Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen
De la ermita sobre el Cinca al santuario junto al embalse
Torreciudad es uno de esos lugares que he conocido siempre y que, sin embargo, con los años he aprendido a mirar de otra manera. Por mi edad, he conocido el nuevo santuario prácticamente desde sus comienzos y he podido seguir su evolución viviendo a apenas media hora. Ya hice una entrada en el blog en el año 2015, Torreciudad.
Curiosamente, uno de mis primeros recuerdos de aquel nuevo Torreciudad es muy cotidiano: el bar que había junto al embalse y que cerró pocos años después. Por encima de edificios e instituciones, lo que siempre permaneció fue un paisaje excepcional.
Tiene además para mí una dimensión personal. Mi madre, Amparo Turmo Barrabés, fue llevada siendo niña hasta Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad después de recuperarse de una caída. Aquella historia familiar hizo que este lugar nunca me resultara indiferente.
Después llegó el paisaje. He llegado tres veces a pie desde Barbastro hasta Torreciudad, una de ellas corriendo. Son kilómetros recorridos por Costean, El Grado, el Cinca y las laderas que rodean el santuario. Es un territorio que conozco también desde los pies.
Recuerdo especialmente aquella carrera de 1985. Después de recorrer más de una media maratón desde Barbastro, llegamos con ropa deportiva y no nos permitieron siquiera acceder a la explanada porque nuestra indumentaria no se consideró decorosa. El santuario quedó allí, a cientos de metros, frente a nosotros.
Vista hoy, aquella pequeña anécdota también habla de otra época. Resulta especialmente curioso comprobar que décadas después Torreciudad acoge la carrera de relevos 500 km Tajamar-Torreciudad, una actividad suficientemente consolidada como para aparecer con un apartado propio en la Wikipedia dedicada al Santuario de Torreciudad.
En 1985 llegamos corriendo y no pudimos entrar; hoy llegar corriendo forma parte de la propia historia de Torreciudad.
Durante muchos años practiqué además piragüismo en el embalse de El Grado. En una lámina de agua de casi veinte kilómetros de longitud, la silueta de Torreciudad era una referencia inconfundible. Desde la piragua aparecía sobre las laderas como un punto de orientación. También así he aprendido a conocer este paisaje: desde el camino y desde el agua.
Durante aquellos años en los que conocía bien el embalse desde la piragua llegué incluso a proponer a Torreciudad una pequeña iniciativa que me parecía muy ligada al lugar: que cada 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, una imagen llegara hasta Torreciudad por las aguas del embalse. La idea no llegó entonces a desarrollarse, pero recuerdo que me parecía una forma muy hermosa de unir el paisaje, el agua y la devoción popular.
En otros proyectos tuve más fortuna. El Obispado de Barbastro-Monzón sí acogió años después la propuesta del Camino de San Ramón, una iniciativa que desde Caminos de Barbastro permitió movilizar a muchas personas alrededor de los antiguos caminos de estas tierras. Eran también otros tiempos, y quizá otra forma de relacionarnos con el territorio y con las instituciones.
Durante mucho tiempo, como probablemente le ocurre a casi todo el que llega, mi mirada se dirigía principalmente hacia el gran santuario, mientras la pequeña ermita permanecía abajo, casi como un resto de todo lo anterior. Con los años me ha sucedido justamente lo contrario: cada vez me interesan más aquella pequeña ermita, la torre medieval, Nuestra Señora de los Ángeles y el paisaje que existió antes de que el río Cinca se convirtiera en embalse.
Quizá porque Torreciudad permite contemplar algo más que la historia de un santuario: cómo cambian un paisaje, una sociedad y nuestra propia manera de mirar un lugar.
Antes de ser santuario, Torreciudad fue una torre
El propio nombre nos lleva mucho más atrás que el actual edificio. La torre medieval ocupa una posición privilegiada sobre el corredor del Cinca. Desde allí se podía controlar el paso por el valle y mantener contacto visual con otros puntos elevados.
Al estudiar recientemente otras fortalezas del Cinca, como el castillo de Artasona, he empezado también a mirar Torreciudad desde esa perspectiva. Desde Artasona se distingue Torreciudad. No sabemos hasta qué punto aquellas posiciones formaron una red organizada de comunicación, pero su relación visual permite comprender que no eran lugares aislados.
Antes de ser un lugar al que acudir, Torreciudad fue un lugar desde el que mirar.
Con el paso de los siglos aquella función defensiva perdió importancia. Sin embargo, junto a la torre permaneció un pequeño edificio que acabaría teniendo una vida mucho más larga: la ermita.
Al visitar hoy la antigua ermita me sorprende que apenas encontremos una explicación sobre aquella torre que, en realidad, dio nombre a Torreciudad. Se trata de una construcción medieval documentada ya en el siglo XI, situada en una posición estratégica sobre el valle del Cinca, cuando esta zona formaba parte de la frontera entre los territorios cristianos y musulmanes. Desde aquí se vigilaban el valle y los caminos en una época en la que lugares próximos como Graus y El Grado todavía no habían pasado definitivamente a manos cristianas.
No haría falta una gran intervención para recuperar esta parte de la historia. Un sencillo panel interpretativo junto a los restos de la torre permitiría explicar su función defensiva, su relación con el valle del Cinca y, sobre todo, algo tan elemental como por qué este lugar se llama Torreciudad. La ermita explica la historia religiosa del lugar; la torre permitiría recordar la historia anterior sobre la que aquella devoción acabó asentándose.
Nuestra Señora de los Ángeles
Hoy utilizamos casi siempre la expresión Virgen de Torreciudad, pero durante siglos la advocación fue más precisa: Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad. Las antiguas espéculas de peregrino todavía conservan ese nombre.
Aquellas pequeñas insignias permiten acercarnos a un Torreciudad muy diferente del actual. Sobre las espéculas y las antiguas insignias de peregrinación ya escribí hace años en Caminos de Barbastro.
Las familias llegaban desde los pueblos próximos para pedir ayuda, agradecer una curación o cumplir una promesa. Entre las tradiciones asociadas a Nuestra Señora de los Ángeles tuvo especial importancia la presentación y protección de los niños. Y eso permite comprender dos pequeñas historias separadas por casi treinta años.
Dos niños llevados a la Virgen
En 1904 una familia de Barbastro llevó hasta aquella pequeña ermita a un niño de unos dos años después de que se recuperara de una grave enfermedad. Se llamaba Josemaría Escrivá de Balaguer. Su madre había prometido llevarlo a Torreciudad si sanaba. Décadas después, aquel niño impulsaría la construcción del gran santuario que hoy conocemos.
En 1932 otra familia llevó hasta el mismo lugar a una niña procedente de Merli después de recuperarse de una caída. Era mi madre, Amparo Turmo Barrabés.
Son dos historias particulares, pero pertenecen a algo mucho más amplio: una religiosidad popular en la que las familias acudían hasta Nuestra Señora de los Ángeles para poner a sus hijos bajo su protección o agradecer su recuperación.
Antes de que Torreciudad recibiera peregrinos de todo el mundo, recibía a las familias de estos valles.
La misma Virgen, dos maneras de verla
También ha cambiado ante nuestros ojos la manera de contemplar a la Virgen. No se trata solamente del lugar en el que se encuentra, sino también de la forma en que la imagen ha sido presentada y venerada a lo largo del tiempo.
Durante generaciones la talla románica permaneció cubierta por vestidos, manto y corona. Ésa fue la imagen que contemplaron muchos de quienes llegaron hasta la antigua ermita. Con su restauración volvió a quedar visible la escultura, pero también cambió notablemente el aspecto con el que hoy la conocemos.
Antes y después de la restauración
Una fotografía tomada durante la romería de Torreciudad de 1967 permite observar con especial claridad aquel cambio. La talla conservaba entonces una policromía muy visible: azules, rojizos, tonos claros y algunos detalles dorados cubrían los vestidos de la Virgen y del Niño.
El contraste con su aspecto actual es muy llamativo. La estructura de la escultura es la misma, pero la presencia dominante del oro modifica profundamente nuestra percepción de la imagen.
El propio Opus Dei explica este proceso en un vídeo dedicado a la historia de la talla. Se realizó una primera intervención de consolidación en 1964 y, posteriormente, una nueva restauración en torno a 1970. Fue en esta segunda intervención cuando se incorporó una lámina de pan de oro, que dio a buena parte de la escultura el aspecto con el que hoy se contempla en el nuevo santuario.
El vídeo resulta especialmente interesante porque muestra también imágenes antiguas de la ermita y de la propia Virgen antes de aquella transformación. Permite comprobar que no sólo cambió el lugar en el que se veneraba la imagen: también cambió profundamente la manera de presentarla ante los peregrinos.
Es la misma imagen y, sin embargo, cuando observo esta transformación tengo una sensación parecida a la que producen los dos paisajes de Torreciudad: parecen pertenecer a mundos diferentes.
La Virgen en los dos espacios
Al recorrer el mismo día, uno detrás de otro, la antigua ermita y el nuevo santuario, me llamó especialmente la atención que Nuestra Señora de los Ángeles parece hablar en cada lugar un lenguaje diferente.
En la ermita continúa muy presente la representación tradicional de la Virgen vestida, coronada y rodeada de ángeles, la forma en que fue contemplada durante generaciones por las familias que llegaban hasta Torreciudad. En el nuevo santuario, en cambio, la talla románica restaurada aparece sin aquellos vestidos y ocupa el centro de un enorme retablo.
No es únicamente una diferencia estética. Los dos espacios parecen responder también a dos maneras distintas de vivir Torreciudad. La ermita invita a una relación próxima, individual o familiar. El nuevo santuario fue concebido desde su origen para las grandes peregrinaciones y para recibir a muchas personas.
Y al contemplar la talla dentro del enorme retablo se comprende mejor también su transformación. La imagen románica mide apenas 84 centímetros y, vista desde la nave, ocupa un espacio diminuto dentro de una arquitectura de dimensiones monumentales. El dorado hace que destaque sobre un retablo deliberadamente oscuro y que la mirada del visitante se dirija inmediatamente hacia ella. En ese contexto, el pan de oro no parece solamente una decisión de restauración: cumple también una función iconográfica y visual, convirtiendo a la pequeña talla en el centro luminoso de todo el santuario.
La percepción cambia mucho cuando contemplamos la imagen fuera de ese marco. Aislada, el dorado resulta mucho más llamativo y hace difícil imaginar la policromía azul, rojiza y clara que todavía conservaba en las fotografías de 1967. También aquí conviene mirar aquella intervención con los criterios de su época. A comienzos de los años setenta se estaba creando un gran santuario y se buscaba una imagen capaz de presidir visualmente aquel espacio. Con los criterios actuales de conservación del patrimonio, una intervención que modificara de forma tan intensa la apariencia de una talla románica sería mucho más difícil de justificar.
No son simplemente una ermita pequeña y un santuario grande.
Son dos espacios concebidos para experiencias diferentes.
1969-1975: cuando cambió la escala
Durante siglos la ermita estuvo sobre el río Cinca, no sobre un embalse. El agua corría por el fondo del valle, entre gleras y laderas, bajo la torre y la ermita. En 1969 se terminó la presa de El Grado y aquel paisaje cambió profundamente con la creación del nuevo embalse. Solamente seis años después, en 1975, abrió al culto el nuevo santuario de Torreciudad.
En muy poco tiempo cambiaron simultáneamente el paisaje y la arquitectura. El río se convirtió en embalse y la pequeña ermita pasó a convivir con un enorme santuario preparado para recibir grandes peregrinaciones.
La antigua ermita pertenecía al paisaje del río.
El nuevo santuario pertenece al paisaje del embalse.
Presa y santuario son obras completamente diferentes, pero ambas pertenecen a unos años caracterizados por la confianza en las grandes construcciones y en la capacidad humana para transformar el territorio. Una gran obra modificó el Cinca; la otra modificó para siempre la imagen de Torreciudad.
La escala al acercarse
Las fotografías aéreas y las cifras permiten medir Torreciudad, pero caminar hacia el santuario permite percibir su tamaño de otra manera. Desde la entrada del recinto el edificio todavía aparece integrado en el paisaje. Conforme nos acercamos, va ocupando cada vez una parte mayor de nuestra mirada hasta que su volumen acaba dominando por completo el espacio.
Esta sucesión ayuda a comprender algo que las cifras por sí solas no muestran. El nuevo Torreciudad fue concebido para hacerse presente en el paisaje y para recibir grandes concentraciones. Su monumentalidad no es accidental: forma parte del propio concepto del santuario.
La escala vista desde el aire
Visto desde el aire se comprende todavía mejor la magnitud de aquella transformación. Una medición aproximada sobre la ortofoto actual muestra que el conjunto de Torreciudad se extiende a lo largo de unos 500 metros y que la zona ocupada por el santuario, edificios, explanadas, aparcamientos, jardines y accesos ronda las 5,3 hectáreas.
La información catastral aporta otra referencia para comprender esa escala. El edificio del santuario propiamente dicho figura con 7.555 m² construidos, mientras que la otra gran unidad catastral del conjunto figura con 16.616 m² construidos. Entre ambas unidades principales se superan los 24.000 m² construidos.
Una comparación cercana
Cada día, al ir al trabajo, veo la catedral de Barbastro y siempre me ha parecido un edificio enorme. Por eso me ha sorprendido especialmente comparar sus dimensiones con las de Torreciudad. Según la información catastral, la catedral de Barbastro cuenta con 2.986 m² construidos, mientras que solamente el edificio religioso del nuevo santuario de Torreciudad alcanza los 7.555 m².
Es decir, el santuario de Torreciudad tiene aproximadamente dos veces y media la superficie construida de la catedral de Barbastro.
Para hacerse una idea de la escala:
Catedral de Barbastro: 2.986 m² construidos
Santuario de Torreciudad: 7.555 m² construidos
Otra gran unidad catastral del conjunto: 16.616 m² construidos
Longitud aproximada del conjunto: 500 metros
Superficie ocupada aproximada: 5,3 hectáreas
No se trató, por tanto, únicamente de construir un gran templo, sino de crear un amplio conjunto capaz de recibir peregrinaciones, familias y grupos de muy diversa procedencia.
También en este aspecto Torreciudad es una obra muy vinculada a su tiempo. Cuando fue proyectado y construido todavía no existía en España el actual marco de evaluación ambiental y paisajística. Hoy una actuación semejante, por su extensión y por encontrarse en una ladera especialmente visible sobre un embalse, tendría que someterse a unos controles ambientales y paisajísticos mucho más exigentes. No podemos saber cuál sería el resultado, pero difícilmente podría plantearse hoy de la misma manera.
La importancia del agua en este paisaje se hizo especialmente visible durante el gran descenso del nivel del embalse de El Grado en 2025. Al descender extraordinariamente su nivel, el paisaje contemplado desde Torreciudad se volvió áspero y casi irreconocible, muy alejado de la imagen serena que ofrece el embalse cuando está lleno.
Un rincón olvidado del nuevo Torreciudad
Hay también un pequeño lugar que forma parte de mis primeros recuerdos de Torreciudad. Cuando era niño recuerdo el bar del antiguo Merendero, situado poco antes de llegar al santuario. Décadas después he vuelto hasta allí y me ha sorprendido encontrar el edificio completamente abandonado y vandalizado, en fuerte contraste con el cuidado del resto del entorno.
La paradoja es que desde este lugar se obtiene una de las perspectivas que más me gustan de Torreciudad. Desde aquí pueden contemplarse en una misma mirada la antigua ermita, la torre medieval, el nuevo santuario y el paisaje del embalse. Precisamente desde este edificio abandonado hice una de las fotografías que mejor me ha permitido comprender la relación entre los dos Torreciudad.
Actualmente existe un proyecto para recuperar este edificio y convertirlo en alojamiento para familias y peregrinos, una iniciativa de la que informó Diario del AltoAragón. Quizá dentro de unos años este rincón vuelva a formar parte de la vida de Torreciudad.
Mi mirada también ha cambiado
Mi relación con Torreciudad ha evolucionado igualmente. Durante muchos años el gran santuario ocupó para mí el primer plano y la antigua ermita permanecía casi como algo residual. Ahora me ocurre lo contrario, aunque también he aprendido a comprender mejor la función diferente de ambos espacios.
Durante décadas, ésta ha sido probablemente una de las imágenes más características del nuevo Torreciudad: el santuario lleno, la gran explanada ocupada por miles de peregrinos y el embalse como fondo paisajístico. En momentos así se comprende mejor la escala con la que fue concebido.
Lo percibí de una manera completamente diferente este último invierno. Fui a Torreciudad un martes de febrero y prácticamente estaba solo. Había regresado con una intención muy personal: agradecer que una caída de cabeza que había sufrido mientras preparaba aquella entrada sobre el descenso del nivel del embalse de El Grado hubiera quedado, afortunadamente, en nada. Resultaba curioso pensar que, muchos años después de que mi madre hubiera sido llevada allí tras recuperarse de una caída, yo regresaba también después de otra caída para dar gracias.
Pedí permiso para acercarme al camarín y después me senté en la primera fila del templo. Delante de mí había un enorme santuario prácticamente vacío. El espacio que en las grandes concentraciones podía acoger a miles de personas era ahora casi sólo para mí.
Aquel día, más que proximidad o recogimiento, sentí cierta inquietud. Era una experiencia muy personal: un espacio concebido para reunir a muchas personas se encontraba prácticamente vacío y su monumentalidad se hacía especialmente perceptible.
Después, al volver a Torreciudad y recorrer de nuevo con calma la antigua ermita y el nuevo santuario, comprendí mejor algo que entonces no había valorado suficientemente. La monumentalidad del nuevo templo no es accidental, sino que responde a la función para la que fue concebido. El santuario cobra especialmente sentido cuando recibe peregrinaciones, familias y grandes celebraciones. La antigua ermita responde a otra escala y a otra experiencia religiosa.
Cuando bajé hasta la antigua ermita la sensación fue completamente diferente. El espacio era reducido, próximo y silencioso. Allí encontré un tipo de recogimiento que personalmente siento más próximo.
Una sola persona basta para que aquel pequeño espacio tenga sentido.
Pero había algo que siempre me había producido una sensación extraña. En el lugar donde durante siglos estuvo Nuestra Señora de los Ángeles ya no había ninguna talla, sino una pintura. De alguna manera, aquel día me encontré con dos situaciones completamente diferentes:
El gran santuario estaba vacío de personas.
La pequeña ermita estaba vacía de su Virgen.
Quizá fue entonces cuando comprendí con mayor claridad cuánto había cambiado también mi propia manera de mirar Torreciudad.
Con independencia de la relación que cada persona pueda tener con el Opus Dei, resulta difícil no reconocer la extraordinaria capacidad de iniciativa de Josemaría Escrivá. Desde una ciudad pequeña como Barbastro impulsó proyectos que acabarían alcanzando una dimensión internacional, y Torreciudad es probablemente una de sus manifestaciones más visibles.
Tampoco puede olvidarse el impacto económico y turístico que Torreciudad ha tenido durante estos cincuenta años en su entorno, especialmente en el Somontano y en poblaciones como Barbastro y El Grado. Un estudio elaborado en 2024 por la Cámara de Comercio e Industria de Huesca estimó en 97,4 millones de euros anuales su impacto económico directo, indirecto e inducido, calculado fundamentalmente para la provincia de Huesca y, en algunos efectos, para el conjunto de Aragón. El propio estudio destaca además la especial repercusión turística y territorial de Torreciudad en el Somontano y su contribución al conocimiento de Barbastro y de otras poblaciones del entorno.
Los recelos que durante años despertó el santuario llegaron a generar toda clase de rumores y leyendas. Resulta muy ilustrativo el blog Secretos de Torreciudad, creado por José Alfonso Arregui, entonces responsable de comunicación del santuario, precisamente para explicar y desmontar muchos de aquellos rumores.
Mi relación con este lugar nunca ha sido, por tanto, simplemente de adhesión o rechazo. Torreciudad forma parte de mi paisaje, de mi historia familiar y de mis propios caminos, y mi manera de verlo también ha cambiado conmigo.
La antigua ermita después del traslado de la talla
Cuando la talla original fue trasladada al nuevo santuario, la antigua ermita cambió también de función. El retablo permanece, pero en el lugar que durante siglos ocupó Nuestra Señora de los Ángeles encontramos actualmente una pintura de la Virgen.
Siempre me ha llamado la atención esta solución. Precisamente porque éste fue durante siglos el lugar de la imagen, me pregunto si una réplica de la talla no ayudaría a conservar visualmente esa relación histórica. Permitiría comprender mejor el sentido original de la ermita sin necesidad de mantener allí expuesta de forma permanente una imagen románica de tanto valor.
Y quizá esa réplica ni siquiera tendría que reproducir el aspecto dorado con el que hoy contemplamos la talla en el nuevo santuario. Podría recuperar, de forma interpretativa, la imagen policromada que conocieron quienes acudían a la antigua ermita antes de las restauraciones del siglo XX. De esa manera, los dos espacios quedarían también diferenciados visualmente: el santuario conservaría la presentación actual de la talla original y la ermita ayudaría a comprender cómo fue contemplada durante generaciones.
Sería, evidentemente, sólo una posibilidad. Pero permitiría que la ermita y el nuevo santuario no aparecieran como dos espacios en competencia, sino como dos momentos diferentes de la historia de una misma devoción.
El conflicto devuelve la mirada a la ermita
Durante medio siglo el nuevo santuario pasó inevitablemente a ocupar el primer plano de Torreciudad, mientras la pequeña ermita quedaba en una posición mucho más discreta. Al mismo tiempo, Torreciudad quedó estrechamente identificado con el Opus Dei, una realidad que ha generado a lo largo de los años adhesiones, recelos y opiniones muy diferentes.
Las recientes discrepancias entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei han producido, sin embargo, una consecuencia inesperada: han vuelto a colocar en primer plano precisamente aquello que parecía haber quedado en segundo término, la antigua ermita y Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad.
El 31 de agosto de 2026, pocos días antes de la romería, el obispo de Barbastro-Monzón hizo pública su petición de que la talla permanezca definitivamente en la antigua ermita. El comunicado elevó notablemente un conflicto que en pocas horas alcanzó repercusión nacional.
Después de volver a recorrer ambos espacios, cada vez tengo más claro que no tiene demasiado sentido plantearlos como dos alternativas entre las que haya que elegir. La antigua ermita y el nuevo santuario responden a conceptos diferentes de Torreciudad. La primera conserva la memoria, la proximidad y la escala humana de la antigua devoción; el segundo nació para acoger grandes peregrinaciones y desarrollar un proyecto mariano de una dimensión completamente distinta.
Quizá precisamente por eso ambos espacios puedan conservar su propia identidad. La antigua ermita podría recuperar visualmente su relación histórica con Nuestra Señora de los Ángeles mediante una réplica de la talla, sin necesidad de que una imagen románica de tanto valor permanezca allí expuesta de forma permanente. El gran santuario, por su parte, puede continuar desarrollando la función para la que fue concebido.
La ermita y el santuario no tienen por qué competir.
Son dos maneras distintas de entender y vivir Torreciudad.
Hay además otra razón por la que he querido recoger estos acontecimientos en forma de cronología. Estamos viviendo un momento que, con el paso de los años, probablemente acabará formando parte de la historia de Torreciudad y de la propia Iglesia en estas tierras. Muchas veces conocemos estos procesos cuando ya han terminado, resumidos en unas pocas líneas de un libro de historia. Esta vez podemos observar cómo se desarrolla uno de ellos mientras está ocurriendo.
Desde Caminos de Barbastro me interesa precisamente eso: seguir los hechos, conocer las distintas posiciones y ver cómo una institución con siglos de historia se replantea hoy la relación entre una imagen, una antigua ermita y un santuario contemporáneo. No se trata tanto de decidir quién tiene razón como de intentar comprender qué está sucediendo y dejar constancia de cómo evoluciona.
El conflicto de Torreciudad, paso a paso
Una cronología abierta de unos acontecimientos todavía en desarrollo.
La diócesis de Barbastro y el Opus Dei establecen el acuerdo mediante el cual la antigua ermita de Torreciudad queda vinculada al proyecto de conservación del lugar y promoción del culto.
Un testimonio notarial recoge el acuerdo entre el obispo Jaime Flores y los promotores de Torreciudad para construir el nuevo santuario con la condición expresa de que en él recibiera culto y veneración la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad.
La talla románica restaurada pasa a presidir el retablo del nuevo santuario. La antigua ermita permanece como lugar histórico de la devoción.
Las diferencias entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei sobre la situación jurídica y pastoral de Torreciudad pasan al primer plano público.
El papa Francisco nombra a Alejandro Arellano comisario pontificio plenipotenciario para estudiar y encauzar la situación de Torreciudad.
Septiembre de 2026: semanas decisivas
Alejandro Arellano autoriza que la talla original vuelva durante unas horas a la antigua ermita con motivo de la Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe. Para la procesión posterior se utilizará la imagen peregrina.
Ángel Pérez Pueyo pide públicamente que la imagen permanezca definitivamente en la antigua ermita. La diócesis plantea además una posible solución diferente para la situación jurídica del nuevo santuario.
La prensa recupera el testimonio notarial de 1966 en el que la construcción del nuevo santuario aparece expresamente vinculada a que la Virgen recibiera allí culto y veneración.
La talla original regresará por unas horas a la antigua ermita, más de medio siglo después de su traslado al nuevo santuario. Este apartado se actualizará después de la jornada.
Las palabras del obispo durante una de las principales celebraciones religiosas de las fiestas de Barbastro tendrán especial interés en medio del proceso abierto.
Alejandro Arellano, comisario pontificio para Torreciudad, presidirá una de las grandes celebraciones anuales del nuevo santuario.
Esta cronología se irá actualizando a medida que se produzcan nuevos acontecimientos.
5 de septiembre de 2026: el regreso
Esta historia todavía no ha terminado. El próximo 5 de septiembre, con motivo de la Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe, la talla original de Nuestra Señora de los Ángeles volverá durante unas horas a la antigua ermita, más de medio siglo después de su traslado al nuevo santuario.
El paisaje que encontrará será diferente. Debajo ya no discurrirá aquel río Cinca de las antiguas fotografías y la propia talla tampoco tendrá el aspecto con el que fue contemplada durante generaciones, cubierta por sus vestidos y su manto. Pero será la misma imagen nuevamente dentro del mismo pequeño espacio.
Estaré ese día en Torreciudad. Prefiero no anticipar qué significará el regreso. Quiero ver dónde colocan la talla, observar el ambiente y volver a mirar la pequeña ermita con Nuestra Señora de los Ángeles dentro.
Después incorporaré aquí las fotografías y las impresiones de aquella jornada.
Llegar todavía caminando
Hay algo que, pese a todos estos cambios, permanece: todavía podemos llegar caminando. El recorrido entre Barbastro, El Grado y Torreciudad está hoy mucho mejor señalizado y forma parte del GR 17 Vía Arán-Pirineos.
Desde Barbastro se puede seguir hasta El Grado por el trazado del GR 17 y continuar hacia Torreciudad por el tramo que enlaza El Grado con La Puebla de Castro. Puede consultarse más información en GR 17 - Senderos Turísticos de Aragón.
No se trata sólo de otra forma de llegar al santuario. Caminar permite comprender las distancias, atravesar lentamente el paisaje y aproximarse a Torreciudad de una manera parecida a como lo hicieron durante generaciones quienes acudieron hasta Nuestra Señora de los Ángeles.
Después de hablar de torres, presas, grandes santuarios, conflictos e instituciones, me gusta terminar de la forma más sencilla.
Caminando.
Durante siglos ésa fue la manera de llegar hasta la pequeña ermita. Y quizá recorrer hoy esos caminos siga siendo una de las mejores formas de devolver a Torreciudad su verdadera escala.
Esta entrada ha sido escrita a partir de la experiencia personal del autor y de fuentes históricas y documentales. La fotografía histórica utilizada en la comparación del paisaje de Torreciudad ha sido coloreada digitalmente para facilitar su interpretación y comparación con la imagen actual. La entrada será actualizada después de la romería del 5 de septiembre de 2026.
Contenido desarrollado por el autor con el apoyo de herramientas de redacción asistida.
Daniel Vallés Turmo
Septiembre de 2026
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