Conservar el paisaje, nueve años después
Barbastro como ejemplo de un paisaje que cambia
En 2017 publiqué en Caminos de Barbastro una reflexión titulada Conservar el paisaje . Aquel artículo formó parte del trabajo con el que ese mismo año recibí el Primer Premio Félix de Azara de Medios de Comunicación Social .
La fotografía que utilicé entonces mostraba un paisaje muy cercano para mí: Las Chesas, con El Pueyo al fondo. Nueve años después, también aquel lugar ha cambiado. Quizá por eso me ha parecido un buen momento para volver sobre aquella reflexión y hacerme de nuevo una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué significa realmente conservar un paisaje?
El paisaje nunca ha permanecido inmóvil. Cambian los cultivos, los caminos, los pueblos, las carreteras, los usos del suelo e incluso nuestra manera de relacionarnos con el territorio. Pero muchos de esos cambios se producen poco a poco y, al suceder durante nuestra propia vida, apenas somos conscientes de ellos.
Solo cuando encontramos una fotografía antigua, regresamos a un lugar después de muchos años o comparamos imágenes tomadas en épocas diferentes comprendemos hasta qué punto el territorio se ha transformado.
Para hacerlo visible he elegido un lugar cercano que muchos lectores de Caminos de Barbastro conocemos bien: Barbastro. No porque sea un caso excepcional, sino precisamente porque reconocer el territorio nos permite percibir cambios que seguramente pasarían inadvertidos si observáramos un lugar desconocido.
Barbastro, 1956-1957 y 2026
Dos ortofotos separadas por casi siete décadas muestran prácticamente el mismo territorio. El río Vero, los altozanos y las grandes formas del relieve siguen permitiéndonos reconocer Barbastro, pero el paisaje construido y utilizado por las personas es profundamente diferente.
En 1956-1957 destacan a simple vista tres grandes elementos. Barbastro es todavía una ciudad muy compacta, concentrada principalmente en la margen derecha del río Vero y en torno a la actual avenida de la Merced. En la margen izquierda, la acequia de San Marcos riega una extensa superficie ocupada por un mosaico de pequeñas huertas. Alrededor de la ciudad, los altozanos están cultivados principalmente con almendros, olivos y campos de cereal.
En 2026 la situación es muy diferente. La expansión urbana ha ocupado buena parte de aquella huerta y las parcelas que permanecen tienen una presencia mucho menor y más fragmentada. Parte de los antiguos espacios agrícolas próximos a la ciudad están ahora ocupados por polígonos industriales, urbanizaciones, instalaciones deportivas y otros equipamientos. También destacan grandes infraestructuras inexistentes en la ortofoto de 1956-1957, como la canalización del río Vero y las variantes norte y sur de la ciudad.
No solo somos más: vivimos de otra manera
Podríamos pensar que esta transformación responde simplemente al aumento de población. Hacia 1956-1957 Barbastro tenía unos 10.100 habitantes; el censo de 1960 registró 10.227. En la actualidad la ciudad se aproxima a los 17.850 habitantes.
La población ha aumentado alrededor de un 77 %. Sin embargo, al comparar las dos ortofotos, la superficie ocupada por la ciudad parece haber crecido proporcionalmente mucho más. No solo somos más: también ocupamos el territorio de otra manera.
Necesitamos viviendas, industrias, colegios, instalaciones deportivas, carreteras, aparcamientos, comercios y servicios que hace sesenta o setenta años ocupaban mucho menos espacio o simplemente no existían. El cambio del paisaje no depende únicamente de cuántos somos, sino también de cómo vivimos.
Un paisaje construido durante siglos
Sería un error pensar que el paisaje de 1956-1957 era un paisaje natural que había permanecido intacto desde tiempos remotos. También era un territorio profundamente transformado por las personas. Las acequias, las huertas, los olivares, los almendros, los campos de cereal, las terrazas y los caminos eran el resultado de siglos de trabajo y de adaptación al medio.
Barbastro había ido creciendo alrededor de su núcleo histórico siguiendo el río, los caminos y las necesidades de cada época. Podríamos hablar de un crecimiento orgánico, en el que cada generación modificaba el territorio apoyándose en las estructuras que había recibido de la anterior. El paisaje cambiaba, pero lo hacía lentamente y mantenía una cierta continuidad.
Si pudiéramos retroceder varios siglos desde la ortofoto de 1956-1957, probablemente seguiríamos reconociendo muchos de sus elementos esenciales: el núcleo compacto de la ciudad, el río Vero, las huertas, las acequias, los caminos y los cultivos adaptados a los altozanos.
Lo que sucede durante la segunda mitad del siglo XX no es, por tanto, que el paisaje empiece a cambiar. El paisaje siempre había cambiado. Lo que cambia profundamente es la velocidad y la escala de la transformación.
En apenas unas décadas aparecen polígonos industriales, urbanizaciones, grandes instalaciones deportivas, nuevas carreteras, variantes y amplias superficies urbanizadas. Muchos de esos nuevos usos ya no se incorporan simplemente al paisaje anterior, sino que en determinados lugares lo sustituyen.
¿Hasta dónde debe crecer una ciudad?
El crecimiento de Barbastro hacia el sur y el este permite observar además otra cuestión interesante. Cuando se construyó la variante, esta se planteó como un límite al crecimiento de la ciudad. En la ortofoto actual se aprecia bastante bien cómo la carretera actúa como frontera entre el espacio urbano y el territorio agrícola.
Dentro de ese límite han ido apareciendo viviendas, equipamientos, instalaciones deportivas y otros usos urbanos, mientras que al otro lado permanece todavía una parte importante del paisaje agrícola. La variante no solo sirve, por tanto, para desviar el tráfico: también dibuja sobre el territorio una línea que separa dos formas diferentes de utilizarlo.
Esto introduce otra dimensión de lo que significa conservar un paisaje. Conservar también consiste en decidir hasta dónde queremos transformar. Una ciudad necesita crecer y adaptarse a nuevas necesidades, pero ese crecimiento no tiene por qué extenderse indefinidamente.
Durante siglos los límites de las ciudades estuvieron muy condicionados por la propia geografía, las distancias que podían recorrerse y las necesidades agrícolas. Hoy disponemos de muchos más medios para modificar el territorio y, precisamente por eso, somos nosotros quienes debemos decidir qué límites queremos establecer.
El paisaje de mi infancia
Hay además una transformación que las ortofotos no pueden explicar completamente: la desaparición de buena parte del paisaje cotidiano que recuerdo de mi infancia.
Cuando era niño, al salir de Barbastro aparecían enseguida las huertas, los caminos, los campos de cereal, los almendros y los olivos de los altozanos. La transición entre la ciudad y el campo era muy rápida. Bastaba caminar un poco para encontrarse fuera del espacio urbano y entrar en un paisaje agrícola abierto.
Hoy esa distancia se ha alargado. Antes de llegar al campo tenemos que atravesar urbanizaciones, polígonos, carreteras, rotondas, instalaciones deportivas y otras infraestructuras. La naturaleza y el paisaje agrícola no han desaparecido, pero se han alejado de la ciudad.
Cuando observo la ortofoto antigua no veo solamente un Barbastro diferente. Reconozco todavía parte del paisaje de mi infancia: una ciudad que terminaba y que, casi inmediatamente, daba paso a las huertas y a los campos.
De algunos de aquellos lugares todavía conservamos imágenes. En este vídeo pueden verse las antiguas huertas situadas junto al puente del Portillo, un paisaje que durante mucho tiempo formó parte del entorno cotidiano de Barbastro y que hoy resulta mucho más difícil reconocer sobre el terreno.
Antiguas huertas junto al puente del Portillo. Ver vídeo en YouTube .
La fotografía de Las Chesas con la que comenzaba aquella reflexión de 2017 representa precisamente esa relación. No era un paisaje excepcional ni un espacio protegido. Era uno de esos lugares próximos a la ciudad por los que podíamos caminar y desde los que reconocíamos nuestro territorio. También ese paisaje ha ido cambiando.
Quizá esto nos obliga a ampliar lo que entendemos por conservación. No se trata únicamente de proteger grandes espacios naturales, monumentos o lugares especialmente bellos. También puede significar conservar paisajes cotidianos, esos espacios cercanos que permiten salir de una ciudad y, después de caminar unos minutos, encontrarse entre huertas, árboles, campos y caminos.
Conservar no significa congelar
Sería demasiado sencillo mirar las dos ortofotos y concluir que el paisaje de 1956-1957 era mejor. Barbastro tenía que crecer. Necesitaba viviendas, industria, centros educativos, instalaciones deportivas, carreteras y servicios que han mejorado nuestra calidad de vida.
No tendría sentido pretender regresar al Barbastro de 1956-1957. Conservar el paisaje no significa congelarlo.
Cada generación tiene derecho a transformar el territorio para responder a sus necesidades, pero al mismo tiempo recibe un paisaje construido durante siglos y tiene una responsabilidad sobre aquello que transmitirá a la siguiente. Quizá conservar consista precisamente en buscar ese equilibrio: permitir que el paisaje siga evolucionando sin que cada nueva transformación borre completamente las huellas de las anteriores.
Mantener algunas huertas, acequias, caminos, cultivos tradicionales, árboles, topónimos o espacios abiertos puede parecer algo pequeño frente a las grandes decisiones urbanísticas. Sin embargo, son precisamente esas huellas las que nos permiten seguir leyendo la historia de un territorio.
Algunos ejemplos concretos de estas transformaciones pueden verse en la entrada Cambios en el paisaje de Barbastro , donde se recogen distintas modificaciones recientes del territorio que muestran cómo el paisaje continúa evolucionando ante nuestros ojos.
Una fotografía que todavía no existe
Entre las dos ortofotos de Barbastro han pasado casi 70 años. Podemos hacer ahora un pequeño ejercicio de imaginación y preguntarnos qué veremos si alguien toma otra fotografía aérea dentro de otros 67 años, hacia 2093.
Probablemente seguiremos reconociendo el río Vero y las grandes formas del relieve, pero muchas otras cosas habrán cambiado. Quizá algunos de los campos actuales hayan desaparecido y otros se hayan recuperado. Cambiarán las carreteras, las viviendas, la vegetación y seguramente también nuestra relación con el agua, la agricultura y el clima.
No podemos saber cómo será aquella fotografía. Pero una parte de ella se está construyendo ahora, con las decisiones grandes y pequeñas que tomamos sobre el territorio.
En 2017 escribía que somos únicamente inquilinos temporales del paisaje. Nueve años después sigo pensando lo mismo. Ahora quizá añadiría que cada generación tiene derecho a transformar el paisaje, pero también la responsabilidad de dejar suficientes huellas para que quienes vengan después puedan comprender de dónde vienen.
Cuando alguien compare algún día las ortofotos de Barbastro de 1956-1957, 2026 y 2093, la verdadera pregunta será:
¿Qué nos gustaría que todavía pudiera reconocer?
Y si el paisaje inevitablemente cambia, al menos deberíamos intentar conservar su memoria. Ese ha sido también uno de los fines de Caminos de Barbastro: mantener esa memoria de país, como decía mi tío José María. Los caminos, las acequias, las huertas, las fotografías, los nombres de los lugares y las historias de quienes los habitaron forman parte de esa memoria.
Durante años, Caminos de Barbastro ha intentado reunir pequeñas piezas de ese paisaje que cambia para que algunas de ellas no desaparezcan también de nuestro recuerdo.
Quizá no podamos conservar intacto el paisaje que recibimos, pero sí podemos evitar que desaparezca sin dejar memoria.
Contenido desarrollado por el autor con apoyo de herramientas de inteligencia artificial para asistencia en la redacción, tratamiento de imágenes y elaboración de recursos visuales.
Daniel Vallés Turmo
Agosto de 2026
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