martes, 1 de septiembre de 2026

Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen

Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen
De la ermita sobre el Cinca al santuario junto al embalse

Torreciudad es uno de esos lugares que he conocido siempre y que, sin embargo, con los años he aprendido a mirar de otra manera. Por mi edad, he conocido el nuevo santuario prácticamente desde sus comienzos y he podido seguir su evolución viviendo a apenas media hora. Ya hice una entrada en el blog en el año 2015, Torreciudad.

Curiosamente, uno de mis primeros recuerdos de aquel nuevo Torreciudad es muy cotidiano: el bar que había junto al embalse y que cerró pocos años después. Por encima de edificios e instituciones, lo que siempre permaneció fue un paisaje excepcional.

Tiene además para mí una dimensión personal. Mi madre, Amparo Turmo Barrabés, fue llevada siendo niña hasta Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad después de recuperarse de una caída. Aquella historia familiar hizo que este lugar nunca me resultara indiferente.

Después llegó el paisaje. He llegado tres veces a pie desde Barbastro hasta Torreciudad, una de ellas corriendo. Son kilómetros recorridos por Costean, El Grado, el Cinca y las laderas que rodean el santuario. Es un territorio que conozco también desde los pies.

Recuerdo especialmente aquella carrera de 1985. Después de recorrer más de una media maratón desde Barbastro, llegamos con ropa deportiva y no nos permitieron siquiera acceder a la explanada porque nuestra indumentaria no se consideró decorosa. El santuario quedó allí, a cientos de metros, frente a nosotros.

Vista hoy, aquella pequeña anécdota también habla de otra época. Resulta especialmente curioso comprobar que décadas después Torreciudad acoge la carrera de relevos 500 km Tajamar-Torreciudad, una actividad suficientemente consolidada como para aparecer con un apartado propio en la Wikipedia dedicada al Santuario de Torreciudad.

En 1985 llegamos corriendo y no pudimos entrar; hoy llegar corriendo forma parte de la propia historia de Torreciudad.

Durante muchos años practiqué además piragüismo en el embalse de El Grado. En una lámina de agua de casi veinte kilómetros de longitud, la silueta de Torreciudad era una referencia inconfundible. Desde la piragua aparecía sobre las laderas como un punto de orientación. También así he aprendido a conocer este paisaje: desde el camino y desde el agua.

Durante aquellos años en los que conocía bien el embalse desde la piragua llegué incluso a proponer a Torreciudad una pequeña iniciativa que me parecía muy ligada al lugar: que cada 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, una imagen llegara hasta Torreciudad por las aguas del embalse. La idea no llegó entonces a desarrollarse, pero recuerdo que me parecía una forma muy hermosa de unir el paisaje, el agua y la devoción popular.

En otros proyectos tuve más fortuna. El Obispado de Barbastro-Monzón sí acogió años después la propuesta del Camino de San Ramón, una iniciativa que desde Caminos de Barbastro permitió movilizar a muchas personas alrededor de los antiguos caminos de estas tierras. Eran también otros tiempos, y quizá otra forma de relacionarnos con el territorio y con las instituciones.

Durante mucho tiempo, como probablemente le ocurre a casi todo el que llega, mi mirada se dirigía principalmente hacia el gran santuario, mientras la pequeña ermita permanecía abajo, casi como un resto de todo lo anterior. Con los años me ha sucedido justamente lo contrario: cada vez me interesan más aquella pequeña ermita, la torre medieval, Nuestra Señora de los Ángeles y el paisaje que existió antes de que el río Cinca se convirtiera en embalse.

Quizá porque Torreciudad permite contemplar algo más que la historia de un santuario: cómo cambian un paisaje, una sociedad y nuestra propia manera de mirar un lugar.

Transformación del paisaje de Torreciudad, del antiguo valle del Cinca al paisaje actual con el embalse y el nuevo santuario
El mismo lugar, dos paisajes. El antiguo Torreciudad sobre el valle del Cinca y el paisaje actual, transformado por el embalse de El Grado y la construcción del nuevo santuario. La fotografía histórica ha sido coloreada para facilitar la comparación.

Antes de ser santuario, Torreciudad fue una torre

El propio nombre nos lleva mucho más atrás que el actual edificio. La torre medieval ocupa una posición privilegiada sobre el corredor del Cinca. Desde allí se podía controlar el paso por el valle y mantener contacto visual con otros puntos elevados.

Al estudiar recientemente otras fortalezas del Cinca, como el castillo de Artasona, he empezado también a mirar Torreciudad desde esa perspectiva. Desde Artasona se distingue Torreciudad. No sabemos hasta qué punto aquellas posiciones formaron una red organizada de comunicación, pero su relación visual permite comprender que no eran lugares aislados.

Antes de ser un lugar al que acudir, Torreciudad fue un lugar desde el que mirar.

Con el paso de los siglos aquella función defensiva perdió importancia. Sin embargo, junto a la torre permaneció un pequeño edificio que acabaría teniendo una vida mucho más larga: la ermita.

Al visitar hoy la antigua ermita me sorprende que apenas encontremos una explicación sobre aquella torre que, en realidad, dio nombre a Torreciudad. Se trata de una construcción medieval documentada ya en el siglo XI, situada en una posición estratégica sobre el valle del Cinca, cuando esta zona formaba parte de la frontera entre los territorios cristianos y musulmanes. Desde aquí se vigilaban el valle y los caminos en una época en la que lugares próximos como Graus y El Grado todavía no habían pasado definitivamente a manos cristianas.

No haría falta una gran intervención para recuperar esta parte de la historia. Un sencillo panel interpretativo junto a los restos de la torre permitiría explicar su función defensiva, su relación con el valle del Cinca y, sobre todo, algo tan elemental como por qué este lugar se llama Torreciudad. La ermita explica la historia religiosa del lugar; la torre permitiría recordar la historia anterior sobre la que aquella devoción acabó asentándose.

Torre medieval de Torreciudad con la torre del nuevo santuario al fondo
Dos torres separadas por siglos. En primer plano, los restos de la torre medieval que dio nombre a Torreciudad; al fondo, la torre del santuario construido en el siglo XX. La imagen permite reunir en una misma mirada dos momentos muy distintos de la historia del lugar.

Nuestra Señora de los Ángeles

Hoy utilizamos casi siempre la expresión Virgen de Torreciudad, pero durante siglos la advocación fue más precisa: Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad. Las antiguas espéculas de peregrino todavía conservan ese nombre.

Espécula medieval de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad
Espécula medieval de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad.

Aquellas pequeñas insignias permiten acercarnos a un Torreciudad muy diferente del actual. Sobre las espéculas y las antiguas insignias de peregrinación ya escribí hace años en Caminos de Barbastro.

Las familias llegaban desde los pueblos próximos para pedir ayuda, agradecer una curación o cumplir una promesa. Entre las tradiciones asociadas a Nuestra Señora de los Ángeles tuvo especial importancia la presentación y protección de los niños. Y eso permite comprender dos pequeñas historias separadas por casi treinta años.

Dos niños llevados a la Virgen

En 1904 una familia de Barbastro llevó hasta aquella pequeña ermita a un niño de unos dos años después de que se recuperara de una grave enfermedad. Se llamaba Josemaría Escrivá de Balaguer. Su madre había prometido llevarlo a Torreciudad si sanaba. Décadas después, aquel niño impulsaría la construcción del gran santuario que hoy conocemos.

En 1932 otra familia llevó hasta el mismo lugar a una niña procedente de Merli después de recuperarse de una caída. Era mi madre, Amparo Turmo Barrabés.

Son dos historias particulares, pero pertenecen a algo mucho más amplio: una religiosidad popular en la que las familias acudían hasta Nuestra Señora de los Ángeles para poner a sus hijos bajo su protección o agradecer su recuperación.

Antes de que Torreciudad recibiera peregrinos de todo el mundo, recibía a las familias de estos valles.

La misma Virgen, dos maneras de verla

También ha cambiado ante nuestros ojos la manera de contemplar a la Virgen. No se trata solamente del lugar en el que se encuentra, sino también de la forma en que la imagen ha sido presentada y venerada a lo largo del tiempo.

Cambio en la forma de presentar Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad
La misma imagen, dos maneras de contemplarla. Durante generaciones, Nuestra Señora de los Ángeles apareció cubierta por vestidos, manto y corona; actualmente se muestra la talla románica restaurada.

Durante generaciones la talla románica permaneció cubierta por vestidos, manto y corona. Ésa fue la imagen que contemplaron muchos de quienes llegaron hasta la antigua ermita. Con su restauración volvió a quedar visible la escultura, pero también cambió notablemente el aspecto con el que hoy la conocemos.

Antes y después de la restauración

Una fotografía tomada durante la romería de Torreciudad de 1967 permite observar con especial claridad aquel cambio. La talla conservaba entonces una policromía muy visible: azules, rojizos, tonos claros y algunos detalles dorados cubrían los vestidos de la Virgen y del Niño.

Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad durante la romería de 1967
Nuestra Señora de los Ángeles durante la romería de Torreciudad de 1967. La fotografía permite apreciar la policromía que conservaba la talla antes de adquirir su aspecto dorado actual. Fotografía: Eugenio Cama Permisán. Fuente: La Puebla de Castro.

El contraste con su aspecto actual es muy llamativo. La estructura de la escultura es la misma, pero la presencia dominante del oro modifica profundamente nuestra percepción de la imagen.

Comparación de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad en 1967 y después de su restauración
La misma talla en dos momentos de su historia. Aspecto de Nuestra Señora de los Ángeles durante la romería de 1967 y presentación actual después de las restauraciones del siglo XX. Fotografía de 1967: Eugenio Cama Permisán. Fuente: La Puebla de Castro.

El propio Opus Dei explica este proceso en un vídeo dedicado a la historia de la talla. Se realizó una primera intervención de consolidación en 1964 y, posteriormente, una nueva restauración en torno a 1970. Fue en esta segunda intervención cuando se incorporó una lámina de pan de oro, que dio a buena parte de la escultura el aspecto con el que hoy se contempla en el nuevo santuario.

El vídeo resulta especialmente interesante porque muestra también imágenes antiguas de la ermita y de la propia Virgen antes de aquella transformación. Permite comprobar que no sólo cambió el lugar en el que se veneraba la imagen: también cambió profundamente la manera de presentarla ante los peregrinos.

Vídeo del Opus Dei sobre la historia y restauración de la talla de la Virgen de Torreciudad. Incluye imágenes antiguas de la ermita y de la propia imagen antes de su aspecto actual.

Es la misma imagen y, sin embargo, cuando observo esta transformación tengo una sensación parecida a la que producen los dos paisajes de Torreciudad: parecen pertenecer a mundos diferentes.

La Virgen en los dos espacios

Al recorrer el mismo día, uno detrás de otro, la antigua ermita y el nuevo santuario, me llamó especialmente la atención que Nuestra Señora de los Ángeles parece hablar en cada lugar un lenguaje diferente.

En la ermita continúa muy presente la representación tradicional de la Virgen vestida, coronada y rodeada de ángeles, la forma en que fue contemplada durante generaciones por las familias que llegaban hasta Torreciudad. En el nuevo santuario, en cambio, la talla románica restaurada aparece sin aquellos vestidos y ocupa el centro de un enorme retablo.

Representación tradicional de Nuestra Señora de los Ángeles en la antigua ermita de Torreciudad
Nuestra Señora de los Ángeles en la antigua ermita: vestida, coronada y acompañada por ángeles.
Talla románica de la Virgen de Torreciudad en el retablo del nuevo santuario
La talla románica en el gran retablo del nuevo santuario. La misma Virgen presentada de una forma completamente diferente.

No es únicamente una diferencia estética. Los dos espacios parecen responder también a dos maneras distintas de vivir Torreciudad. La ermita invita a una relación próxima, individual o familiar. El nuevo santuario fue concebido desde su origen para las grandes peregrinaciones y para recibir a muchas personas.

Y al contemplar la talla dentro del enorme retablo se comprende mejor también su transformación. La imagen románica mide apenas 84 centímetros y, vista desde la nave, ocupa un espacio diminuto dentro de una arquitectura de dimensiones monumentales. El dorado hace que destaque sobre un retablo deliberadamente oscuro y que la mirada del visitante se dirija inmediatamente hacia ella. En ese contexto, el pan de oro no parece solamente una decisión de restauración: cumple también una función iconográfica y visual, convirtiendo a la pequeña talla en el centro luminoso de todo el santuario.

La percepción cambia mucho cuando contemplamos la imagen fuera de ese marco. Aislada, el dorado resulta mucho más llamativo y hace difícil imaginar la policromía azul, rojiza y clara que todavía conservaba en las fotografías de 1967. También aquí conviene mirar aquella intervención con los criterios de su época. A comienzos de los años setenta se estaba creando un gran santuario y se buscaba una imagen capaz de presidir visualmente aquel espacio. Con los criterios actuales de conservación del patrimonio, una intervención que modificara de forma tan intensa la apariencia de una talla románica sería mucho más difícil de justificar.

No son simplemente una ermita pequeña y un santuario grande.
Son dos espacios concebidos para experiencias diferentes.

1969-1975: cuando cambió la escala

Durante siglos la ermita estuvo sobre el río Cinca, no sobre un embalse. El agua corría por el fondo del valle, entre gleras y laderas, bajo la torre y la ermita. En 1969 se terminó la presa de El Grado y aquel paisaje cambió profundamente con la creación del nuevo embalse. Solamente seis años después, en 1975, abrió al culto el nuevo santuario de Torreciudad.

En muy poco tiempo cambiaron simultáneamente el paisaje y la arquitectura. El río se convirtió en embalse y la pequeña ermita pasó a convivir con un enorme santuario preparado para recibir grandes peregrinaciones.

La antigua ermita pertenecía al paisaje del río.
El nuevo santuario pertenece al paisaje del embalse.

Presa y santuario son obras completamente diferentes, pero ambas pertenecen a unos años caracterizados por la confianza en las grandes construcciones y en la capacidad humana para transformar el territorio. Una gran obra modificó el Cinca; la otra modificó para siempre la imagen de Torreciudad.

La escala al acercarse

Las fotografías aéreas y las cifras permiten medir Torreciudad, pero caminar hacia el santuario permite percibir su tamaño de otra manera. Desde la entrada del recinto el edificio todavía aparece integrado en el paisaje. Conforme nos acercamos, va ocupando cada vez una parte mayor de nuestra mirada hasta que su volumen acaba dominando por completo el espacio.

Acercamiento progresivo al santuario de Torreciudad desde la entrada del recinto
Acercamiento al santuario desde la entrada del recinto. El paisaje va desapareciendo progresivamente mientras el edificio ocupa cada vez una parte mayor del campo visual.

Esta sucesión ayuda a comprender algo que las cifras por sí solas no muestran. El nuevo Torreciudad fue concebido para hacerse presente en el paisaje y para recibir grandes concentraciones. Su monumentalidad no es accidental: forma parte del propio concepto del santuario.

La escala vista desde el aire

Visto desde el aire se comprende todavía mejor la magnitud de aquella transformación. Una medición aproximada sobre la ortofoto actual muestra que el conjunto de Torreciudad se extiende a lo largo de unos 500 metros y que la zona ocupada por el santuario, edificios, explanadas, aparcamientos, jardines y accesos ronda las 5,3 hectáreas.

Medición aproximada de la longitud del conjunto de Torreciudad
Medición orientativa sobre ortofoto actual. El conjunto alcanza aproximadamente medio kilómetro de longitud.
Medición aproximada de la superficie ocupada por el conjunto de Torreciudad
Medición orientativa sobre ortofoto: aproximadamente 5,3 hectáreas ocupadas por el conjunto. No representa una delimitación oficial de la propiedad.

La información catastral aporta otra referencia para comprender esa escala. El edificio del santuario propiamente dicho figura con 7.555 m² construidos, mientras que la otra gran unidad catastral del conjunto figura con 16.616 m² construidos. Entre ambas unidades principales se superan los 24.000 m² construidos.

Una comparación cercana

Cada día, al ir al trabajo, veo la catedral de Barbastro y siempre me ha parecido un edificio enorme. Por eso me ha sorprendido especialmente comparar sus dimensiones con las de Torreciudad. Según la información catastral, la catedral de Barbastro cuenta con 2.986 m² construidos, mientras que solamente el edificio religioso del nuevo santuario de Torreciudad alcanza los 7.555 m².

Es decir, el santuario de Torreciudad tiene aproximadamente dos veces y media la superficie construida de la catedral de Barbastro.

Para hacerse una idea de la escala:

Catedral de Barbastro: 2.986 m² construidos
Santuario de Torreciudad: 7.555 m² construidos
Otra gran unidad catastral del conjunto: 16.616 m² construidos
Longitud aproximada del conjunto: 500 metros
Superficie ocupada aproximada: 5,3 hectáreas

No se trató, por tanto, únicamente de construir un gran templo, sino de crear un amplio conjunto capaz de recibir peregrinaciones, familias y grupos de muy diversa procedencia.

También en este aspecto Torreciudad es una obra muy vinculada a su tiempo. Cuando fue proyectado y construido todavía no existía en España el actual marco de evaluación ambiental y paisajística. Hoy una actuación semejante, por su extensión y por encontrarse en una ladera especialmente visible sobre un embalse, tendría que someterse a unos controles ambientales y paisajísticos mucho más exigentes. No podemos saber cuál sería el resultado, pero difícilmente podría plantearse hoy de la misma manera.

La importancia del agua en este paisaje se hizo especialmente visible durante el gran descenso del nivel del embalse de El Grado en 2025. Al descender extraordinariamente su nivel, el paisaje contemplado desde Torreciudad se volvió áspero y casi irreconocible, muy alejado de la imagen serena que ofrece el embalse cuando está lleno.

Embalse de El Grado con el nivel muy bajo visto desde Torreciudad en 2025
Torreciudad durante el gran descenso del embalse de El Grado en 2025. Al retirarse el agua reaparece parte del relieve que el embalse oculta habitualmente.

Un rincón olvidado del nuevo Torreciudad

Hay también un pequeño lugar que forma parte de mis primeros recuerdos de Torreciudad. Cuando era niño recuerdo el bar del antiguo Merendero, situado poco antes de llegar al santuario. Décadas después he vuelto hasta allí y me ha sorprendido encontrar el edificio completamente abandonado y vandalizado, en fuerte contraste con el cuidado del resto del entorno.

La paradoja es que desde este lugar se obtiene una de las perspectivas que más me gustan de Torreciudad. Desde aquí pueden contemplarse en una misma mirada la antigua ermita, la torre medieval, el nuevo santuario y el paisaje del embalse. Precisamente desde este edificio abandonado hice una de las fotografías que mejor me ha permitido comprender la relación entre los dos Torreciudad.

Estado actual del antiguo Merendero de Torreciudad
El antiguo Merendero de Torreciudad, hoy abandonado y vandalizado. Su estado contrasta con el cuidado del resto del entorno. Desde este lugar se obtiene además una magnífica perspectiva de la antigua ermita y del nuevo santuario.

Actualmente existe un proyecto para recuperar este edificio y convertirlo en alojamiento para familias y peregrinos, una iniciativa de la que informó Diario del AltoAragón. Quizá dentro de unos años este rincón vuelva a formar parte de la vida de Torreciudad.

Mi mirada también ha cambiado

Mi relación con Torreciudad ha evolucionado igualmente. Durante muchos años el gran santuario ocupó para mí el primer plano y la antigua ermita permanecía casi como algo residual. Ahora me ocurre lo contrario, aunque también he aprendido a comprender mejor la función diferente de ambos espacios.

Durante décadas, ésta ha sido probablemente una de las imágenes más características del nuevo Torreciudad: el santuario lleno, la gran explanada ocupada por miles de peregrinos y el embalse como fondo paisajístico. En momentos así se comprende mejor la escala con la que fue concebido.

Gran peregrinación en la explanada del santuario de Torreciudad
El nuevo Torreciudad en una gran concentración de peregrinos. La explanada y el santuario muestran aquí la escala para la que fueron concebidos.

Lo percibí de una manera completamente diferente este último invierno. Fui a Torreciudad un martes de febrero y prácticamente estaba solo. Había regresado con una intención muy personal: agradecer que una caída de cabeza que había sufrido mientras preparaba aquella entrada sobre el descenso del nivel del embalse de El Grado hubiera quedado, afortunadamente, en nada. Resultaba curioso pensar que, muchos años después de que mi madre hubiera sido llevada allí tras recuperarse de una caída, yo regresaba también después de otra caída para dar gracias.

Pedí permiso para acercarme al camarín y después me senté en la primera fila del templo. Delante de mí había un enorme santuario prácticamente vacío. El espacio que en las grandes concentraciones podía acoger a miles de personas era ahora casi sólo para mí.

Aquel día, más que proximidad o recogimiento, sentí cierta inquietud. Era una experiencia muy personal: un espacio concebido para reunir a muchas personas se encontraba prácticamente vacío y su monumentalidad se hacía especialmente perceptible.

Después, al volver a Torreciudad y recorrer de nuevo con calma la antigua ermita y el nuevo santuario, comprendí mejor algo que entonces no había valorado suficientemente. La monumentalidad del nuevo templo no es accidental, sino que responde a la función para la que fue concebido. El santuario cobra especialmente sentido cuando recibe peregrinaciones, familias y grandes celebraciones. La antigua ermita responde a otra escala y a otra experiencia religiosa.

Cuando bajé hasta la antigua ermita la sensación fue completamente diferente. El espacio era reducido, próximo y silencioso. Allí encontré un tipo de recogimiento que personalmente siento más próximo.

Una sola persona basta para que aquel pequeño espacio tenga sentido.

Pero había algo que siempre me había producido una sensación extraña. En el lugar donde durante siglos estuvo Nuestra Señora de los Ángeles ya no había ninguna talla, sino una pintura. De alguna manera, aquel día me encontré con dos situaciones completamente diferentes:

El gran santuario estaba vacío de personas.
La pequeña ermita estaba vacía de su Virgen.

Quizá fue entonces cuando comprendí con mayor claridad cuánto había cambiado también mi propia manera de mirar Torreciudad.

Con independencia de la relación que cada persona pueda tener con el Opus Dei, resulta difícil no reconocer la extraordinaria capacidad de iniciativa de Josemaría Escrivá. Desde una ciudad pequeña como Barbastro impulsó proyectos que acabarían alcanzando una dimensión internacional, y Torreciudad es probablemente una de sus manifestaciones más visibles.

Tampoco puede olvidarse el impacto económico y turístico que Torreciudad ha tenido durante estos cincuenta años en su entorno, especialmente en el Somontano y en poblaciones como Barbastro y El Grado. Un estudio elaborado en 2024 por la Cámara de Comercio e Industria de Huesca estimó en 97,4 millones de euros anuales su impacto económico directo, indirecto e inducido, calculado fundamentalmente para la provincia de Huesca y, en algunos efectos, para el conjunto de Aragón. El propio estudio destaca además la especial repercusión turística y territorial de Torreciudad en el Somontano y su contribución al conocimiento de Barbastro y de otras poblaciones del entorno.

Los recelos que durante años despertó el santuario llegaron a generar toda clase de rumores y leyendas. Resulta muy ilustrativo el blog Secretos de Torreciudad, creado por José Alfonso Arregui, entonces responsable de comunicación del santuario, precisamente para explicar y desmontar muchos de aquellos rumores.

Mi relación con este lugar nunca ha sido, por tanto, simplemente de adhesión o rechazo. Torreciudad forma parte de mi paisaje, de mi historia familiar y de mis propios caminos, y mi manera de verlo también ha cambiado conmigo.

La antigua ermita después del traslado de la talla

Cuando la talla original fue trasladada al nuevo santuario, la antigua ermita cambió también de función. El retablo permanece, pero en el lugar que durante siglos ocupó Nuestra Señora de los Ángeles encontramos actualmente una pintura de la Virgen.

Interior actual de la antigua ermita de Torreciudad con una pintura de la Virgen
Interior actual de la antigua ermita. Una pintura ocupa el lugar de la talla original.

Siempre me ha llamado la atención esta solución. Precisamente porque éste fue durante siglos el lugar de la imagen, me pregunto si una réplica de la talla no ayudaría a conservar visualmente esa relación histórica. Permitiría comprender mejor el sentido original de la ermita sin necesidad de mantener allí expuesta de forma permanente una imagen románica de tanto valor.

Y quizá esa réplica ni siquiera tendría que reproducir el aspecto dorado con el que hoy contemplamos la talla en el nuevo santuario. Podría recuperar, de forma interpretativa, la imagen policromada que conocieron quienes acudían a la antigua ermita antes de las restauraciones del siglo XX. De esa manera, los dos espacios quedarían también diferenciados visualmente: el santuario conservaría la presentación actual de la talla original y la ermita ayudaría a comprender cómo fue contemplada durante generaciones.

Simulación de una posible réplica policromada de Nuestra Señora de los Ángeles en la antigua ermita de Torreciudad
Una posible interpretación para la antigua ermita. Simulación realizada a partir del retablo actual, colocando en él una reproducción de la talla inspirada en la policromía visible antes de las restauraciones del siglo XX. No pretende ser una reconstrucción histórica exacta, sino mostrar cómo una réplica podría recuperar visualmente la relación entre la ermita y Nuestra Señora de los Ángeles.

Sería, evidentemente, sólo una posibilidad. Pero permitiría que la ermita y el nuevo santuario no aparecieran como dos espacios en competencia, sino como dos momentos diferentes de la historia de una misma devoción.

El conflicto devuelve la mirada a la ermita

Durante medio siglo el nuevo santuario pasó inevitablemente a ocupar el primer plano de Torreciudad, mientras la pequeña ermita quedaba en una posición mucho más discreta. Al mismo tiempo, Torreciudad quedó estrechamente identificado con el Opus Dei, una realidad que ha generado a lo largo de los años adhesiones, recelos y opiniones muy diferentes.

Las recientes discrepancias entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei han producido, sin embargo, una consecuencia inesperada: han vuelto a colocar en primer plano precisamente aquello que parecía haber quedado en segundo término, la antigua ermita y Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad.

El 31 de agosto de 2026, pocos días antes de la romería, el obispo de Barbastro-Monzón hizo pública su petición de que la talla permanezca definitivamente en la antigua ermita. El comunicado elevó notablemente un conflicto que en pocas horas alcanzó repercusión nacional.

Después de volver a recorrer ambos espacios, cada vez tengo más claro que no tiene demasiado sentido plantearlos como dos alternativas entre las que haya que elegir. La antigua ermita y el nuevo santuario responden a conceptos diferentes de Torreciudad. La primera conserva la memoria, la proximidad y la escala humana de la antigua devoción; el segundo nació para acoger grandes peregrinaciones y desarrollar un proyecto mariano de una dimensión completamente distinta.

Quizá precisamente por eso ambos espacios puedan conservar su propia identidad. La antigua ermita podría recuperar visualmente su relación histórica con Nuestra Señora de los Ángeles mediante una réplica de la talla, sin necesidad de que una imagen románica de tanto valor permanezca allí expuesta de forma permanente. El gran santuario, por su parte, puede continuar desarrollando la función para la que fue concebido.

La ermita y el santuario no tienen por qué competir.
Son dos maneras distintas de entender y vivir Torreciudad.

Hay además otra razón por la que he querido recoger estos acontecimientos en forma de cronología. Estamos viviendo un momento que, con el paso de los años, probablemente acabará formando parte de la historia de Torreciudad y de la propia Iglesia en estas tierras. Muchas veces conocemos estos procesos cuando ya han terminado, resumidos en unas pocas líneas de un libro de historia. Esta vez podemos observar cómo se desarrolla uno de ellos mientras está ocurriendo.

Desde Caminos de Barbastro me interesa precisamente eso: seguir los hechos, conocer las distintas posiciones y ver cómo una institución con siglos de historia se replantea hoy la relación entre una imagen, una antigua ermita y un santuario contemporáneo. No se trata tanto de decidir quién tiene razón como de intentar comprender qué está sucediendo y dejar constancia de cómo evoluciona.

El conflicto de Torreciudad, paso a paso

Una cronología abierta de unos acontecimientos todavía en desarrollo.

1962 — El acuerdo inicial

La diócesis de Barbastro y el Opus Dei establecen el acuerdo mediante el cual la antigua ermita de Torreciudad queda vinculada al proyecto de conservación del lugar y promoción del culto.

1966 — La Virgen y el nuevo santuario

Un testimonio notarial recoge el acuerdo entre el obispo Jaime Flores y los promotores de Torreciudad para construir el nuevo santuario con la condición expresa de que en él recibiera culto y veneración la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad.

1975 — Apertura del nuevo Torreciudad

La talla románica restaurada pasa a presidir el retablo del nuevo santuario. La antigua ermita permanece como lugar histórico de la devoción.

2023 — El conflicto se hace público

Las diferencias entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei sobre la situación jurídica y pastoral de Torreciudad pasan al primer plano público.

9 de octubre de 2024 — Roma interviene

El papa Francisco nombra a Alejandro Arellano comisario pontificio plenipotenciario para estudiar y encauzar la situación de Torreciudad.

Septiembre de 2026: semanas decisivas

Finales de agosto — Regreso temporal autorizado

Alejandro Arellano autoriza que la talla original vuelva durante unas horas a la antigua ermita con motivo de la Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe. Para la procesión posterior se utilizará la imagen peregrina.

31 de agosto — El comunicado del obispo

Ángel Pérez Pueyo pide públicamente que la imagen permanezca definitivamente en la antigua ermita. La diócesis plantea además una posible solución diferente para la situación jurídica del nuevo santuario.

1 de septiembre — El documento de 1966 vuelve al debate

La prensa recupera el testimonio notarial de 1966 en el que la construcción del nuevo santuario aparece expresamente vinculada a que la Virgen recibiera allí culto y veneración.

5 de septiembre — Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe

La talla original regresará por unas horas a la antigua ermita, más de medio siglo después de su traslado al nuevo santuario. Este apartado se actualizará después de la jornada.

8 de septiembre — Fiestas de Barbastro

Las palabras del obispo durante una de las principales celebraciones religiosas de las fiestas de Barbastro tendrán especial interés en medio del proceso abierto.

12 de septiembre — Jornada Mariana de la Familia

Alejandro Arellano, comisario pontificio para Torreciudad, presidirá una de las grandes celebraciones anuales del nuevo santuario.

Esta cronología se irá actualizando a medida que se produzcan nuevos acontecimientos.

5 de septiembre de 2026: el regreso

Esta historia todavía no ha terminado. El próximo 5 de septiembre, con motivo de la Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe, la talla original de Nuestra Señora de los Ángeles volverá durante unas horas a la antigua ermita, más de medio siglo después de su traslado al nuevo santuario.

El paisaje que encontrará será diferente. Debajo ya no discurrirá aquel río Cinca de las antiguas fotografías y la propia talla tampoco tendrá el aspecto con el que fue contemplada durante generaciones, cubierta por sus vestidos y su manto. Pero será la misma imagen nuevamente dentro del mismo pequeño espacio.

Cartel de la Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe del 5 de septiembre de 2026
Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe. 5 de septiembre de 2026.
Esta entrada continuará después del 5 de septiembre.

Estaré ese día en Torreciudad. Prefiero no anticipar qué significará el regreso. Quiero ver dónde colocan la talla, observar el ambiente y volver a mirar la pequeña ermita con Nuestra Señora de los Ángeles dentro.

Después incorporaré aquí las fotografías y las impresiones de aquella jornada.

Llegar todavía caminando

Hay algo que, pese a todos estos cambios, permanece: todavía podemos llegar caminando. El recorrido entre Barbastro, El Grado y Torreciudad está hoy mucho mejor señalizado y forma parte del GR 17 Vía Arán-Pirineos.

Desde Barbastro se puede seguir hasta El Grado por el trazado del GR 17 y continuar hacia Torreciudad por el tramo que enlaza El Grado con La Puebla de Castro. Puede consultarse más información en GR 17 - Senderos Turísticos de Aragón.

No se trata sólo de otra forma de llegar al santuario. Caminar permite comprender las distancias, atravesar lentamente el paisaje y aproximarse a Torreciudad de una manera parecida a como lo hicieron durante generaciones quienes acudieron hasta Nuestra Señora de los Ángeles.

Después de hablar de torres, presas, grandes santuarios, conflictos e instituciones, me gusta terminar de la forma más sencilla.

Caminando.

Durante siglos ésa fue la manera de llegar hasta la pequeña ermita. Y quizá recorrer hoy esos caminos siga siendo una de las mejores formas de devolver a Torreciudad su verdadera escala.


Esta entrada ha sido escrita a partir de la experiencia personal del autor y de fuentes históricas y documentales. La fotografía histórica utilizada en la comparación del paisaje de Torreciudad ha sido coloreada digitalmente para facilitar su interpretación y comparación con la imagen actual. La entrada será actualizada después de la romería del 5 de septiembre de 2026.

Contenido desarrollado por el autor con el apoyo de herramientas de redacción asistida.

Daniel Vallés Turmo

Septiembre de 2026

Acceso a guías y rutas (pinchar)




domingo, 30 de agosto de 2026

Castillo de Artasona: una torre sobre el encinar y el valle del Cinca

El castillo de Artasona: una torre sobre el encinar y el valle del Cinca
Historia, paisaje y comunicación visual en uno de los rincones menos conocidos del Somontano.

En el centro de Artasona, en el entorno del valle del Cinca y rodeado por las viviendas que fueron creciendo a su alrededor, se conserva uno de esos edificios que ayudan a comprender no solo la historia de un pueblo, sino también el territorio en el que nació. La gran torre cuadrada del castillo-palacio continúa sobresaliendo sobre un caserío de calles estrechas, arcos y pasadizos. No estamos ante una fortaleza aislada en la cima de un monte: el propio pueblo terminó desarrollándose alrededor del castillo, utilizando incluso algunos de los antiguos muros defensivos como parte de construcciones posteriores. La documentación patrimonial describe precisamente un núcleo compacto cuyo trazado quedó condicionado por la fortificación y por la iglesia de la Purificación de Nuestra Señora, de estilo gótico.

Artasona al atardecer con la torre del castillo-palacio y el campanario de la iglesia
Artasona al atardecer. Sobre el caserío destacan la torre del castillo-palacio, a la derecha, y el campanario de la iglesia parroquial. Recreación mejorada mediante inteligencia artificial a partir de una fotografía publicada en Turismo Somontano, donde aparece sin indicación de autor.

Artasona y el encinar

Una de las interpretaciones tradicionales del nombre de Artasona lo relaciona con la encina y el encinar. Esa relación con el paisaje se percibe especialmente bien cuando se baja desde La Puebla de Castro, aunque el territorio actual es bastante más complejo. Hoy el pueblo aparece rodeado principalmente por campos de cultivo, resultado de siglos de roturaciones y aprovechamiento agrícola.

Sin embargo, desde la carretera de La Puebla la perspectiva cambia: los encinares de las laderas y de las zonas más elevadas forman el fondo visual de Artasona y, en determinados puntos, el castillo parece surgir entre la masa verde de los árboles. Entre el mosaico de campos, monte y encinar sobresale entonces el tono pardo de sus muros. Esa imagen ayuda a imaginar un territorio en el que el bosque debió de tener una presencia mayor antes de que generaciones sucesivas fueran ampliando las superficies destinadas al cultivo.

Un territorio recorrido mucho antes del castillo

La importancia de este lugar no comenzó en la Edad Media. Cerca de Artasona discurría el corredor que comunicaba el valle del Cinca con Labitolosa, la ciudad romana situada junto a la actual La Puebla de Castro. Durante los primeros siglos de nuestra era, las terrazas del Cinca fueron ocupándose por explotaciones agrícolas y villas, algunas documentadas en lugares próximos como San Vicente, Cuadradones o San Martín, en el entorno de El Grado, y Las Huertas, en Olvena.

Aquel paisaje combinaría zonas de monte y encinar con superficies progresivamente abiertas para la agricultura, explotaciones rurales y caminos que permitían desplazar personas y productos entre el Cinca y los núcleos del interior. Muchos siglos después, ese mismo corredor continuaría teniendo importancia, aunque las formas de controlarlo serían diferentes. Donde en época romana encontramos caminos, campos y explotaciones agrícolas, durante la Edad Media aparecen fortalezas desde las que vigilar el territorio.

Somontano romano

De la fortificación medieval al castillo-palacio

Las fuentes patrimoniales sitúan ya en 1094, durante el reinado de Sancho Ramírez, la existencia de un recinto fortificado en Artasona. Para entender realmente el significado de esa fecha conviene recordar primero cómo funcionaba aquella frontera.

La frontera no estaba permanentemente en guerra

El cine y la literatura pueden hacernos imaginar la frontera medieval como un territorio sometido a una guerra continua. La realidad era bastante más compleja. Durante largos periodos existían pactos, treguas, pagos de tributos y relaciones entre ambos lados de la frontera, mientras la población continuaba cultivando los campos, criando ganado y utilizando los caminos.

Cuando se rompía ese equilibrio eran frecuentes las incursiones o razzias. Su objetivo no siempre consistía en conquistar definitivamente un territorio. Podían buscar botín y cautivos, destruir cosechas, incendiar poblaciones o debilitar las defensas del adversario.

En Ribagorza conocemos algunos episodios que ayudan a comprender esta realidad. Hacia 908, el caudillo musulmán Muhammad al-Tawil, señor de Huesca, penetró en el condado y atacó Roda de Isábena y otras posiciones de la frontera. Años después los ribagorzanos recuperaron parte del territorio perdido. La tradición histórica sitúa en 914 el enfrentamiento de Soperún, en el que murió al-Tawil.

La frontera de Ribagorza Batalla de Soperún, 914

Casi un siglo después, en 1006, una nueva expedición dirigida por ʿAbd al-Malik al-Muzaffar, hijo de Almanzor, penetró profundamente en Ribagorza. Roda de Isábena fue saqueada y destruida y su propio obispo fue hecho prisionero. No se trataba de establecer una ocupación permanente, sino de una gran campaña destinada a golpear y debilitar el territorio cristiano.

Estos episodios ayudan a comprender por qué durante los siglos X y XI se reforzaron castillos, pasos y posiciones de vigilancia. La frontera podía permanecer tranquila durante años y, sin embargo, una incursión podía atravesarla rápidamente y penetrar decenas de kilómetros en territorio enemigo.

Durante el siglo XI el equilibrio comenzó a cambiar. Los reinos cristianos avanzaron hacia el sur y aumentaron también sus relaciones con los territorios situados al norte de los Pirineos. En 1064, un ejército con una importante participación de combatientes procedentes de fuera de la Península conquistó temporalmente Barbastro en la expedición tradicionalmente conocida como Cruzada de Barbastro. La ciudad sería recuperada por los musulmanes al año siguiente.

Cruzada de Barbastro

Recreación de la batalla de Soperún de 914 en la Sierra de Sis
Recreación gráfica de la batalla de Soperún (914), situada por la tradición histórica en la Sierra de Sis. El episodio ayuda a imaginar el tipo de incursiones que durante siglos atravesaron la frontera de Ribagorza.

Cuando llegamos a 1094, por tanto, Artasona aparece en una frontera que llevaba generaciones alternando periodos de relativa estabilidad con incursiones, conquistas y recuperaciones de territorio. Pero precisamente en esos años el equilibrio estaba cambiando con rapidez.

1094: Artasona en una frontera que avanza hacia Barbastro

Para comprender la existencia de una fortificación en Artasona hacia 1094 hay que situarse en uno de los momentos de mayor transformación de la frontera entre los territorios cristianos y musulmanes del Alto Aragón. Barbastro continuaba siendo una importante ciudad musulmana, pero las posiciones cristianas avanzaban desde Sobrarbe y Ribagorza y el espacio que la rodeaba se iba reduciendo.

EL AVANCE HACIA EL SOMONTANO

1064 — Barbastro es conquistada por primera vez por un ejército cristiano.
1065 — Los musulmanes recuperan Barbastro.
1067 — Alquézar pasa a manos cristianas.
1083 — Graus y El Grado quedan en poder cristiano.
1089 — Primera conquista cristiana de Monzón, aunque la frontera oriental seguirá siendo inestable.
1094 — ARTASONA

Está documentada la existencia de su recinto fortificado.
Barbastro y Huesca todavía permanecen en poder musulmán.
EL CERCO SE CIERRA

1096 — Pedro I conquista Huesca.
1097 — Estada queda definitivamente en manos cristianas.
1100 — Barbastro es conquistada definitivamente por Pedro I.
LA FRONTERA CONTINÚA HACIA EL ESTE Y EL SUR

1118 — Alfonso I conquista Zaragoza.
1141 — Monzón queda definitivamente en manos cristianas tras sucesivas pérdidas y recuperaciones.
1149 — Binéfar y Lleida pasan a dominio cristiano.

Artasona aparece, por tanto, en plena tierra de frontera: entre las posiciones cristianas del norte y una Barbastro musulmana cada vez más aislada.

Vista desde este contexto, la existencia de una fortificación en Artasona hacia 1094 adquiere otro significado. No estamos contemplando un castillo levantado en un territorio ya pacificado, sino una posición situada en una frontera activa, en unos años en los que castillos, caminos y puntos de comunicación visual podían desempeñar un papel fundamental en el control del territorio.

Sin embargo, el edificio que contemplamos actualmente no corresponde íntegramente a aquella primera fortaleza. La mayor parte de la fábrica conservada pertenece a transformaciones posteriores, especialmente del siglo XVI, aunque en la base de la torre aparecen diferencias de aparejo y una puerta situada en altura que algunos autores relacionan con su origen medieval.

Con el paso del tiempo, el castillo fue perdiendo el carácter de una fortaleza exclusivamente militar y se transformó en una residencia señorial fortificada. El conjunto quedó formado por dos grandes cuerpos unidos: una casa-palacio de planta rectangular y, adosada a su muro oriental, una poderosa torre cuadrada. Esta conserva tres plantas, aunque perdió el remate superior, que pudo constituir un nivel adicional. Desde el primer piso del palacio se accedía directamente a la torre mediante una puerta elevada, mientras las aspilleras y otros elementos defensivos recuerdan que, pese a convertirse en residencia nobiliaria, el edificio seguía manteniendo una clara función defensiva.

Castillo-palacio de Artasona
El castillo-palacio de Artasona. La torre cuadrada conserva tres plantas, aunque ha perdido su remate superior.

El plano publicado por Adolfo Castán ayuda a comprender muy bien esta organización. Palacio y torre forman prácticamente una única construcción, mientras a su alrededor las viviendas fueron ocupando progresivamente el espacio del antiguo recinto. Esa evolución explica que hoy resulte difícil separar visualmente el castillo del propio pueblo: Artasona creció con él y alrededor de él.

Planta del castillo-palacio de Artasona
Planta del castillo-palacio de Artasona según Adolfo Castán Sarasa. El palacio rectangular aparece unido a la torre cuadrada situada en su lado oriental.

Una reconstrucción orientativa

Los restos actuales permiten reconocer las grandes dimensiones del edificio, pero resulta difícil imaginar cómo pudo verse el conjunto antes de su progresivo deterioro. A partir de la planta conocida, las fotografías antiguas y actuales y los elementos que todavía se conservan, he preparado esta reconstrucción orientativa del castillo-palacio de Artasona.

No pretende ser una restitución arquitectónica exacta. Algunos elementos desaparecidos siguen siendo necesariamente hipotéticos. Su objetivo es más sencillo: ayudarnos a comprender el volumen del antiguo palacio, su relación con la gran torre y la importancia del desnivel del terreno, que hace que una parte considerable de los muros quede por debajo de la cota de acceso.

Reconstrucción orientativa del castillo-palacio de Artasona
Reconstrucción orientativa del castillo-palacio de Artasona a partir de los restos conservados, la planta del edificio y diferentes fotografías del conjunto. La imagen ha sido elaborada con ayuda de inteligencia artificial y debe entenderse como una hipótesis visual, no como una restitución arquitectónica exacta.

Los Claramunt: de Artasona a Barbastro

La historia del edificio quedó especialmente vinculada a los Claramunt o Claramonte. Patrimonio Cultural de Aragón sitúa en 1390 el comienzo de su relación con Artasona, y todavía hoy uno de los elementos más visibles de aquella presencia familiar permanece sobre el arco de entrada al recinto: el escudo de los Claramunt, rematado por una cruz. Tras aquella puerta se accedía al espacio fortificado que conducía hacia el patio de armas, el palacio y la torre.

Arco de acceso al recinto del castillo de Artasona
Arco de acceso al antiguo recinto fortificado. Sobre la entrada se conserva el escudo de los Claramunt.

La historia de esta familia se extendía mucho más allá del pequeño núcleo de Artasona. Los Claramunt quedaron emparentados con los Pérez de Suelves, reuniéndose con el tiempo ambos linajes y señoríos. En Barbastro, el apellido Suelves continúa resultando familiar por las conocidas Huertas de Suelves, mientras que los propios Claramunt dejaron también una importante residencia urbana.

Hace años dedicamos una entrada de Caminos de Barbastro al Palacio Claramunt de Barbastro, y ambos edificios pueden contemplarse ahora como partes de una misma historia: el castillo-palacio ligado al señorío de Artasona y la residencia urbana de la familia en Barbastro.

Palacio Claramunt de Barbastro

Con el paso de las generaciones, el nombre de aquella pequeña población acabaría llegando incluso a la nobleza titulada mediante el Marquesado de Artasona. No es necesario reconstruir aquí toda la genealogía; quizá resulte más interesante comprobar cómo nombres que todavía permanecen en el paisaje —Artasona, Claramunt o Suelves— continúan enlazando lugares que hoy parecen historias independientes. Es curioso que el poblado de colonización de Artasona del Llano creado en 1957 deba su nombre a la marquesa de Artasona, quien vendió los terrenos en los que posteriormente se construyó la localidad.

Una torre que miraba al Cinca

Al estudiar el castillo surgió una pregunta que no aparecía directamente en las fuentes: ¿qué territorio podía verse desde su torre?

La respuesta comenzó sobre el propio terreno. Desde las afueras de Artasona se distingue claramente, hacia el norte, la pequeña torre medieval de Torreciudad, situada junto al actual embalse del Grado. En la misma panorámica aparece, mucho más arriba, el moderno santuario, pero es la pequeña fortificación próxima al Cinca la que nos interesa en esta historia.

Torre medieval de Torreciudad vista desde Artasona
Vista desde Artasona hacia Torreciudad. Junto al embalse se distingue la pequeña torre medieval; más arriba, a la derecha, aparece el actual Santuario de Torreciudad.

Esa observación nos llevó a estudiar, mediante observación sobre el terreno y perfiles de elevación de Google Earth, la relación de Artasona con otras fortificaciones. El resultado dibujó una geografía bastante clara. Hacia el norte existe comunicación visual directa con Torreciudad y, hacia el sur, con el castillo de Estada. En cambio, las elevaciones situadas hacia La Puebla de Castro impiden la visión directa tanto de Muñones como del castillo de Castro.

A partir de Estada, la red visual puede seguirse en dos direcciones. Hacia el oeste alcanza El Pueyo de Barbastro. Esta conexión resulta especialmente significativa porque Barbastro se encuentra asentada en la hoya del Vero y su núcleo urbano no dispone de visión directa sobre el corredor del Cinca. El Pueyo, elevado sobre la ciudad, permite en cambio dominar visualmente ambos territorios.

Hacia el sur, la comunicación continúa desde Estada con el castillo de Figueruela, situado sobre las elevaciones que separan los valles del Vero y del Cinca. Desde allí existe línea visual con el castillo de Castejón del Puente y, desde este, con el castillo de Monzón.

👁️ Una cadena visual por el valle del Cinca
🏰 Samitier

🏰 Torreciudad

🏰 Artasona

🏰 Estada

🏰 Figueruela

🏰 Castejón del Puente

🏰 Monzón
↙️ Desde Estada, otra línea visual alcanza El Pueyo de Barbastro, enlazando el corredor del Cinca con Barbastro.

El caso de Castejón del Puente resulta especialmente revelador. Tras su conquista por Pedro I en 1099, la documentación histórica señala que allí se establecieron tenentes con la misión de vigilar el puente sobre el Cinca en dirección a Monzón. La posición de estas fortificaciones no respondía únicamente a la posibilidad de divisarse entre sí: permitía también controlar caminos, pasos y lugares estratégicos del valle.

Vista en conjunto, esta distribución ayuda a comprender el papel del valle del Cinca como gran corredor natural de comunicación. Las posiciones fortificadas se suceden de norte a sur y, al mismo tiempo, aparecen conexiones laterales como la de El Pueyo, que permitían relacionar ese corredor con Barbastro, principal centro urbano del Somontano durante buena parte de la Edad Media.

Mapa de las relaciones visuales estudiadas entre Samitier, Torreciudad, Artasona, Estada, Figueruela, Castejón del Puente, Monzón y El Pueyo de Barbastro. Las líneas representan relaciones de visibilidad directa comprobadas mediante perfiles de elevación de Google Earth y, cuando ha sido posible, mediante observación sobre el terreno.

La visibilidad entre los puntos enlazados en el mapa está comprobada. Esto no significa necesariamente que todos ellos formaran, en un mismo momento histórico, una única red organizada de transmisión de señales. Para demostrarlo sería necesaria documentación específica para cada relación. Lo que sí muestra el relieve es un conjunto de posiciones estratégicas visualmente conectadas capaces de controlar amplios sectores del Cinca, sus caminos y algunos de sus principales pasos.

Una forma medieval de comunicar el territorio

Al prolongar el estudio hacia el norte aparece otro detalle interesante. La torre medieval de Torreciudad no mantiene comunicación visual directa con Abizanda, ya que las elevaciones intermedias impiden la visión entre ambos puntos. Las comunicaciones no seguían, por tanto, necesariamente una línea continua por el fondo del valle. Pero sí tendría comunicación directa con la cercana actual ermita de San Salvador.

Sin embargo, desde Torreciudad sí existe comunicación visual directa con el castillo de Samitier, un conjunto fortificado del siglo XI situado en una extraordinaria posición elevada sobre el Cinca y el Entremón.

El relieve ayuda así a comprender cómo podían organizarse estas comunicaciones. Determinados castillos situados en grandes alturas permitían salvar obstáculos y mantener contacto visual con puntos estratégicos separados por varios kilómetros.

Más al norte conocemos además una red medieval de torres visualmente comunicadas. En otra entrada de Caminos de Barbastro estudiamos las torres de Escanilla, Abizanda, Samitier, Clamosa, Olsón o Troncedo. Su emplazamiento aprovechaba las alturas para controlar el territorio y facilitar la transmisión de avisos.

Recreación gráfica de una comunicación mediante señales entre Escanilla y Abizanda
Recreación gráfica de cómo pudo realizarse una transmisión de señales entre las torres de Escanilla y Abizanda, fortificaciones con comunicación visual directa.

No pretendemos incluir automáticamente Artasona, Estada, Figueruela, Castejón del Puente o Monzón dentro de una única red histórica documentada. Lo interesante es comprobar que todas estas posiciones responden a una lógica territorial semejante: ver, vigilar y ser visto, aprovechando el relieve para controlar caminos, pasos y valles.

Torres de comunicaciones del siglo XI

De residencia señorial a ruina

El castillo-palacio atravesó todavía varios siglos de historia antes de alcanzar el estado en el que lo encontramos actualmente. Patrimonio Cultural de Aragón señala que sufrió graves daños durante la Guerra de la Independencia. Con el progresivo abandono desaparecieron los pisos interiores, algunos muros quedaron integrados en las viviendas próximas y el antiguo recinto defensivo terminó confundiéndose con el caserío.

Cuando en 2012 se realizó la ficha del Inventario de Fortificaciones Aragonesas, el conjunto era descrito ya en estado de ruina avanzada. La torre mantenía sus grandes muros exteriores, pero había perdido los pisos interiores, mientras que del palacio permanecían fundamentalmente las paredes.

Restos del castillo-palacio de Artasona
Los restos del palacio y de la torre permanecen completamente integrados en el actual caserío de Artasona. Autor: Javier Blasco. Fuente: Gobierno de Aragón – DARA.

A pesar de ello, su tamaño sigue impresionando cuando se recorre Artasona. Torre, palacio, iglesia y viviendas forman un conjunto compacto que conserva todavía la estructura del núcleo histórico.

Desde 2006 el castillo-palacio forma parte de la relación de fortificaciones aragonesas consideradas Bien de Interés Cultural, una protección acorde con la importancia histórica de un edificio que, aun arruinado, continúa explicando el origen y la evolución del pueblo.

Lo que más me ha sorprendido

Dos cosas me llamaron especialmente la atención al visitar Artasona.

🏰 La altura de la torre del castillo.
Ya es una construcción considerable, pero al encontrarse completamente encajada entre las casas del pueblo parece todavía más alta. Desde las calles estrechas, al levantar la vista, sus grandes muros se elevan casi directamente sobre las viviendas y producen una sensación muy diferente a la de otros castillos situados de forma aislada sobre una colina.

🌄 Las vistas hacia el río Cinca.
Desde Artasona se contempla el valle desde una perspectiva poco habitual, diferente de la que tenemos desde las carreteras y lugares más conocidos. El río, las terrazas agrícolas y las montañas que cierran el horizonte permiten comprender mejor la posición estratégica del pueblo y por qué este lugar tuvo importancia durante tantos siglos.

El paisaje todavía conserva las respuestas

Quizá lo más interesante de Artasona sea que su historia no termina en los muros del castillo. Para comprender realmente el lugar hay que volver a mirar alrededor. El antiguo encinar permanece fragmentado entre los campos y las laderas; el corredor que comunicaba el Cinca con Labitolosa sigue siendo reconocible en el territorio; el castillo continúa sobresaliendo sobre las casas y, hacia el norte, todavía podemos distinguir la pequeña torre de Torreciudad.

A lo largo de los siglos cambiaron los habitantes, los caminos, los usos agrícolas y las propias funciones del castillo. La fortificación medieval se convirtió en residencia señorial, los Claramunt dieron paso a nuevas generaciones y una parte importante del bosque fue sustituida por cultivos. Sin embargo, la relación entre el castillo y el paisaje continúa siendo visible. Más de nueve siglos después de sus primeras referencias documentales, todavía podemos comprender por qué aquel edificio se levantó precisamente allí.

Artasona es, además, uno de esos lugares a los que hay que ir expresamente. La carretera termina en el pueblo y quizá por eso, a pesar de encontrarse a muy pocos kilómetros de El Grado, continúa siendo relativamente desconocido. Al llegar sorprende sobre todo la tranquilidad: las calles estrechas alrededor del castillo, el silencio y hasta los gatos, que apenas se inmutan ante la presencia del visitante y se dejan acariciar con una docilidad poco habitual.

Una vez en Artasona merece la pena acercarse también a la iglesia de la Purificación de Nuestra Señora, donde los domingos se celebra misa a las 10 de la mañana, y detenerse después en el mirador sobre el valle del Cinca. Desde allí se contempla una perspectiva diferente del territorio, probablemente desconocida para muchas personas que nunca han llegado hasta este pequeño núcleo.

Y quizá el momento que mejor resume la visita llega al atravesar el arco de entrada del antiguo recinto fortificado. Al adentrarnos bajo aquella puerta, coronada todavía por el escudo de los Claramunt, parece que durante unos instantes retrocedemos varios siglos y volvemos a entrar en la Artasona medieval.

Tal vez esa sea la mejor forma de terminar el recorrido. Después de seguir caminos romanos, castillos medievales, linajes nobiliarios y antiguas líneas de comunicación visual, Artasona continúa allí, al final de la carretera, entre los campos, el encinar y el Cinca, conservando en su paisaje buena parte de su historia.

Dos rutas para completar la visita

Si disponemos de algo más de tiempo, podemos completar la visita a Artasona recorriendo algunos lugares próximos que ayudan a comprender todavía mejor el paisaje y las distintas épocas históricas que hemos seguido a lo largo de esta entrada.

Ruta 1 · Labitolosa, Castro y Olvena

Si tenemos una mañana o una tarde, podemos comenzar acercándonos a Labitolosa. Antes de llegar merece la pena detenerse en la ermita de San Roque, desde donde se disfruta de una magnífica vista sobre el valle y se percibe especialmente bien la presencia del encinar que caracteriza estas laderas.

Después podemos continuar hasta la iglesia y el castillo de Castro, otro emplazamiento elevado estrechamente relacionado con el control del territorio. Finalmente, podemos subir hasta Olvena, desde donde obtenemos una perspectiva diferente de este mismo espacio y volvemos a encontrarnos con dos de los grandes hilos de este recorrido: la presencia romana y la frontera medieval.

De esta forma, en pocos kilómetros podemos recorrer un paisaje que conserva testimonios de más de dos mil años de historia: desde la ciudad romana de Labitolosa hasta los castillos y fortificaciones levantados durante los siglos de la frontera medieval.

Ruta por Labitolosa Ver ruta en Google Maps


Ruta 2 · Torreciudad y Estada

Si disponemos de menos tiempo, podemos hacer una ruta más corta siguiendo precisamente las comunicaciones visuales que hemos estudiado desde Artasona. Al salir del pueblo en coche y mirar hacia el norte destaca la gran silueta del actual Santuario de Torreciudad y, mucho más pequeña junto al embalse, la antigua torre medieval.

Podemos acercarnos a la ermita de Torreciudad. Desde este entorno se obtiene una nueva perspectiva sobre el valle y podemos volver la mirada hacia Artasona, comprendiendo sobre el propio terreno la relación visual entre ambas posiciones. También es un buen lugar para observar cómo la comunicación continúa hacia el norte, en dirección a las fortificaciones que dominaban el Cinca.

Ermita de Torreciudad

Si todavía disponemos de tiempo y ganas, podemos continuar hasta el castillo de Estada. Desde allí tendremos otra perspectiva del río Cinca y podremos comprobar visualmente el amplio territorio que domina esta posición, tanto hacia el norte como hacia el este y el sur.

Esta segunda ruta permite convertir en paisaje real buena parte de lo estudiado en el mapa: Artasona, Torreciudad y Estada dejan de ser puntos aislados y pasan a entenderse como posiciones relacionadas por la propia geografía del valle.

Ver ruta Artasona · Torreciudad · Estada


Fuentes y documentación consultada

Patrimonio Cultural de Aragón: Castillo-Palacio de Artasona .
DARA / SIPCA: Castillo-palacio de los Claramonte .
Inventario de Fortificaciones Aragonesas (A.R.C.A.), ficha del Castillo de Artasona, 2012.
Castán Sarasa, Adolfo: Torres y castillos del Alto Aragón.
SIPCA: Castillo de Figueruela .
Patrimonio Cultural de Aragón: Castillo de Castejón del Puente .
Patrimonio Cultural de Aragón: Castillo de Samitier .
Patrimonio Cultural de Aragón: Castillo de Monzón .
Ayuntamiento de Barbastro: Historia de Barbastro .
Reino de Monzón , para las sucesivas conquistas y pérdidas de Monzón.
Cruzada de Barbastro .

Para el estudio de la visibilidad se han utilizado observaciones realizadas sobre el terreno y perfiles de elevación de Google Earth.

Contenido elaborado por el autor con apoyo de herramientas de inteligencia artificial para la documentación, contraste de información, análisis cartográfico y edición del texto.

Daniel Vallés Turmo

Agosto de 2026

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sábado, 29 de agosto de 2026

Conservar el paisaje, nueve años después: Barbastro entre 1956-1957 y 2026

Conservar el paisaje, nueve años después

Barbastro como ejemplo de un paisaje que cambia

Paisaje de Las Chesas con El Pueyo al fondo
Recreación a partir de una fotografía de Las Chesas, con El Pueyo al fondo. Un paisaje cercano que también ha ido cambiando.

En 2017 publiqué en Caminos de Barbastro una reflexión titulada Conservar el paisaje . Aquel artículo formó parte del trabajo con el que ese mismo año recibí el Primer Premio Félix de Azara de Medios de Comunicación Social .

La fotografía que utilicé entonces mostraba un paisaje muy cercano para mí: Las Chesas, con El Pueyo al fondo. Nueve años después, también aquel lugar ha cambiado. Quizá por eso me ha parecido un buen momento para volver sobre aquella reflexión y hacerme de nuevo una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué significa realmente conservar un paisaje?

El paisaje nunca ha permanecido inmóvil. Cambian los cultivos, los caminos, los pueblos, las carreteras, los usos del suelo e incluso nuestra manera de relacionarnos con el territorio. Pero muchos de esos cambios se producen poco a poco y, al suceder durante nuestra propia vida, apenas somos conscientes de ellos.

Solo cuando encontramos una fotografía antigua, regresamos a un lugar después de muchos años o comparamos imágenes tomadas en épocas diferentes comprendemos hasta qué punto el territorio se ha transformado.

Para hacerlo visible he elegido un lugar cercano que muchos lectores de Caminos de Barbastro conocemos bien: Barbastro. No porque sea un caso excepcional, sino precisamente porque reconocer el territorio nos permite percibir cambios que seguramente pasarían inadvertidos si observáramos un lugar desconocido.

Barbastro, 1956-1957 y 2026

Dos ortofotos separadas por casi siete décadas muestran prácticamente el mismo territorio. El río Vero, los altozanos y las grandes formas del relieve siguen permitiéndonos reconocer Barbastro, pero el paisaje construido y utilizado por las personas es profundamente diferente.

Ortofoto de Barbastro en 1956-1957
Barbastro, 1956-1957. Imagen coloreada de forma orientativa para facilitar la comparación.
Ortofoto de Barbastro en 2026
Barbastro, 2026.

En 1956-1957 destacan a simple vista tres grandes elementos. Barbastro es todavía una ciudad muy compacta, concentrada principalmente en la margen derecha del río Vero y en torno a la actual avenida de la Merced. En la margen izquierda, la acequia de San Marcos riega una extensa superficie ocupada por un mosaico de pequeñas huertas. Alrededor de la ciudad, los altozanos están cultivados principalmente con almendros, olivos y campos de cereal.

En 2026 la situación es muy diferente. La expansión urbana ha ocupado buena parte de aquella huerta y las parcelas que permanecen tienen una presencia mucho menor y más fragmentada. Parte de los antiguos espacios agrícolas próximos a la ciudad están ahora ocupados por polígonos industriales, urbanizaciones, instalaciones deportivas y otros equipamientos. También destacan grandes infraestructuras inexistentes en la ortofoto de 1956-1957, como la canalización del río Vero y las variantes norte y sur de la ciudad.

Transformación de Barbastro entre 1956-1957 y 2026
Barbastro, 1956-1957 y 2026. La superposición de ambas ortofotos permite apreciar la transformación del paisaje durante casi siete décadas. La imagen histórica ha sido coloreada de forma orientativa para facilitar la comparación.

No solo somos más: vivimos de otra manera

Podríamos pensar que esta transformación responde simplemente al aumento de población. Hacia 1956-1957 Barbastro tenía unos 10.100 habitantes; el censo de 1960 registró 10.227. En la actualidad la ciudad se aproxima a los 17.850 habitantes.

La población ha aumentado alrededor de un 77 %. Sin embargo, al comparar las dos ortofotos, la superficie ocupada por la ciudad parece haber crecido proporcionalmente mucho más. No solo somos más: también ocupamos el territorio de otra manera.

Necesitamos viviendas, industrias, colegios, instalaciones deportivas, carreteras, aparcamientos, comercios y servicios que hace sesenta o setenta años ocupaban mucho menos espacio o simplemente no existían. El cambio del paisaje no depende únicamente de cuántos somos, sino también de cómo vivimos.

Un paisaje construido durante siglos

Sería un error pensar que el paisaje de 1956-1957 era un paisaje natural que había permanecido intacto desde tiempos remotos. También era un territorio profundamente transformado por las personas. Las acequias, las huertas, los olivares, los almendros, los campos de cereal, las terrazas y los caminos eran el resultado de siglos de trabajo y de adaptación al medio.

Barbastro había ido creciendo alrededor de su núcleo histórico siguiendo el río, los caminos y las necesidades de cada época. Podríamos hablar de un crecimiento orgánico, en el que cada generación modificaba el territorio apoyándose en las estructuras que había recibido de la anterior. El paisaje cambiaba, pero lo hacía lentamente y mantenía una cierta continuidad.

Si pudiéramos retroceder varios siglos desde la ortofoto de 1956-1957, probablemente seguiríamos reconociendo muchos de sus elementos esenciales: el núcleo compacto de la ciudad, el río Vero, las huertas, las acequias, los caminos y los cultivos adaptados a los altozanos.

Lo que sucede durante la segunda mitad del siglo XX no es, por tanto, que el paisaje empiece a cambiar. El paisaje siempre había cambiado. Lo que cambia profundamente es la velocidad y la escala de la transformación.

En apenas unas décadas aparecen polígonos industriales, urbanizaciones, grandes instalaciones deportivas, nuevas carreteras, variantes y amplias superficies urbanizadas. Muchos de esos nuevos usos ya no se incorporan simplemente al paisaje anterior, sino que en determinados lugares lo sustituyen.

¿Hasta dónde debe crecer una ciudad?

El crecimiento de Barbastro hacia el sur y el este permite observar además otra cuestión interesante. Cuando se construyó la variante, esta se planteó como un límite al crecimiento de la ciudad. En la ortofoto actual se aprecia bastante bien cómo la carretera actúa como frontera entre el espacio urbano y el territorio agrícola.

Dentro de ese límite han ido apareciendo viviendas, equipamientos, instalaciones deportivas y otros usos urbanos, mientras que al otro lado permanece todavía una parte importante del paisaje agrícola. La variante no solo sirve, por tanto, para desviar el tráfico: también dibuja sobre el territorio una línea que separa dos formas diferentes de utilizarlo.

Esto introduce otra dimensión de lo que significa conservar un paisaje. Conservar también consiste en decidir hasta dónde queremos transformar. Una ciudad necesita crecer y adaptarse a nuevas necesidades, pero ese crecimiento no tiene por qué extenderse indefinidamente.

Durante siglos los límites de las ciudades estuvieron muy condicionados por la propia geografía, las distancias que podían recorrerse y las necesidades agrícolas. Hoy disponemos de muchos más medios para modificar el territorio y, precisamente por eso, somos nosotros quienes debemos decidir qué límites queremos establecer.

El paisaje de mi infancia

Hay además una transformación que las ortofotos no pueden explicar completamente: la desaparición de buena parte del paisaje cotidiano que recuerdo de mi infancia.

Cuando era niño, al salir de Barbastro aparecían enseguida las huertas, los caminos, los campos de cereal, los almendros y los olivos de los altozanos. La transición entre la ciudad y el campo era muy rápida. Bastaba caminar un poco para encontrarse fuera del espacio urbano y entrar en un paisaje agrícola abierto.

Hoy esa distancia se ha alargado. Antes de llegar al campo tenemos que atravesar urbanizaciones, polígonos, carreteras, rotondas, instalaciones deportivas y otras infraestructuras. La naturaleza y el paisaje agrícola no han desaparecido, pero se han alejado de la ciudad.

Cuando observo la ortofoto antigua no veo solamente un Barbastro diferente. Reconozco todavía parte del paisaje de mi infancia: una ciudad que terminaba y que, casi inmediatamente, daba paso a las huertas y a los campos.

De algunos de aquellos lugares todavía conservamos imágenes. En este vídeo pueden verse las antiguas huertas situadas junto al puente del Portillo, un paisaje que durante mucho tiempo formó parte del entorno cotidiano de Barbastro y que hoy resulta mucho más difícil reconocer sobre el terreno.

Antiguas huertas junto al puente del Portillo. Ver vídeo en YouTube .

La fotografía de Las Chesas con la que comenzaba aquella reflexión de 2017 representa precisamente esa relación. No era un paisaje excepcional ni un espacio protegido. Era uno de esos lugares próximos a la ciudad por los que podíamos caminar y desde los que reconocíamos nuestro territorio. También ese paisaje ha ido cambiando.

Quizá esto nos obliga a ampliar lo que entendemos por conservación. No se trata únicamente de proteger grandes espacios naturales, monumentos o lugares especialmente bellos. También puede significar conservar paisajes cotidianos, esos espacios cercanos que permiten salir de una ciudad y, después de caminar unos minutos, encontrarse entre huertas, árboles, campos y caminos.

Conservar no significa congelar

Sería demasiado sencillo mirar las dos ortofotos y concluir que el paisaje de 1956-1957 era mejor. Barbastro tenía que crecer. Necesitaba viviendas, industria, centros educativos, instalaciones deportivas, carreteras y servicios que han mejorado nuestra calidad de vida.

No tendría sentido pretender regresar al Barbastro de 1956-1957. Conservar el paisaje no significa congelarlo.

Cada generación tiene derecho a transformar el territorio para responder a sus necesidades, pero al mismo tiempo recibe un paisaje construido durante siglos y tiene una responsabilidad sobre aquello que transmitirá a la siguiente. Quizá conservar consista precisamente en buscar ese equilibrio: permitir que el paisaje siga evolucionando sin que cada nueva transformación borre completamente las huellas de las anteriores.

Mantener algunas huertas, acequias, caminos, cultivos tradicionales, árboles, topónimos o espacios abiertos puede parecer algo pequeño frente a las grandes decisiones urbanísticas. Sin embargo, son precisamente esas huellas las que nos permiten seguir leyendo la historia de un territorio.

Algunos ejemplos concretos de estas transformaciones pueden verse en la entrada Cambios en el paisaje de Barbastro , donde se recogen distintas modificaciones recientes del territorio que muestran cómo el paisaje continúa evolucionando ante nuestros ojos.

Una fotografía que todavía no existe

Entre las dos ortofotos de Barbastro han pasado casi 70 años. Podemos hacer ahora un pequeño ejercicio de imaginación y preguntarnos qué veremos si alguien toma otra fotografía aérea dentro de otros 67 años, hacia 2093.

Probablemente seguiremos reconociendo el río Vero y las grandes formas del relieve, pero muchas otras cosas habrán cambiado. Quizá algunos de los campos actuales hayan desaparecido y otros se hayan recuperado. Cambiarán las carreteras, las viviendas, la vegetación y seguramente también nuestra relación con el agua, la agricultura y el clima.

No podemos saber cómo será aquella fotografía. Pero una parte de ella se está construyendo ahora, con las decisiones grandes y pequeñas que tomamos sobre el territorio.

En 2017 escribía que somos únicamente inquilinos temporales del paisaje. Nueve años después sigo pensando lo mismo. Ahora quizá añadiría que cada generación tiene derecho a transformar el paisaje, pero también la responsabilidad de dejar suficientes huellas para que quienes vengan después puedan comprender de dónde vienen.

Cuando alguien compare algún día las ortofotos de Barbastro de 1956-1957, 2026 y 2093, la verdadera pregunta será:

¿Qué nos gustaría que todavía pudiera reconocer?

Y si el paisaje inevitablemente cambia, al menos deberíamos intentar conservar su memoria. Ese ha sido también uno de los fines de Caminos de Barbastro: mantener esa memoria de país, como decía mi tío José María. Los caminos, las acequias, las huertas, las fotografías, los nombres de los lugares y las historias de quienes los habitaron forman parte de esa memoria.

Durante años, Caminos de Barbastro ha intentado reunir pequeñas piezas de ese paisaje que cambia para que algunas de ellas no desaparezcan también de nuestro recuerdo.

Quizá no podamos conservar intacto el paisaje que recibimos, pero sí podemos evitar que desaparezca sin dejar memoria.


Contenido desarrollado por el autor con apoyo de herramientas de inteligencia artificial para asistencia en la redacción, tratamiento de imágenes y elaboración de recursos visuales.

Daniel Vallés Turmo

Agosto de 2026

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