domingo, 2 de agosto de 2026

El paisaje que estamos construyendo

5. El paisaje que estamos construyendo

Cómo dos o tres generaciones han transformado un paisaje de miles de años

Barbastro hacia 1957 rodeado por su huerta
Durante siglos, Barbastro vivió rodeado por la huerta que alimentaba la ciudad. Hoy ese paisaje casi ha desaparecido.

Durante más de mil generaciones, el clima fue uno de los grandes arquitectos del paisaje.

El hielo abrió los valles. Después llegaron los bosques, los primeros agricultores, las ciudades, los caminos y los pueblos. Más tarde, la Pequeña Edad del Hielo volvió a transformar las montañas y los ríos.

Pero las transformaciones más rápidas no ocurrieron hace miles de años. Han sucedido durante la vida de nuestros padres y abuelos.

No siempre resulta fácil mirar el pasado con perspectiva ni imaginar cómo será el futuro. Nuestra experiencia se limita a unas pocas décadas y tendemos a pensar que el paisaje que conocimos siempre estuvo allí. Las fotografías antiguas nos permiten superar ese límite: al compararlas con el presente, descubrimos que también nosotros formamos parte de la historia del territorio.

No solo hemos heredado un paisaje.
También estamos construyendo el que heredarán quienes vengan después.

Barbastro dejó de depender de su huerta

Comparación entre Barbastro en 1957 y en la actualidad
La expansión urbana de Barbastro ocupó buena parte de la antigua huerta que durante generaciones había alimentado a la ciudad.

Durante siglos, Barbastro estuvo rodeado por una extensa huerta alimentada por las acequias del río Vero.

La huerta que nació junto a la Barbastro andalusí y continuó alimentando la ciudad durante siglos ha desaparecido en gran parte en apenas dos o tres generaciones.

Aquellas parcelas no eran únicamente un paisaje agrícola. Eran la base de la economía local y abastecían de alimentos a la ciudad. La relación entre Barbastro y su territorio era directa: la ciudad vivía de la huerta que la rodeaba.

En apenas unas décadas, buena parte de aquel paisaje comenzó a desaparecer.

Los nuevos barrios ocuparon antiguos campos de cultivo. Las carreteras sustituyeron algunos caminos y la ciudad pasó a depender cada vez más de alimentos producidos lejos de su entorno inmediato.

No cambió únicamente la imagen del paisaje. Cambió también la forma de vivir y de relacionarnos con él.

La comparación entre ambas imágenes permite comprender algo difícil de percibir cuando observamos la ciudad cada día: en apenas tres generaciones se ha transformado un paisaje construido durante siglos.

También cambiamos los ríos

Comparación del río Cinca junto al Puente de las Pilas en la década de 1950 y en la actualidad
La regulación del Cinca redujo la movilidad del cauce y permitió que la vegetación ocupara antiguas graveras y brazos del río.
Vista actual del río Cinca desde el Puente de las Pilas
Vista actual del Cinca desde el Puente de las Pilas, con un cauce más estable y una vegetación que ocupa antiguas graveras y brazos del río.

Durante miles de años, el Cinca fue un río libre, no regulado por grandes embalses. Las crecidas desplazaban sus brazos, renovaban las graveras y modificaban continuamente el paisaje. Los puentes podían desaparecer, las barcas cambiaban de emplazamiento y los campos próximos al cauce convivían con la incertidumbre de las avenidas. Cada generación aprendía a adaptarse a un río imprevisible.

La construcción de los grandes embalses transformó profundamente ese comportamiento. Las avenidas disminuyeron en frecuencia e intensidad, el cauce dejó de desplazarse con la misma facilidad y la vegetación comenzó a colonizar espacios que anteriormente eran removidos por las crecidas.

El río se volvió más estable, pero también más dependiente de la gestión humana.

Por primera vez, ya no era únicamente el clima quien decidía el comportamiento del río. También lo hacían las personas.

La comparación entre las dos fotografías muestra una transformación que no ocurrió durante siglos, sino durante la vida de nuestros padres y abuelos.

En apenas dos generaciones hemos regulado —y en buena medida domesticado— un río que llevaba miles de años evolucionando libremente.

Un paisaje que depende también de nosotros

La presa de El Grado y los regadíos del valle del Cinca
La presa de El Grado y los regadíos muestran cómo, en apenas unas generaciones, hemos transformado la gestión del agua y la organización del territorio.

La presa de El Grado resume buena parte de las transformaciones que han marcado el paisaje durante el último siglo. El agua embalsada permitió ampliar los regadíos, reforzar el abastecimiento, producir energía y reducir el impacto de muchas crecidas. Al mismo tiempo, modificó el funcionamiento natural del río y transformó profundamente el valle.

La presa no representa únicamente una obra de ingeniería. Resume el momento en que la capacidad humana para transformar el paisaje alcanzó una escala desconocida hasta entonces.

En la fotografía, la gran pared de hormigón no aparece aislada. A su alrededor se extienden campos, pueblos, carreteras y cultivos. Todo forma parte de un mismo paisaje construido mediante decisiones humanas.

Muchos de estos cambios mejoraron nuestras condiciones de vida. Las carreteras facilitaron los desplazamientos, los embalses garantizaron el agua, los regadíos hicieron posible una agricultura más productiva y las ciudades ofrecieron viviendas, servicios y nuevas oportunidades.

Pero el paisaje dejó de evolucionar únicamente siguiendo los procesos naturales. Ahora depende también de nuestras decisiones:

  • cómo gestionamos el agua;
  • dónde construimos;
  • qué cultivos mantenemos;
  • cómo producimos la energía;
  • cómo reducimos nuestras emisiones;
  • y qué espacios decidimos conservar.

El mismo lugar durante 270 generaciones

Pocos lugares del Somontano permiten comprender tan bien el paso del tiempo como el estrecho de El Grado. Las rocas apenas han cambiado. Nuestra forma de relacionarnos con el río, sí.

Recreación de El Grado y el río Cinca en cuatro momentos separados por 270 generaciones
Recreación del estrecho de El Grado en cuatro momentos de su historia. Las rocas permanecen; cambia la forma en que las personas se relacionan con el río.

Hace unas 270 generaciones, durante el Neolítico, las personas dependían completamente del territorio. El Cinca se cruzaba por los lugares donde el caudal y el relieve lo permitían, y los pequeños rebaños avanzaban siguiendo los pasos naturales.

Hace unas 70 generaciones, en época romana, este corredor natural formaba parte de un territorio cada vez más organizado mediante caminos, asentamientos y comunicaciones. Sin embargo, el río seguía imponiendo sus reglas.

Hace unas 20 generaciones, hacia el siglo XV, el paso dependía todavía de una barca de maroma. Personas, animales y mercancías podían atravesar el Cinca, pero siempre condicionados por el caudal y las crecidas.

Hoy, la presa regula el río, produce energía, abastece los regadíos y reduce el efecto de muchas avenidas. En unas pocas generaciones hemos pasado de adaptarnos al Cinca a modificar profundamente su funcionamiento.

Durante la mayor parte de estas 270 generaciones, los cambios fueron lentos. Solo en las últimas generaciones hemos adquirido una capacidad de transformación desconocida hasta entonces.

Una velocidad desconocida

Durante más de mil generaciones, las transformaciones del paisaje necesitaron mucho tiempo. Un bosque avanzaba o retrocedía lentamente, los caminos se consolidaban durante siglos, las ciudades crecían alrededor de sus murallas y los ríos cambiaban después de sucesivas crecidas.

Hoy, una sola generación puede contemplar la desaparición de una huerta, la construcción de un embalse, la apertura de una carretera o la transformación completa de un valle. Ninguna generación anterior había tenido tanta capacidad para modificar el territorio en tan poco tiempo.

Las imágenes de Barbastro, del Puente de las Pilas y de El Grado no muestran paisajes separados. Son distintas manifestaciones de un mismo proceso: en apenas unas décadas hemos cambiado la ciudad, el río y la forma de aprovechar el agua.

Formamos parte de la historia

Cuando observamos una fotografía antigua solemos pensar que estamos mirando el pasado. Sin embargo, dentro de cien o doscientos años, otras generaciones observarán nuestras fotografías exactamente igual que nosotros contemplamos hoy las de Lucien Briet o las primeras imágenes de Barbastro.

Las compararán con los paisajes que existan entonces e intentarán comprender por qué desaparecieron muchas huertas, por qué se regularon los ríos, por qué crecieron las ciudades y por qué se construyeron grandes embalses.

Del mismo modo que hoy tratamos de comprender las decisiones de quienes nos precedieron, las generaciones futuras intentarán comprender las nuestras. Verán que hubo necesidades, intereses, errores y aciertos, y también comprobarán que, a diferencia de muchas generaciones anteriores, nosotros ya conocíamos buena parte de las consecuencias de nuestras decisiones.

Somos parte de la historia del paisaje. No podemos atribuir al pasado toda la responsabilidad por el territorio que dejaremos.

Una nueva responsabilidad

Durante miles de años, las personas aprendieron a adaptarse al paisaje. Hoy también somos capaces de transformarlo a una escala desconocida. Esa capacidad ha permitido mejorar la alimentación, la vivienda, las comunicaciones, la sanidad y la seguridad frente a algunos riesgos naturales, pero también nos otorga una responsabilidad que las generaciones anteriores apenas podían imaginar.

No se trata de rechazar todo lo construido ni de idealizar el paisaje del pasado. Los antiguos ríos también provocaban destrucción, las sociedades agrícolas conocieron el hambre y las comunicaciones eran lentas, dejando aislados a muchos pueblos.

Comprender la historia no significa querer regresar a ella. Significa reconocer que cada decisión tiene consecuencias y que el progreso también modifica aquello que recibimos.

No podemos cambiar lo que hicieron quienes vivieron antes que nosotros, pero sí podemos decidir qué paisaje queremos dejar a quienes vendrán después.

El final del viaje

Este viaje comenzó hace más de mil generaciones, cuando el hielo cubría el Pirineo.

Desde entonces, el clima, los ríos, los bosques y las personas han ido construyendo, generación tras generación, el paisaje que hoy conocemos.

Durante mucho tiempo, esas transformaciones fueron tan lentas que apenas podían percibirse a lo largo de una vida. Ahora ocurre algo diferente. En apenas dos o tres generaciones hemos cambiado ciudades, ríos, campos y valles enteros.

Nosotros no contemplamos el final de esa historia.

Somos una generación más dentro de ella.

Cada generación recibe un paisaje.
Cada generación deja otro diferente.
Nosotros también estamos escribiendo esa historia.

📍 Visita recomendada

Para comprender la rapidez y la magnitud con la que hemos transformado el paisaje durante el último siglo, merece la pena visitar la presa de El Grado.

🚗 Presa de El Grado

Se puede llegar fácilmente en coche. La presa permite observar una de las mayores transformaciones realizadas por el ser humano en el valle del Cinca. Donde antes existían un río, campos, caminos y un valle abierto, hoy encontramos una inmensa pared de hormigón y un gran embalse.

La construcción de la presa modificó el curso del río, inundó parte del paisaje anterior y convirtió el agua del Cinca en un recurso regulado para los regadíos, la producción de energía y el abastecimiento.

En apenas dos generaciones, el paisaje cambió más profundamente que durante muchos siglos. La visita ayuda a comprender el contraste entre el mundo antiguo, condicionado por el clima y los ríos, y el mundo actual, capaz de transformar ambos mediante grandes obras de ingeniería.

La presa de El Grado muestra cómo, en apenas cincuenta años, hemos transformado y domesticado el paisaje del río Cinca.

Para seguir descubriendo

Barbastro y la transformación de su huerta

Las fotografías aéreas permiten observar cómo la expansión urbana fue ocupando el paisaje agrícola que durante siglos había rodeado la ciudad.

Ver la evolución de Barbastro

El río Cinca antes y después de los embalses

Las imágenes antiguas y actuales muestran cómo la regulación del río transformó sus cauces, sus graveras y la vegetación de sus orillas.

Descubrir la evolución del río Cinca

Cien años de paisaje

Las fotografías de Lucien Briet y sus comparaciones con el presente permiten descubrir cómo han cambiado el Pirineo y el Prepirineo durante el último siglo.

Ver las comparativas de Lucien Briet

Explora Caminos de Barbastro

Cada fotografía antigua, cada mapa y cada camino conservan una parte de la historia del territorio.

Seguir explorando Caminos de Barbastro
El paisaje nunca ha permanecido inmóvil. El hielo, el clima, los ríos y las personas lo han transformado generación tras generación. Comprender esa historia nos ayuda a mirar de otra manera el territorio que habitamos y a recordar que nosotros también estamos construyendo el paisaje del futuro.

Has llegado al final de El camino del clima

Gracias por acompañarme en este recorrido de más de mil generaciones. Si lo deseas, puedes volver al índice de la serie o revisar cualquiera de los capítulos anteriores.


Cuando volvió el frío

4. Cuando volvió el frío

Cómo la Pequeña Edad del Hielo transformó el paisaje a lo largo de unas veinte generaciones

Monte Perdido visto desde la Brecha de Tucarroya
Monte Perdido desde la Brecha de Tucarroya. La vertiente norte conserva los restos del glaciar que durante la Pequeña Edad del Hielo alcanzó una extensión muy superior a la actual.

Quien contempla hoy Monte Perdido desde la Brecha de Tucarroya apenas puede imaginar que, hace solo unas veinte generaciones, un enorme glaciar ocupaba buena parte de la cara norte de la montaña.

Aquel gran glaciar no era un resto intacto de la última glaciación. Era, en buena medida, el resultado de un período frío relativamente reciente: la Pequeña Edad del Hielo.

Después de unas 70 generaciones, las personas habían construido pueblos, abierto campos de cultivo, consolidado caminos y levantado puentes. Parecía que el territorio había alcanzado un cierto equilibrio.

Pero hace aproximadamente 20 generaciones, el clima volvió a cambiar.

Los inviernos se hicieron más largos y fríos, las nevadas fueron más frecuentes, los glaciares crecieron de nuevo y los ríos modificaron su comportamiento.

Las personas tuvieron que adaptarse otra vez a un paisaje diferente.

La Pequeña Edad del Hielo

A partir del siglo XIV comenzó un largo período conocido como la Pequeña Edad del Hielo.

No fue una nueva glaciación ni un frío constante durante siglos. Se trató de una sucesión de décadas especialmente frías, alternadas con otras más templadas, que afectó a buena parte de Europa.

En el Pirineo, sus efectos fueron especialmente visibles.

Los glaciares volvieron a avanzar, la nieve permaneció durante más tiempo, las crecidas de los ríos fueron más frecuentes y los inviernos condicionaron la vida cotidiana de las comunidades.

El clima volvía a convertirse en uno de los grandes arquitectos del paisaje.

Los glaciares volvieron a crecer

Las montañas del Pirineo conservaban pequeños glaciares desde el final de la última glaciación.

Durante la Pequeña Edad del Hielo muchos de ellos crecieron de nuevo. Uno de los ejemplos más conocidos fue el glaciar de Monte Perdido.

Las fotografías de finales del siglo XIX muestran un glaciar mucho más extenso que el actual.

Aquellas imágenes no representan un paisaje eterno. Son el testimonio de los últimos momentos de un largo período frío que estaba llegando a su fin.

Comprender este detalle cambia nuestra forma de mirar las fotografías antiguas: no muestran «el Pirineo de siempre», sino el Pirineo de la Pequeña Edad del Hielo.

El glaciar de Monte Perdido no era una reliquia inmóvil del pasado. Era el resultado visible del último gran cambio climático natural vivido por nuestras generaciones más recientes.

Glaciar de Monte Perdido fotografiado por Lucien Briet
El glaciar de Monte Perdido fotografiado por Lucien Briet a finales del siglo XIX. La imagen recoge uno de los últimos momentos de la Pequeña Edad del Hielo, cuando el hielo todavía ocupaba una extensión muy superior a la actual.

Muchas fotografías de finales del siglo XIX muestran un Pirineo más blanco porque fueron tomadas cuando todavía permanecían visibles las huellas de aquel largo período frío.

Adaptarse otra vez

Después del gran crecimiento medieval, la población ya ocupaba buena parte del territorio que hoy conocemos.

Los pueblos estaban fundados, los caminos principales comunicaban los valles y la agricultura y la ganadería organizaban la vida de las comunidades.

Sin embargo, el nuevo clima obligó a adaptarse una vez más.

El paisaje construido durante la Edad Media no desapareció. Tuvo que aprender a convivir con un clima más duro.

Los inviernos largos dificultaban los desplazamientos, las heladas reducían las cosechas y la nieve podía aislar durante días algunos pueblos.

La vida seguía dependiendo, en gran medida, del comportamiento del clima.

Ríos, puentes y caminos

Los ríos respondían rápidamente a las variaciones del clima.

Las avenidas destruían puentes, los cauces podían cambiar de lugar y muchos pasos seguían dependiendo de barcas de maroma o de vados que desaparecían cuando aumentaba el caudal.

Mantener las comunicaciones exigía reconstruir continuamente puentes, caminos y pasos sobre los ríos.

Cada generación heredaba esas infraestructuras y volvía a repararlas cuando la naturaleza las destruía.

Paso histórico sobre el río Cinca
Durante siglos, cruzar el Cinca dependió de puentes frágiles, vados y barcas de maroma. Las crecidas podían interrumpir los caminos y obligar a reconstruir los pasos una y otra vez.

El paisaje que fotografió Lucien Briet

Cuando Lucien Briet recorrió el Pirineo a finales del siglo XIX encontró un paisaje que todavía conservaba muchas huellas de la Pequeña Edad del Hielo.

Sus fotografías muestran glaciares más extensos, neveros persistentes y paisajes de montaña que hoy reconocemos profundamente transformados.

Lucien Briet no pretendía estudiar el cambio climático. Quería fotografiar el Pirineo. Sin embargo, sus imágenes se han convertido en uno de los mejores testimonios del aspecto que tenía el paisaje en los últimos años de la Pequeña Edad del Hielo.

Gracias a sus imágenes podemos comparar el mismo paisaje separado por poco más de un siglo y comprender la rapidez con la que ha cambiado durante apenas cuatro o cinco generaciones.

Comparación de un paisaje fotografiado por Lucien Briet y su aspecto actual
Una fotografía de Lucien Briet comparada con el paisaje actual. La repetición del mismo encuadre permite observar cambios que, de otro modo, pasarían casi inadvertidos.

Un nuevo modo de relacionarse con el paisaje

Mientras las comunidades seguían adaptándose a un clima cambiante, la sociedad también comenzó a transformarse.

Durante la Edad Moderna aparecieron nuevas formas de organizar el territorio, mejorar las comunicaciones y aprovechar los recursos.

Las personas seguían dependiendo del clima, pero poco a poco comenzaron a disponer de más medios para adaptarse a él.

El paisaje seguía cambiando, aunque ya no únicamente por causas naturales.

Cuando el ser humano aceleró el cambio

El gran cambio de ritmo llegó con la Revolución Industrial.

Las carreteras, el ferrocarril, la mecanización, el uso masivo de combustibles fósiles y, más tarde, los grandes embalses transformaron el territorio a una velocidad desconocida hasta entonces.

Por primera vez en la historia, la acción humana empezó a modificar el paisaje con mayor rapidez que los cambios naturales del clima.

Durante unas veinte generaciones, el frío volvió a modelar el paisaje. Pero a partir de la Revolución Industrial comenzó una transformación todavía más profunda: la protagonizada por nosotros mismos.

Todavía nos queda la última etapa

Hoy seguimos contemplando un paisaje en constante cambio.

Los glaciares desaparecen, los bosques avanzan sobre antiguos campos de cultivo, las carreteras han sustituido a muchos caminos históricos y los embalses han transformado valles enteros.

Durante miles de años fue el clima quien transformó principalmente el paisaje. Hoy seguimos viviendo bajo su influencia, pero nuestra capacidad para modificar el territorio no tiene precedentes.

Ahora somos nosotros quienes lo transformamos con mayor intensidad.

Ese será el último capítulo de nuestro viaje.

📍 Visita recomendada

Para comprender cómo las comunidades rurales se adaptaron durante siglos al clima y a las condiciones del territorio, merece la pena visitar Pardinella, en el valle del Isábena.

🚗 Pardinella

Se puede llegar en coche hasta este pequeño núcleo situado a media ladera en el valle del Isábena. Su emplazamiento permite comprender que los pueblos no se levantaban al azar: se elegían lugares que ofrecieran protección, agua, tierras cultivables y acceso a los recursos del bosque.

Pardinella está orientada hacia el oeste y recibe el sol durante buena parte de la tarde. Esta posición ayudaba a aprovechar mejor la luz y el calor, algo especialmente importante durante los largos periodos fríos de la Pequeña Edad del Hielo.

Desde el pueblo también se aprecia la relación entre las viviendas, los campos y los bosques que rodean el valle. Durante generaciones, estos recursos proporcionaron madera, leña, pastos y alimentos, permitiendo mantener una forma de vida estrechamente ligada al territorio.

Pardinella muestra cómo cada pueblo fue colocado en el paisaje para aprovechar el sol, el agua y los recursos de la montaña.

Para seguir descubriendo

Las fotografías históricas, los glaciares y los antiguos pasos del Cinca permiten comprender cómo el frío transformó el paisaje durante siglos.

🏔️ Monte Perdido y su glaciar

La evolución del glaciar de Monte Perdido permite observar cómo el paisaje ha cambiado durante las últimas generaciones.

Descubrir Monte Perdido

📷 Cien años de paisaje

Las fotografías de Lucien Briet permiten comparar el Pirineo de comienzos del siglo XX con el paisaje actual.

Ver las comparativas de Briet

🌉 Los puentes del Cinca

Las crecidas y avenidas del río obligaron durante siglos a reconstruir los puentes y buscar nuevos pasos.

Conocer los puentes del Cinca

⛴️ Las barcas de maroma

Antes de los puentes modernos, muchas comunidades dependían de estas barcas para atravesar el río.

Descubrir las barcas de maroma

Continúa el viaje por El camino del clima

Este capítulo forma parte de una serie de cinco recorridos para comprender cómo el clima y las personas han construido el paisaje del Pirineo y el Somontano.


Cuando nació el paisaje histórico

3. Cuando nació el paisaje histórico

Cómo unas setenta generaciones transformaron el territorio

Recreación de las termas romanas de Labitolosa
Recreación de las termas romanas de Labitolosa. Hace unas setenta generaciones, las ciudades, los caminos y las explotaciones agrícolas comenzaron a organizar el territorio de una forma desconocida hasta entonces.

Hace unas setenta generaciones, el paisaje comenzó a parecerse al que heredaron nuestros abuelos.

Los primeros agricultores y pastores llevaban miles de años recorriendo y transformando lentamente el Pirineo y el Somontano. Vivían en pequeñas comunidades, seguían senderos marcados por el relieve y apenas modificaban el territorio.

Con Roma comenzó una etapa distinta: las personas dejaron de limitarse a ocupar el paisaje y empezaron a organizarlo como una red de ciudades, caminos, cultivos y mercados.

Hace unas 70 generaciones
Roma Visigodos Al-Ándalus Edad Media
Setenta generaciones construyendo el paisaje histórico

Durante más de mil años, distintas sociedades construyeron ciudades, abrieron campos de cultivo, levantaron iglesias, castillos y puentes, consolidaron caminos y fundaron muchos de los pueblos que todavía existen.

Ninguna generación transformó el territorio por sí sola. Cada una heredó la huella de las anteriores y añadió una nueva capa.

Así nació el paisaje histórico que hoy seguimos recorriendo.

Roma organiza el territorio

Cuando el Somontano y la Ribagorza pasaron a formar parte del mundo romano, el paisaje ya llevaba miles de años habitado.

Los caminos ya existían, los ríos marcaban los mejores lugares para vivir y las montañas condicionaban los desplazamientos. Roma introdujo una nueva manera de organizar ese territorio.

Las ciudades de Labitolosa y Barbotum se convirtieron en centros administrativos y económicos desde los que se organizaban la agricultura, el comercio y las comunicaciones.

A su alrededor se extendieron villas y explotaciones rurales, mientras los antiguos recorridos pasaban a formar parte de una red que enlazaba ciudades, campos y mercados.

El territorio dejaba de ser únicamente un espacio habitado y se convertía en una red organizada.

Roma no inventó los caminos. Transformó antiguos recorridos en una red organizada al servicio de una sociedad cada vez más compleja.

Un paisaje construido por las personas

Las termas de Labitolosa representan mucho más que un edificio romano.

Hablan de una sociedad capaz de levantar obras públicas permanentes, explotar canteras, transportar materiales, mantener caminos y organizar servicios comunes para sus habitantes.

Cada construcción necesitaba piedra, madera, agua y mano de obra. Cada villa requería campos de cultivo y cada camino facilitaba el movimiento de personas y mercancías.

La presencia humana comenzaba a dejar una huella cada vez más visible.

El paisaje empezaba a ser, además de natural, una obra construida por generaciones.

El paisaje sobrevivió a Roma

A partir del siglo V, el Imperio romano fue perdiendo fuerza hasta desaparecer en Occidente.

Muchas ciudades redujeron su actividad y algunas villas fueron abandonadas, pero el territorio no volvió a empezar desde cero.

Los campos continuaron cultivándose, los caminos siguieron utilizándose y muchas comunidades permanecieron en los mismos lugares.

La época visigoda fue un período de cambios, pero también de continuidad.

Durante unas quince generaciones, el paisaje heredado de Roma fue adaptándose lentamente a una nueva realidad política y social.

Las civilizaciones cambiaban, pero el territorio conservaba la memoria de quienes lo habían habitado y transformado antes.

Lauda funeraria hallada en Barbotum, Monte Cillas
Lauda funeraria de Barbotum (Monte Cillas), fechada hacia el siglo IV. Mientras cambiaban los poderes políticos, las comunidades seguían viviendo en el territorio. El paisaje conservaba la huella de las generaciones anteriores.

Al-Ándalus introduce una nueva forma de organizar el territorio

A comienzos del siglo VIII, el Somontano y buena parte del valle del Ebro pasaron a formar parte de Al-Ándalus.

El territorio quedó integrado en una extensa red que comunicaba el valle del Ebro con el resto de la península y con los pasos pirenaicos.

Barbastro nació como una fortificación andalusí levantada para controlar el territorio. A su alrededor fue creciendo una medina y una huerta estrechamente ligada al aprovechamiento del agua, elemento esencial desde el origen de la ciudad.

Su posición reforzó el valor de los caminos comerciales, administrativos y militares que comunicaban el valle del Ebro con los pasos pirenaicos. Otros recorridos continuaron siguiendo los mismos corredores naturales utilizados desde la Prehistoria.

Tras la conquista cristiana, Barbastro consolidó su importancia política, religiosa y territorial, aumentando su influencia sobre el Somontano y las comarcas vecinas. Cambiaron los poderes y las formas de administrar el espacio, pero la ciudad, la huerta, los caminos, los ríos y las montañas siguieron organizando la vida del territorio.

El paisaje volvía a transformarse, pero conservaba las capas construidas por las generaciones anteriores.

La gran expansión medieval

A partir del siglo XI comenzó una etapa decisiva.

Los reinos cristianos fueron incorporando progresivamente estas tierras y la población empezó a crecer.

Este crecimiento coincidió con un período de clima relativamente favorable, conocido como el Periodo Cálido Medieval.

La combinación de una población creciente y unas condiciones climáticas generalmente benignas aceleró la transformación del territorio.

Los bosques retrocedieron para dejar espacio a nuevos cultivos. Se fundaron pueblos, los monasterios impulsaron la ocupación de nuevas tierras y los castillos protegieron los pasos estratégicos.

La ganadería se expandió por las sierras, la trashumancia conectó el Pirineo con las tierras bajas y los caminos enlazaron pueblos, mercados, puentes, hospitales, monasterios y ciudades.

Muchos de los recorridos históricos que todavía seguimos hoy nacieron o alcanzaron entonces su mayor desarrollo.

El crecimiento de la población y un clima favorable transformaron el paisaje con una intensidad desconocida hasta entonces.

El paisaje que heredamos

Al finalizar la Edad Media, el territorio ya empezaba a parecerse al que conocerían muchas generaciones posteriores.

Los pueblos ocupaban prácticamente los mismos lugares y los grandes caminos históricos estaban consolidados.

Las terrazas agrícolas modelaban las laderas, los puentes y las barcas permitían atravesar los ríos, las iglesias marcaban el centro de las comunidades y las sierras estaban recorridas por caminos ganaderos.

Tras unas setenta generaciones de transformaciones, el paisaje había adquirido una estructura que permanecería reconocible durante siglos.

Roda de Isábena y puente medieval sobre el río Isábena
Roda de Isábena y el puente medieval sobre el río Isábena. El puente, el camino, los campos y el núcleo elevado resumen un paisaje construido durante generaciones y todavía plenamente reconocible.

No heredamos el paisaje de una sola civilización. Lo heredamos de muchas generaciones que fueron añadiendo una nueva capa sobre la anterior.

Todavía quedaba un nuevo cambio

Durante siglos, aquel paisaje pareció haber alcanzado un cierto equilibrio. Los pueblos, los campos, los caminos y los puentes ya formaban una estructura reconocible.

Pero el clima todavía tenía reservada una nueva transformación.

A partir del final de la Edad Media, las condiciones comenzaron a cambiar.

Los inviernos se hicieron más largos y fríos. Los glaciares crecieron de nuevo. Los ríos modificaron su comportamiento y muchas comunidades tuvieron que adaptarse otra vez.

El paisaje construido durante siglos tendría que enfrentarse a una nueva etapa: la Pequeña Edad del Hielo.

Ese será el siguiente paso de nuestro viaje.

📍 Visita recomendada

Para comprender cómo Roma organizó y transformó el territorio de la Ribagorza, merece la pena visitar los restos de la antigua ciudad de Labitolosa.

🚗 Ciudad romana de Labitolosa

Se puede llegar en coche hasta las proximidades del yacimiento, situado junto a La Puebla de Castro. Labitolosa permite descubrir cómo era una pequeña ciudad romana del interior, alejada de las grandes capitales del Imperio, pero plenamente integrada en su organización política, económica y cultural.

Sus edificios públicos, las termas, las inscripciones y la disposición urbana muestran cómo Roma creó nuevos centros de poder y comunicación en un territorio hasta entonces organizado principalmente en pequeños asentamientos rurales.

Desde el yacimiento también se comprende la importancia de su emplazamiento: una posición elevada desde la que se dominaban el valle del Ésera, las tierras agrícolas y las vías que comunicaban el Somontano con la Ribagorza y el Pirineo.

Labitolosa permite ver cómo Roma convirtió el territorio en una red de ciudades, caminos y espacios organizados.

Descubrir Labitolosa

Para seguir descubriendo

Las ciudades romanas, los restos visigodos y los caminos históricos permiten comprender cómo cada generación fue añadiendo una nueva capa al paisaje.

🏛️ El Somontano romano

Un recorrido por las ciudades, villas y caminos con los que Roma comenzó a organizar el territorio.

Descubrir el Somontano romano

📖 Nuestra época visigoda

Una etapa poco conocida, pero fundamental para comprender la continuidad entre el mundo romano y Al-Ándalus.

Conocer nuestra época visigoda

📍 Labitolosa

La antigua ciudad romana permite comprender cómo era la vida en este territorio hace unas setenta generaciones.

Descubrir Labitolosa

🥾 El Camino de San Ramón

Un recorrido histórico que muestra cómo los caminos aprovecharon los corredores naturales utilizados durante generaciones.

Recorrer el Camino de San Ramón

Continúa el viaje por El camino del clima

Este capítulo forma parte de una serie de cinco recorridos para comprender cómo el clima y las personas han construido el paisaje del Pirineo y el Somontano.


El nacimiento del paisaje actual

2. Cuando llegaron los primeros agricultores

El nacimiento del paisaje actual

Recreación de la Sierra de Sis con pequeños grupos de pastores prehistóricos
Recreación de la Sierra de Sis hace unos 8.000 años. El retroceso del hielo y la expansión de los bosques abrieron nuevos espacios para pequeñas comunidades de agricultores y pastores.

Durante miles de años, el hielo fue retrocediendo lentamente. Allí donde antes dominaban los glaciares comenzaron a aparecer bosques, pastos y nuevos espacios donde vivir.

No ocurrió de un año para otro. Ni siquiera de un siglo para otro. Fueron necesarias muchas generaciones para que el Pirineo y el Somontano adquirieran un aspecto parecido al actual.

El clima se hizo más templado, los ríos ocuparon los valles que hoy conocemos y lugares antes demasiado fríos o difíciles comenzaron a ofrecer refugio, agua y alimento.

Cuando desapareció el gran glaciar comenzó a nacer el paisaje que hoy reconocemos.

El hielo deja paso a un nuevo paisaje

Hace unas 400 generaciones, el final de la última glaciación abrió una nueva etapa en la historia del paisaje. Hace unas 270 generaciones, comenzaron a llegar a nuestro territorio los primeros agricultores y pastores.

Los grandes glaciares pirenaicos fueron perdiendo extensión y quedaron cada vez más limitados a las zonas altas. Tras ellos permanecieron los valles modelados por el hielo, los ibones, las morrenas y los grandes depósitos de piedras que todavía hoy permiten reconocer aquel antiguo paisaje glaciar.

Al mismo tiempo, la vegetación avanzó lentamente. Los bosques fueron ocupando territorios antes dominados por el frío y la fauna también fue cambiando. El Pirineo y el Prepirineo comenzaron a adquirir un aspecto más próximo al que conocemos actualmente.

Las montañas seguían siendo un territorio difícil, pero ya no eran el mundo de hielo del capítulo anterior.

Un territorio habitado por muy pocas personas

El clima había cambiado, pero la población seguía siendo muy escasa.

Las comunidades humanas estaban formadas por pequeños grupos y ocupaban lugares muy separados entre sí. La mayor parte del territorio permanecía cubierta por bosques y apenas estaba transformada por la acción humana.

No existían todavía los pueblos, los campos extensos ni las redes de caminos que aparecerían mucho después.

El paisaje comenzaba a ser habitable, pero seguía siendo un espacio inmenso para muy pocas personas.

Los primeros agricultores y pastores

Hace alrededor de 8.000 años comenzaron a aparecer en nuestro territorio comunidades que practicaban la agricultura y la ganadería.

Sus asentamientos eran pequeños, al igual que sus rebaños.

Por primera vez, las personas no solo se adaptaban al paisaje. Empezaban también a transformarlo.

Aquellos primeros pastores no realizaban la gran trashumancia que siglos más tarde uniría de forma organizada los valles pirenaicos con las tierras bajas. Sus desplazamientos serían más cortos y estarían relacionados con la búsqueda de agua, refugio y pastos próximos.

Poco a poco, algunas familias fueron ocupando nuevos lugares. Una generación conocía un territorio. La siguiente ampliaba ligeramente ese espacio y alcanzaba nuevos pastos o nuevos valles.

No fue una conquista rápida de la montaña.

Fue una ocupación lenta, realizada por pequeñas comunidades a lo largo de muchas generaciones.

La Sierra de Sis: una montaña recorrida desde la Prehistoria

La Sierra de Sis ayuda a comprender este proceso.

Su relieve forma una larga barrera montañosa entre las tierras del sur y los valles pirenaicos. Sin embargo, también ofrece collados, divisorias y pasos naturales que permiten avanzar por la montaña. Su prolongada alineación entre las tierras bajas y los valles pirenaicos constituye uno de los grandes corredores naturales del Prepirineo.

Los restos arqueológicos encontrados en la sierra muestran que este territorio fue conocido y utilizado desde tiempos prehistóricos, especialmente durante el Neolítico y la Edad del Bronce.

Aquellas personas no recorrían una carretera ni seguían un camino señalizado. Avanzaban por los lugares que el relieve hacía posibles, enlazando fuentes, abrigos, zonas de pasto y pasos naturales.

La montaña seguía imponiendo las reglas, pero las personas comenzaban a conocerlas.

Vista actual de la Sierra de Sis y de los pasos naturales hacia el Pirineo
Vista actual de la Sierra de Sis. El relieve conserva los collados, lomas y pasos naturales que durante miles de años guiaron los desplazamientos humanos.

Dos grandes corredores hacia el Pirineo

El relieve del Prepirineo no estaba formado únicamente por barreras montañosas. También ofrecía largas alineaciones que permitían avanzar hacia los grandes pasos pirenaicos.

La Sierra de Sis, orientada de norte a sur, facilitó durante siglos la comunicación con la Ribagorza y el Valle de Arán. Su trazado constituye uno de los grandes corredores naturales entre las tierras del Somontano, los valles pirenaicos y la vertiente septentrional de la cordillera.

Más al oeste, la Sierra de Sevil ofrecía otra vía natural hacia los pasos del Pirineo y el puerto de Bujaruelo. La importancia de este corredor parece remontarse a la Prehistoria. Algunos hallazgos arqueológicos muestran relaciones entre comunidades situadas a ambos lados de la cordillera, como sugieren las semejanzas entre las pinturas de la Fuente del Trucho, en Colungo, y las de la cueva de Gargas, en Francia.

Aquellos desplazamientos no seguían carreteras ni caminos construidos. Aprovechaban las largas sierras, las divisorias, los collados y los pasos naturales que la montaña ofrecía.

Las sierras no fueron solo barreras: también guiaron durante miles de años el paso hacia el Pirineo.

Vista de la Sierra de Sevil con el Pirineo al fondo y el Tozal Blanco señalado
La Sierra de Sevil, vista hacia el norte. Su larga alineación montañosa conduce hacia los grandes pasos del Pirineo y ayuda a comprender cómo estos corredores naturales facilitaron desde la Prehistoria la comunicación entre ambas vertientes de la cordillera.

Los primeros caminos no fueron construidos

Los caminos más antiguos no nacieron de una obra. Nacieron de la repetición.

Han pasado unas 270 generaciones desde que aquellos primeros pastores comenzaron a recorrer estas montañas. Cada generación conoció un poco mejor el territorio y algunos itinerarios naturales fueron utilizándose una y otra vez, hasta convertirse con el paso del tiempo en caminos.

Cada vez que una familia o un pequeño rebaño atravesaba el mismo collado, seguía una loma o buscaba el paso más cómodo, aquel itinerario se hacía un poco más reconocible.

Antes de ser caminos fueron pasos naturales; la repetición terminó convirtiéndolos en rutas reconocibles.

Muchos siglos después, algunos de aquellos corredores naturales seguirían formando parte de rutas ganaderas, caminos entre pueblos e itinerarios históricos.

En la Sierra de Sis, uno de esos recorridos acabaría relacionado con el camino que posteriormente conoceríamos como Camino de San Ramón.

No podemos afirmar que el trazado histórico fuera exactamente el mismo que el prehistórico, pero sí que ambos aprovecharon un mismo elemento: los pasos naturales de la montaña.

Un paisaje que comienza a transformarse

Hasta entonces, el clima había sido el principal responsable de los cambios en el paisaje. Ahora las personas empezaban también a dejar su huella.

Alrededor de los pequeños asentamientos se abrieron algunos claros en el bosque. Aparecieron reducidas zonas de cultivo y espacios aprovechados por el ganado.

Pero la transformación todavía era limitada. La población era muy pequeña y la presión humana sobre el territorio seguía siendo escasa. No debemos imaginar un paisaje lleno de aldeas, campos y grandes rebaños.

La mayor parte de la montaña continuaba siendo un espacio natural apenas alterado.

Todavía faltaban miles de años

El Neolítico y la Edad del Bronce fueron etapas fundamentales para la ocupación del territorio, pero no produjeron todavía la gran transformación del paisaje.

La trashumancia organizada, las grandes redes de caminos, la expansión de los cultivos y el crecimiento de pueblos y mercados serían fenómenos mucho más tardíos.

Para que eso ocurriera era necesario que aumentara considerablemente la población. Y ese gran crecimiento llegaría durante la Edad Media.

Después de más de mil generaciones de cambios, el hielo había dejado paso a un nuevo paisaje. Hace unas 270 generaciones, las personas comenzaron a recorrerlo y transformarlo lentamente.

Durante miles de años, las personas ocuparon lentamente el territorio. Pero todavía faltaban muchas generaciones para que aparecieran las calzadas romanas, los puentes, las ciudades y la red de caminos que aún hoy seguimos recorriendo.

El crecimiento de la población y una organización cada vez más compleja transformarían el paisaje con una intensidad desconocida hasta entonces.

Ese será el siguiente paso de nuestro viaje.

📍 Visita recomendada

Para comprender el papel de la Sierra de Sevil como corredor natural entre el Somontano y el Pirineo, merece la pena recorrer la carretera que comunica Sarsa de Surta con Las Bellostas.

🚗 Sarsa de Surta y Las Bellostas

Se puede llegar en coche a ambos pueblos. El recorrido permite observar la larga alineación de la Sierra de Sevil y entender cómo estas montañas, además de actuar como barreras, servían también de guía para desplazarse de sur a norte.

Desde este territorio se avanzaba hacia los valles pirenaicos y los grandes pasos de la cordillera. El paisaje ayuda a imaginar los itinerarios seguidos durante miles de años por cazadores, pastores, viajeros y comunidades que se comunicaban entre ambas vertientes del Pirineo.

La Sierra de Sevil no fue solamente una frontera natural: también fue un camino hacia el Pirineo.

Para seguir descubriendo

La Sierra de Sis y los yacimientos prehistóricos del entorno permiten comprender cómo pequeñas comunidades fueron ocupando lentamente el territorio y aprendiendo a recorrer la montaña.

📖 Nuestra Prehistoria

Un recorrido por los principales yacimientos prehistóricos del Somontano y del Prepirineo, desde los primeros habitantes hasta las comunidades de la Edad del Bronce.

Leer «Nuestra Prehistoria»

📍 La Sierra de Sis

Una montaña que conserva numerosos testimonios de ocupación humana y que permite comprender cómo los pasos naturales fueron utilizados durante miles de años.

Descubrir la Sierra de Sis

🥾 El Camino de San Ramón

Un antiguo recorrido por la Sierra de Sis que aprovecha los pasos naturales de la montaña y conserva la memoria de siglos de desplazamientos entre el Somontano y la Ribagorza.

Recorrer el Camino de San Ramón

Continúa el viaje por El camino del clima

Este capítulo forma parte de una serie de cinco recorridos para comprender cómo el clima y las personas han construido el paisaje del Pirineo y el Somontano.