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lunes, 23 de febrero de 2026

Brigida y Joaquina

Brígida y Joaquina

Entre la necesidad y la libertad, el puente fueron ellas.

Brígida y Joaquina
Brígida y Joaquina.

Mi abuela Joaquina Villacampa Ballarín (1879–1950) vino a Sarsa de Surta para casarse con mi abuelo Nicolás Vallés Javierre (1877–1953) en 1906. Ese mismo año, una hermana de Nicolás, Brígida Vallés Villacampa, se fue a Silves Bajo.

Hoy puede parecernos un intercambio casi medieval. Pero en el Pirineo de comienzos del siglo XX el matrimonio no era solo una decisión íntima: era también una decisión económica y social.

Las casas —más que edificios— eran unidades de trabajo, herencia y supervivencia. Su continuidad dependía del equilibrio entre familias. Y ese equilibrio, muchas veces, descansaba sobre las mujeres.

Eran ellas quienes asumían el traslado, el desarraigo y la adaptación a una nueva casa. No se hablaba de igualdad. Se hablaba de sobrevivir. La montaña era dura para todos, pero exigía a las mujeres una fortaleza silenciosa: sostener la casa, criar, trabajar y mantener el equilibrio familiar.

Mi madre contaba una anécdota: su madre, con siete hijos, apenas dormía para tejer de noche los calcetines de lana con los que vestirlos. Ese esfuerzo invisible también era parte del equilibrio.

La mortalidad era alta —la penicilina apenas comenzaba a difundirse— y ambas mujeres tuvieron siete hijos. Su resistencia fue cotidiana, sin discurso, sin reconocimiento. Pero sobre ella se sostuvo la continuidad de las casas.


Las casas de Brígida y Joaquina
Las casas de Brígida y Joaquina.

Alguien podría pensar que todo respondía únicamente al patriarcado. Y lo era, en gran medida. Pero también era una sociedad sin salarios, sin red de seguridad, donde la herencia recaía en uno y los demás debían buscar su lugar.

Los hombres que no eran herederos tampoco lo tenían fácil. O se quedaban ayudando al hermano, sin propiedad ni futuro propio, o se marchaban a servir. Mi abuelo materno, Antonio, el menor de ocho hermanos, vivió en carne propia cómo te empujaban a salir cuanto antes para no ser otra boca que alimentar.


El cambio

Tejiendo junto al fuego
Tejiendo junto al fuego.

En apenas cuatro generaciones hemos pasado de matrimonios marcados por la necesidad a la libertad de elegir. Ese cambio no cayó del cielo. Se construyó lentamente sobre la resistencia silenciosa de mujeres como ellas.

Construcción de la central de Seira
Construcción de la central de Seira (1912–1918).

La llegada del trabajo asalariado —con obras como la central de Seira— transformó aquel sistema de subsistencia. El salario supuso independencia. Y la independencia abrió posibilidades nuevas para hombres y mujeres.

Sus casas están arruinadas. Pero lo que sostuvieron permanece.

La libertad que hoy damos por hecha se levantó, piedra a piedra, sobre la resistencia silenciosa de mujeres como ellas. Comprenderlo no es nostalgia: es memoria.


Esta historia forma parte de una memoria familiar más amplia que ya conté en: Tu Sarsa, yo Silves .

Contenido desarrollado por el autor con el apoyo de herramientas de redacción asistida.

Daniel Vallés Turmo

Febrero de 2026

martes, 5 de agosto de 2025

Caminos del abandono: una historia de familia y despoblación en el Alto Aragón

El silencio que deja el abandono

Portada trabajo de la toponimia de Sarsa de Surta, 1985

Hay caminos que ya no llevan a ningún sitio. O, mejor dicho, que solo llevan al pasado. Caminos cubiertos de hierba, de olvido y de recuerdos. Algunos los recorrí con mi padre, otros solo. Todos llevan a lo mismo: a la despoblación del Alto Aragón, esa herida callada que marcó a tantas familias, incluida la mía. Seguro que fueron el desencadenante para que en el año 2012 comenzara el blog Caminos de Barbastro con el objetivo inicial de andar la historia.

La mirada del investigador

Desde que estuve en la universidad en Huesca, de 1984 a 1986,  he sentido una profunda fascinación por los pueblos abandonados. Gracias a una beca de investigación de la Diputación Provincial de Huesca, pude dedicarme a recuperar la toponimia de esas localidades vacías, especialmente de La Solana, cerca de Boltaña. Con la ayuda de fotografías aéreas y la memoria de antiguos vecinos, fui reconstruyendo los nombres de fincas, barrancos y caminos que ya no estaban en los mapas, pero que seguían vivos en la memoria oral. Ese trabajo fue un repulsivo para lo que vino después.

Fotografía aérea del vuelo de 1965

Uno de los momentos más significativos fue acompañar a mi padre a Sarsa de Surta en el año 1985. El pueblo ya estaba deshabitado. Recorrimos sus calles en silencio mientras él me señalaba cada rincón, cada nombre, cada historia. Aquella caminata fue también un acto de recuperación simbólica: darle voz al territorio mudo. Hice una entrada en el blog: El camino del abandono (Sarsa de Surta) En ella, aparece la toponimia que me dijo mi padre.

Casa Juan Vallés de Sarsa de Surta

Siete hermanos, siete caminos

La historia de los hermanos de mi madre refleja ese proceso de emigración rural que vivieron miles de familias en el Alto Aragón. Ellos fueron siete: Antonio, José María, Amparo, Margarita, Consuelo, Emilio y María Teresa. Ver entrada: Siete hermanos y un éxodo: historia de la despoblación del Alto Aragón.

Antonio, el mayor, fue el heredero y se quedó en Labuerda. José María se casó en Serraduy. Amparo, mi madre, se trasladó a Barbastro. Margarita emigró a Barcelona. Consuelo se fue a Binéfar. Emilio terminó en Palma de Mallorca y acabó sus últimos años con sus hermanas en Barcelona. María Teresa abrió una peluquería en Santa Coloma de Gramenet y acabó tras la jubilación en Jaca.

Detrás de cada decisión de mudanza, hay una historia de necesidad, de aspiración, de ruptura con el entorno rural. Esta dispersión geográfica fue también un reflejo del éxodo rural que vació nuestras comarcas.

El contexto: una despoblación estructural

Durante el siglo XX, Aragón vivió uno de los procesos de despoblación más intensos de España. En 1900, la comunidad tenía algo más de 900.000 habitantes. Entre 1950 y 1980, más de 300 municipios aragoneses perdieron la mitad o más de su población. Las causas: mecanización del campo, falta de servicios, centralización industrial. Las consecuencias: ruptura familiar, abandono de formas de vida, desaparición de pueblos.

Raíces invisibles

A menudo percibo en las nuevas generaciones un desapego hacia el pasado. En un mundo digital y veloz, detenerse a escuchar historias antiguas parece un lujo. Pero cuanto más difícil es el presente, más necesaria es la memoria. No para idealizar, sino para entender. Porque en las raíces hay también sentido de comunidad, resistencia y dignidad.

Contar el pasado es un acto de cuidado. Es decir: “esto también es tuyo”. Aunque no se vea, hay raíces que siguen vivas bajo tierra. Basta con recordarlas para que puedan volver a dar fruto. Aunque, ahora, veo que quizás sea una batalla perdida por la tremenda inundación de información que hace que nos desborde y seamos incapaces de asimilarla.

Cien años después

María Teresa, la hermana menor, nació hace ya más de cien años. Entre su generación y la nuestra hay tres eslabones: sus hijos, sus nietos y sus bisnietos. Hoy, recordar su historia es una forma de conectar con una sensibilidad distinta, con un mundo en el que el duelo, la fe y el silencio ocupaban el lugar que ahora llenan las pantallas y la inmediatez.

Mensaje a los jóvenes

Nuestro abuelo Antonio Turmo Turno nació en 1890. Su mujer María, en 1900. Hoy, más de un siglo después, es difícil para nuestros hijos y nietos imaginar un mundo sin electricidad, sin agua corriente, sin coche ni internet. Pero aunque cambie el escenario, hay algo que permanece: el arraigo, la familia, el valor del esfuerzo. Esa es la herencia que debemos saber escuchar. Pero, temo que hayan cambiado, también, las creencias que nos unían.

🔮 Miedo al futuro

Con lo que escucho a mi alrededor, confieso que siento miedo al futuro. Hay una sensación de vértigo, como si estuviéramos reviviendo, bajo nuevas formas, los temores que marcaron el siglo XX. El modernismo ha dado paso a una especie de posdemortismo que está deviniendo en una mezcla de distopía, cinismo y resignación— en la que pareciera que todo vale, pero nada importa.

A veces me pregunto si no estamos regresando, peligrosamente, a los años 30 del siglo pasado. Entonces surgieron los fascismos; hoy crecen las nuevas extremas derechas, alimentadas por el miedo, la desconfianza y una nostalgia mal entendida.

Y, sin embargo, ahora lo hacemos con toda la información al alcance de la mano. Internet nos permite saberlo todo, contrastarlo todo, acceder a todos los datos. Pero eso no garantiza que pensemos. Al contrario: en este contexto, cada vez me parece más actual el título de Erich Fromm: El miedo a la libertad.

Porque sí, hay miedo. Y porque muchas veces ese miedo se traduce en una renuncia a pensar, a decidir por uno mismo. Se sustituye el pensamiento por el eslogan, la duda por el dogma, la reflexión por el refugio en unos valores “tradicionales” que no ofrecen soluciones reales, sino seguridad emocional.

Hoy las personas parecen ser más fieles a sus creencias que a la información. Y eso, en una era donde la información abunda pero la reflexión escasea, puede ser profundamente peligroso. Por eso repito —casi como un lema personal—: pensar es necesario. No solo útil, no solo recomendable.

Ojalá esta historia familiar sirva para mirar con más calma lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. Porque el futuro también se escribe con memoria. Y porque cada vez que recorremos un camino del abandono, también estamos recuperando un pedazo de nosotros mismos.

🏞️ Estado de la despoblación en la provincia de Huesca

La provincia de Huesca tiene uno de los paisajes más afectados por el éxodo rural en toda España. Según diversas fuentes, hay actualmente alrededor de 320 núcleos o pueblos deshabitados. Muchos de ellos han quedado reducidos a ruinas, estructuras aisladas o simplemente han desaparecido de los mapas.

Investigadores como Cristian Laglera y Adolfo Castán han documentado este fenómeno en libros como Imágenes de un tiempo, donde recopilan más de 300 pueblos y aldeas abandonadas, especialmente entre los valles del Sobrarbe, Ribagorza y Alto Gállego. Esta documentación muestra cómo, a lo largo del siglo XX, gran parte del territorio altoaragonés fue perdiendo población hasta quedar vacío.

Algunos ejemplos de pueblos despoblados en la provincia:

  • Búbal, desalojado en los años 60 por la construcción del embalse. Se ha reconstruido parte de la zona no inundada desde el año 1984.

  • Acín, en la Garcipollera, expropiado y hoy en ruinas.

  • Lasaosa, abandonado en los años 70, con algunas casas recientemente reconstruidas.

  • Susín, Escartín, El Sarrato, Cillas… nombres que suenan a pasado, pero que aún guardan memoria en sus piedras.

A pesar de todo, la provincia no ha dejado de cambiar. Según el Instituto Nacional de Estadística, en enero de 2024, la población total de Huesca era de 228.634 habitantes, con un ligero crecimiento en núcleos urbanos como Huesca capital, Barbastro y Monzón. Sin embargo, el mundo rural sigue perdiendo presencia, lo que mantiene el desequilibrio entre ciudad y territorio.

Este contraste —entre los pueblos que desaparecen y las ciudades que crecen— es precisamente el contexto que da sentido a esta reflexión. Porque contar lo que fue, lo que se vació, lo que aún queda, también es una forma de resistir al olvido.

🥾 Caminando por el silencio: la ruta de Muro de Roda y el despoblado de Ministerio

Una de las formas más directas y conmovedoras de comprender la despoblación es caminar por ella. En el año 2014 realicé una ruta circular que parte desde Muro de Roda, un impresionante conjunto fortificado que domina el valle, y desciende hasta el despoblado de Ministerio, antes de regresar al punto de inicio.

Mapa de la ruta circular desde Muro de Roda hasta el despoblado de Ministerio, en el Sobrarbe. Un recorrido por el vacío que aún habita en el paisaje

Hoy, Ministerio está completamente deshabitado. Apenas quedan restos visibles: algunas piedras sueltas, ruinas invadidas por la vegetación, un paisaje que parece haber sido tragado por el tiempo. Pero al caminar por allí, uno puede intuir la vida que hubo, los pasos que se daban, las voces que llenaron esas laderas.

Esta ruta no es solo un ejercicio físico. Es una travesía simbólica por la memoria del Alto Aragón: cada curva del sendero, cada casa hundida, cada rincón olvidado nos habla de un pasado reciente que se desvanece, y del que apenas quedan huellas.

Ministerio

He contado esta experiencia en una entrada de 2014, que puedes leer aquí y hacer la ruta:

👉 Muro de Roda y el despoblado de Ministerio

Contenido desarrollado por el autor con el apoyo de herramientas de redacción asistida.

Daniel Vallés Turmo

Agosto de 2025

Acceso a guías y rutas (pinchar)






lunes, 4 de agosto de 2025

Siete hermanos y un éxodo: historia de la despoblación del Alto Aragón

La generación que llenó los pueblos

En las décadas de 1920 y 1930 nacieron muchas personas en los pueblos del Alto Aragón. Las casas estaban llenas, las familias eran numerosas y, gracias a la llegada de los antibióticos, la mortalidad infantil —que antes era muy alta— comenzó a disminuir notablemente.

Aquella generación alcanzó la edad adulta en los años posteriores a la Guerra Civil Española. Fue entonces cuando las grandes ciudades, como Barcelona, comenzaron a demandar mano de obra. Poco a poco, los pueblos se fueron vaciando: los hijos emigraban en busca de oportunidades laborales, dejando atrás la tierra y el hogar familiar.

La ruta de los hermanos de mi madre

La historia de los hermanos de mi madre refleja ese proceso de emigración rural que vivieron miles de familias en el Alto Aragón. Ellos fueron siete: Antonio, José María, Amparo, Margarita, Consuelo, Emilio y María Teresa.

  • Antonio, el mayor, fue el heredero y se quedó en Labuerda. Hoy sus descendientes regentan una panadería y un hotel-restaurante, ambos con el nombre de Turmo.

  • José María se casó en Serraduy, en Casa Peix. Sus descendientes también tienen un hotel-restaurante y una panadería.

  • Amparo, mi madre, fue la mayor de las hermanas. Permaneció en la casa familiar hasta que todos sus hermanos se casaron o emigraron. Luego se trasladó a vivir a Barbastro. Sus hijos (mis hermanos y yo) vivimos hoy en Logroño y Barbastro.

  • Margarita se fue a trabajar de peluquera a Barcelona. Tuvo tres hijos: dos siguen viviendo en la ciudad condal y el tercero es sacerdote en el Arzobispado de Toledo.

  • Consuelo se casó en Binéfar, provincia de Huesca. Tuvo tres hijos. El más pequeño ya ha fallecido, y los otros dos viven en Binéfar.

  • Emilio se trasladó primero a Barcelona y luego a Palma de Mallorca. No se casó ni tuvo hijos. Pasó sus últimos años de vida con su hermana Margarita en Barcelona.

  • María Teresa vivió en Santa Coloma de Gramenet, donde abrió su propia peluquería. Tras jubilarse, ella y su marido se retiraron a Jaca. Él falleció antes que ella, y María Teresa pasó sus últimos años en una residencia. Su hija vive en Huesca.

De la emigración a la inmigración

Me gustaría que este relato familiar sirviera como testimonio de lo que vivieron tantas familias aragonesas durante el siglo XX. El éxodo rural vació nuestros pueblos, y el trabajo, los servicios y el futuro se fueron concentrando en las ciudades.

Paradójicamente, hoy el Alto Aragón está muy despoblado, pero es tierra de acogida. Son centenares los inmigrantes que llegan cada año, ocupando trabajos que de otra forma quedarían vacantes. Gracias a ellos, muchos pueblos continúan habitados. Gracias a ellos, hay esperanza.

Un futuro que ya no depende de los hijos nacidos aquí, sino de aquellos que eligieron este lugar para vivir y decidieron quedarse.

🌱 Raíces invisibles: ¿por qué el pasado parece no importar a los jóvenes?

A menudo percibo en las nuevas generaciones un cierto desapego hacia el pasado. No es tanto que lo rechacen abiertamente, sino que parece no formar parte de sus prioridades. Y me pregunto si esto se debe, en parte, a la forma en que hoy se percibe la realidad.

Vivimos en una sociedad acelerada, donde lo inmediato impone su lógica. La digitalización ha cambiado la manera en que recibimos y procesamos la información: todo es rápido, fragmentado, y a veces superficial. En ese contexto, detenerse a mirar hacia atrás, a escuchar historias antiguas, a comprender los caminos que nos han traído hasta aquí... parece casi un lujo.

Pero creo que hay algo más profundo. Muchos jóvenes sienten que su vida es difícil, incierta, plagada de desafíos que no acaban de entender. ¿Cómo pedirles que miren al pasado si ni siquiera el presente les ofrece claridad?

Y sin embargo, ahí está la paradoja: cuanto más difícil es el presente, más necesario es el pasado. No para idealizarlo, ni para aferrarnos a él, sino para reconocer que venimos de una historia común, de raíces compartidas. En esas raíces hay dolor, sí, pero también fuerza, resistencia, comunidad y sentido.

Contar el pasado no es una nostalgia vacía. Es un acto de cuidado. Es decir: “esto también es tuyo”. Porque aunque a veces no se vea, hay raíces que siguen vivas bajo tierra. Basta con recordarlas para que puedan volver a dar fruto.


🕯️ Cien años después: ¿Cómo sentirían los hermanos la muerte de Teresa?

Han pasado cien años desde el nacimiento de Teresa, la hermana menor. Entre su generación y la nuestra hay ya tres eslabones: sus hijos, sus nietos y sus bisnietos. Tres generaciones de cambio, de avances, de rupturas, pero también de silencios.

Hoy, al recordar su historia, me pregunto: ¿cómo vivieron sus hermanos la muerte de la pequeña Teresa? ¿Qué lugar ocupó su ausencia en una época marcada por la emigración, la lucha por sobrevivir y el peso de lo no dicho?

Es difícil imaginarlo. No solo por el tiempo transcurrido, sino porque en estas tres generaciones han cambiado profundamente las creencias, los valores, las formas de ver la vida y la muerte. Lo que entonces era cotidiano —el duelo, el silencio, la fe— hoy ha sido reemplazado por otras formas de comprender el mundo, más racionales, más digitales, a veces más solitarias.

Este pensamiento me lleva inevitablemente a la brecha generacional que estamos viviendo en nuestros días. En un tiempo dominado por la digitalización y la inteligencia artificial, cada vez resulta más difícil comprender cómo sentían los que vinieron antes. Nos alejamos no solo de sus palabras, sino también de su forma de mirar la vida.

Y sin embargo, al volver sobre su memoria, me doy cuenta de algo esencial: aunque cambien los lenguajes y los paradigmas, el amor y el dolor, la familia y el recuerdo, siguen teniendo una raíz común. Y esa raíz es la que nos une, incluso a través de un siglo.


📜 Mensaje a las nuevas generaciones

Nuestro abuelo Antonio Turmo Turno nació en 1890, y su mujer María en el año 1900. Se casaron en 1918, al término de una guerra mundial que apenas entendían desde su mundo rural. A partir de 1921, comenzaron a llegar sus siete hijos. Hoy, más de cien años después, tres generaciones nos separan de aquel matrimonio que echó raíces en Labuerda, un rincón del Alto Aragón.

Para las nuevas generaciones, resulta difícil imaginar el mundo en el que vivieron Antonio y María. No había luz eléctrica, ni agua corriente, ni transporte más allá de una mula o unos buenos zapatos. La vida era dura, marcada por el esfuerzo, el hambre muchas veces, el trabajo constante y un fuerte sentido de comunidad.

Ese tiempo está ya muy lejos del que viven hoy nuestros hijos y nietos. Las palabras que lo describen se parecen poco al mundo digital, urbano y veloz en el que han crecido. Por eso no es fácil hacer una transposición justa, porque no se trata solo de comparar cosas: se trata de entender modos de vida, valores y silencios.

Sin embargo, en esa distancia también hay un mensaje. Hay algo que permanece: el arraigo, la familia, la dignidad del trabajo, el valor de los pequeños gestos. Aunque haya cambiado el escenario, la memoria de Antonio y María puede seguir hablando, si sabemos escucharla. Porque no se trata de nostalgia, sino de herencia. Y esa herencia no está hecha solo de tierras o apellidos, sino de ejemplos y caminos abiertos.

Boda de Antonio y María en 1918

📉 La despoblación rural en Aragón durante el siglo XX: un éxodo silencioso

Durante el siglo XX, Aragón vivió uno de los procesos de despoblación rural más intensos de España. En 1900, la comunidad tenía algo más de 900.000 habitantes, con una fuerte presencia en el medio rural. Sin embargo, a partir de los años 1950, comenzó un éxodo masivo hacia las ciudades, motivado por la mecanización del campo, la falta de servicios básicos y el auge industrial en zonas urbanas como Zaragoza, Barcelona o Madrid.

Entre 1950 y 1980, más de 300 municipios aragoneses perdieron la mitad o más de su población, especialmente en provincias como Huesca y Teruel, donde se vaciaron valles enteros. Comarcas como Sobrarbe, Ribagorza y Alto Gállego fueron algunas de las más afectadas. Muchos pueblos quedaron reducidos a unas pocas familias o desaparecieron completamente del mapa.

Este fenómeno no fue sólo económico, sino también cultural: se rompieron redes familiares, se abandonaron formas de vida tradicionales y se debilitó la transmisión oral de la memoria rural. Hoy, el patrimonio humano y territorial del Aragón despoblado sigue siendo objeto de investigación y recuperación.

🧭 Reflexión

Hoy, que nos ha tocado vivir en tiempos acelerados, me gustaría que estas palabras sirvieran para recordar el pasado, un pasado necesario para entender este presente y proyectarnos hacia el futuro.

Nos encontramos en una época en la que la información nos desborda y donde la inteligencia artificial, cada vez más presente en nuestras vidas, corre el riesgo de desplazar nuestra capacidad de detenernos a pensar.

Por eso son importantes entradas como esta en un blog: para poner rostro y mirada al pasado, al presente y al futuro. Hoy más que nunca es necesaria la reflexión.

Siempre he creído que lo más importante del ser humano es su libertad. Sin embargo, vivimos un momento histórico en el que la desinformación —y también la información dirigida con fines explícitos— dificultan más que nunca que podamos ejercer un pensamiento libre. Aunque suene paradójico, hoy es más difícil ser líderes de nuestras propias decisiones.

✍️ Despedida

Ojalá que esta historia familiar sirva para mirar con más calma lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. Porque el futuro también se escribe con memoria.

Entradas de la familia:

Contenido desarrollado por el autor con el apoyo de herramientas de redacción asistida.

Daniel Vallés Turmo

Agosto de 2025

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