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viernes, 18 de septiembre de 2026

Bolturina: volver a caminar sus calles

La Cruz de Bolturina, en el cruce de la Calle de la Plaza y la Calle de Graus

Hace unos días intentamos devolver Bolturina al mapa.

El plano parcelario de 1976, las fotografías aéreas y la memoria conservada sobre el pueblo nos permitieron situar aproximadamente sus antiguas casas y recuperar el trazado de sus calles.

Ese trabajo puede verse en «Bolturina y Torreciudad: cuando cambió el camino» .

Pero mientras hacía aquel trabajo ocurrió algo que no había previsto.

Algunas fotografías antiguas comenzaron a encajar en el plano.

En ellas podíamos reconocer una casa, pero también el lugar desde el que había sido tomada la fotografía. Y, en algunos casos, incluso la dirección en la que estaba mirando quien apretó el disparador.

De pronto podíamos entrar en Bolturina junto a Casa Ferrero y Casa Miranda, acercarnos a Santa Ana, subir por la Calle del Olivo hasta La Cruz y, desde allí, volver a recorrer algunas de las calles del antiguo pueblo.

El plano nos había permitido devolver Bolturina al mapa. Las fotografías nos permiten ahora intentar algo diferente: volver a caminar algunas de sus calles.

Bolturina sobre el mapa

Plano parcelario de Bolturina de 1976 con las antiguas casas identificadas
Localización de las antiguas casas de Bolturina sobre el plano parcelario de 1976. Identificación y ubicación de las casas facilitadas por José Antonio Castarlenas.
Explora el mapa. Puedes acercarte al antiguo caserío, seguir el trazado de sus calles y pulsar sobre los marcadores para conocer el nombre de las antiguas casas y otros lugares de Bolturina.

La localización es aproximada. Se ha realizado relacionando el plano parcelario de 1976 con las ortofotos y con la información conservada sobre las antiguas casas y calles. No pretende establecer una delimitación catastral exacta.

Las fotografías que aparecen a continuación se han situado únicamente cuando ha sido posible relacionarlas con suficiente seguridad con el plano y con el trazado de las antiguas calles.

Ahora podemos intentar algo más: volver a caminar por Bolturina.

En este vídeo utilizamos el plano, las ortofotos y las fotografías antiguas para recorrer de nuevo algunas de las calles del pueblo y reconocer las casas y las personas que las habitaron.

Bolturina: volver a caminar sus calles · Caminos de Barbastro, 2026.

Entramos en Bolturina

La entrada actual a Bolturina nos acerca a la iglesia de Santa Ana. Antes de llegar al antiguo caserío encontramos Casa Sierra (6), situada a la entrada del pueblo, antes de llegar a Casa Ferrero.

Una fotografía conserva además una escena cotidiana delante de la propia casa, cuando Bolturina todavía estaba habitada.

Casa Sierra a la entrada de Bolturina
Casa Sierra (6), situada a la entrada de Bolturina.

Continuando hacia el pueblo llegamos a Casa Ferrero (33) y Casa Miranda (5). Una fotografía antigua nos permite situarnos junto a la parte posterior de Casa Miranda.

A la izquierda aparece parcialmente Casa Ferrero (33), junto a la salida hacia el Camino de El Grado. Desde aquí continuamos nuestro recorrido hacia Santa Ana y el comienzo de la Calle del Olivo.

Parte posterior de Casa Miranda y Casa Ferrero hacia el Camino de El Grado
Parte posterior de Casa Miranda (5), en la salida hacia el Camino de El Grado. A la izquierda aparece parcialmente Casa Ferrero (33).

Continuando hacia Santa Ana llegamos al comienzo de la Calle del Olivo, una de las calles que conducían hacia el interior del caserío.

En esta parte encontramos primero Casa Fuster (4), situada frente a Casa Miranda.

Casa Fuster en la Calle del Olivo, frente a Casa Miranda
Casa Fuster (4), en la Calle del Olivo, frente a Casa Miranda.

Una vista general de Bolturina nos permite completar todavía mejor este sector del pueblo. En ella podemos reconocer Casa Ferrero (33), Casa Sierra (6), Casa Franco (2), Casa Ignacio (1), Casa Miranda (5) y Casa Llorenz (3), con la iglesia de Santa Ana como referencia.

Vista general de Bolturina con las casas Ferrero, Sierra, Franco, Ignacio, Miranda y Llorenz
Vista general de Bolturina. Se reconocen Casa Ferrero (33), Casa Sierra (6), Casa Franco (2), Casa Ignacio (1), Casa Miranda (5) y Casa Llorenz (3), con la iglesia de Santa Ana como referencia.

Un poco más adelante, otra fotografía nos permite reconocer Casa Miranda (5) y Casa Layo (9). La iglesia de Santa Ana nos proporciona aquí una referencia especialmente útil para orientarnos dentro del antiguo caserío.

Casa Miranda y Casa Layo desde el comienzo de la Calle del Olivo
Comienzo de la Calle del Olivo. Casa Miranda (5) y Casa Layo (9), con la iglesia de Santa Ana como referencia.

Otra fotografía nos acerca todavía más a la iglesia de Santa Ana. Junto a ella volvemos a reconocer Casa Layo (9).

Esta vez la fotografía conserva algo más que la disposición de los edificios: conserva también a las personas y la vida de una de aquellas calles.

Vecinos de Bolturina junto a la iglesia de Santa Ana, con Casa Layo al fondo
Junto a la iglesia de Santa Ana. Tras la iglesia aparece Casa Layo (9). La presencia de sus vecinos nos devuelve también la imagen de una Bolturina todavía habitada.

Desde Santa Ana podemos continuar subiendo por la Calle del Olivo hacia el interior del pueblo. Otra fotografía nos permite seguir ese recorrido.

Al fondo aparece Casa Sesa (11), ya próxima al entorno de La Cruz. A nuestra izquierda quedaba Casa Layo (9), que acabamos de reconocer junto a la iglesia.

Calle del Olivo subiendo desde Santa Ana hacia La Cruz, con Casa Sesa al fondo
Calle del Olivo, subiendo desde Santa Ana hacia La Cruz. Al fondo, Casa Sesa (11); a la izquierda quedaba Casa Layo (9).

Siguiendo la calle llegamos finalmente a uno de los lugares que mejor nos permitirán orientarnos en Bolturina: La Cruz.

Llegamos a La Cruz

Hemos llegado al encuentro de la Calle de la Plaza con la Calle de Graus. Allí estaba La Cruz.

La Cruz de Bolturina en el cruce de la Calle de la Plaza y la Calle de Graus
La Cruz, en el cruce de la Calle de la Plaza con la Calle de Graus. A la izquierda, Casa Salinas (14).

La fotografía no conserva solamente la cruz. A la izquierda podemos identificar Casa Salinas (14) y reconocer el aspecto de aquel cruce cuando todavía formaba parte de un pueblo habitado.

La Cruz será a partir de ahora nuestro principal punto de referencia. Desde este lugar podemos recorrer distintas partes del antiguo caserío: la Calle de la Plaza, la Calle del Sol, la Calle Alta y, finalmente, la Calle de Graus.

Recorremos la Calle de la Plaza

Desde La Cruz podemos comenzar por la Calle de la Plaza.

Una fotografía nos permite avanzar por ella y reconocer varias construcciones que hasta ahora solamente teníamos situadas sobre el plano.

A la izquierda aparece Casa Salinas (14). A la derecha estaban las Escuelas (15) y Casa Mora (16), mientras que al fondo podemos reconocer Casa Costa (17).

Calle de la Plaza de Bolturina con Casa Salinas, las Escuelas, Casa Mora y Casa Costa
Calle de la Plaza. A la izquierda, Casa Salinas (14); a la derecha, las Escuelas (15) y Casa Mora (16); al fondo, Casa Costa (17).

La fotografía nos permite comprender algo que el plano apenas podía mostrarnos: cómo se sucedían las casas y los espacios de la Calle de la Plaza cuando Bolturina todavía estaba habitada.

Las Escuelas (15) no eran solamente otro edificio de la Calle de la Plaza. Una fotografía conservada de su interior nos permite ver a los niños de Bolturina en sus pupitres y recuperar una escena de la vida cotidiana que transcurría dentro de aquellas paredes.

Niños en la escuela de Bolturina
Niños en la escuela de Bolturina. Décadas de 1960-1970.

Entramos en la Calle del Sol

Desde la Plaza podemos entrar ahora en otra de las calles principales del antiguo caserío: la Calle del Sol.

Una fotografía tomada desde la Plaza nos permite situarnos precisamente en su comienzo. Al fondo aparece Casa Obis (25) y, a la izquierda, en la esquina, podemos reconocer Casa Antón (26).

Comienzo de la Calle del Sol desde la Plaza, con Casa Obis y Casa Antón
Comienzo de la Calle del Sol visto desde la Plaza. Al fondo, Casa Obis (25); a la izquierda, en la esquina, Casa Antón (26).

Entramos ahora en la calle. Otra fotografía nos permite avanzar por ella: Casa Juanico (18) queda a nuestra derecha y Casa Sánchez (22) aparece al fondo.

Es precisamente del comienzo de la Calle del Sol de donde conservamos menos imágenes: nos faltan Casa Sastre (27), Casa Tejedor (28), la Abadía (29) y el Horno.

Calle del Sol con Casa Juanico y Casa Sánchez
Calle del Sol. Casa Juanico (18) queda a la derecha y Casa Sánchez (22) aparece al fondo.

Otra fotografía nos permite contemplar este sector desde la parte baja de la Calle del Sol, mirando hacia arriba.

Siguiendo la calle podemos reconocer Casa Sánchez (22), Casa Joaquín (23) y Casa Ballarín (24).

Calle del Sol de Bolturina con Casa Sánchez, Casa Joaquín y Casa Ballarín
Calle del Sol vista desde la parte baja, mirando hacia arriba. Casa Sánchez (22), Casa Joaquín (23) y Casa Ballarín (24).

Las fotografías nos permiten contemplar así la Calle del Sol desde perspectivas diferentes y comprender mejor cómo se sucedían sus casas.

Recorremos la Calle Alta

Volvemos a tomar La Cruz como referencia. Antes de dirigirnos hacia la Calle Alta, una fotografía nos permite reconocer tres casas situadas en la Calle de Graus: Casa Sesa (11), Casa Juan (12) y Casa Barri (13).

Casa Sesa vuelve a resultarnos familiar: ya la habíamos visto al fondo cuando subíamos desde Santa Ana por la Calle del Olivo.

Casa Sesa, Casa Juan y Casa Barri en la Calle de Graus
Casas Sesa (11), Juan (12) y Barri (13), en la Calle de Graus.

Continuando nuestro recorrido, otra fotografía conserva un tramo de la propia Calle Alta y nos permite reconocer Casa Andrés (31) y Casa Llanas (32).

Casa Andrés y Casa Llanas en la Calle Alta de Bolturina
Calle Alta. Casa Andrés (31) y Casa Llanas (32).

Podemos continuar un poco más. Otra fotografía nos permite reconocer Casa Salamero (30) y completar mejor el recorrido por esta parte del pueblo.

Casa Salamero en la Calle Alta de Bolturina
Calle Alta. Casa Salamero (30).

Las fotografías nos permiten así recorrer buena parte de la Calle Alta y reconocer algunas de las casas que formaban este extremo del antiguo caserío.

Por la Calle de Graus hacia la salida del pueblo

Regresamos una última vez a La Cruz. Desde allí podemos tomar ahora la Calle de Graus y seguirla hacia la salida del pueblo.

En este recorrido encontramos Casa del Royo (10). Una fotografía conserva precisamente esta parte de Bolturina y nos permite reconocer cómo era la calle.

Casa del Royo en la Calle de Graus de Bolturina
Casa del Royo (10), en la Calle de Graus, siguiendo desde La Cruz hacia la salida del pueblo.

En este mismo sector se encontraba la era de Casa Royo. Desde allí fue tomada otra fotografía que amplía nuestra mirada: a la izquierda aparece Casa Sánchez (22) y, a la derecha, Casa Vicén (19).

De este sector todavía nos faltan imágenes de Casa Pera (20) y Casa Patricio (21).

Al fondo podemos distinguir Secastilla.

Casa Sánchez y Casa Vicén vistas desde la era de Casa Royo, con Secastilla al fondo
Desde la era de Casa Royo, mirando hacia Secastilla. A la izquierda, Casa Sánchez (22); a la derecha, Casa Vicén (19).

Esta última imagen nos permite comprender algo más que la posición de unas casas. Desde la era de Casa Royo podemos mirar hacia la salida de Bolturina y hacia el paisaje que se abre en dirección a Secastilla.

Las calles empiezan así a enlazarse también con los caminos que comunicaban el pueblo con su entorno.

Las casas también eran familias

Hemos recorrido Bolturina siguiendo sus calles y reconociendo casas y nombres sobre el plano. Pero aquellas casas eran mucho más que un nombre y un número.

Detrás de cada una había una familia.

Al recorrer la Calle del Sol hemos pasado junto a Casa Juanico (18). Santiago, nacido en Bolturina, era de esta casa.

En esta fotografía aparece de niño junto a su hermano y sus abuelos, José Sin y Pilar Sesa, delante de la puerta de Casa Juanico.

Santiago, su hermano y sus abuelos delante de Casa Juanico en Bolturina
Santiago y su hermano, junto a sus abuelos José Sin y Pilar Sesa, delante de Casa Juanico. Fotografía cedida por Santiago.

El empedrado, la puerta, las paredes de la casa y, sobre todo, las personas nos devuelven por un instante a la Bolturina habitada.

No todo eran casas y calles

Pero la vida de un pueblo tampoco transcurría solamente dentro de sus casas y sus calles. Había otros lugares y momentos en los que sus vecinos se encontraban y compartían la vida del pueblo.

Uno de ellos era la fiesta mayor de agosto. Esta fotografía, tomada junto a la entrada de la iglesia de Santa Ana, nos devuelve por un instante a la Bolturina de los años cincuenta: no solamente sus edificios, sino también las personas que llenaban sus calles en los días de fiesta.

Fiesta mayor de agosto junto a la iglesia de Santa Ana en Bolturina
Fiesta mayor de agosto junto a la entrada de la iglesia de Santa Ana. Década de 1950.

El lavadero y la fuente formaban parte, en cambio, de esos espacios cotidianos utilizados por los vecinos. Una fotografía conserva precisamente una escena camino del lavadero.

Vecinas de Bolturina camino del lavadero
Camino del lavadero de Bolturina. Una escena de la vida cotidiana del pueblo.

El propio lavadero de Bolturina aparece también en otra fotografía antigua. Son imágenes sencillas, pero nos permiten recuperar algo que los planos nunca podrían mostrarnos: cómo se utilizaban aquellos lugares cuando el pueblo estaba habitado.

Antiguo lavadero de Bolturina
El antiguo lavadero de Bolturina.

También conservamos una imagen de la fuente. Junto a ella aparece Eugenio Rausa, de Casa Ignacio (1). De nuevo, la fotografía no conserva solamente un lugar: conserva a una de las personas que lo conocieron y utilizaron.

Eugenio Rausa, de Casa Ignacio, junto a la antigua fuente de Bolturina
Eugenio Rausa, de Casa Ignacio (1), junto a la fuente de Bolturina.

Fuera de las calles y las casas había también otros lugares vinculados a la vida de la comunidad. Entre ellos estaba el cementerio de Bolturina, situado junto al antiguo pueblo y que también hemos podido localizar en el mapa.

Antiguo cementerio de Bolturina
Cementerio de Bolturina.

El lavadero, la fuente y el cementerio también han podido ser situados en el mapa. Junto a las casas y las calles, recuperan así su lugar algunos de los espacios que formaban parte de la vida del pueblo.

La fuente es también uno de los lugares en los que la memoria de Bolturina ha vuelto a hacerse visible sobre el terreno. Amigos de Bolturina realizó trabajos de limpieza y recuperación de este espacio.

Amigos de Bolturina realizando trabajos de limpieza en la fuente
Trabajos de limpieza y recuperación de la fuente realizados por Amigos de Bolturina.

Muchas fotografías antiguas no fueron tomadas para documentar Bolturina. Eran fotografías familiares, de vecinos o de momentos cotidianos. Pero detrás de aquellas personas puede haber quedado una fachada, una puerta, una calle o un rincón que hoy resulta difícil reconocer.

Cada fotografía puede conservar un pequeño fragmento del pueblo.

Volver a Bolturina

El 16 de septiembre volví a Bolturina después de pasar varios días situando sus casas y recorriendo sus calles sobre planos, ortofotos y fotografías antiguas.

Pensaba que, después de todo aquel trabajo, me resultaría más fácil reconocer el pueblo.

Ocurrió casi lo contrario.

La vegetación cubre buena parte del antiguo caserío. Muchas construcciones apenas pueden distinguirse entre las piedras y resulta difícil reconocer sobre el terreno unas calles que en el plano parecen perfectamente comprensibles.

Ruinas de Bolturina en septiembre de 2026
Bolturina en la actualidad. El GR-17 atraviesa un paisaje en el que la vegetación hace difícil reconocer buena parte del antiguo caserío.
En el mapa había conseguido volver a ver Bolturina. Al llegar físicamente a Bolturina, casi no conseguía verla.

Quizá por eso adquieren tanto valor estas fotografías.

No podemos reconstruir Bolturina exactamente como fue. Pero todavía podemos hacer algo más sencillo: reconstruir algunas miradas.

Volver a entrar en Bolturina junto a Santa Ana. Subir por la Calle del Olivo hasta La Cruz. Recorrer desde allí la Calle de la Plaza, la Calle del Sol y la Calle Alta, y salir finalmente por la Calle de Graus hacia el paisaje que se abre en dirección a Secastilla.

Durante unos instantes, volver a mirar el pueblo desde donde lo miraron quienes estuvieron allí.

Una memoria que todavía puede crecer

Esta página quiere quedar abierta.

En los álbumes familiares se conservan todavía fotografías que pueden permitirnos identificar otras casas, calles y rincones de Bolturina. No tienen por qué ser fotografías de edificios. Una escena familiar puede contener al fondo precisamente aquello que necesitamos para reconocer un lugar.

Si conservas alguna fotografía y puedes identificar la casa, el lugar, las personas o aproximadamente la fecha, puedes ayudarme a completar poco a poco esta memoria visual de Bolturina. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico que aparece en el blog.

Otro modo de recuperar Bolturina

Este intento de recuperar la memoria de Bolturina no comienza ahora. Desde su creación en 2019, Amigos de Bolturina ha trabajado para conservar la memoria del pueblo y recuperar algunos de sus espacios.

En 2021 la asociación plasmó ese trabajo en el proyecto «El renacer de Bolturina». Se habían realizado ya labores de limpieza y acondicionamiento de la iglesia, el cementerio y la fuente, y se planteaba crear un pequeño centro de interpretación mediante fotografías, paneles y señalización. Resulta especialmente significativo que uno de sus objetivos fuera, precisamente, volver a situar Bolturina en el mapa.

El proyecto llegó más lejos. Un anteproyecto arquitectónico estudió la recuperación de la iglesia de Santa Ana, la conservación de algunas trazas del antiguo caserío y la adecuación del entorno de la fuente. No se trataba de reconstruir todas las casas, sino de conseguir que el antiguo pueblo volviera a ser reconocible dentro del paisaje.

Pero el paisaje tiene sus propios tiempos. La vegetación vuelve a ocupar rápidamente el espacio y, entre ella, resulta cada vez más difícil reconocer dónde estuvieron las antiguas casas y por dónde discurrieron sus calles.

Eso no significa que aquel proyecto no pueda retomarse algún día. Mientras tanto, aquella voluntad de recuperar Bolturina puede continuar también de otra manera.

Si ya resulta difícil devolver físicamente el pueblo al paisaje, todavía podemos devolverlo al mapa y a la memoria.

Situar sus casas, recuperar sus nombres, reconstruir sus calles, colocar las fotografías en el lugar donde fueron tomadas y recoger los recuerdos de quienes vivieron allí permite construir poco a poco una memoria digital de Bolturina.

No sustituye el trabajo realizado sobre el terreno. Lo prolonga de otra manera. Y quizá pueda conseguir algo importante: que, aunque la vegetación termine ocultando sus últimas huellas, Bolturina no vuelva a desaparecer.

Primero intentamos devolver Bolturina al mapa.

Ahora intentamos volver a caminar sus calles.

Agradecimiento: a Encarna Barrull, por facilitar fotografías antiguas de Bolturina y por sus aclaraciones, que han ayudado a identificar casas, calles y distintos lugares del pueblo.

Contenido elaborado por el autor con apoyo de herramientas de inteligencia artificial para la documentación, contraste de información, análisis cartográfico y edición del texto.

Daniel Vallés Turmo

Septiembre de 2026

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viernes, 11 de septiembre de 2026

Torreciudad antes de Torreciudad: cómo nació el gran santuario actual

Torreciudad antes de Torreciudad

Cómo una pequeña ermita terminó convirtiéndose, paso a paso, en el gran santuario actual

Cuando hoy contemplamos Torreciudad resulta fácil pensar que el gran santuario nació como un proyecto perfectamente definido desde el principio. Sin embargo, al reconstruir su historia aparece un proceso bastante más gradual.

Antes hubo una pequeña ermita sobre el Cinca, un recuerdo de infancia de Josemaría Escrivá, una consulta realizada desde Roma en 1956, la restauración de la antigua Torreciudad, un primer proyecto junto a la ermita, un cambio de emplazamiento, una iglesia más pequeña y, finalmente, un santuario preparado para recibir a numerosos peregrinos.

Esta entrada intenta responder a dos preguntas: ¿por qué se eligió precisamente Torreciudad y cómo se llegó, paso a paso, al santuario que vemos hoy?

Para reconstruir ese proceso utilizaremos como hilo conductor un reportaje publicado por Torreciudad en 2024 con motivo del cincuentenario del nuevo templo. Sus imágenes de archivo y los testimonios de quienes participaron o conocieron aquella historia permiten seguir la evolución del proyecto desde dentro. A ese relato añadiremos documentos y otras fuentes que ayudan a ordenar sus diferentes etapas.

1. Antes del nuevo Torreciudad

Antes del gran santuario, Torreciudad era un lugar muy distinto.

Sobre una atalaya rocosa junto al Cinca se encontraban la antigua torre que dio nombre al lugar y una pequeña ermita dedicada a la Virgen. Hasta allí llegaban vecinos, familias y romerías por caminos muy diferentes de los accesos actuales.

Antigua ermita de Torreciudad
Antigua ermita de Torreciudad antes de la construcción del nuevo santuario.

El reportaje conserva fotografías y películas de aquel mundo anterior. Vecinos de la zona recuerdan las romerías, el difícil camino y una relación con la ermita integrada con naturalidad en la vida familiar y religiosa de los pueblos próximos.

También la Virgen tenía entonces una apariencia distinta.

Virgen de Torreciudad revestida con mantos
La Virgen de Torreciudad revestida con mantos en la antigua ermita. Ésta fue durante generaciones la imagen contemplada por quienes acudían al pequeño santuario antes de las restauraciones del siglo XX.

Torreciudad, por tanto, no nació en 1975. Mucho antes del nuevo edificio ya existían un lugar, una devoción y una historia.

2. ¿Por qué precisamente Torreciudad?

Para responder a esta pregunta hay que separar dos historias que terminaron encontrándose.

Josemaría Escrivá tenía desde años antes el deseo de dejar construida una iglesia dedicada a la Virgen como agradecimiento por la protección recibida. Pero todavía no había concretado dónde debía estar.

Torreciudad pertenecía, entretanto, a una historia mucho más personal.

Escrivá había estado gravemente enfermo durante su infancia en Barbastro. Tras recuperarse, su madre lo llevó a Torreciudad para dar gracias a la Virgen.

Muchos años después, en 1956, volvió a interesarse por aquel lugar.

Consulta de 1956 sobre la ermita de Torreciudad
Consulta realizada en 1956 para obtener información sobre la ermita de Nuestra Señora de Torreciudad y su situación.

Desde Roma preguntó si existía una ermita denominada Nuestra Señora de Torreciudad, dónde se encontraba y cuál era su estado. La consulta llegó a Barbastro y permitió recuperar información sobre aquel lugar ligado a su infancia.

Postal de la Virgen de Torreciudad con anotación de Josemaría Escrivá
Documento en el que Josemaría Escrivá relaciona la imagen de Torreciudad con el recuerdo de su enfermedad infantil y la peregrinación realizada con su madre.

En 1956 todavía no tenemos diseñado el gran santuario actual. Tenemos algo mucho más sencillo: un deseo previo de construir una iglesia mariana y un antiguo lugar de devoción ligado a un recuerdo personal que vuelve a aparecer.

Torreciudad empezaba a convertirse en el lugar donde aquel deseo podía tomar forma.

3. 1956–1964: recuperar primero lo antiguo

Tras la consulta de 1956 comenzaron los contactos que acabarían convirtiendo aquel interés en una actuación concreta.

El 24 de septiembre de 1962 se formalizó en Barbastro un acuerdo mediante censo enfitéutico. La diócesis mantenía la propiedad de la ermita, mientras se establecía un marco para su conservación, restauración y culto.

En 1962 el centro del proyecto seguía siendo la antigua ermita.

Una de las primeras actuaciones fue precisamente la restauración de la imagen. Tras ser intervenida en Talleres de Arte Granda, regresó en mayo de 1964 en una romería desde Bolturina presidida por el obispo Jaime Flores.

Romería de Torreciudad de 1964
Romería de regreso de la Virgen a Torreciudad tras su restauración, mayo de 1964.

La fotografía resulta reveladora: todavía no existe el nuevo santuario. La Virgen regresa a su pequeña ermita rodeada de vecinos y peregrinos.

Pero, mientras se recuperaba aquella Torreciudad antigua, ya comenzaba a proyectarse otra.

4. 1963–1967: un proyecto que fue creciendo

Aquí se encuentra probablemente la parte menos conocida de la historia.

En 1963, Heliodoro Dols recibió el encargo de proyectar una casa de actividades o formación social junto a la antigua ermita.

Heliodoro Dols, arquitecto de Torreciudad
Heliodoro Dols, arquitecto del nuevo Torreciudad. Su testimonio permite seguir cómo el proyecto fue cambiando de emplazamiento, función y escala.

Era un proyecto considerablemente más pequeño que el conjunto actual.

El problema apareció al intentar hacerlo encajar en el terreno. La ermita ocupaba una estrecha atalaya rocosa y añadir allí habitaciones, servicios y espacios comunes obligaba a alterar excesivamente aquel entorno.

Entorno de la antigua ermita de Torreciudad
El entorno de la antigua ermita permite comprender las limitaciones físicas del primer emplazamiento.

Se tomó entonces una decisión que cambiaría toda la historia posterior:

El proyecto salió de la antigua ermita y pasó al emplazamiento donde hoy se encuentra el santuario.

Pero ni siquiera entonces apareció inmediatamente el Torreciudad actual.

Dols recuerda una fase intermedia: en el nuevo emplazamiento se pensó inicialmente en un centro de actividades acompañado por una iglesia pequeña. La imagen de la Virgen se trasladaría allí y en la antigua ermita quedaría una representación.

Era otro Torreciudad posible que finalmente tampoco llegó a realizarse de aquella manera.

De una pequeña iglesia a un gran santuario

En 1966, la documentación entre el Obispado y el Patronato ya habla expresamente de la construcción de un nuevo santuario en el que recibiría culto la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad.

La idea había dejado atrás el simple centro de actividades junto a la antigua ermita.

Pero tampoco aquel proyecto tenía todavía necesariamente la escala que conocemos hoy.

En 1967, Heliodoro Dols volvió a tratar el proyecto con Josemaría Escrivá en Roma. El propio arquitecto explicaría posteriormente que el programa fue ampliándose. Escrivá pensaba en un lugar al que acudirían numerosos peregrinos.

«Aquí va a venir mucha gente.»

Hasta la gran explanada, hoy inseparable de nuestra imagen de Torreciudad, surgió como consecuencia de ese aumento de escala.

Cambió el lugar: de construir junto a la antigua ermita a hacerlo en otro emplazamiento cercano.

Cambió la función: de una casa de actividades con una pequeña iglesia a un santuario.

Cambió la escala: de un proyecto relativamente reducido a un gran centro de peregrinación.

El Torreciudad actual no estaba dibujado desde el principio. Fue apareciendo a medida que cambiaba lo que se esperaba que aquel lugar llegara a ser.

5. 1970–1975: construir el nuevo Torreciudad

Durante los años sesenta Dols fue desarrollando un proyecto sometido a numerosas modificaciones. A partir de 1970 comienza la gran fase constructiva que se prolongaría hasta 1975.

Santuario de Torreciudad en construcción
El nuevo santuario durante una fase avanzada de las obras.

Las fotografías permiten contemplar algo difícil de imaginar hoy: el enorme santuario cuando todavía era simplemente una obra levantándose sobre el monte.

Mientras Torreciudad cambiaba, también estaba transformándose el territorio que lo rodeaba.

El embalse de El Grado modificó profundamente el antiguo paisaje del Cinca. La ermita que durante siglos había contemplado el río pasó a quedar sobre una gran lámina de agua.

6. Las personas que lo hicieron posible

Trabajadores durante la construcción de Torreciudad
Trabajadores durante la construcción del nuevo santuario. Las obras reunieron a trabajadores procedentes de diferentes lugares de la comarca y de la provincia.

Una obra de estas dimensiones no se explica sólo por quienes la imaginaron o proyectaron.

El documental dedica una parte importante a los trabajadores y a quienes contribuyeron económicamente. Llegaron obreros de diferentes localidades de la comarca y de la provincia. Sus recuerdos hablan de grúas, andamios, esfuerzo y unas condiciones de trabajo muy distintas de las actuales, pero también del orgullo de haber participado en una obra que permanecería después de ellos.

La financiación ofrece otra dimensión humana. El reportaje recoge aportaciones muy diferentes: dinero obtenido mediante horas extraordinarias, una joya familiar, pequeños ahorros, familias que buscaban donativos o personas que renunciaban a algo propio para contribuir a la construcción.

Entre esos recuerdos aparece incluso el de un trabajador que vendió su Seat 600 y entregó 60.000 pesetas.

El gran santuario fue también el resultado de muchas pequeñas decisiones: trabajar, ahorrar, donar y construir.

7. Dar forma al santuario

Cuando la estructura estaba levantada todavía quedaba definir el carácter interior del templo. Uno de los elementos fundamentales fue el gran retablo.

Heliodoro Dols recuerda que llegó a plantearse la utilización de un retablo antiguo, pero finalmente se optó por realizar uno nuevo. Joan Mayné trabajó en un conjunto de alabastro concebido para narrar escenas religiosas de una manera comprensible y favorecer la oración.

La intención era que Torreciudad no fuese únicamente un edificio monumental. Su arquitectura y su decoración debían responder a la finalidad religiosa para la que había sido construido.

8. 1975: termina la obra, comienza Torreciudad

El 26 de mayo de 1975, Josemaría Escrivá visitó Torreciudad cuando el nuevo santuario estaba prácticamente terminado.

Josemaría Escrivá en Torreciudad en mayo de 1975
Josemaría Escrivá durante su visita a Torreciudad el 26 de mayo de 1975, con el nuevo santuario prácticamente terminado.

El documental conserva el recuerdo del momento en que se encendieron las luces del templo y pudo contemplar el resultado de un proceso iniciado casi veinte años antes.

Escrivá murió en Roma el 26 de junio de 1975.

El 7 de julio de 1975 estaba previsto el comienzo de la actividad del nuevo templo. Josemaría Escrivá había fallecido apenas once días antes, por lo que aquel inicio quedó inevitablemente marcado por su muerte y por la celebración de una misa funeral.

Torreciudad terminado y recibiendo visitantes
El nuevo santuario ya terminado y recibiendo visitantes. Tras años de proyectos y obras, comenzaba la vida del Torreciudad que conocemos hoy.

La fotografía nos lleva a un momento completamente diferente del que habíamos visto al comenzar.

Ya no tenemos una obra.

Tenemos un santuario funcionando.

Dos imágenes para comprender el cambio

Yo nací en 1966. Cuando miro la fotografía aérea de Torreciudad de 1957 estoy viendo, por tanto, el paisaje inmediatamente anterior al mundo que he conocido durante toda mi vida.

Después de recorrer casi veinte años de historia, quizá la transformación pueda entenderse mejor mirando simplemente dos fotografías aéreas.

Torreciudad en la ortofoto de 1957
Torreciudad en 1957. El Cinca conserva todavía su antiguo cauce y aún no existen el embalse de El Grado ni el nuevo santuario.
Torreciudad en la actualidad
Torreciudad en la actualidad. El embalse, el santuario, las carreteras, los aparcamientos y la vegetación muestran hasta qué punto cambió el paisaje.
Entre ambas imágenes no ha cambiado sólo Torreciudad. Ha cambiado todo el paisaje que lo rodea.

Cincuenta años después

El reportaje que ha servido como hilo conductor de esta entrada fue publicado por Torreciudad en octubre de 2024, cuando se preparaba el cincuentenario del nuevo templo.

Su valor está en las imágenes históricas, pero también en algo mucho más difícil de recuperar mediante documentos: la memoria de quienes participaron o estuvieron cerca de aquella historia.

Es una narración realizada desde el propio Torreciudad. Por eso no pretende ser una mirada externa. Precisamente esa característica la convierte también en una fuente interesante: permite conocer cómo Torreciudad explica sus propios orígenes cincuenta años después.

El reportaje apareció en 2024, cuando el conflicto entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei sobre Torreciudad ya estaba abierto. Ese contexto forma parte inevitablemente de nuestra lectura actual, aunque el documental fue presentado con otro propósito: recuperar la memoria de la construcción ante el cincuentenario del nuevo templo.

Después de todo el recorrido, podemos volver a la pregunta inicial.

El Torreciudad que vemos hoy no nació de una sola decisión ni estuvo dibujado desde el principio. Fue creciendo durante casi veinte años: cambió de lugar, cambió de función y cambió de escala hasta transformar también el paisaje que lo rodeaba.

De cómo nació Torreciudad a lo que ahora debe resolver Roma

Reconstruir cómo fue creciendo el nuevo Torreciudad ayuda también a comprender el conflicto actual. Los acuerdos se fueron produciendo en momentos distintos, mientras cambiaban el proyecto, el emplazamiento y la propia escala del conjunto.

Por eso, cincuenta años después de la apertura del nuevo templo, la pregunta ya no es solamente cómo se construyó Torreciudad, sino cómo deben interpretarse ahora aquellos acuerdos y qué tiene que decidir la Santa Sede.

Torreciudad: ¿qué tiene que decidir Roma?

Un recorrido desde los acuerdos de 1962 y 1966 hasta la situación actual: la imagen de la Virgen, los derechos derivados de aquellos documentos, la configuración canónica del nuevo templo y las cuestiones que siguen pendientes de resolución.

Fuentes y documentación

Esta entrada se ha construido principalmente a partir del reportaje publicado por Torreciudad en 2024 y se ha completado con documentación sobre las distintas etapas del proyecto.

Salvo la fotografía de la romería de 1964 y las dos ortofotos comparativas finales, las imágenes utilizadas en esta entrada son fotogramas extraídos del reportaje sobre la construcción del nuevo templo de Torreciudad publicado en 2024. Se han seleccionado para acompañar visualmente las distintas etapas del relato y facilitar la comprensión de cómo fue evolucionando el proyecto.

Torreciudad en Caminos de Barbastro

Una serie de entradas para recorrer la historia, el paisaje y el conflicto actual de Torreciudad:


Contenido elaborado por el autor con apoyo de herramientas de inteligencia artificial para la documentación, contraste de información, análisis de fuentes y edición del texto.

Daniel Vallés Turmo

Caminos de Barbastro

Septiembre de 2026

Acceso a guías y rutas

lunes, 7 de septiembre de 2026

Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto

Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto

Una historia que también es la mía

Nací en Barbastro en 1966. Hasta hace poco nunca había pensado demasiado en esa coincidencia, pero mientras yo comenzaba mi vida estaba empezando también a tomar forma el Torreciudad moderno.

Mi relación con aquel lugar viene, además, de mucho antes de que yo pudiera conocerlo. Mi madre sufrió de niña un accidente gravísimo: cayó desde unos cinco metros de altura y estuvo a punto de morir. Después la llevaron a Torreciudad y durante toda su vida conservó un profundo agradecimiento a la Virgen. Esa historia formó parte de mi infancia y por eso la Virgen de Torreciudad nunca fue para mí simplemente una imagen religiosa situada en un santuario cercano. Desde niño estuvo unida a una memoria familiar de agradecimiento. Siempre llevaba una medalla de la Virgen pegada a su corazón. Como no había de Torreciudad, llevaba una del Pilar, como muchas mujeres de su generación.

San Josemaría Escrivá y la Virgen del Pilar en la iglesia de San Josemaría de Barbastro
San Josemaría Escrivá y la Virgen del Pilar. Relieve de la iglesia de San Josemaría de Barbastro. La presencia del Pilar recuerda una devoción profundamente arraigada en Aragón y también muy vinculada a la vida de Josemaría Escrivá. Esa misma devoción formó parte de mi historia familiar: mi madre llevaba siempre una medalla de la Virgen junto al corazón y, como no tenía una de Torreciudad, llevó durante años una del Pilar.

He crecido también viendo Torreciudad formar parte del paisaje de mi tierra. Durante mi infancia se construyó el nuevo santuario; durante mi juventud comenzó a consolidarse y durante mi vida adulta terminó convirtiéndose en una realidad conocida mucho más allá de nuestra comarca. Ahora, cuando el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei mantienen un conflicto que ha llegado hasta Roma, me he hecho una pregunta bastante sencilla: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?, que es la que se hacen la mayoría de sus paisanos atónitos.

No tengo vinculación con el santuario. Lo cuento únicamente para explicar desde dónde escribo: no desde una pertenencia institucional, sino como barbastrense que intenta comprender la historia de su propia tierra desde hace muchos años.

Y al empezar a reconstruirla me he encontrado una y otra vez con otro barbastrense: Josemaría Escrivá, aunque su reconocimiento haga que no sea fácil referirse a él como paisano.

Hay dos hechos que, puestos uno junto al otro, resultan especialmente llamativos. Sin Josemaría Escrivá no existiría el Torreciudad moderno que conocemos hoy. Y aunque no podemos saber qué habría ocurrido con el Obispado de Barbastro sin su intervención, sí sabemos que trabajó en diferentes momentos para defender su continuidad.

El hombre que hizo posible el Torreciudad moderno fue también uno de los barbastrenses que trabajaron para que su ciudad conservara su Obispado.

Torreciudad, Barbastro y Josemaría Escrivá: la historia antes del conflicto

Josemaría Escrivá, un barbastrense

Josemaría Escrivá nació en Barbastro el 9 de enero de 1902. Aquí pasó su infancia, recibió su primera formación y estudió en los Escolapios. Su familia formaba parte de la vida cotidiana de aquella pequeña ciudad de comienzos del siglo XX hasta que una grave crisis económica provocó su marcha a Logroño en 1915, cuando tenía trece años.

Escolapios de Barbastro a comienzos del siglo XX
Escolapios de Barbastro a comienzos del siglo XX. Josemaría Escrivá estudió en este colegio desde niño. No aparece en esta fotografía, pero sí nos acerca al ambiente escolar de la ciudad en la que pasó su infancia. Imagen coloreada y mejorada digitalmente.

Muchas décadas después yo también estudiaría en los Escolapios de Barbastro. Es una pequeña coincidencia, separada por generaciones, pero que me ayuda a mirar esta historia desde una cercanía especial.

Podría haber sucedido lo que ocurre tantas veces cuando una familia abandona una ciudad pequeña: que aquella etapa quedara simplemente atrás. Sin embargo, décadas después, cuando Escrivá se había convertido ya en fundador del Opus Dei y vivía lejos de Barbastro, seguía expresando públicamente un fuerte vínculo con su ciudad natal.

En una entrevista de 1969 afirmó: «Me interesa, y mucho, todo lo que se refiere a Barbastro». Explicó además que eran pocas las personas de su tierra que conocían hasta qué punto ponía su cariño y sus esfuerzos cuando podía hacer algo por la ciudad. Dos años después, en una carta dirigida al alcalde, escribió una frase todavía más sencilla: «Soy muy barbastrino».

Estas palabras podrían interpretarse únicamente como recuerdos afectivos de la infancia, pero adquieren otra dimensión cuando comprobamos que ese afecto se tradujo también en actuaciones concretas. Y una de las primeras tuvo que ver precisamente con aquello que hoy vuelve a aparecer en el centro de esta historia: el Obispado de Barbastro.

Cuando Barbastro temió perder su Obispado

La existencia del Obispado de Barbastro no fue siempre tan segura como puede parecernos hoy. Su historia atravesó numerosas dificultades y el Concordato de 1851 llegó a contemplar la supresión de la diócesis. Durante décadas Barbastro vivió una situación provisional, gobernada mediante administradores apostólicos.

Para una ciudad pequeña, conservar una sede episcopal tenía entonces una importancia que iba mucho más allá de lo estrictamente religioso. Formaba parte de su identidad, de su historia y también de su posición dentro del territorio.

Barbastro y Huesca: una larga disputa por la centralidad

A lo largo de los siglos, Barbastro vivió repetidamente la pérdida, defensa o recuperación de su sede episcopal y, en el siglo XIX, también compitió con Huesca por la capitalidad provincial. Ese pasado ayuda a comprender por qué el Obispado forma parte de la memoria histórica de la ciudad.

1100 · Barbastro inicia su sede episcopal
Tras la conquista cristiana, la sede de Roda se traslada a Barbastro, que adquiere un importante peso eclesiástico.

1116 · Conflicto con Huesca
San Ramón es desplazado en el contexto del enfrentamiento territorial con el obispo de Huesca. Comienza una larga disputa por territorios y derechos eclesiásticos.

1149 · Barbastro pierde la sede
La sede de Roda-Barbastro es trasladada a Lérida. Barbastro queda durante siglos sin obispado propio.

1571 · Recuperación del Obispado
Después de siglos de reivindicaciones, Pío V restablece la diócesis de Barbastro.

1829–1833 · Barbastro y Huesca disputan la capitalidad
Las dos ciudades compiten por la capitalidad del Alto Aragón. La reorganización provincial de 1833 consolida finalmente a Huesca como capital de la provincia.

1851 · El Obispado vuelve a estar amenazado
El Concordato de 1851 contempla la supresión de la diócesis de Barbastro. La ciudad queda durante décadas sin obispo residencial.

Siglo XX · Una nueva defensa del Obispado
Barbastro vuelve a movilizarse para conservar su sede episcopal tras la guerra civil. En esas gestiones participará también Josemaría Escrivá.

Una constante histórica: durante siglos Barbastro vivió repetidamente la pérdida, amenaza y recuperación de su sede episcopal y, más tarde, la disputa por su peso institucional frente a Huesca. Esta historia ayuda a entender por qué la continuidad del Obispado adquirió también una dimensión identitaria para la ciudad.

En los años cuarenta, tras la guerra civil, volvieron a existir temores sobre el futuro de la diócesis. Autoridades y representantes de Barbastro realizaron gestiones en Madrid y ante la Nunciatura para defender su continuidad. Entre quienes participaron en ellas estuvo Josemaría Escrivá cuando tenía 41 años.

No estuvo solo, y conviene dejarlo claro. Hubo una movilización de responsables municipales, miembros del Cabildo y otras personas relacionadas con Barbastro. Pero sabemos que la intervención de Escrivá fue considerada importante por sus propios contemporáneos. En 1947 el Ayuntamiento de Barbastro lo nombró Hijo Predilecto de la ciudad, y en la propia propuesta municipal se recordaban expresamente sus gestiones para evitar la desaparición de la diócesis.

Josemaría Escrivá, Hijo Predilecto de Barbastro
Josemaría Escrivá, Hijo Predilecto de Barbastro. El Ayuntamiento le concedió esta distinción en 1947, recordando expresamente en la propuesta municipal sus gestiones en defensa de la continuidad de la diócesis.

Me parece un dato especialmente interesante porque no estamos ante una interpretación elaborada muchas décadas después, sino ante el recuerdo que dejó en la propia ciudad aquella intervención.

Por eso podemos afirmar con bastante seguridad que, cuando Barbastro temió por la continuidad de su Obispado, Escrivá ayudó a defenderlo. No podemos saber qué habría ocurrido sin él ni sería correcto atribuirle en solitario la supervivencia de la diócesis. Pero tampoco parece razonable borrar aquella intervención de nuestra historia.

Y lo más significativo es que no ocurrió una sola vez. Aproximadamente dos décadas más tarde volvieron a circular noticias sobre una posible desaparición de la diócesis de Barbastro. La situación de Escrivá era entonces completamente distinta: vivía en Roma y el Opus Dei había adquirido ya una dimensión internacional.

Sin embargo, cuando volvió a plantearse el futuro de la diócesis de su ciudad natal, intervino nuevamente. Según la documentación biográfica conservada, hizo llegar a Pablo VI en 1966 un escrito en el que exponía razones históricas, sociales y pastorales y terminaba pidiendo expresamente que no se suprimiera la diócesis de Barbastro.

Este segundo episodio me parece incluso más significativo que el primero. Demuestra que la defensa del Obispado no fue solamente una actuación circunstancial de juventud. Dos décadas después continuaba preocupado por la misma cuestión.

Y aquí la cronología se vuelve especialmente interesante porque, mientras Escrivá defendía nuevamente la continuidad del Obispado, estaba tomando forma también el proyecto del nuevo Torreciudad. Para Escrivá, conservar el Obispado de Barbastro e impulsar Torreciudad no eran proyectos incompatibles, ni parece que lo fuera por la otra parte.

Romería de Torreciudad de 1964 con el obispo Jaime Flores
Romería a Torreciudad, 3 de mayo de 1964. La imagen de la Virgen regresaba a la antigua ermita después de una primera restauración realizada en Madrid. La peregrinación desde Bolturina estuvo presidida por el obispo de Barbastro, Jaime Flores, que pocos años después participaría también en los acuerdos para la construcción del nuevo santuario.

Mientras se defendía el Obispado, nacía otro Torreciudad

Yo nací en 1966. Cuando miro la fotografía aérea de Torreciudad de 1957 estoy viendo, por tanto, el paisaje inmediatamente anterior al mundo que he conocido durante toda mi vida.

La antigua ermita y la devoción a la Virgen estaban allí desde hacía siglos. Eso es importante recordarlo porque Josemaría Escrivá no creó Torreciudad ni creó su devoción. Pero prácticamente todo lo que hoy asociamos al lugar todavía no existía.

Ortofoto de Torreciudad en 1957
Torreciudad en 1957. La antigua ermita y su devoción ya existían, pero todavía no estaban el embalse de El Grado, el nuevo santuario ni las infraestructuras que posteriormente transformarían este paisaje. La línea azul señala el espacio donde décadas después se desarrollaría el nuevo santuario.

Esta transformación forma parte de un cambio mucho más amplio del paisaje del Cinca. La construcción de embalses, la extensión de los regadíos y las nuevas infraestructuras modificaron profundamente este territorio durante la segunda mitad del siglo XX. Sobre estos cambios ya reflexioné en El paisaje que estamos construyendo.

El Cinca discurría por su antiguo cauce, no existía el embalse de El Grado y el acceso se realizaba mediante los caminos tradicionales. La ermita se encontraba en un paraje apartado, mantenido durante generaciones por una devoción fundamentalmente local y comarcal, pero sin las comunicaciones ni las infraestructuras que después permitirían convertirlo en un gran centro de peregrinación.

Sin embargo, aquel aislamiento no significa que Torreciudad fuera un lugar olvidado. Pascual Madoz, en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de mediados del siglo XIX, menciona ya el santuario de Torreciudad, situado aproximadamente a media hora de Bolturina. Señala que contaba con hospedería, que estaba atendido por un sacerdote prior y que se sostenía con las limosnas de los fieles. Lo presenta, además, como un santuario de antigua tradición.

Torreciudad no era, por tanto, un lugar de paso. Era un lugar al que había que ir expresamente y cuyo acceso exigía esfuerzo. Mi madre me contó que, cuando la llevaron siendo niña, caminaron durante toda la noche.

Mapa histórico del acceso a Torreciudad desde Bolturina
Torreciudad antes de las nuevas comunicaciones. El mapa permite apreciar el aislamiento del lugar y los caminos que comunicaban la antigua ermita con Bolturina y otras poblaciones próximas. El Cinca discurría todavía por su cauce natural.

La primera gran transformación física del territorio no llegó de la mano del Opus Dei, sino del Estado. La construcción de la presa y del embalse de El Grado modificó profundamente este tramo del Cinca y obligó a construir nuevas infraestructuras. Entre ellas estuvo el camino de servicio por la margen izquierda del embalse desde la presa hasta Torreciudad, cuya adjudicación aparece publicada en el Boletín Oficial del Estado en diciembre de 1967.

Es importante precisar esto. No fue el Opus Dei quien construyó aquella carretera como una actuación propia. Sin embargo, el nuevo acceso vinculado a las obras del embalse cambió completamente las posibilidades del lugar precisamente cuando estaba empezando a desarrollarse el proyecto del nuevo santuario.

El arquitecto Heliodoro Dols había comenzado a trabajar en el proyecto en los años sesenta. La idea inicial fue evolucionando hasta adquirir una dimensión mucho mayor y las grandes obras se desarrollaron fundamentalmente durante la primera mitad de los años setenta.

Construcción del santuario de Torreciudad
Construcción del nuevo santuario de Torreciudad en los años setenta. En pocos años aquel terreno junto al embalse se transformó en el gran centro de peregrinación que abrió sus puertas en 1975.

Los testimonios de algunos trabajadores recuerdan un terreno seco, pedregoso y sin explanar, muy diferente del entorno que conocemos actualmente. En las obras participaron también trabajadores de localidades próximas, de modo que la construcción comenzó a establecer una relación laboral directa con la comarca.

El nuevo santuario abrió en 1975. Yo tenía entonces nueve años. Quizá por eso, para los barbastrenses de mi generación, resulta tan fácil tener la sensación de que aquel gran edificio siempre estuvo allí. Sin embargo, habían transcurrido menos de veinte años entre la fotografía aérea de 1957 y la aparición del nuevo Torreciudad.

El Cinca se había convertido en embalse, había aparecido una carretera, se había construido un enorme santuario y una devoción tradicional de carácter fundamentalmente local comenzaba a proyectarse internacionalmente.

Ortofoto actual de Torreciudad
Torreciudad en la actualidad. El embalse, el santuario, las carreteras, los aparcamientos y la vegetación muestran hasta qué punto cambió el paisaje en unas pocas décadas.
La primera imagen muestra el paisaje anterior a mi nacimiento. La segunda, el paisaje que se fue construyendo durante mi vida.

La forma más exacta de expresarlo, creo, es ésta: Escrivá no creó Torreciudad; transformó la escala de Torreciudad.

Mucho más que un santuario

Hay otro aspecto que hoy resulta fácil olvidar. El proyecto concebido alrededor de Torreciudad no consistía únicamente en construir una iglesia. Ya en 1969, antes de que comenzaran las grandes obras del santuario, Escrivá hablaba de un centro de formación rural destinado a promover actividades sociales y educativas en la comarca.

Aquella idea acabaría materializándose en la Escuela Familiar Agraria El Poblado, que comenzó a funcionar a comienzos de los años setenta. Durante décadas desarrolló formación profesional vinculada especialmente al medio rural y posteriormente otras actividades relacionadas con el empleo.

Con el tiempo fueron apareciendo también alojamientos, residencias y otras instalaciones. La antigua Hostería El Tozal funcionó durante años y su edificio ha comenzado recientemente una nueva etapa como albergue. A ello se sumaron distintas casas utilizadas por grupos y actividades y la cercana urbanización El Tozal.

El Poblado, la antigua Hostería y la urbanización El Tozal
Mucho más que un santuario. En el entorno de la presa y de Torreciudad fueron apareciendo El Poblado, la antigua Hostería y la urbanización El Tozal, junto con otras instalaciones relacionadas con las actividades desarrolladas en la zona.

Cuando se observa el conjunto resulta evidente que el proyecto acabó siendo bastante más que un edificio religioso. Formación, alojamientos, viviendas, carreteras, servicios y actividades generaron una presencia continuada de personas en un territorio que unas décadas antes era muy difícil de alcanzar.

Esa preocupación por el entorno aparece incluso en algunos detalles del proyecto. El arquitecto Heliodoro Dols recordaba que Escrivá pidió que determinados servicios comerciales no se instalaran dentro del propio santuario porque quería que esas necesidades pudieran beneficiar también a las poblaciones próximas.

Eso encaja con algo que Escrivá había expresado ya en 1969: su deseo de que Torreciudad ayudara a que Barbastro y su comarca fueran más conocidas y estimadas y pudiera proporcionar también un impulso económico al territorio.

Una percepción muy arraigada en Barbastro

Durante décadas existió en Barbastro una percepción difícil de demostrar documentalmente, pero muy presente en la memoria colectiva de la ciudad. En los años del desarrollismo franquista, cuando algunos ministros y altos cargos vinculados al Opus Dei ocupaban puestos relevantes en la Administración, muchas personas relacionaban determinadas inversiones realizadas en Barbastro con la influencia de Josemaría Escrivá y con su vínculo con su ciudad natal.

Obras como la canalización del río Vero, el desarrollo del polígono industrial, nuevas infraestructuras o determinadas actuaciones públicas eran interpretadas a veces desde esa idea: que «don Josemaría cuidaba de Barbastro» y que su posición y sus relaciones podían favorecer a la ciudad.

No he encontrado documentación que permita atribuir directamente esas obras a una intervención de Escrivá o del Opus Dei, y por tanto no sería correcto presentarlo como un hecho histórico demostrado. Pero la existencia de esa percepción sí forma parte de la historia social de Barbastro y ayuda a comprender la relación que durante décadas muchos barbastrenses mantuvieron con su figura.

Más que una afirmación sobre quién consiguió cada obra, es el recuerdo de una sensación: la de que un barbastrense que había alcanzado una enorme proyección fuera de la ciudad seguía pendiente, de alguna manera, de lo que ocurría en ella.

No sabemos hasta qué punto se cumplieron todas aquellas expectativas y sería absurdo atribuir a Torreciudad el posterior desarrollo de Barbastro. Pero sí podemos afirmar algo bastante más sencillo: antes de que el santuario existiera, Escrivá ya estaba pensando en los efectos que podía tener sobre su ciudad natal y su comarca.

Entrearcos: dejar algo vivo en Barbastro

En la plaza del Mercado, sobre el solar de la casa natal de Josemaría Escrivá, se construyó en 1977 el Centro Cultural Entrearcos, proyectado por Heliodoro Dols.

Escrivá había expresado que no quería que aquel lugar se convirtiera simplemente en un recuerdo sobre su persona, sino en un espacio vivo de formación y actividad abierto a los barbastrenses. Durante décadas Entrearcos ha acogido iniciativas culturales, sociales y formativas y ha servido también de puente entre Barbastro y quienes llegaban a Torreciudad.

Cincuenta años de relación con Barbastro

Una vez construido el santuario, Torreciudad dejó de ser un proyecto y comenzó a formar parte de la vida habitual del territorio. Durante décadas llegaron peregrinos, grupos organizados, familias y visitantes de numerosos países. Algunos acudían únicamente al santuario; otros conocían también Barbastro y otros lugares del Somontano, Sobrarbe y Ribagorza.

Para quienes vivimos aquí, aquella presencia terminó normalizándose. Los autobuses, las peregrinaciones, los visitantes extranjeros y las celebraciones multitudinarias pasaron a formar parte del paisaje habitual. También lo hicieron trabajadores, proveedores y empresas de la zona relacionadas de una forma u otra con las actividades desarrolladas allí.

La conexión con Barbastro no era automática. Un visitante podía llegar a Torreciudad y marcharse sin entrar en la ciudad. Por eso fueron apareciendo iniciativas destinadas precisamente a tender ese puente. Una de las más conocidas fue la Ruta de San Josemaría por Barbastro, que permitía recorrer los lugares relacionados con su infancia. Junto al componente religioso existía también una finalidad turística evidente: conseguir que una parte de quienes llegaban a Torreciudad conocieran Barbastro, visitaran su patrimonio y utilizaran sus establecimientos.

En estas iniciativas participaron personas vinculadas a Torreciudad, asociaciones empresariales y el Ayuntamiento a lo largo de etapas políticas diferentes. Por eso me parece adecuado hablar de una relación durante muchos años más territorial que partidista.

Incluso en mayo de 2025, cuando el conflicto entre el Obispado y el Opus Dei estaba ya abierto, el Ayuntamiento de Barbastro conmemoró los cincuenta años de la concesión de la Medalla de Oro de la ciudad a Josemaría Escrivá. Participaron responsables institucionales y antiguos alcaldes de diferentes etapas. Aquel acto demuestra que Escrivá continuaba formando parte de la memoria cívica de Barbastro incluso cuando la controversia de Torreciudad estaba ya sobre la mesa.

En 2024 la Cámara de Comercio de Huesca realizó, por encargo del Patronato de Torreciudad, un estudio sobre el impacto socioeconómico del santuario. El trabajo estimaba una media aproximada de 180.900 visitantes anuales y calculaba un impacto económico total cercano a los 97 millones de euros, sumando efectos directos, indirectos e inducidos en la provincia de Huesca y otras zonas de Aragón.

Conviene precisar que esa cifra no significa que Torreciudad deje 97 millones de euros en Barbastro. El estudio utiliza una metodología económica más amplia y, además, fue encargado por el propio Patronato. Pero resulta interesante desde el punto de vista histórico que, más de cincuenta años después de que Escrivá hablara de un posible impulso económico para su comarca, una institución empresarial tratara precisamente de medir esa repercusión.

De la convivencia al conflicto

Precisamente por todo lo anterior, para muchos barbastrenses resulta extraño contemplar ahora al Obispado de Barbastro-Monzón y al Opus Dei como dos partes enfrentadas.

La explicación jurídica es compleja y ya la he tratado con mayor detalle en otras entradas. Para comprender esta historia basta recordar que los acuerdos fundamentales se remontan a 1962 y 1966, cuando el Torreciudad moderno todavía estaba naciendo. Después llegaron el santuario de 1975 y cincuenta años de crecimiento y actividad. La realidad terminó siendo muchísimo mayor que la existente cuando se redactaron aquellos documentos.

A partir de 2020 se intentó actualizar el marco jurídico. Las posiciones del Obispado y del Opus Dei fueron alejándose hasta que el desacuerdo se hizo público en 2023 y finalmente llegó a Roma. En octubre de 2024 la Santa Sede nombró a Alejandro Arellano Cedillo, decano de la Rota Romana, para intervenir en la cuestión.

En septiembre de 2026 continuamos pendientes de una solución definitiva.

Una de las cosas que más me ha ayudado a comprender el conflicto es asumir que las dos partes miran momentos diferentes de una misma historia. El Obispado mira la antigua ermita, la imagen de la Virgen, la devoción secular y sus derechos históricos. El Opus Dei mira el santuario construido a partir de Escrivá, cincuenta años de actividad y toda una realidad religiosa y material levantada alrededor de aquella antigua devoción.

Jaime Flores en Torreciudad en 1964 y Ángel Pérez Pueyo en 2026 ante la antigua ermita
1964–2026: dos obispos ante la misma ermita. A la izquierda, Jaime Flores durante el regreso de la Virgen restaurada a Torreciudad en 1964. A la derecha, Ángel Pérez Pueyo durante la romería de septiembre de 2026. Sesenta y dos años separan ambas escenas, pero el arco de la antigua ermita sigue siendo el mismo.
La ermita permanece. Lo que ha cambiado es todo lo que se ha construido alrededor de ella, física e institucionalmente.

Ambas historias existen, y la Virgen de Torreciudad está en las dos.

Lo pude percibir de una forma especialmente clara durante la romería del pasado 5 de septiembre. La imagen estuvo unas horas en la antigua ermita y después regresó al nuevo santuario. La distancia física entre ambos lugares es pequeña, pero aquel recorrido parecía condensar siglos de historia. En la ermita está el origen; en el santuario están los últimos cincuenta años.

Y para mí hay además una historia todavía más sencilla: es la Virgen de la que mi madre habló siempre con agradecimiento después del gravísimo accidente que sufrió siendo niña. Por eso me cuesta contemplarla únicamente como una pieza dentro de un litigio.

Una historia que también es nuestra

Después de recorrer todo este camino termino regresando al punto desde el que empecé: Josemaría Escrivá como barbastrense.

En los años cuarenta intervino en las gestiones destinadas a defender la continuidad del Obispado. Décadas después volvió a intervenir ante Roma cuando nuevamente se temió por su futuro. Y simultáneamente estaba impulsando el nuevo Torreciudad. No parece que él viera ninguna contradicción entre ambas cosas: quería que continuara el Obispado de su ciudad y quería que Torreciudad creciera.

1. Sin Josemaría Escrivá no existiría el Torreciudad moderno.
La antigua ermita, la Virgen y la devoción son anteriores a él, pero el gran santuario y la transformación territorial que conocemos fueron posibles por su iniciativa.

2. Escrivá intervino repetidamente para defender la continuidad del Obispado de Barbastro.
No podemos saber qué habría sucedido sin él, porque hubo otras personas implicadas y la decisión final correspondía a Roma. Pero sí sabemos que participó en esas gestiones y que la propia ciudad reconoció tempranamente su importancia.

La paradoja de 2026 resulta difícil de ignorar: el hombre que hizo posible el Torreciudad moderno fue también uno de los barbastrenses que trabajaron para conservar el Obispado con el que ahora existe el conflicto.

He escrito esta entrada como barbastrense. Mi vida ha transcurrido prácticamente en paralelo a la del Torreciudad moderno y mi relación con su Virgen empezó con una historia familiar que escuché desde niño. Tampoco mi recorrido cristiano me sitúa dentro de una única sensibilidad de la Iglesia. Quizá por todo ello me interesa más intentar comprender esta historia que colocarme en uno de sus bandos.

No sé cuál será finalmente la solución que establezca Roma, y tampoco era ése el propósito de estas páginas. Lo que quería recuperar era algo anterior al conflicto: cómo era Torreciudad, cómo se transformó, qué papel tuvo Josemaría Escrivá, qué relación quiso mantener con Barbastro y cómo todo aquello terminó incorporándose durante medio siglo a la vida de nuestra comarca.

Porque antes de convertirse en un conflicto, Torreciudad fue durante mucho tiempo una historia compartida.

Y ahora, ¿qué tiene que decidir Roma?

Después de reconstruir esta historia compartida entre Torreciudad, Barbastro, Josemaría Escrivá y el Obispado, queda la cuestión que sigue abierta: ¿qué debe resolver ahora la Santa Sede?

El conflicto actual no consiste simplemente en determinar quién es propietario de la imagen de la Virgen. Ambas partes reconocen la titularidad diocesana. La cuestión está en cómo deben interpretarse los acuerdos históricos, qué derechos siguen vigentes sobre su uso, custodia y ubicación y qué configuración jurídica debe tener Torreciudad en adelante.

Torreciudad: ¿qué tiene que decidir Roma?

Un recorrido por los acuerdos de 1962 y 1966, la evolución del nuevo Torreciudad, su configuración canónica y las cuestiones que siguen pendientes de resolución.

Torreciudad forma parte de la historia de Barbastro.
Representa una de las grandes realizaciones impulsadas por un barbastrense, Josemaría Escrivá, cuya iniciativa transformó una antigua devoción local en un santuario de proyección internacional.

El Obispado también forma parte de la historia de Barbastro.
Durante siglos la ciudad defendió su continuidad porque la sede episcopal representaba no solo una realidad religiosa, sino también una parte esencial de su identidad y de su lugar dentro del territorio.

Quizá por eso resulta tan difícil aceptar que ambas realidades puedan aparecer hoy enfrentadas. Para muchos barbastrenses, las dos forman parte de una misma historia colectiva y ninguna debería construirse contra la otra.

Para saber más sobre el conflicto actual

Esta entrada intenta explicar la historia anterior al conflicto. Para profundizar en la situación actual pueden resultar útiles estas otras dos entradas de Caminos de Barbastro:

Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen
Una aproximación documental y territorial a la antigua ermita, el nuevo santuario y la situación de la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad.

Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer
Una reflexión a partir de la romería del 5 de septiembre de 2026 y sobre la posibilidad de encontrar una solución en la que puedan continuar las distintas realidades vinculadas a Torreciudad.

Fuentes y documentación

Para preparar esta entrada he procurado diferenciar los documentos oficiales, las fuentes institucionales del Obispado, del Opus Dei y de Torreciudad, y los estudios realizados por otras entidades. Cuando una información procede de una institución directamente relacionada con una de las partes del conflicto, conviene tener presente esa procedencia.

Continuar la historia:
En la siguiente entrada cambiamos el punto de vista y miramos Torreciudad desde uno de los pueblos que históricamente estuvo más unido a la antigua ermita: Bolturina y Torreciudad: cuando cambió el camino .

Esta entrada recoge una reflexión personal acompañada de documentación histórica y fuentes públicas. Su propósito no es resolver el conflicto jurídico existente en torno a Torreciudad, sino aportar contexto histórico y territorial desde la perspectiva de un barbastrense.

Torreciudad en Caminos de Barbastro

Una serie de entradas para recorrer la historia, el paisaje y el conflicto actual de Torreciudad:

Daniel Vallés Turmo
Caminos de Barbastro

Entrada elaborada a partir de documentación histórica, fuentes públicas y experiencia personal, con apoyo de herramientas de inteligencia artificial para la búsqueda, contraste, organización y revisión de la información.