lunes, 7 de septiembre de 2026

Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto

Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto

Una historia que también es la mía

Nací en Barbastro en 1966. Hasta hace poco nunca había pensado demasiado en esa coincidencia, pero mientras yo comenzaba mi vida estaba empezando también a tomar forma el Torreciudad moderno.

Mi relación con aquel lugar viene, además, de mucho antes de que yo pudiera conocerlo. Mi madre sufrió de niña un accidente gravísimo: cayó desde unos cinco metros de altura y estuvo a punto de morir. Después la llevaron a Torreciudad y durante toda su vida conservó un profundo agradecimiento a la Virgen. Esa historia formó parte de mi infancia y por eso la Virgen de Torreciudad nunca fue para mí simplemente una imagen religiosa situada en un santuario cercano. Desde niño estuvo unida a una memoria familiar de agradecimiento. Siempre llevaba una medalla de la Virgen pegada a su corazón. Como no había de Torreciudad, llevaba una del Pilar, como muchas mujeres de su generación.

San Josemaría Escrivá y la Virgen del Pilar en la iglesia de San Josemaría de Barbastro
San Josemaría Escrivá y la Virgen del Pilar. Relieve de la iglesia de San Josemaría de Barbastro. La presencia del Pilar recuerda una devoción profundamente arraigada en Aragón y también muy vinculada a la vida de Josemaría Escrivá. Esa misma devoción formó parte de mi historia familiar: mi madre llevaba siempre una medalla de la Virgen junto al corazón y, como no tenía una de Torreciudad, llevó durante años una del Pilar.

He crecido también viendo Torreciudad formar parte del paisaje de mi tierra. Durante mi infancia se construyó el nuevo santuario; durante mi juventud comenzó a consolidarse y durante mi vida adulta terminó convirtiéndose en una realidad conocida mucho más allá de nuestra comarca. Ahora, cuando el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei mantienen un conflicto que ha llegado hasta Roma, me he hecho una pregunta bastante sencilla: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?, que es la que se hacen la mayoría de sus paisanos atónitos.

No tengo vinculación con el santuario. Lo cuento únicamente para explicar desde dónde escribo: no desde una pertenencia institucional, sino como barbastrense que intenta comprender la historia de su propia tierra desde hace muchos años.

Y al empezar a reconstruirla me he encontrado una y otra vez con otro barbastrense: Josemaría Escrivá, aunque su reconocimiento haga que no sea fácil referirse a él como paisano.

Hay dos hechos que, puestos uno junto al otro, resultan especialmente llamativos. Sin Josemaría Escrivá no existiría el Torreciudad moderno que conocemos hoy. Y aunque no podemos saber qué habría ocurrido con el Obispado de Barbastro sin su intervención, sí sabemos que trabajó en diferentes momentos para defender su continuidad.

El hombre que hizo posible el Torreciudad moderno fue también uno de los barbastrenses que trabajaron para que su ciudad conservara su Obispado.

Torreciudad, Barbastro y Josemaría Escrivá: la historia antes del conflicto

Josemaría Escrivá, un barbastrense

Josemaría Escrivá nació en Barbastro el 9 de enero de 1902. Aquí pasó su infancia, recibió su primera formación y estudió en los Escolapios. Su familia formaba parte de la vida cotidiana de aquella pequeña ciudad de comienzos del siglo XX hasta que una grave crisis económica provocó su marcha a Logroño en 1915, cuando tenía trece años.

Escolapios de Barbastro a comienzos del siglo XX
Escolapios de Barbastro a comienzos del siglo XX. Josemaría Escrivá estudió en este colegio desde niño. No aparece en esta fotografía, pero sí nos acerca al ambiente escolar de la ciudad en la que pasó su infancia. Imagen coloreada y mejorada digitalmente.

Muchas décadas después yo también estudiaría en los Escolapios de Barbastro. Es una pequeña coincidencia, separada por generaciones, pero que me ayuda a mirar esta historia desde una cercanía especial.

Podría haber sucedido lo que ocurre tantas veces cuando una familia abandona una ciudad pequeña: que aquella etapa quedara simplemente atrás. Sin embargo, décadas después, cuando Escrivá se había convertido ya en fundador del Opus Dei y vivía lejos de Barbastro, seguía expresando públicamente un fuerte vínculo con su ciudad natal.

En una entrevista de 1969 afirmó: «Me interesa, y mucho, todo lo que se refiere a Barbastro». Explicó además que eran pocas las personas de su tierra que conocían hasta qué punto ponía su cariño y sus esfuerzos cuando podía hacer algo por la ciudad. Dos años después, en una carta dirigida al alcalde, escribió una frase todavía más sencilla: «Soy muy barbastrino».

Estas palabras podrían interpretarse únicamente como recuerdos afectivos de la infancia, pero adquieren otra dimensión cuando comprobamos que ese afecto se tradujo también en actuaciones concretas. Y una de las primeras tuvo que ver precisamente con aquello que hoy vuelve a aparecer en el centro de esta historia: el Obispado de Barbastro.

Cuando Barbastro temió perder su Obispado

La existencia del Obispado de Barbastro no fue siempre tan segura como puede parecernos hoy. Su historia atravesó numerosas dificultades y el Concordato de 1851 llegó a contemplar la supresión de la diócesis. Durante décadas Barbastro vivió una situación provisional, gobernada mediante administradores apostólicos.

Para una ciudad pequeña, conservar una sede episcopal tenía entonces una importancia que iba mucho más allá de lo estrictamente religioso. Formaba parte de su identidad, de su historia y también de su posición dentro del territorio.

Barbastro y Huesca: una larga disputa por la centralidad

A lo largo de los siglos, Barbastro vivió repetidamente la pérdida, defensa o recuperación de su sede episcopal y, en el siglo XIX, también compitió con Huesca por la capitalidad provincial. Ese pasado ayuda a comprender por qué el Obispado forma parte de la memoria histórica de la ciudad.

1100 · Barbastro inicia su sede episcopal
Tras la conquista cristiana, la sede de Roda se traslada a Barbastro, que adquiere un importante peso eclesiástico.

1116 · Conflicto con Huesca
San Ramón es desplazado en el contexto del enfrentamiento territorial con el obispo de Huesca. Comienza una larga disputa por territorios y derechos eclesiásticos.

1149 · Barbastro pierde la sede
La sede de Roda-Barbastro es trasladada a Lérida. Barbastro queda durante siglos sin obispado propio.

1571 · Recuperación del Obispado
Después de siglos de reivindicaciones, Pío V restablece la diócesis de Barbastro.

1829–1833 · Barbastro y Huesca disputan la capitalidad
Las dos ciudades compiten por la capitalidad del Alto Aragón. La reorganización provincial de 1833 consolida finalmente a Huesca como capital de la provincia.

1851 · El Obispado vuelve a estar amenazado
El Concordato de 1851 contempla la supresión de la diócesis de Barbastro. La ciudad queda durante décadas sin obispo residencial.

Siglo XX · Una nueva defensa del Obispado
Barbastro vuelve a movilizarse para conservar su sede episcopal tras la guerra civil. En esas gestiones participará también Josemaría Escrivá.

Una constante histórica: durante siglos Barbastro vivió repetidamente la pérdida, amenaza y recuperación de su sede episcopal y, más tarde, la disputa por su peso institucional frente a Huesca. Esta historia ayuda a entender por qué la continuidad del Obispado adquirió también una dimensión identitaria para la ciudad.

En los años cuarenta, tras la guerra civil, volvieron a existir temores sobre el futuro de la diócesis. Autoridades y representantes de Barbastro realizaron gestiones en Madrid y ante la Nunciatura para defender su continuidad. Entre quienes participaron en ellas estuvo Josemaría Escrivá cuando tenía 41 años.

No estuvo solo, y conviene dejarlo claro. Hubo una movilización de responsables municipales, miembros del Cabildo y otras personas relacionadas con Barbastro. Pero sabemos que la intervención de Escrivá fue considerada importante por sus propios contemporáneos. En 1947 el Ayuntamiento de Barbastro lo nombró Hijo Predilecto de la ciudad, y en la propia propuesta municipal se recordaban expresamente sus gestiones para evitar la desaparición de la diócesis.

Josemaría Escrivá, Hijo Predilecto de Barbastro
Josemaría Escrivá, Hijo Predilecto de Barbastro. El Ayuntamiento le concedió esta distinción en 1947, recordando expresamente en la propuesta municipal sus gestiones en defensa de la continuidad de la diócesis.

Me parece un dato especialmente interesante porque no estamos ante una interpretación elaborada muchas décadas después, sino ante el recuerdo que dejó en la propia ciudad aquella intervención.

Por eso podemos afirmar con bastante seguridad que, cuando Barbastro temió por la continuidad de su Obispado, Escrivá ayudó a defenderlo. No podemos saber qué habría ocurrido sin él ni sería correcto atribuirle en solitario la supervivencia de la diócesis. Pero tampoco parece razonable borrar aquella intervención de nuestra historia.

Y lo más significativo es que no ocurrió una sola vez. Aproximadamente dos décadas más tarde volvieron a circular noticias sobre una posible desaparición de la diócesis de Barbastro. La situación de Escrivá era entonces completamente distinta: vivía en Roma y el Opus Dei había adquirido ya una dimensión internacional.

Sin embargo, cuando volvió a plantearse el futuro de la diócesis de su ciudad natal, intervino nuevamente. Según la documentación biográfica conservada, hizo llegar a Pablo VI en 1966 un escrito en el que exponía razones históricas, sociales y pastorales y terminaba pidiendo expresamente que no se suprimiera la diócesis de Barbastro.

Este segundo episodio me parece incluso más significativo que el primero. Demuestra que la defensa del Obispado no fue solamente una actuación circunstancial de juventud. Dos décadas después continuaba preocupado por la misma cuestión.

Y aquí la cronología se vuelve especialmente interesante porque, mientras Escrivá defendía nuevamente la continuidad del Obispado, estaba tomando forma también el proyecto del nuevo Torreciudad. Para Escrivá, conservar el Obispado de Barbastro e impulsar Torreciudad no eran proyectos incompatibles, ni parece que lo fuera por la otra parte.

Romería de Torreciudad de 1964 con el obispo Jaime Flores
Romería a Torreciudad, 3 de mayo de 1964. La imagen de la Virgen regresaba a la antigua ermita después de una primera restauración realizada en Madrid. La peregrinación desde Bolturina estuvo presidida por el obispo de Barbastro, Jaime Flores, que pocos años después participaría también en los acuerdos para la construcción del nuevo santuario.

Mientras se defendía el Obispado, nacía otro Torreciudad

Yo nací en 1966. Cuando miro la fotografía aérea de Torreciudad de 1957 estoy viendo, por tanto, el paisaje inmediatamente anterior al mundo que he conocido durante toda mi vida.

La antigua ermita y la devoción a la Virgen estaban allí desde hacía siglos. Eso es importante recordarlo porque Josemaría Escrivá no creó Torreciudad ni creó su devoción. Pero prácticamente todo lo que hoy asociamos al lugar todavía no existía.

Ortofoto de Torreciudad en 1957
Torreciudad en 1957. La antigua ermita y su devoción ya existían, pero todavía no estaban el embalse de El Grado, el nuevo santuario ni las infraestructuras que posteriormente transformarían este paisaje. La línea azul señala el espacio donde décadas después se desarrollaría el nuevo santuario.

Esta transformación forma parte de un cambio mucho más amplio del paisaje del Cinca. La construcción de embalses, la extensión de los regadíos y las nuevas infraestructuras modificaron profundamente este territorio durante la segunda mitad del siglo XX. Sobre estos cambios ya reflexioné en El paisaje que estamos construyendo.

El Cinca discurría por su antiguo cauce, no existía el embalse de El Grado y el acceso se realizaba mediante los caminos tradicionales. La ermita se encontraba en un paraje apartado, mantenido durante generaciones por una devoción fundamentalmente local y comarcal, pero sin las comunicaciones ni las infraestructuras que después permitirían convertirlo en un gran centro de peregrinación.

Sin embargo, aquel aislamiento no significa que Torreciudad fuera un lugar olvidado. Pascual Madoz, en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de mediados del siglo XIX, menciona ya el santuario de Torreciudad, situado aproximadamente a media hora de Bolturina. Señala que contaba con hospedería, que estaba atendido por un sacerdote prior y que se sostenía con las limosnas de los fieles. Lo presenta, además, como un santuario de antigua tradición.

Torreciudad no era, por tanto, un lugar de paso. Era un lugar al que había que ir expresamente y cuyo acceso exigía esfuerzo. Mi madre me contó que, cuando la llevaron siendo niña, caminaron durante toda la noche.

Mapa histórico del acceso a Torreciudad desde Bolturina
Torreciudad antes de las nuevas comunicaciones. El mapa permite apreciar el aislamiento del lugar y los caminos que comunicaban la antigua ermita con Bolturina y otras poblaciones próximas. El Cinca discurría todavía por su cauce natural.

La primera gran transformación física del territorio no llegó de la mano del Opus Dei, sino del Estado. La construcción de la presa y del embalse de El Grado modificó profundamente este tramo del Cinca y obligó a construir nuevas infraestructuras. Entre ellas estuvo el camino de servicio por la margen izquierda del embalse desde la presa hasta Torreciudad, cuya adjudicación aparece publicada en el Boletín Oficial del Estado en diciembre de 1967.

Es importante precisar esto. No fue el Opus Dei quien construyó aquella carretera como una actuación propia. Sin embargo, el nuevo acceso vinculado a las obras del embalse cambió completamente las posibilidades del lugar precisamente cuando estaba empezando a desarrollarse el proyecto del nuevo santuario.

El arquitecto Heliodoro Dols había comenzado a trabajar en el proyecto en los años sesenta. La idea inicial fue evolucionando hasta adquirir una dimensión mucho mayor y las grandes obras se desarrollaron fundamentalmente durante la primera mitad de los años setenta.

Construcción del santuario de Torreciudad
Construcción del nuevo santuario de Torreciudad en los años setenta. En pocos años aquel terreno junto al embalse se transformó en el gran centro de peregrinación que abrió sus puertas en 1975.

Los testimonios de algunos trabajadores recuerdan un terreno seco, pedregoso y sin explanar, muy diferente del entorno que conocemos actualmente. En las obras participaron también trabajadores de localidades próximas, de modo que la construcción comenzó a establecer una relación laboral directa con la comarca.

El nuevo santuario abrió en 1975. Yo tenía entonces nueve años. Quizá por eso, para los barbastrenses de mi generación, resulta tan fácil tener la sensación de que aquel gran edificio siempre estuvo allí. Sin embargo, habían transcurrido menos de veinte años entre la fotografía aérea de 1957 y la aparición del nuevo Torreciudad.

El Cinca se había convertido en embalse, había aparecido una carretera, se había construido un enorme santuario y una devoción tradicional de carácter fundamentalmente local comenzaba a proyectarse internacionalmente.

Ortofoto actual de Torreciudad
Torreciudad en la actualidad. El embalse, el santuario, las carreteras, los aparcamientos y la vegetación muestran hasta qué punto cambió el paisaje en unas pocas décadas.
La primera imagen muestra el paisaje anterior a mi nacimiento. La segunda, el paisaje que se fue construyendo durante mi vida.

La forma más exacta de expresarlo, creo, es ésta: Escrivá no creó Torreciudad; transformó la escala de Torreciudad.

Mucho más que un santuario

Hay otro aspecto que hoy resulta fácil olvidar. El proyecto concebido alrededor de Torreciudad no consistía únicamente en construir una iglesia. Ya en 1969, antes de que comenzaran las grandes obras del santuario, Escrivá hablaba de un centro de formación rural destinado a promover actividades sociales y educativas en la comarca.

Aquella idea acabaría materializándose en la Escuela Familiar Agraria El Poblado, que comenzó a funcionar a comienzos de los años setenta. Durante décadas desarrolló formación profesional vinculada especialmente al medio rural y posteriormente otras actividades relacionadas con el empleo.

Con el tiempo fueron apareciendo también alojamientos, residencias y otras instalaciones. La antigua Hostería El Tozal funcionó durante años y su edificio ha comenzado recientemente una nueva etapa como albergue. A ello se sumaron distintas casas utilizadas por grupos y actividades y la cercana urbanización El Tozal.

El Poblado, la antigua Hostería y la urbanización El Tozal
Mucho más que un santuario. En el entorno de la presa y de Torreciudad fueron apareciendo El Poblado, la antigua Hostería y la urbanización El Tozal, junto con otras instalaciones relacionadas con las actividades desarrolladas en la zona.

Cuando se observa el conjunto resulta evidente que el proyecto acabó siendo bastante más que un edificio religioso. Formación, alojamientos, viviendas, carreteras, servicios y actividades generaron una presencia continuada de personas en un territorio que unas décadas antes era muy difícil de alcanzar.

Esa preocupación por el entorno aparece incluso en algunos detalles del proyecto. El arquitecto Heliodoro Dols recordaba que Escrivá pidió que determinados servicios comerciales no se instalaran dentro del propio santuario porque quería que esas necesidades pudieran beneficiar también a las poblaciones próximas.

Eso encaja con algo que Escrivá había expresado ya en 1969: su deseo de que Torreciudad ayudara a que Barbastro y su comarca fueran más conocidas y estimadas y pudiera proporcionar también un impulso económico al territorio.

Una percepción muy arraigada en Barbastro

Durante décadas existió en Barbastro una percepción difícil de demostrar documentalmente, pero muy presente en la memoria colectiva de la ciudad. En los años del desarrollismo franquista, cuando algunos ministros y altos cargos vinculados al Opus Dei ocupaban puestos relevantes en la Administración, muchas personas relacionaban determinadas inversiones realizadas en Barbastro con la influencia de Josemaría Escrivá y con su vínculo con su ciudad natal.

Obras como la canalización del río Vero, el desarrollo del polígono industrial, nuevas infraestructuras o determinadas actuaciones públicas eran interpretadas a veces desde esa idea: que «don Josemaría cuidaba de Barbastro» y que su posición y sus relaciones podían favorecer a la ciudad.

No he encontrado documentación que permita atribuir directamente esas obras a una intervención de Escrivá o del Opus Dei, y por tanto no sería correcto presentarlo como un hecho histórico demostrado. Pero la existencia de esa percepción sí forma parte de la historia social de Barbastro y ayuda a comprender la relación que durante décadas muchos barbastrenses mantuvieron con su figura.

Más que una afirmación sobre quién consiguió cada obra, es el recuerdo de una sensación: la de que un barbastrense que había alcanzado una enorme proyección fuera de la ciudad seguía pendiente, de alguna manera, de lo que ocurría en ella.

No sabemos hasta qué punto se cumplieron todas aquellas expectativas y sería absurdo atribuir a Torreciudad el posterior desarrollo de Barbastro. Pero sí podemos afirmar algo bastante más sencillo: antes de que el santuario existiera, Escrivá ya estaba pensando en los efectos que podía tener sobre su ciudad natal y su comarca.

Entrearcos: dejar algo vivo en Barbastro

En la plaza del Mercado, sobre el solar de la casa natal de Josemaría Escrivá, se construyó en 1977 el Centro Cultural Entrearcos, proyectado por Heliodoro Dols.

Escrivá había expresado que no quería que aquel lugar se convirtiera simplemente en un recuerdo sobre su persona, sino en un espacio vivo de formación y actividad abierto a los barbastrenses. Durante décadas Entrearcos ha acogido iniciativas culturales, sociales y formativas y ha servido también de puente entre Barbastro y quienes llegaban a Torreciudad.

Cincuenta años de relación con Barbastro

Una vez construido el santuario, Torreciudad dejó de ser un proyecto y comenzó a formar parte de la vida habitual del territorio. Durante décadas llegaron peregrinos, grupos organizados, familias y visitantes de numerosos países. Algunos acudían únicamente al santuario; otros conocían también Barbastro y otros lugares del Somontano, Sobrarbe y Ribagorza.

Para quienes vivimos aquí, aquella presencia terminó normalizándose. Los autobuses, las peregrinaciones, los visitantes extranjeros y las celebraciones multitudinarias pasaron a formar parte del paisaje habitual. También lo hicieron trabajadores, proveedores y empresas de la zona relacionadas de una forma u otra con las actividades desarrolladas allí.

La conexión con Barbastro no era automática. Un visitante podía llegar a Torreciudad y marcharse sin entrar en la ciudad. Por eso fueron apareciendo iniciativas destinadas precisamente a tender ese puente. Una de las más conocidas fue la Ruta de San Josemaría por Barbastro, que permitía recorrer los lugares relacionados con su infancia. Junto al componente religioso existía también una finalidad turística evidente: conseguir que una parte de quienes llegaban a Torreciudad conocieran Barbastro, visitaran su patrimonio y utilizaran sus establecimientos.

En estas iniciativas participaron personas vinculadas a Torreciudad, asociaciones empresariales y el Ayuntamiento a lo largo de etapas políticas diferentes. Por eso me parece adecuado hablar de una relación durante muchos años más territorial que partidista.

Incluso en mayo de 2025, cuando el conflicto entre el Obispado y el Opus Dei estaba ya abierto, el Ayuntamiento de Barbastro conmemoró los cincuenta años de la concesión de la Medalla de Oro de la ciudad a Josemaría Escrivá. Participaron responsables institucionales y antiguos alcaldes de diferentes etapas. Aquel acto demuestra que Escrivá continuaba formando parte de la memoria cívica de Barbastro incluso cuando la controversia de Torreciudad estaba ya sobre la mesa.

En 2024 la Cámara de Comercio de Huesca realizó, por encargo del Patronato de Torreciudad, un estudio sobre el impacto socioeconómico del santuario. El trabajo estimaba una media aproximada de 180.900 visitantes anuales y calculaba un impacto económico total cercano a los 97 millones de euros, sumando efectos directos, indirectos e inducidos en la provincia de Huesca y otras zonas de Aragón.

Conviene precisar que esa cifra no significa que Torreciudad deje 97 millones de euros en Barbastro. El estudio utiliza una metodología económica más amplia y, además, fue encargado por el propio Patronato. Pero resulta interesante desde el punto de vista histórico que, más de cincuenta años después de que Escrivá hablara de un posible impulso económico para su comarca, una institución empresarial tratara precisamente de medir esa repercusión.

De la convivencia al conflicto

Precisamente por todo lo anterior, para muchos barbastrenses resulta extraño contemplar ahora al Obispado de Barbastro-Monzón y al Opus Dei como dos partes enfrentadas.

La explicación jurídica es compleja y ya la he tratado con mayor detalle en otras entradas. Para comprender esta historia basta recordar que los acuerdos fundamentales se remontan a 1962 y 1966, cuando el Torreciudad moderno todavía estaba naciendo. Después llegaron el santuario de 1975 y cincuenta años de crecimiento y actividad. La realidad terminó siendo muchísimo mayor que la existente cuando se redactaron aquellos documentos.

A partir de 2020 se intentó actualizar el marco jurídico. Las posiciones del Obispado y del Opus Dei fueron alejándose hasta que el desacuerdo se hizo público en 2023 y finalmente llegó a Roma. En octubre de 2024 la Santa Sede nombró a Alejandro Arellano Cedillo, decano de la Rota Romana, para intervenir en la cuestión.

En septiembre de 2026 continuamos pendientes de una solución definitiva.

Una de las cosas que más me ha ayudado a comprender el conflicto es asumir que las dos partes miran momentos diferentes de una misma historia. El Obispado mira la antigua ermita, la imagen de la Virgen, la devoción secular y sus derechos históricos. El Opus Dei mira el santuario construido a partir de Escrivá, cincuenta años de actividad y toda una realidad religiosa y material levantada alrededor de aquella antigua devoción.

Jaime Flores en Torreciudad en 1964 y Ángel Pérez Pueyo en 2026 ante la antigua ermita
1964–2026: dos obispos ante la misma ermita. A la izquierda, Jaime Flores durante el regreso de la Virgen restaurada a Torreciudad en 1964. A la derecha, Ángel Pérez Pueyo durante la romería de septiembre de 2026. Sesenta y dos años separan ambas escenas, pero el arco de la antigua ermita sigue siendo el mismo.
La ermita permanece. Lo que ha cambiado es todo lo que se ha construido alrededor de ella, física e institucionalmente.

Ambas historias existen, y la Virgen de Torreciudad está en las dos.

Lo pude percibir de una forma especialmente clara durante la romería del pasado 5 de septiembre. La imagen estuvo unas horas en la antigua ermita y después regresó al nuevo santuario. La distancia física entre ambos lugares es pequeña, pero aquel recorrido parecía condensar siglos de historia. En la ermita está el origen; en el santuario están los últimos cincuenta años.

Y para mí hay además una historia todavía más sencilla: es la Virgen de la que mi madre habló siempre con agradecimiento después del gravísimo accidente que sufrió siendo niña. Por eso me cuesta contemplarla únicamente como una pieza dentro de un litigio.

Una historia que también es nuestra

Después de recorrer todo este camino termino regresando al punto desde el que empecé: Josemaría Escrivá como barbastrense.

En los años cuarenta intervino en las gestiones destinadas a defender la continuidad del Obispado. Décadas después volvió a intervenir ante Roma cuando nuevamente se temió por su futuro. Y simultáneamente estaba impulsando el nuevo Torreciudad. No parece que él viera ninguna contradicción entre ambas cosas: quería que continuara el Obispado de su ciudad y quería que Torreciudad creciera.

1. Sin Josemaría Escrivá no existiría el Torreciudad moderno.
La antigua ermita, la Virgen y la devoción son anteriores a él, pero el gran santuario y la transformación territorial que conocemos fueron posibles por su iniciativa.

2. Escrivá intervino repetidamente para defender la continuidad del Obispado de Barbastro.
No podemos saber qué habría sucedido sin él, porque hubo otras personas implicadas y la decisión final correspondía a Roma. Pero sí sabemos que participó en esas gestiones y que la propia ciudad reconoció tempranamente su importancia.

La paradoja de 2026 resulta difícil de ignorar: el hombre que hizo posible el Torreciudad moderno fue también uno de los barbastrenses que trabajaron para conservar el Obispado con el que ahora existe el conflicto.

He escrito esta entrada como barbastrense. Mi vida ha transcurrido prácticamente en paralelo a la del Torreciudad moderno y mi relación con su Virgen empezó con una historia familiar que escuché desde niño. Tampoco mi recorrido cristiano me sitúa dentro de una única sensibilidad de la Iglesia. Quizá por todo ello me interesa más intentar comprender esta historia que colocarme en uno de sus bandos.

No sé cuál será finalmente la solución que establezca Roma, y tampoco era ése el propósito de estas páginas. Lo que quería recuperar era algo anterior al conflicto: cómo era Torreciudad, cómo se transformó, qué papel tuvo Josemaría Escrivá, qué relación quiso mantener con Barbastro y cómo todo aquello terminó incorporándose durante medio siglo a la vida de nuestra comarca.

Porque antes de convertirse en un conflicto, Torreciudad fue durante mucho tiempo una historia compartida.

Torreciudad forma parte de la historia de Barbastro.
Representa una de las grandes realizaciones impulsadas por un barbastrense, Josemaría Escrivá, cuya iniciativa transformó una antigua devoción local en un santuario de proyección internacional.

El Obispado también forma parte de la historia de Barbastro.
Durante siglos la ciudad defendió su continuidad porque la sede episcopal representaba no solo una realidad religiosa, sino también una parte esencial de su identidad y de su lugar dentro del territorio.

Quizá por eso resulta tan difícil aceptar que ambas realidades puedan aparecer hoy enfrentadas. Para muchos barbastrenses, las dos forman parte de una misma historia colectiva y ninguna debería construirse contra la otra.

Para saber más sobre el conflicto actual

Esta entrada intenta explicar la historia anterior al conflicto. Para profundizar en la situación actual pueden resultar útiles estas otras dos entradas de Caminos de Barbastro:

Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen
Una aproximación documental y territorial a la antigua ermita, el nuevo santuario y la situación de la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad.

Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer
Una reflexión a partir de la romería del 5 de septiembre de 2026 y sobre la posibilidad de encontrar una solución en la que puedan continuar las distintas realidades vinculadas a Torreciudad.

Fuentes y documentación

Para preparar esta entrada he procurado diferenciar los documentos oficiales, las fuentes institucionales del Obispado, del Opus Dei y de Torreciudad, y los estudios realizados por otras entidades. Cuando una información procede de una institución directamente relacionada con una de las partes del conflicto, conviene tener presente esa procedencia.

Esta entrada recoge una reflexión personal acompañada de documentación histórica y fuentes públicas. Su propósito no es resolver el conflicto jurídico existente en torno a Torreciudad, sino aportar contexto histórico y territorial desde la perspectiva de un barbastrense.

Daniel Vallés Turmo
Caminos de Barbastro

Entrada elaborada a partir de documentación histórica, fuentes públicas y experiencia personal, con apoyo de herramientas de inteligencia artificial para la búsqueda, contraste, organización y revisión de la información.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer

Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer

Cómo reparar la ermita, regularizar el santuario y construir un futuro compartido sin convertir la Virgen en el símbolo de una victoria o una derrota.

¡¡¡ ADVERTENCIA !!!

Puede parecer pretencioso intentar plantear una posible solución a un conflicto tan complejo como el de Torreciudad sin disponer de toda la información que manejan las partes y la Santa Sede.

No pretendo que lo que sigue sea la solución correcta ni que tenga que resultar válido para todos. Lo entiendo más bien como un ejercicio para ordenar el problema y mirarlo desde otra perspectiva.

Los seres humanos solemos ver con mucha facilidad los defectos de la posición contraria y bastante peor los de la propia. A veces, incluso una propuesta con la que no estamos de acuerdo puede ayudarnos precisamente a descubrir qué cambiaríamos, qué conservaríamos y qué estaríamos dispuestos a ceder.

Ése es el propósito de esta entrada: plantear una solución suficientemente concreta y estructurada para que cada lector pueda contrastarla con la suya y preguntarse qué solución propondría él.

La antigua ermita y el santuario moderno de Torreciudad
La antigua ermita y el santuario moderno de Torreciudad forman hoy parte de una misma realidad. El reto es encontrar un futuro en el que ninguno de los dos tenga que perder para que el otro gane.

Después de varios días siguiendo con atención el conflicto de Torreciudad, leyendo documentos, revisando las posiciones del Obispado de Barbastro-Monzón y del Opus Dei y, sobre todo, después de estar personalmente allí el 5 de septiembre de 2026, he terminado cambiando un poco la pregunta que me hacía al principio.

Durante mucho tiempo la cuestión parecía consistir en intentar saber quién tenía razón: qué decía exactamente el acuerdo de 1962, qué cambió en 1966, cuándo y en qué condiciones salió la imagen original de la antigua ermita, qué autoridad corresponde al obispo, cuál es la situación jurídica del santuario moderno o qué papel debe seguir desempeñando el Opus Dei.

Todo eso sigue siendo importante. Probablemente Roma tendrá que estudiarlo con mucha más información de la que podemos conocer desde fuera. Pero después de recorrer todo este camino me interesa cada vez más otra pregunta, quizá más sencilla y al mismo tiempo bastante más difícil:

¿Cómo regularizar Torreciudad sin destruir aquello que funciona y reparando aquello que quedó desequilibrado?

Quien quiera conocer con más detalle la documentación, la evolución del conflicto y lo ocurrido durante la romería del 5 de septiembre puede consultar la entrada anterior, donde he ido reuniendo las fuentes y actualizando la información.

La caja de Pandora ya está abierta

Cuando en 2020 comenzó a hablarse de actualizar el marco jurídico de Torreciudad, probablemente nadie imaginaba hasta dónde llegaría aquel proceso. Lo que inicialmente podía parecer una revisión de unos acuerdos nacidos en los años sesenta terminó sacando a la superficie cuestiones históricas, patrimoniales, canónicas y pastorales que llevaban décadas conviviendo sin un encaje completamente claro.

Poco a poco la antigua ermita, el santuario moderno, la talla original de Nuestra Señora de los Ángeles, el nombramiento del rector, la autoridad del obispo, la continuidad de la misión del Opus Dei y hasta la propia historia de Torreciudad quedaron unidos dentro de un mismo conflicto.

La caja de Pandora ya está abierta y no parece posible regresar simplemente al punto anterior, como si nada hubiera sucedido. Pero quizá tampoco sea necesario hacerlo. Una crisis puede producir daños, pero también puede obligar a ordenar mejor aquello que durante mucho tiempo funcionó gracias a equilibrios personales, acuerdos antiguos y una realidad que fue creciendo mucho más de lo que probablemente imaginaron quienes la pusieron en marcha.

Torreciudad no es hoy la realidad de 1962. Tampoco la de 1975. El santuario ha recibido durante medio siglo peregrinos de lugares muy distintos y se ha desarrollado alrededor de él una importante realidad pastoral y organizativa. El propio obispo ha reconocido públicamente el bien producido allí durante estos años. Al mismo tiempo, la antigua ermita quedó progresivamente relegada y permanece como el lugar donde nació una devoción muy anterior al santuario moderno.

Quizá una de las claves del problema esté precisamente aquí:

Torreciudad había crecido mucho más allá del marco jurídico e institucional con el que nació. El problema apareció cuando actualizar ese marco se mezcló con la voluntad de reparar también determinadas decisiones históricas.

Cuatro realidades que deberían seguir vivas

Después de analizar todo lo ocurrido, cada vez me resulta más difícil pensar en una solución basada únicamente en quién posee la talla o en qué espacio debe permanecer. Torreciudad es hoy mucho más complejo.

La ermita: recuperar vida, culto y una función propia.
El santuario: conservar continuidad y capacidad pastoral.
La diócesis: disponer de un encaje institucional claro.
El Opus Dei: poder continuar su misión dentro de ese nuevo marco.

Está, en primer lugar, la antigua ermita, que no debería convertirse simplemente en una pieza de museo dentro de la historia de Torreciudad. Tiene sentido que recupere una función propia, que vuelva a estar relacionada con la devoción popular, con los pueblos de Ribagorza y Sobrarbe y con la historia que dio origen a todo lo que vino después.

Está también el santuario moderno, una realidad que durante cincuenta años ha desarrollado una función religiosa, pastoral y de peregrinación que sería difícil ignorar. Regularizar su situación no debería significar debilitar aquello que ha demostrado capacidad para funcionar y atraer personas durante décadas.

La diócesis de Barbastro-Monzón, por su parte, necesita un encaje institucional claro. Resulta difícil imaginar que una realidad de la importancia de Torreciudad pueda continuar indefinidamente apoyándose en acuerdos de hace más de sesenta años cuya interpretación sigue siendo discutida.

Y está finalmente el Opus Dei, cuya misión forma parte ya de la historia contemporánea de Torreciudad. El propio obispo reconoció durante la homilía del 5 de septiembre las confesiones, conversiones, vocaciones y familias que han encontrado allí un camino de fe y expresó su deseo de que ese bien continúe y crezca.

Por eso creo que una solución no debería preguntarse únicamente quién obtiene lo que reclama.

Una buena solución debería preguntarse qué necesita cada una de estas realidades para seguir viva dentro de veinte o treinta años.

El pasado, el presente y el futuro

Quizá buena parte del conflicto se haya complicado porque se han terminado mezclando tres problemas diferentes. Uno pertenece al pasado: qué ocurrió con los acuerdos de 1962 y 1966, qué derechos se establecieron entonces, cómo se produjo posteriormente el traslado de la imagen y qué lugar debía ocupar la antigua ermita.

Otro pertenece al presente: qué autoridad corresponde a la diócesis, cómo debe nombrarse el rector, qué responsabilidades tienen las distintas instituciones, quién sostiene económicamente el complejo y cuál es la situación canónica del conjunto.

Y existe además una tercera cuestión, que probablemente sea la más importante: cómo debe organizarse Torreciudad para que pueda seguir funcionando dentro de veinte, treinta o cincuenta años.

Pasado: reconocer lo ocurrido.
Presente: regularizar la realidad que existe.
Futuro: diseñar un marco capaz de durar.

Por eso una de las ideas que más me ha ayudado a ordenar todo este conflicto es ésta:

El pasado debe ser reconocido, el presente debe ser regularizado y el futuro debe ser diseñado.

No necesariamente tienen que resolverse las tres cosas mediante una sola decisión. Reconocer que la antigua ermita perdió centralidad no obliga automáticamente a concluir que la única forma de repararlo sea trasladar allí permanentemente la imagen original. Y reconocer que el santuario moderno ha desarrollado una importante realidad pastoral tampoco significa que pueda continuar indefinidamente dentro de un marco institucional ambiguo.

Especialmente importante me parece distinguir dos cuestiones que durante estos años han terminado casi identificándose:

Integrar Torreciudad en la diócesis no es necesariamente lo mismo que trasladar definitivamente la imagen original a la ermita.

La integración institucional puede articularse mediante normas, competencias y responsabilidades claras. La ubicación de la imagen incorpora además cuestiones históricas, devocionales, patrimoniales, pastorales y de conservación que quizá merezcan ser consideradas por separado.

Cuando tuve que dejar de esconderme detrás del análisis

Durante varios días intenté entender Torreciudad acumulando documentos, declaraciones, acuerdos antiguos y versiones diferentes de una misma historia. Había momentos en que parecía que cuanto más leía, más difícil resultaba separar lo importante de todo lo accesorio.

En medio de ese trabajo hubo dos cosas que me ayudaron a cambiar de perspectiva. Una fue una conversación con un periodista. Me dijo algo bastante sencillo: «Tú también tendrás que tener tu opinión, ¿no?». Incluso me hizo ver que no podía esconderme indefinidamente detrás de una reflexión documental. Después de analizar tanto, también tenía que asumir una posición propia.

La otra ocurrió mirando de cerca la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles. Entre tantos símbolos, titulares y discusiones terminé fijándome en algo mucho más pequeño: la mano del Niño Jesús, la mano de su Madre y el libro que sostiene. En él puede leerse el comienzo del Evangelio de san Juan: «En el principio era la Palabra».

Detalle de las manos del Niño Jesús y de la Virgen de Torreciudad junto al libro
La mano del Niño, la mano de la Virgen y el comienzo del Evangelio de san Juan: «En el principio era la Palabra». Un detalle que me ayudó a volver a la esencia de todo este conflicto.

Aquella imagen me ayudó a volver un poco a la esencia de todo esto. Torreciudad no nació para convertirse en un conflicto entre instituciones. La Virgen tampoco debería terminar siendo el símbolo de quién ha ganado o perdido una disputa. Y quizá la mejor manera de intentar salir de todo este laberinto sea regresar precisamente a aquello que está detrás de todo lo demás: la fe, la palabra, la devoción y las personas.

Fue a partir de ahí cuando dejé de preguntarme solamente quién tenía razón y empecé a preguntarme cuál podía ser una solución que ayudara realmente a Torreciudad.

Una solución de integración

Después de todo lo estudiado, la solución que personalmente me parece más equilibrada no sería mantener simplemente lo que existía antes de comenzar el conflicto, pero tampoco trasladar el desequilibrio de un espacio al otro. Torreciudad necesita un marco nuevo.

Un acuerdo o estatuto suficientemente claro debería definir la relación entre la diócesis, el santuario moderno, la antigua ermita y las instituciones que sostienen actualmente su funcionamiento. Tendría que establecer con claridad la forma de nombrar al rector, las competencias de cada parte, las responsabilidades patrimoniales, la financiación y aquellos mecanismos que permitan resolver futuros desacuerdos sin volver a abrir toda la crisis.

Porque una solución estable no puede depender de que el obispo y los responsables de Torreciudad de cada momento mantengan una buena relación personal.

Un buen acuerdo no es el que funciona entre amigos, sino el que sigue funcionando cuando las relaciones personales son malas.

La antigua ermita debería recuperar además una función propia dentro del conjunto. No bastaría con devolver allí una imagen y considerar resuelto el problema. Para que la ermita gane realmente tendría que recuperar vida, culto, memoria, relación con los pueblos, pequeñas peregrinaciones y una presencia clara dentro del recorrido de quienes visitan Torreciudad.

El santuario moderno, al mismo tiempo, debería conservar la continuidad de la misión que se ha desarrollado allí durante medio siglo. Regularizar Torreciudad tendría que significar fortalecer su futuro y no convertir la reforma en una forma de vaciamiento.

Por eso la solución que me parece más sensata podría resumirse así:

No se trata de conservar el statu quo. La ermita debe ganar de verdad. Pero tampoco de reparar el pasado creando una nueva pérdida en el santuario.
Matriz de posibles soluciones al conflicto de Torreciudad
Una solución equilibrada debería fortalecer tanto la antigua ermita como el santuario moderno.

¿Y dónde debería estar la Virgen?

Éste es probablemente el punto más difícil de todo el conflicto porque la talla original ha terminado acumulando muchos significados diferentes. Es una imagen religiosa, pero también una pieza histórica; es la Virgen vinculada durante siglos a la antigua ermita, pero también la imagen que durante cincuenta años ha presidido el gran retablo del santuario moderno.

Su ubicación ha terminado representando además cuestiones de autoridad, de continuidad, de reconocimiento e incluso de quién parece haber ganado o perdido la disputa.

Quizá sea demasiado peso para una sola talla.

Después de todo lo estudiado, y siempre sometiendo esta opinión a lo que puedan determinar los derechos existentes y los criterios técnicos de conservación, me parece más equilibrado que la imagen original pudiera mantener su continuidad habitual en el santuario moderno y recuperar al mismo tiempo una relación estable y significativa con la antigua ermita.

La jornada del 5 de septiembre permitió ver, de una manera muy concreta, que ambos espacios pueden volver a relacionarse. Aquella mañana la Virgen regresó junto a su antigua ermita y posteriormente volvió al santuario moderno. La operación mostró también que el traslado de una talla de estas características no es algo sencillo: requiere cuidado, protección, manipulación especializada y unas condiciones de seguridad que probablemente deban ser valoradas por técnicos antes de establecer cualquier régimen periódico.

Personalmente, aquella cercanía me produjo además una impresión que no esperaba. Durante años había visto la imagen en lo alto del gran retablo y, de pronto, podía contemplarla casi a la altura de los ojos. Pude fijarme en las manos, en el libro y en detalles que desde abajo apenas se perciben. Entendí entonces mejor algo de la antigua devoción popular: una imagen religiosa no está solamente para ser contemplada desde lejos; también existe una necesidad de proximidad.

Por eso creo que, cualquiera que sea finalmente su ubicación habitual, tendría sentido que la imagen original pudiera estar en determinados momentos más cerca de las personas, siempre en condiciones adecuadas de conservación y seguridad. No solo como un gesto hacia la antigua ermita, sino como una forma de recuperar también esa relación más cercana entre la imagen y los fieles.

Para la presencia habitual en la antigua ermita podría utilizarse una réplica de gran calidad, inspirada en la imagen que conocemos por las fotografías de la época en que todavía se veneraba en aquel lugar. No como una copia sin importancia, sino como parte de una recuperación más amplia de la propia ermita y de su función religiosa.

La réplica podría asegurar una presencia estable en la ermita, mientras que el original podría devolverle, en determinados momentos, una proximidad que forma parte también de su historia devocional.

La cuestión principal no debería ser, por tanto, si arriba queda el original y abajo una copia o al contrario. Lo verdaderamente importante sería conseguir que los dos espacios vuelvan a tener una razón propia para existir.

Integrar sin absorber, continuar sin aislarse

Una solución de este tipo exigiría también que todas las partes aceptaran algo que probablemente no coincide completamente con su posición actual.

El obispo tendría que aceptar que la integración plena de Torreciudad en la Iglesia local no necesita demostrarse necesariamente mediante la residencia permanente de la talla original en la ermita. La autoridad episcopal debería quedar suficientemente clara en las normas y no depender de un gesto simbólico.

El Opus Dei, por su parte, tendría que aceptar que la continuidad de su misión no puede descansar indefinidamente sobre un marco jurídico discutido y que Torreciudad necesita una relación institucional inequívoca con la diócesis.

La diócesis tendría que reconocer que integrar no significa absorber, del mismo modo que el Opus Dei debería asumir que conservar una identidad propia no significa aislarse.

Y probablemente la Santa Sede tenga que desempeñar el papel decisivo, porque Torreciudad es hoy una realidad demasiado grande para ser tratada únicamente como un asunto local y demasiado vinculada a Barbastro-Monzón para funcionar al margen de su Iglesia particular.

Torreciudad es, en cierto modo, local por su origen e internacional por su evolución. La solución debería reconocer ambas cosas.

Lo que vi el 5 de septiembre

La romería del 5 de septiembre me ayudó mucho a entender esta cuestión porque durante unas horas pude ver juntas las dos realidades de Torreciudad.

Abajo estaban la antigua ermita y, junto a ella, la imagen original, rodeada de advocaciones llegadas de distintos pueblos. Arriba esperaba el gran santuario moderno, construido muchos años después y convertido en el lugar al que llegan peregrinos de lugares muy distintos.

Entre ambos espacios había personas, sacerdotes, imágenes, conversaciones y una tensión que, aunque apenas se mostraba exteriormente, seguía presente.

Imagen de Nuestra Señora de los Ángeles junto al altar del santuario de Torreciudad
La imagen original junto al altar del santuario moderno, con el camarín del retablo vacío al fondo, el 5 de septiembre de 2026.

La homilía del obispo tuvo un tono muy diferente al de algunos de los días anteriores. Habló de comunión, agradeció expresamente el bien desarrollado por el Opus Dei en Torreciudad y pronunció una frase que me parece especialmente importante:

«Que nadie tenga que desaparecer para que todos podamos vivir, amar y servir.»

Quizá esa frase pueda servir también como criterio para valorar cualquier solución futura. Porque si nadie tiene que desaparecer, entonces la antigua ermita no debería recuperar su lugar a costa de vaciar de significado el santuario moderno. El santuario tampoco debería continuar ignorando la importancia histórica y religiosa de la ermita. La diócesis no debería sentirse extraña dentro de Torreciudad y el Opus Dei tampoco debería experimentar la regularización como la progresiva desaparición de aquello que ha construido durante medio siglo.

Ese día me quedó además otra impresión: cuando una relación institucional se deteriora, cualquier gesto comienza a cargarse de significado. Que la Virgen esté abajo o arriba, que el camarín aparezca vacío, que el obispo entre en la ermita o que la imagen vuelva al templo moderno dejan de ser simplemente actos religiosos y empiezan a interpretarse como movimientos dentro del conflicto.

La normalidad regresará cuando ya no necesitemos interpretar cada gesto.

Que gane Torreciudad

Quizá ésta sea finalmente la manera más sencilla de explicar todo lo anterior. No creo que una buena solución deba establecer si gana el obispo o gana el Opus Dei. Tendría que conseguir que gane Torreciudad.

Eso significaría que la ermita recuperase vida y sentido, que el santuario mantuviera estabilidad y continuidad, que la diócesis obtuviera un encaje institucional claro y que el Opus Dei pudiera continuar desarrollando allí su misión dentro de unas reglas conocidas por todos.

Y, sobre todo, que una familia pudiera entrar en la antigua ermita y después subir al santuario sin sentir que está atravesando la frontera entre dos partes enfrentadas de la Iglesia.

Porque el verdadero éxito no será que una de las partes consiga demostrar que tenía razón. Será que dentro de algunos años nadie necesite hacerse esa pregunta.

La esperanza que queda en la caja

La caja de Pandora ya se abrió. De ella han salido documentos olvidados, interpretaciones enfrentadas, procedimientos jurídicos, cartas, titulares, desconfianzas y gestos convertidos en símbolos. No tiene sentido intentar borrar todo eso ni regresar artificialmente al punto de partida.

Pero el mito de Pandora recuerda también que, cuando la caja se cerró, quedó dentro la esperanza.

Después de varios días intentando comprender el conflicto de Torreciudad, quise resumir también esta reflexión con mi propia voz. No como una conclusión jurídica, sino como una propuesta personal: que la ermita, el santuario, la diócesis y el Opus Dei puedan encontrar un marco en el que nadie tenga que desaparecer.

Torreciudad, septiembre de 2026 · Caminos de Barbastro

Quizá esa esperanza consista ahora en aprovechar todo lo ocurrido para construir un Torreciudad mejor ordenado que el que existía antes del conflicto: un Torreciudad en el que la antigua ermita vuelva a estar viva sin que el santuario deje de estarlo; en el que la diócesis pueda sentirse plenamente reconocida sin necesidad de asumir una estructura que quizá no tenga capacidad para sostener directamente; en el que el Opus Dei continúe una misión que forma parte ya de la historia de este lugar, pero dentro de un marco institucional claro; y en el que la Virgen vuelva a ser principalmente aquello que siempre fue para quienes acudían a verla: una imagen de devoción y no el marcador de quién ha vencido.

Quizá la mejor solución sea aquella en la que todos tengan que renunciar a algo, pero nadie tenga que desaparecer.

Torreciudad se habrá reparado de verdad cuando la autoridad ya no necesite escenificarse, la identidad ya no necesite defenderse y la Virgen ya no tenga que cargar con el peso del conflicto.

Entonces la caja podrá cerrarse. No para olvidar lo ocurrido, sino porque ya no será necesario seguir viviendo dentro de ello.


Cómo se ha elaborado esta reflexión

Esta entrada es el resultado de varios días de trabajo sobre documentos jurídicos, comunicados oficiales, informaciones periodísticas, declaraciones públicas y la observación personal realizada en Torreciudad el 5 de septiembre de 2026.

La profundidad de este análisis no habría sido posible en tan poco tiempo sin la ayuda de herramientas de inteligencia artificial, utilizadas para localizar y ordenar fuentes dispersas, reconstruir cronologías, comparar documentos de distintas fechas y someter las diferentes hipótesis a contraste.

En un conflicto que se extiende durante años y cuya documentación aparece repartida entre escrituras notariales, comunicados de la diócesis, textos del Opus Dei, medios de comunicación y documentos posteriores, esta ayuda me ha permitido realizar en pocos días una investigación mucho más amplia de la que habría podido desarrollar por mis propios medios en ese mismo tiempo.

Las visitas, fotografías y observaciones sobre el terreno son propias. La selección final de las fuentes, su interpretación y las conclusiones expresadas en esta entrada corresponden al autor de Caminos de Barbastro.

Para entender el origen del conflicto

Esta reflexión sobre una posible salida al conflicto se entiende mejor conociendo la historia anterior. En Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto reconstruyo la relación histórica entre Torreciudad, Barbastro, el Obispado y Josemaría Escrivá.

PARA TERMINAR

Espero que este recorrido de ideas te haya servido para comprender mejor el conflicto de Torreciudad y, sobre todo, para formarte una opinión propia sobre sus posibles soluciones.

No era mi intención ofrecer una respuesta definitiva, sino ordenar los problemas, separar las distintas cuestiones y mostrar una posible salida suficientemente concreta como para poder pensarla, discutirla o incluso rechazarla.

Si al terminar esta entrada tienes más claro qué solución propondrías tú, entonces este ejercicio ya habrá cumplido su objetivo.


Daniel Vallés Turmo
Caminos de Barbastro
Septiembre de 2026

martes, 1 de septiembre de 2026

Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen

Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen
De la ermita sobre el Cinca al santuario junto al embalse

Torreciudad, pasado y presente

Esta entrada comenzó como una mirada a la transformación de Torreciudad: desde la antigua ermita sobre el río Cinca hasta el gran santuario construido junto al embalse de El Grado.

El conflicto surgido entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei terminó incorporando una nueva dimensión a ese recorrido y devolvió al primer plano la antigua ermita, la talla de Nuestra Señora de los Ángeles y la relación entre los dos espacios.

Por eso, más que seguir la actualidad día a día, esta entrada intenta comprender cómo se llegó hasta aquí: el paisaje, la historia, la Virgen, el santuario y, finalmente, el conflicto que volvió a ponerlos a todos en relación.

Torreciudad es uno de esos lugares que he conocido siempre y que, sin embargo, con los años he aprendido a mirar de otra manera. Por mi edad, he conocido el nuevo santuario prácticamente desde sus comienzos y he podido seguir su evolución viviendo a apenas media hora. Ya hice una entrada en el blog en el año 2015, Torreciudad.

Curiosamente, uno de mis primeros recuerdos de aquel nuevo Torreciudad es muy cotidiano: el bar que había junto al embalse y que cerró pocos años después. Por encima de edificios e instituciones, lo que siempre permaneció fue un paisaje excepcional.

Tiene además para mí una dimensión personal. Mi madre, Amparo Turmo Barrabés, fue llevada siendo niña hasta Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad después de recuperarse de una caída. Aquella historia familiar hizo que este lugar nunca me resultara indiferente.

Después llegó el paisaje. He llegado tres veces a pie desde Barbastro hasta Torreciudad, una de ellas corriendo. Son kilómetros recorridos por Costean, El Grado, el Cinca y las laderas que rodean el santuario. Es un territorio que conozco también desde los pies.

Recuerdo especialmente aquella carrera de 1985. Después de recorrer más de una media maratón desde Barbastro, llegamos con ropa deportiva y no nos permitieron siquiera acceder a la explanada porque nuestra indumentaria no se consideró decorosa. El santuario quedó allí, a cientos de metros, frente a nosotros.

Vista hoy, aquella pequeña anécdota también habla de otra época. Resulta especialmente curioso comprobar que décadas después Torreciudad acoge la carrera de relevos 500 km Tajamar-Torreciudad, una actividad suficientemente consolidada como para aparecer con un apartado propio en la Wikipedia dedicada al Santuario de Torreciudad.

En 1985 llegamos corriendo y no pudimos entrar; hoy llegar corriendo forma parte de la propia historia de Torreciudad.

Durante muchos años practiqué además piragüismo en el embalse de El Grado. En una lámina de agua de casi veinte kilómetros de longitud, la silueta de Torreciudad era una referencia inconfundible. Desde la piragua aparecía sobre las laderas como un punto de orientación. También así he aprendido a conocer este paisaje: desde el camino y desde el agua.

Durante aquellos años en los que conocía bien el embalse desde la piragua llegué incluso a proponer a Torreciudad una pequeña iniciativa que me parecía muy ligada al lugar: que cada 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, una imagen llegara hasta Torreciudad por las aguas del embalse. La idea no llegó entonces a desarrollarse, pero recuerdo que me parecía una forma muy hermosa de unir el paisaje, el agua y la devoción popular.

En otros proyectos tuve más fortuna. El Obispado de Barbastro-Monzón sí acogió años después la propuesta del Camino de San Ramón, una iniciativa que desde Caminos de Barbastro  y con el imprescindible apoyo de Montañeros de Aragón de Barbastro y el Centro Excursionista de Ribagorza, permitió movilizar a muchas personas alrededor de los antiguos caminos de estas tierras. Eran también otros tiempos, y quizá otra forma de relacionarnos con el territorio y con las instituciones.

Durante mucho tiempo, como probablemente le ocurre a casi todo el que llega, mi mirada se dirigía principalmente hacia el gran santuario, mientras la pequeña ermita permanecía abajo, casi como un resto de todo lo anterior. Con los años me ha sucedido justamente lo contrario: cada vez me interesan más aquella pequeña ermita, la torre medieval, Nuestra Señora de los Ángeles y el paisaje que existió antes de que el río Cinca se convirtiera en embalse.

Quizá porque Torreciudad permite contemplar algo más que la historia de un santuario: cómo cambian un paisaje, una sociedad y nuestra propia manera de mirar un lugar.

Transformación del paisaje de Torreciudad, del antiguo valle del Cinca al paisaje actual con el embalse y el nuevo santuario
El mismo lugar, dos paisajes. El antiguo Torreciudad sobre el valle del Cinca y el paisaje actual, transformado por el embalse de El Grado y la construcción del nuevo santuario. La fotografía histórica ha sido coloreada para facilitar la comparación.

Antes de ser santuario, Torreciudad fue una torre

El propio nombre nos lleva mucho más atrás que el actual edificio. La torre medieval ocupa una posición privilegiada sobre el corredor del Cinca. Desde allí se podía controlar el paso por el valle y mantener contacto visual con otros puntos elevados.

Al estudiar recientemente otras fortalezas del Cinca, como el castillo de Artasona, he empezado también a mirar Torreciudad desde esa perspectiva. Desde Artasona se distingue Torreciudad. No sabemos hasta qué punto aquellas posiciones formaron una red organizada de comunicación, pero su relación visual permite comprender que no eran lugares aislados.

Antes de ser un lugar al que acudir, Torreciudad fue un lugar desde el que mirar.

Con el paso de los siglos aquella función defensiva perdió importancia. Sin embargo, junto a la torre permaneció un pequeño edificio que acabaría teniendo una vida mucho más larga: la ermita.

Al visitar hoy la antigua ermita me sorprende que apenas encontremos una explicación sobre aquella torre que, en realidad, dio nombre a Torreciudad. Se trata de una construcción medieval documentada ya en el siglo XI, situada en una posición estratégica sobre el valle del Cinca, cuando esta zona formaba parte de la frontera entre los territorios cristianos y musulmanes. Desde aquí se vigilaban el valle y los caminos en una época en la que lugares próximos como Graus y El Grado todavía no habían pasado definitivamente a manos cristianas.

No haría falta una gran intervención para recuperar esta parte de la historia. Un sencillo panel interpretativo junto a los restos de la torre permitiría explicar su función defensiva, su relación con el valle del Cinca y, sobre todo, algo tan elemental como por qué este lugar se llama Torreciudad. La ermita explica la historia religiosa del lugar; la torre permitiría recordar la historia anterior sobre la que aquella devoción acabó asentándose.

Torre medieval de Torreciudad con la torre del nuevo santuario al fondo
Dos torres separadas por siglos. En primer plano, los restos de la torre medieval que dio nombre a Torreciudad; al fondo, la torre del santuario construido en el siglo XX. La imagen permite reunir en una misma mirada dos momentos muy distintos de la historia del lugar.

Nuestra Señora de los Ángeles

Hoy utilizamos casi siempre la expresión Virgen de Torreciudad, pero durante siglos la advocación fue más precisa: Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad. Las antiguas espéculas de peregrino todavía conservan ese nombre.

Espécula medieval de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad
Espécula medieval de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad.

Aquellas pequeñas insignias permiten acercarnos a un Torreciudad muy diferente del actual. Sobre las espéculas y las antiguas insignias de peregrinación ya escribí hace años en Caminos de Barbastro.

Las familias llegaban desde los pueblos próximos para pedir ayuda, agradecer una curación o cumplir una promesa. Entre las tradiciones asociadas a Nuestra Señora de los Ángeles tuvo especial importancia la presentación y protección de los niños. Y eso permite comprender dos pequeñas historias separadas por casi treinta años.

Dos niños llevados a la Virgen

En 1904 una familia de Barbastro llevó hasta aquella pequeña ermita a un niño de unos dos años después de que se recuperara de una grave enfermedad. Se llamaba Josemaría Escrivá de Balaguer. Su madre había prometido llevarlo a Torreciudad si sanaba. Décadas después, aquel niño impulsaría la construcción del gran santuario que hoy conocemos.

En 1932 otra familia llevó hasta el mismo lugar a una niña procedente de Merli después de recuperarse de una caída. Era mi madre, Amparo Turmo Barrabés.

Son dos historias particulares, pero pertenecen a algo mucho más amplio: una religiosidad popular en la que las familias acudían hasta Nuestra Señora de los Ángeles para poner a sus hijos bajo su protección o agradecer su recuperación.

Antes de que Torreciudad recibiera peregrinos de todo el mundo, recibía a las familias de estos valles.

La misma Virgen, dos maneras de verla

También ha cambiado ante nuestros ojos la manera de contemplar a la Virgen. No se trata solamente del lugar en el que se encuentra, sino también de la forma en que la imagen ha sido presentada y venerada a lo largo del tiempo.

Cambio en la forma de presentar Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad
La misma imagen, dos maneras de contemplarla. Durante generaciones, Nuestra Señora de los Ángeles apareció cubierta por vestidos, manto y corona; actualmente se muestra la talla románica restaurada.

Durante generaciones la talla románica permaneció cubierta por vestidos, manto y corona. Ésa fue la imagen que contemplaron muchos de quienes llegaron hasta la antigua ermita. Con su restauración volvió a quedar visible la escultura, pero también cambió notablemente el aspecto con el que hoy la conocemos.

Antes y después de la restauración

Una fotografía tomada durante la romería de Torreciudad de 1967 permite observar con especial claridad aquel cambio. La talla conservaba entonces una policromía muy visible: azules, rojizos, tonos claros y algunos detalles dorados cubrían los vestidos de la Virgen y del Niño.

Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad durante la romería de 1967
Nuestra Señora de los Ángeles durante la romería de Torreciudad de 1967. La fotografía permite apreciar la policromía que conservaba la talla antes de adquirir su aspecto dorado actual. Fotografía: Eugenio Cama Permisán. Fuente: La Puebla de Castro.

El contraste con su aspecto actual es muy llamativo. La estructura de la escultura es la misma, pero la presencia dominante del oro modifica profundamente nuestra percepción de la imagen.

Comparación de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad en 1967 y después de su restauración
La misma talla en dos momentos de su historia. Aspecto de Nuestra Señora de los Ángeles durante la romería de 1967 y presentación actual después de las restauraciones del siglo XX. Fotografía de 1967: Eugenio Cama Permisán. Fuente: La Puebla de Castro.

El propio Opus Dei explica este proceso en un vídeo dedicado a la historia de la talla. Se realizó una primera intervención de consolidación en 1964 y, posteriormente, una nueva restauración en torno a 1970. Fue en esta segunda intervención cuando se incorporó una lámina de pan de oro, que dio a buena parte de la escultura el aspecto con el que hoy se contempla en el nuevo santuario.

El vídeo resulta especialmente interesante porque muestra también imágenes antiguas de la ermita y de la propia Virgen antes de aquella transformación. Permite comprobar que no sólo cambió el lugar en el que se veneraba la imagen: también cambió profundamente la manera de presentarla ante los peregrinos.

Vídeo del Opus Dei sobre la historia y restauración de la talla de la Virgen de Torreciudad. Incluye imágenes antiguas de la ermita y de la propia imagen antes de su aspecto actual.

Es la misma imagen y, sin embargo, cuando observo esta transformación tengo una sensación parecida a la que producen los dos paisajes de Torreciudad: parecen pertenecer a mundos diferentes.

La Virgen en los dos espacios

Al recorrer el mismo día, uno detrás de otro, la antigua ermita y el nuevo santuario, me llamó especialmente la atención que Nuestra Señora de los Ángeles parece hablar en cada lugar un lenguaje diferente.

En la ermita continúa muy presente la representación tradicional de la Virgen vestida, coronada y rodeada de ángeles, la forma en que fue contemplada durante generaciones por las familias que llegaban hasta Torreciudad. En el nuevo santuario, en cambio, la talla románica restaurada aparece sin aquellos vestidos y ocupa el centro de un enorme retablo.

Representación tradicional de Nuestra Señora de los Ángeles en la antigua ermita de Torreciudad
Nuestra Señora de los Ángeles en la antigua ermita: vestida, coronada y acompañada por ángeles.
Talla románica de la Virgen de Torreciudad en el retablo del nuevo santuario
La talla románica en el gran retablo del nuevo santuario. La misma Virgen presentada de una forma completamente diferente.

No es únicamente una diferencia estética. Los dos espacios parecen responder también a dos maneras distintas de vivir Torreciudad. La ermita invita a una relación próxima, individual o familiar. El nuevo santuario fue concebido desde su origen para las grandes peregrinaciones y para recibir a muchas personas.

Y al contemplar la talla dentro del enorme retablo se comprende mejor también su transformación. La imagen románica mide apenas 84 centímetros y, vista desde la nave, ocupa un espacio diminuto dentro de una arquitectura de dimensiones monumentales. El dorado hace que destaque sobre un retablo deliberadamente oscuro y que la mirada del visitante se dirija inmediatamente hacia ella. En ese contexto, el pan de oro no parece solamente una decisión de restauración: cumple también una función iconográfica y visual, convirtiendo a la pequeña talla en el centro luminoso de todo el santuario.

La percepción cambia mucho cuando contemplamos la imagen fuera de ese marco. Aislada, el dorado resulta mucho más llamativo y hace difícil imaginar la policromía azul, rojiza y clara que todavía conservaba en las fotografías de 1967. También aquí conviene mirar aquella intervención con los criterios de su época. A comienzos de los años setenta se estaba creando un gran santuario y se buscaba una imagen capaz de presidir visualmente aquel espacio. Con los criterios actuales de conservación del patrimonio, una intervención que modificara de forma tan intensa la apariencia de una talla románica sería mucho más difícil de justificar.

No son simplemente una ermita pequeña y un santuario grande.
Son dos espacios concebidos para experiencias diferentes.

1969-1975: cuando cambió la escala

Durante siglos la ermita estuvo sobre el río Cinca, no sobre un embalse. El agua corría por el fondo del valle, entre gleras y laderas, bajo la torre y la ermita. En 1969 se terminó la presa de El Grado y aquel paisaje cambió profundamente con la creación del nuevo embalse. Solamente seis años después, en 1975, abrió al culto el nuevo santuario de Torreciudad.

En muy poco tiempo cambiaron simultáneamente el paisaje y la arquitectura. El río se convirtió en embalse y la pequeña ermita pasó a convivir con un enorme santuario preparado para recibir grandes peregrinaciones.

La antigua ermita pertenecía al paisaje del río.
El nuevo santuario pertenece al paisaje del embalse.

Presa y santuario son obras completamente diferentes, pero ambas pertenecen a unos años caracterizados por la confianza en las grandes construcciones y en la capacidad humana para transformar el territorio. Una gran obra modificó el Cinca; la otra modificó para siempre la imagen de Torreciudad.

La escala al acercarse

Las fotografías aéreas y las cifras permiten medir Torreciudad, pero caminar hacia el santuario permite percibir su tamaño de otra manera. Desde la entrada del recinto el edificio todavía aparece integrado en el paisaje. Conforme nos acercamos, va ocupando cada vez una parte mayor de nuestra mirada hasta que su volumen acaba dominando por completo el espacio.

Acercamiento progresivo al santuario de Torreciudad desde la entrada del recinto
Acercamiento al santuario desde la entrada del recinto. El paisaje va desapareciendo progresivamente mientras el edificio ocupa cada vez una parte mayor del campo visual.

Esta sucesión ayuda a comprender algo que las cifras por sí solas no muestran. El nuevo Torreciudad fue concebido para hacerse presente en el paisaje y para recibir grandes concentraciones. Su monumentalidad no es accidental: forma parte del propio concepto del santuario.

La escala vista desde el aire

Visto desde el aire se comprende todavía mejor la magnitud de aquella transformación. Una medición aproximada sobre la ortofoto actual muestra que el conjunto de Torreciudad se extiende a lo largo de unos 500 metros y que la zona ocupada por el santuario, edificios, explanadas, aparcamientos, jardines y accesos ronda las 5,3 hectáreas.

Medición aproximada de la longitud del conjunto de Torreciudad
Medición orientativa sobre ortofoto actual. El conjunto alcanza aproximadamente medio kilómetro de longitud.
Medición aproximada de la superficie ocupada por el conjunto de Torreciudad
Medición orientativa sobre ortofoto: aproximadamente 5,3 hectáreas ocupadas por el conjunto. No representa una delimitación oficial de la propiedad.

La información catastral aporta otra referencia para comprender esa escala. El edificio del santuario propiamente dicho figura con 7.555 m² construidos, mientras que la otra gran unidad catastral del conjunto figura con 16.616 m² construidos. Entre ambas unidades principales se superan los 24.000 m² construidos.

Una comparación cercana

Cada día, al ir al trabajo, veo la catedral de Barbastro y siempre me ha parecido un edificio enorme. Por eso me ha sorprendido especialmente comparar sus dimensiones con las de Torreciudad. Según la información catastral, la catedral de Barbastro cuenta con 2.986 m² construidos, mientras que solamente el edificio religioso del nuevo santuario de Torreciudad alcanza los 7.555 m².

Es decir, el santuario de Torreciudad tiene aproximadamente dos veces y media la superficie construida de la catedral de Barbastro.

Para hacerse una idea de la escala:

Catedral de Barbastro: 2.986 m² construidos
Santuario de Torreciudad: 7.555 m² construidos
Otra gran unidad catastral del conjunto: 16.616 m² construidos
Longitud aproximada del conjunto: 500 metros
Superficie ocupada aproximada: 5,3 hectáreas

No se trató, por tanto, únicamente de construir un gran templo, sino de crear un amplio conjunto capaz de recibir peregrinaciones, familias y grupos de muy diversa procedencia.

También en este aspecto Torreciudad es una obra muy vinculada a su tiempo. Cuando fue proyectado y construido todavía no existía en España el actual marco de evaluación ambiental y paisajística. Hoy una actuación semejante, por su extensión y por encontrarse en una ladera especialmente visible sobre un embalse, tendría que someterse a unos controles ambientales y paisajísticos mucho más exigentes. No podemos saber cuál sería el resultado, pero difícilmente podría plantearse hoy de la misma manera.

La importancia del agua en este paisaje se hizo especialmente visible durante el gran descenso del nivel del embalse de El Grado en 2025. Al descender extraordinariamente su nivel, el paisaje contemplado desde Torreciudad se volvió áspero y casi irreconocible, muy alejado de la imagen serena que ofrece el embalse cuando está lleno.

Embalse de El Grado con el nivel muy bajo visto desde Torreciudad en 2025
Torreciudad durante el gran descenso del embalse de El Grado en 2025. Al retirarse el agua reaparece parte del relieve que el embalse oculta habitualmente.

Un rincón olvidado del nuevo Torreciudad

Hay también un pequeño lugar que forma parte de mis primeros recuerdos de Torreciudad. Cuando era niño recuerdo el bar del antiguo Merendero, situado poco antes de llegar al santuario. Décadas después he vuelto hasta allí y me ha sorprendido encontrar el edificio completamente abandonado y vandalizado, en fuerte contraste con el cuidado del resto del entorno.

La paradoja es que desde este lugar se obtiene una de las perspectivas que más me gustan de Torreciudad. Desde aquí pueden contemplarse en una misma mirada la antigua ermita, la torre medieval, el nuevo santuario y el paisaje del embalse. Precisamente desde este edificio abandonado hice una de las fotografías que mejor me ha permitido comprender la relación entre los dos Torreciudad.

Estado actual del antiguo Merendero de Torreciudad
El antiguo Merendero de Torreciudad, hoy abandonado y vandalizado. Su estado contrasta con el cuidado del resto del entorno. Desde este lugar se obtiene además una magnífica perspectiva de la antigua ermita y del nuevo santuario.

Actualmente existe un proyecto para recuperar este edificio y convertirlo en alojamiento para familias y peregrinos, una iniciativa de la que informó Diario del AltoAragón. Quizá dentro de unos años este rincón vuelva a formar parte de la vida de Torreciudad.

Mi mirada también ha cambiado

Mi relación con Torreciudad ha evolucionado igualmente. Durante muchos años el gran santuario ocupó para mí el primer plano y la antigua ermita permanecía casi como algo residual. Ahora me ocurre lo contrario, aunque también he aprendido a comprender mejor la función diferente de ambos espacios.

Durante décadas, ésta ha sido probablemente una de las imágenes más características del nuevo Torreciudad: el santuario lleno, la gran explanada ocupada por miles de peregrinos y el embalse como fondo paisajístico. En momentos así se comprende mejor la escala con la que fue concebido.

Gran peregrinación en la explanada del santuario de Torreciudad
El nuevo Torreciudad en una gran concentración de peregrinos. La explanada y el santuario muestran aquí la escala para la que fueron concebidos.

Lo percibí de una manera completamente diferente este último invierno. Fui a Torreciudad un martes de febrero y prácticamente estaba solo. Había regresado con una intención muy personal: agradecer que una caída de cabeza que había sufrido mientras preparaba aquella entrada sobre el descenso del nivel del embalse de El Grado hubiera quedado, afortunadamente, en nada. Resultaba curioso pensar que, muchos años después de que mi madre hubiera sido llevada allí tras recuperarse de una caída, yo regresaba también después de otra caída para dar gracias.

Pedí permiso para acercarme al camarín y después me senté en la primera fila del templo. Delante de mí había un enorme santuario prácticamente vacío. El espacio que en las grandes concentraciones podía acoger a miles de personas era ahora casi sólo para mí.

Aquel día, más que proximidad o recogimiento, sentí cierta inquietud. Era una experiencia muy personal: un espacio concebido para reunir a muchas personas se encontraba prácticamente vacío y su monumentalidad se hacía especialmente perceptible.

Después, al volver a Torreciudad y recorrer de nuevo con calma la antigua ermita y el nuevo santuario, comprendí mejor algo que entonces no había valorado suficientemente. La monumentalidad del nuevo templo no es accidental, sino que responde a la función para la que fue concebido. El santuario cobra especialmente sentido cuando recibe peregrinaciones, familias y grandes celebraciones. La antigua ermita responde a otra escala y a otra experiencia religiosa.

Cuando bajé hasta la antigua ermita la sensación fue completamente diferente. El espacio era reducido, próximo y silencioso. Allí encontré un tipo de recogimiento que personalmente siento más próximo.

Una sola persona basta para que aquel pequeño espacio tenga sentido.

Pero había algo que siempre me había producido una sensación extraña. En el lugar donde durante siglos estuvo Nuestra Señora de los Ángeles ya no había ninguna talla, sino una pintura. De alguna manera, aquel día me encontré con dos situaciones completamente diferentes:

El gran santuario estaba vacío de personas.
La pequeña ermita estaba vacía de su Virgen.

Quizá fue entonces cuando comprendí con mayor claridad cuánto había cambiado también mi propia manera de mirar Torreciudad.

Con independencia de la relación que cada persona pueda tener con el Opus Dei, resulta difícil no reconocer la extraordinaria capacidad de iniciativa de Josemaría Escrivá. Desde una ciudad pequeña como Barbastro impulsó proyectos que acabarían alcanzando una dimensión internacional, y Torreciudad es probablemente una de sus manifestaciones más visibles.

Tampoco puede olvidarse el impacto económico y turístico que Torreciudad ha tenido durante estos cincuenta años en su entorno, especialmente en el Somontano y en poblaciones como Barbastro y El Grado. Un estudio elaborado en 2024 por la Cámara de Comercio e Industria de Huesca estimó en 97,4 millones de euros anuales su impacto económico directo, indirecto e inducido, calculado fundamentalmente para la provincia de Huesca y, en algunos efectos, para el conjunto de Aragón. El propio estudio destaca además la especial repercusión turística y territorial de Torreciudad en el Somontano y su contribución al conocimiento de Barbastro y de otras poblaciones del entorno.

Los recelos que durante años despertó el santuario llegaron a generar toda clase de rumores y leyendas. Resulta muy ilustrativo el blog Secretos de Torreciudad, creado por José Alfonso Arregui, entonces responsable de comunicación del santuario, precisamente para explicar y desmontar muchos de aquellos rumores.

Mi relación con este lugar nunca ha sido, por tanto, simplemente de adhesión o rechazo. Torreciudad forma parte de mi paisaje, de mi historia familiar y de mis propios caminos, y mi manera de verlo también ha cambiado conmigo.

La antigua ermita después del traslado de la talla

Cuando la talla original fue trasladada al nuevo santuario, la antigua ermita cambió también de función. El retablo permanece, pero en el lugar que durante siglos ocupó Nuestra Señora de los Ángeles encontramos actualmente una pintura de la Virgen.

Interior actual de la antigua ermita de Torreciudad con una pintura de la Virgen
Interior actual de la antigua ermita. Una pintura ocupa el lugar de la talla original.

Siempre me ha llamado la atención esta solución. Precisamente porque éste fue durante siglos el lugar de la imagen, me pregunto si una réplica de la talla no ayudaría a conservar visualmente esa relación histórica. Permitiría comprender mejor el sentido original de la ermita sin necesidad de mantener allí expuesta de forma permanente una imagen románica de tanto valor.

Y quizá esa réplica ni siquiera tendría que reproducir el aspecto dorado con el que hoy contemplamos la talla en el nuevo santuario. Podría recuperar, de forma interpretativa, la imagen policromada que conocieron quienes acudían a la antigua ermita antes de las restauraciones del siglo XX. De esa manera, los dos espacios quedarían también diferenciados visualmente: el santuario conservaría la presentación actual de la talla original y la ermita ayudaría a comprender cómo fue contemplada durante generaciones.

Simulación de una posible réplica policromada de Nuestra Señora de los Ángeles en la antigua ermita de Torreciudad
Una posible interpretación para la antigua ermita. Simulación realizada a partir del retablo actual, colocando en él una reproducción de la talla inspirada en la policromía visible antes de las restauraciones del siglo XX. No pretende ser una reconstrucción histórica exacta, sino mostrar cómo una réplica podría recuperar visualmente la relación entre la ermita y Nuestra Señora de los Ángeles.

Sería, evidentemente, sólo una posibilidad. Pero permitiría que la ermita y el nuevo santuario no aparecieran como dos espacios en competencia, sino como dos momentos diferentes de la historia de una misma devoción.

El conflicto devuelve la mirada a la ermita

Durante medio siglo el nuevo santuario pasó inevitablemente a ocupar el primer plano de Torreciudad, mientras la antigua ermita quedó en una posición mucho más discreta. Al mismo tiempo, el nombre de Torreciudad quedó estrechamente identificado con el Opus Dei y con el gran proyecto mariano desarrollado desde la década de 1970.

El conflicto surgido entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei tuvo, sin embargo, una consecuencia inesperada: devolvió al primer plano la antigua ermita, la talla románica y la pregunta sobre la relación entre los dos Torreciudad.

La controversia no gira únicamente alrededor de quién es propietario de la imagen. También afecta a la interpretación de los acuerdos históricos, a la situación jurídica y pastoral del santuario moderno y, sobre todo, a una cuestión muy visible: dónde debe permanecer habitualmente Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad.

La Diócesis de Barbastro-Monzón defiende el regreso estable de la talla original a la antigua ermita. El Opus Dei reconoce que la propiedad de la imagen corresponde a la diócesis, pero sostiene que los acuerdos de 1962 y 1966 amparan su culto, custodia y permanencia en el santuario moderno.

Roma intervino en 2024 mediante el nombramiento de Alejandro Arellano como comisario pontificio para intentar encauzar una solución. Desde entonces, el conflicto ha combinado cuestiones históricas, jurídicas, pastorales y simbólicas que no siempre resulta fácil separar.

La ermita y el santuario no tienen por qué competir.
Son dos maneras distintas de entender y vivir Torreciudad.
🧭 Para situarse: las cuatro claves del conflicto

La imagen. La talla románica de Nuestra Señora de los Ángeles pertenece a la diócesis, pero desde 1975 preside el retablo del santuario moderno.

Los acuerdos históricos. La escritura de 1962 y el acuerdo documentado en 1966 son interpretados de forma diferente por las partes, especialmente en lo relativo al uso, custodia y ubicación de la imagen.

La organización de Torreciudad. La diócesis reclama una integración institucional más clara, mientras el Opus Dei defiende la continuidad de la misión y del modelo desarrollado durante medio siglo.

La solución. Desde 2024 la Santa Sede interviene mediante un comisario pontificio. El conflicto continúa abierto y no existe todavía una solución definitiva conocida.

🎥 La guerra de los seis días

Entre el 31 de agosto y el 5 de septiembre de 2026, el conflicto de Torreciudad alcanzó uno de sus momentos de mayor exposición pública. En apenas seis días se sucedieron comunicados, documentos, titulares nacionales y, finalmente, la romería en la que la talla original regresó temporalmente junto a la antigua ermita.

Este vídeo recoge aquella breve escalada y el cambio de tono que pude observar personalmente en Torreciudad el 5 de septiembre.

Torreciudad: la guerra de los seis días · 31 de agosto–5 de septiembre de 2026

¿Puede existir una solución para los dos Torreciudad?

Después de recorrer la historia del lugar, revisar los documentos y asistir a la romería del 5 de septiembre, la pregunta que me quedó ya no fue solamente quién tenía razón en el conflicto.

Me interesó más otra cuestión: ¿es posible reparar el desequilibrio histórico de la antigua ermita sin debilitar para ello el santuario moderno?

La siguiente matriz intenta representar ese problema. No pretende resolver la cuestión jurídica, sino observar qué ocurre con cada espacio según las distintas soluciones posibles.

Matriz de posibles soluciones al conflicto de Torreciudad según el fortalecimiento o debilitamiento de la antigua ermita y el santuario moderno
Una matriz para pensar las soluciones. No pretende determinar quién tiene razón jurídica, sino observar qué ocurre con la antigua ermita y con el templo moderno en cada escenario. Pulsando sobre la imagen puede verse a mayor tamaño.

En este esquema, «ganar» no significa quedarse con la talla, sino que cada espacio conserve o recupere una función propia, reconocible y sostenible.

La antigua ermita representa el origen histórico de la devoción. El santuario moderno concentra desde hace medio siglo la talla original, el gran retablo, las peregrinaciones y una infraestructura construida alrededor de esa misma devoción.

El problema aparece cuando fortalecer uno exige necesariamente debilitar el otro. Por eso quizá la cuestión no sea volver a 1962 ni mantener sin cambios la situación creada desde 1975, sino encontrar un nuevo equilibrio.

La ermita debe volver a ser necesaria sin que el santuario deje de serlo.
Una propuesta más desarrollada

A partir de esta reflexión he preparado una segunda entrada dedicada exclusivamente a pensar una posible salida al conflicto: Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer .

📜 Documentos esenciales del conflicto

Más allá de declaraciones y titulares, buena parte del conflicto de Torreciudad puede entenderse a partir de unos pocos documentos fundamentales.

1. Escritura pública de 24 de septiembre de 1962

Otorgada en Barbastro ante el notario Luis F. Alós Bobadilla. Regula mediante un contrato de censo enfitéutico la relación jurídica sobre la antigua ermita y sus dependencias. También contiene disposiciones relativas a la conservación y al culto de la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad.

📄 Consultar la escritura de 1962

2. Acuerdo documentado en 1966

Un testimonio notarial recoge el acuerdo entre el obispo Jaime Flores Martín y los promotores de Torreciudad para la construcción del nuevo santuario, contemplando que la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad recibiera allí culto y veneración.

📄 Consultar el testimonio notarial de 1966

3. Cartas del papa Francisco al obispo de Barbastro-Monzón

Las cartas dadas a conocer en septiembre de 2026 documentan el respaldo personal de Francisco a Ángel Pérez Pueyo y muestran hasta qué punto el conflicto había llegado directamente al Papa.

📄 Antecedente público de las cartas y de su contenido

4. Código de Derecho Canónico: cánones 556–563

Estos cánones regulan determinados aspectos relativos a rectores de iglesias y fueron invocados por el Obispado en el conflicto sobre el nombramiento del rector de Torreciudad. La cuestión discutida es precisamente si el santuario moderno está jurídicamente sometido a este régimen.

📖 Consultar los cánones 556–563 en la web del Vaticano

Para interpretar estos documentos: no tienen la misma naturaleza ni responden exactamente a la misma cuestión. La escritura de 1962 y el acuerdo documentado en 1966 forman parte de los antecedentes históricos y jurídicos de Torreciudad. Las cartas de Francisco documentan el respaldo y la intervención personal del Papa en el conflicto contemporáneo. El Código de Derecho Canónico aporta el marco normativo general. Su alcance concreto en Torreciudad forma parte precisamente de la controversia.

🧭 El conflicto de Torreciudad, en siete hitos

1962 — El acuerdo inicial

La diócesis de Barbastro y los promotores vinculados al Opus Dei formalizan mediante escritura pública la relación jurídica sobre la antigua ermita de Torreciudad y la conservación del culto a la Virgen.

1966 — El nuevo santuario

Un acuerdo posterior contempla la construcción del nuevo santuario y que la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad reciba allí culto y veneración.

1975 — La talla pasa al nuevo templo

Con la apertura del santuario moderno, la talla románica restaurada pasa a presidir su gran retablo. La antigua ermita conserva su valor histórico, pero deja de ser el centro principal de la devoción.

2023 — El conflicto se hace público

Las diferencias entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei sobre la situación jurídica y pastoral de Torreciudad pasan al primer plano público.

2024 — Interviene la Santa Sede

El papa Francisco nombra a Alejandro Arellano comisario pontificio para estudiar la situación y buscar una salida al conflicto.

2025 — El desacuerdo sobre la solución futura

Se hacen públicas propuestas diferentes sobre el futuro de Torreciudad. Ese mismo año, el obispo Ángel Pérez Pueyo revela en una homilía el respaldo personal que había recibido del papa Francisco.

31 de agosto–5 de septiembre de 2026 — La gran escalada pública

El obispo reclama el regreso permanente de la talla a la antigua ermita, se publican las cartas manuscritas de Francisco, el Opus Dei responde defendiendo los acuerdos históricos y, finalmente, la imagen regresa temporalmente junto a la ermita durante la romería del 5 de septiembre. La jornada termina con un tono mucho más conciliador que el de los días anteriores, aunque el conflicto de fondo permanece abierto.

📰 También se disputa el relato

Seguir el conflicto de Torreciudad durante aquellos días permitió observar algo que normalmente sólo percibimos con distancia: los hechos y su interpretación se construyen al mismo tiempo.

Los mismos documentos podían conducir a lecturas muy diferentes. Las cartas de Francisco reforzaban el relato de un obispo respaldado personalmente por el Papa. Los acuerdos de 1962 y 1966 permitían al Opus Dei presentar su posición como una defensa de compromisos históricos y no como una retención ilegítima de la talla. Y la forma de conducir públicamente el conflicto terminó convirtiéndose también en objeto de debate.

Para ordenar esas distintas narraciones elaboré este esquema. No pretende describir cómo son realmente las personas o las instituciones, sino cómo pueden aparecer representadas según qué hechos se seleccionan y cómo se cuentan.

Esquema interpretativo de cómo se construyen los distintos relatos mediáticos sobre el conflicto de Torreciudad
Un mapa provisional de los relatos. El esquema no pretende describir cómo son realmente las personas o las instituciones, sino cómo pueden ser presentadas según los hechos que se seleccionan, el orden en que se cuentan y las fuentes que se utilizan.

De esta combinación surgen cuatro grandes formas de contar el conflicto: un relato favorable al Opus Dei, un relato favorable al obispo, un conflicto duro en el que ambos aparecen mal situados y un relato conciliador, capaz de reconocer al mismo tiempo la aportación realizada por Torreciudad y la difícil situación en la que puede haber terminado el obispo.

Este mapa permite entender mejor lo que ocurre cuando observamos después los titulares, los vídeos o las informaciones de distintos medios. Los hechos pueden ser los mismos, pero su selección y su interpretación pueden situar al lector en lugares muy diferentes del cuadrante.

Mientras sigo estos acontecimientos me resulta cada vez más evidente que no sólo estamos asistiendo a una disputa jurídica, pastoral o institucional. También estamos viendo cómo se construye el relato con el que probablemente será recordado este conflicto.

Hay además otra dificultad: no recibimos la información desde una posición neutral. En las conversaciones sobre Torreciudad he comprobado cómo unos mismos documentos pueden reforzar opiniones muy diferentes. Con frecuencia tendemos a interpretar cada nueva información desde la posición que ya teníamos previamente.

Quizá sea uno de los grandes problemas de una sociedad cada vez más polarizada. Cuando una cuestión acaba dividiéndose en dos posiciones, resulta difícil moverse de una a otra: buscamos argumentos que confirmen lo que pensamos y prestamos menos atención a aquellos que podrían obligarnos a revisarlo.

Por eso, en esta entrada intento hacer justamente el ejercicio contrario: volver a los documentos, escuchar las distintas explicaciones y estar dispuesto a modificar la interpretación cuando aparecen nuevos datos. No siempre es fácil. Pero quizá comprender una historia exija precisamente eso.

La reacción en las redes sociales ofrece otro ejemplo interesante. En los comentarios a la publicación de El País sobre las cartas de Francisco aparecen posiciones prácticamente opuestas: unos ven en ellas una confirmación de sus críticas al Opus Dei; otros cuestionan a Francisco, al obispo o al propio periódico; algunos dudan incluso de la autenticidad o de la oportunidad de publicar las cartas, mientras otros consideran que lo verdaderamente importante sigue siendo determinar qué dicen el derecho y los acuerdos históricos. No son una muestra representativa, pero sí ilustran hasta qué punto una misma noticia puede ser recibida desde posiciones previas muy diferentes.

Quizá por eso la polarización resulta tan difícil de romper. Una información nueva que podría obligarnos a revisar nuestra posición termina muchas veces utilizándose para reforzarla. No sólo elegimos entre relatos diferentes: en ocasiones escogemos el relato que mejor encaja con lo que ya pensábamos.

El relato también se mueve

Para observar esa evolución estoy siguiendo siempre la misma búsqueda en Google y valorando las noticias que aparecen destacadas. El resultado se representa sobre el cuadrante anterior: no indica quién tiene razón, sino hacia qué relato se desplaza en cada momento la información más visible.

Mapa en tiempo real de la evolución del relato sobre el conflicto de Torreciudad
Evolución del relato mediático sobre Torreciudad. Cada punto representa una fotografía aproximada del encuadre predominante en las noticias destacadas de Google en ese momento. No indica quién tiene razón, sino qué relato adquiere mayor visibilidad. El mapa se irá actualizando a medida que cambie el primer plano informativo, manteniendo los puntos anteriores como referencia de la evolución.

De esta combinación surgen cuatro grandes formas de contar el conflicto: un relato favorable al Opus Dei, un relato favorable al obispo, un conflicto duro en el que ambos aparecen deteriorados y un relato conciliador, capaz de reconocer al mismo tiempo las razones y aportaciones de cada parte.

Durante los primeros días de septiembre de 2026 el encuadre fue cambiando. La publicación de las cartas de Francisco desplazó inicialmente la atención hacia el respaldo al obispo. La respuesta documental del Opus Dei devolvió después el protagonismo a los acuerdos históricos. Y, tras la romería del 5 de septiembre, una parte de la opinión publicada comenzó a valorar no sólo las posiciones institucionales, sino también la forma en que Ángel Pérez Pueyo había conducido públicamente el conflicto.

El resultado fue un relato cada vez más fragmentado. No apareció una única interpretación dominante, sino varias narraciones que convivían y competían entre sí.

La historia no sólo se hace con lo que ocurre.
También con la manera en que cada época decide contarlo.

5 de septiembre de 2026: el regreso

El 5 de septiembre volví a Torreciudad para asistir a la 47.ª Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe. Después de tantos días siguiendo documentos, declaraciones y noticias, quería observar también lo que ocurría sobre el terreno.

La Virgen junto a la antigua ermita

Llegué hacia las nueve y media de la mañana. Junto a la antigua ermita estaban terminando de preparar el espacio para recibir a Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad.

La talla románica había sido colocada bajo el pequeño porche exterior, delante de la puerta de la ermita, sobre un pedestal adornado con flores.

Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad junto a la antigua ermita el 5 de septiembre de 2026
Nuestra Señora de los Ángeles junto a la antigua ermita. Torreciudad, 5 de septiembre de 2026.

De cerca, la imagen aparecía especialmente resplandeciente. Me detuve también en uno de sus pequeños detalles: el libro que sostiene en su mano.

Detalle del libro que sostiene la talla de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad
Detalle de la talla de Nuestra Señora de los Ángeles.

Un camarín vacío

Cuando se abrió el santuario moderno subí hasta el templo. Allí encontré la segunda imagen que quería documentar: el camarín central del gran retablo estaba vacío.

Camarín vacío del retablo de Torreciudad durante el traslado temporal de la talla
El camarín del retablo permaneció vacío mientras la talla estaba junto a la antigua ermita.

Durante unas horas podían contemplarse así, casi simultáneamente, las dos consecuencias del traslado: abajo, la talla junto al lugar donde había sido venerada históricamente; arriba, vacío el espacio que ocupa habitualmente desde la apertura del nuevo templo.

La romería junto a la ermita

Poco a poco fueron llegando las distintas advocaciones marianas procedentes de pueblos de Ribagorza y Sobrarbe. El espacio situado delante de la ermita, relativamente pequeño, se fue llenando de peregrinos.

Antes del comienzo del acto, el obispo de Barbastro-Monzón rezó en la ermita. Después comenzaron los saludos y la celebración exterior.

47 Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe junto a la ermita de Torreciudad
La romería reunida junto a la antigua ermita de Torreciudad.

Entre los momentos más significativos estuvieron el gesto del obispo al besar la talla y la presentación de un manto confeccionado con las cintas aportadas por las distintas advocaciones presentes en la romería.

Una procesión sin la talla original

Cuando comenzó la procesión hacia el santuario moderno se produjo uno de los detalles que más me sorprendieron: la talla románica no subió en procesión. Tampoco lo hizo la imagen peregrina de Nuestra Señora de Torreciudad.

Mientras los peregrinos comenzaban a subir, la talla original fue retirada delante de la ermita, protegida cuidadosamente y trasladada en automóvil hasta el santuario moderno.

Preparación de la talla de Nuestra Señora de los Ángeles para su traslado
Preparación de la talla para su traslado desde la ermita.

De nuevo en el santuario

Antes de comenzar la misa, la talla no había sido recolocada en el camarín. Quedó situada junto al altar mientras el espacio central del retablo permanecía vacío.

Nuestra Señora de los Ángeles junto al altar de Torreciudad con el camarín vacío al fondo
La talla junto al altar. Al fondo puede verse todavía vacío el camarín que ocupa habitualmente en el retablo.

Un resumen en imágenes de la jornada del 5 de septiembre

La homilía del obispo: una llamada a la comunión

Durante la eucaristía, el obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez Pueyo, pronunció una homilía bajo el lema «Una Madre, muchas advocaciones, una sola familia». Después de la tensión de los días anteriores, el tono resultó especialmente significativo.

Pérez Pueyo reivindicó el valor de la antigua ermita y de la religiosidad popular, recordando la relación histórica de las familias de estos valles con Nuestra Señora de los Ángeles.

Al mismo tiempo, reconoció expresamente el bien realizado por el Opus Dei durante los últimos cincuenta años y manifestó su deseo de que pudiera continuar desarrollando su misión en Torreciudad, aunque plenamente integrado en la diócesis.

«Que nadie tenga que desaparecer para que todos podamos vivir, amar y servir».

La frase resume bien el cambio de tono de aquella jornada. Las posiciones de fondo no habían desaparecido, pero el conflicto dejó momentáneamente de presentarse como una lucha entre dos realidades incompatibles.

Lo que me hizo pensar la jornada

Asistí a la romería intentando observar más que tomar partido. La impresión que me quedó fue la de una distancia contenida: no hubo enfrentamientos ni gestos abiertamente hostiles, pero sí sensibilidades diferentes compartiendo la misma celebración y procurando mantener la comunión.

Aquella jornada me ayudó también a comprender que el problema de Torreciudad no puede reducirse únicamente a decidir dónde debe estar la talla. Detrás aparecen cuestiones más amplias sobre autoridad, gobierno, pertenencia, responsabilidad y futuro.

Torreciudad no puede funcionar como una realidad ajena a la Iglesia particular en cuyo territorio se encuentra. Pero integrar tampoco debería significar absorber. El reto parece estar precisamente en integrar sin borrar identidades y conservar una misión propia sin convertirse en una realidad aislada.

Dos paisajes y una misma Virgen

Cuando empecé a preparar esta entrada quería comprender mejor cómo había cambiado Torreciudad desde aquel pequeño santuario sobre el Cinca hasta el gran conjunto que conocemos hoy.

Al hacerlo descubrí que el cambio había sido mucho mayor de lo que imaginaba. Cambió el paisaje con la construcción del embalse de El Grado. Cambió la imagen de la Virgen después de sus restauraciones. Cambió la escala de la devoción con la construcción del nuevo santuario. Y cambió también nuestra forma de mirar la antigua ermita, que durante décadas había quedado casi oculta detrás del Torreciudad moderno.

El conflicto de 2026 volvió a unir todas esas capas de la historia. La antigua ermita recuperó protagonismo, la talla románica regresó durante unas horas al lugar en el que había recibido culto durante siglos y volvió a hacerse visible algo que quizá habíamos olvidado: Torreciudad no empezó en 1975.

Pero tampoco puede entenderse el Torreciudad actual sin lo sucedido desde entonces. El santuario moderno, sus peregrinaciones, sus visitantes y el paisaje creado alrededor del embalse forman ya parte de medio siglo de historia.

Quizá por eso hablar de dos Torreciudad sea sólo una manera de intentar comprenderlos. En realidad son dos paisajes, dos escalas y dos momentos de una misma historia alrededor de una misma Virgen.

Después de conocer mejor esa historia, me resulta difícil imaginar una solución en la que para recuperar una parte de Torreciudad sea necesario hacer desaparecer la otra.

Para seguir recorriendo la historia de Torreciudad

Si quieres profundizar en la relación histórica entre Torreciudad, san Josemaría Escrivá y Barbastro:

Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto

Y si quieres conocer el ejercicio que he realizado sobre una posible salida al conflicto:

Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer

Llegar todavía caminando

Hay algo que, pese a todos estos cambios, permanece: todavía podemos llegar caminando. El recorrido entre Barbastro, El Grado y Torreciudad está hoy mucho mejor señalizado y forma parte del GR 17 Vía Arán-Pirineos.

Desde Barbastro se puede seguir hasta El Grado por el trazado del GR 17 y continuar hacia Torreciudad por el tramo que enlaza El Grado con La Puebla de Castro. Puede consultarse más información en GR 17 - Senderos Turísticos de Aragón.

No se trata sólo de otra forma de llegar al santuario. Caminar permite comprender las distancias, atravesar lentamente el paisaje y aproximarse a Torreciudad de una manera parecida a como lo hicieron durante generaciones quienes acudieron hasta Nuestra Señora de los Ángeles.

Después de hablar de torres, presas, grandes santuarios, conflictos e instituciones, me gusta terminar de la forma más sencilla.

Caminando.

Durante siglos ésa fue la manera de llegar hasta la pequeña ermita. Y quizá recorrer hoy esos caminos siga siendo una de las mejores formas de devolver a Torreciudad su verdadera escala.


Esta entrada ha sido escrita a partir de la experiencia personal del autor, de la observación directa de la Romería de Vírgenes del 5 de septiembre de 2026 y de fuentes históricas, documentales y periodísticas. La fotografía histórica utilizada en la comparación del paisaje de Torreciudad ha sido coloreada digitalmente para facilitar su interpretación y comparación con la imagen actual. El conflicto permanece abierto, pero esta versión de la entrada busca ofrecer una lectura de conjunto y no un seguimiento diario de la actualidad.

Contenido desarrollado por el autor con el apoyo de herramientas de redacción asistida.

Daniel Vallés Turmo

Septiembre de 2026

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