a la que se
sienten profundamente vinculados.
Y, al mismo tiempo, la jornada permitió entender mejor por qué desde la
diócesis se insiste en recuperar la ermita, la religiosidad popular y una
relación institucional más clara entre Torreciudad y la Iglesia particular.
Quizá la dificultad esté precisamente en que ambas partes defienden algo
que consideran esencial: una reclama una integración más clara en la
estructura diocesana y la otra teme que esa integración termine alterando
la identidad y la forma de funcionamiento que Torreciudad ha tenido durante
los últimos cincuenta años.
Por eso, después de escuchar la homilía y de observar la jornada, tengo la
sensación de que el problema ya no puede reducirse únicamente a decidir
dónde debe estar la talla. La ubicación de la Virgen es
el elemento más visible y simbólico del conflicto, pero detrás aparecen
preguntas más amplias sobre autoridad, gobierno, pertenencia y futuro.
Dos Torreciudad visibles durante unas horas
La jornada dejó finalmente una imagen difícil de olvidar.
Durante unas horas pudieron verse físicamente los dos espacios que están
en el centro del conflicto:
la talla románica junto a la pequeña ermita y su camarín vacío
en el gran santuario moderno.
La ermita conserva el origen, la memoria popular y la relación histórica
con Nuestra Señora de los Ángeles. El santuario moderno concentra desde
hace medio siglo gran parte de la peregrinación, el culto y una importante
infraestructura construida alrededor de esa misma devoción.
Quizá el problema de Torreciudad no sea decidir cuál de los dos espacios
debe imponerse, sino encontrar una forma estable de relación entre ambos.
La propia homilía dejó una frase que resume muy bien ese reto:
que nadie tenga que desaparecer para que el otro pueda vivir.
La pregunta sigue siendo la misma:
¿cómo conseguir que la ermita vuelva a ser necesaria
sin que el santuario deje de serlo?
Después de lo vivido el 5 de septiembre, quizá la cuestión pueda formularse
todavía de una manera más amplia. No se trata únicamente de decidir dónde
debe permanecer una talla, sino de encontrar un marco estable para el conjunto
de Torreciudad: la antigua ermita, el santuario moderno, la diócesis y la
misión desarrollada allí durante medio siglo por el Opus Dei.
¿Cómo regularizar Torreciudad sin destruir aquello que funciona
y reparando aquello que quedó desequilibrado?
La respuesta corresponde finalmente a la Iglesia y, en buena medida,
a la Santa Sede. Pero la jornada dejó también una idea que puede servir
como criterio para valorar cualquier solución futura:
que nadie tenga que desaparecer para que los demás puedan vivir,
amar y servir.
Hay algo que, pese a todos estos cambios, permanece:
todavía podemos llegar caminando. El recorrido entre
Barbastro, El Grado y Torreciudad está hoy mucho mejor señalizado y forma
parte del GR 17 Vía Arán-Pirineos.
Desde Barbastro se puede seguir hasta El Grado por el trazado del GR 17 y
continuar hacia Torreciudad por el tramo que enlaza El Grado con La Puebla de
Castro. Puede consultarse más información en
GR 17 - Senderos Turísticos de Aragón.
No se trata sólo de otra forma de llegar al santuario. Caminar permite
comprender las distancias, atravesar lentamente el paisaje y aproximarse a
Torreciudad de una manera parecida a como lo hicieron durante generaciones
quienes acudieron hasta Nuestra Señora de los Ángeles.
Después de hablar de torres, presas, grandes santuarios, conflictos e
instituciones, me gusta terminar de la forma más sencilla.
Caminando.
Durante siglos ésa fue la manera de llegar hasta la pequeña ermita. Y quizá
recorrer hoy esos caminos siga siendo una de las mejores formas de devolver a
Torreciudad su verdadera escala.
Esta entrada ha sido escrita a partir de la experiencia personal del autor,
de la observación directa de la Romería de Vírgenes del 5 de septiembre de
2026 y de fuentes históricas, documentales y periodísticas. La fotografía
histórica utilizada en la comparación del paisaje de Torreciudad ha sido
coloreada digitalmente para facilitar su interpretación y comparación con
la imagen actual. Al tratarse de un conflicto todavía abierto, la entrada
podrá actualizarse cuando se produzcan nuevos acontecimientos relevantes.
Contenido desarrollado por el autor con el apoyo de herramientas de redacción
asistida.