Brígida y Joaquina
Entre la necesidad y la libertad, el puente fueron ellas.
Mi abuela Joaquina Villacampa Ballarín (1879–1950) vino a Sarsa de Surta para casarse con mi abuelo Nicolás Vallés Javierre (1877–1953) en 1906. Ese mismo año, una hermana de Nicolás, Brígida Vallés Villacampa, se fue a Silves Bajo.
Hoy puede parecernos un intercambio casi medieval. Pero en el Pirineo de comienzos del siglo XX el matrimonio no era solo una decisión íntima: era también una decisión económica y social.
Las casas —más que edificios— eran unidades de trabajo, herencia y supervivencia. Su continuidad dependía del equilibrio entre familias. Y ese equilibrio, muchas veces, descansaba sobre las mujeres.
Eran ellas quienes asumían el traslado, el desarraigo y la adaptación a una nueva casa. No se hablaba de igualdad. Se hablaba de sobrevivir. La montaña era dura para todos, pero exigía a las mujeres una fortaleza silenciosa: sostener la casa, criar, trabajar y mantener el equilibrio familiar.
Mi madre contaba una anécdota: su madre, con siete hijos, apenas dormía para tejer de noche los calcetines de lana con los que vestirlos. Ese esfuerzo invisible también era parte del equilibrio.
La mortalidad era alta —la penicilina apenas comenzaba a difundirse— y ambas mujeres tuvieron siete hijos. Su resistencia fue cotidiana, sin discurso, sin reconocimiento. Pero sobre ella se sostuvo la continuidad de las casas.
Alguien podría pensar que todo respondía únicamente al patriarcado. Y lo era, en gran medida. Pero también era una sociedad sin salarios, sin red de seguridad, donde la herencia recaía en uno y los demás debían buscar su lugar.
Los hombres que no eran herederos tampoco lo tenían fácil. O se quedaban ayudando al hermano, sin propiedad ni futuro propio, o se marchaban a servir. Mi abuelo materno, Antonio, el menor de ocho hermanos, vivió en carne propia cómo te empujaban a salir cuanto antes para no ser otra boca que alimentar.
El cambio
En apenas cuatro generaciones hemos pasado de matrimonios marcados por la necesidad a la libertad de elegir. Ese cambio no cayó del cielo. Se construyó lentamente sobre la resistencia silenciosa de mujeres como ellas.
La llegada del trabajo asalariado —con obras como la central de Seira— transformó aquel sistema de subsistencia. El salario supuso independencia. Y la independencia abrió posibilidades nuevas para hombres y mujeres.
Sus casas están arruinadas. Pero lo que sostuvieron permanece.
La libertad que hoy damos por hecha se levantó, piedra a piedra, sobre la resistencia silenciosa de mujeres como ellas. Comprenderlo no es nostalgia: es memoria.
Esta historia forma parte de una memoria familiar más amplia que ya conté en: Tu Sarsa, yo Silves .
Contenido desarrollado por el autor con el apoyo de herramientas de redacción asistida.
Daniel Vallés Turmo
Febrero de 2026