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sábado, 19 de julio de 2025

La serenidad: ese refugio silencioso en la tormenta del duelo

Hace poco perdí a uno de mis mejores amigos. En medio de ese dolor enorme, encontré una figura que me sorprendió y me calmó: alguien que encarna la serenidad.

Cuando el mar está revuelto y la tormenta no parece tener fin, él permanece tranquilo, como quien sabe que después de la marea alta, inevitablemente, llegará la baja mar y la calma. No es indiferencia ni frialdad, sino una quietud profunda, una paz que no se agita con cada ola de emoción.

Esperando el fin de la tormenta

En el duelo, esa serenidad es un regalo. No es la presencia ruidosa ni la constante actividad. Es más bien la presencia que escucha sin prisa, que no impone soluciones ni palabras vacías, sino que está atenta, dispuesta a sostener sin necesidad de llenar silencios. Esa persona mira a la realidad de frente, sin negarla ni dramatizarla, y eso ayuda a quien está perdido en la marea de su tristeza.

Me gusta pensar en ella como una hoja de cálculo en espera. En calma absoluta, sin estrés, hasta que llega el momento de introducir la fórmula. Y entonces, responde con precisión y claridad, sin prisas, sin urgencias. Así es la serenidad: una paciencia activa, una fuerza silenciosa.

Recuerdo a una amiga que trabajó para Médicos Sin Fronteras durante la tragedia de Ruanda en 1993. Su labor era la logística, asegurarse de que los recursos llegaran a donde tenían que estar, en medio del caos y la tragedia. No podía dejarse llevar por las noticias dramáticas ni por el sufrimiento que la rodeaba. Su competencia principal: la serenidad. Esa calma interior le permitió hacer su trabajo de forma eficiente, sin perder el foco, incluso cuando el mundo parecía desmoronarse. Se llama Ana.

Sabemos que esta persona no se va a ir, que estará ahí cuando el dolor no deje dormir, cuando las preguntas vuelvan a surgir. Esa certeza es la raíz misma de su serenidad. No se deja arrastrar por los vientos cambiantes del día a día ni por el vaivén de emociones que a veces parece incontrolable.

Es un refugio humano, imperfecto pero real, que no intenta borrar el dolor sino acompañarlo con calma y presencia.

En medio de la tormenta, la serenidad es ese espacio donde el alma puede respirar. No es un estado inalcanzable, sino una cualidad que todos podemos cultivar, especialmente cuando acompañamos a quienes sufren.

Fuerte oleaje

Valoremos a quienes, con su calma paciente, nos sostienen sin juicio, sin prisa, sin ruido. Porque en la serenidad reside la fuerza para enfrentar lo inevitable y la luz para seguir adelante.

Que aprendamos a ser esa presencia serena, ese refugio silencioso, ese faro en la oscuridad. Porque, al final, la serenidad no solo calma el mar, sino que también nos ayuda a navegarlo.

Es esa presencia silenciosa que habita el tiempo sin prisa, como un susurro que se queda en el aire esperando ser escuchado. Permanece firme, pero no rígida; serena, pero no distante. Su calma es un abrazo invisible que sostiene sin asfixiar, un faro que no brilla para el día, sino para la noche más oscura.

No se adelanta a las tormentas, ni se deja arrastrar por la prisa del viento. Sabe que hay momentos que solo el alma reconoce, y con paciencia infinita, espera el instante en que su luz sea necesaria para guiar, para calmar, para sanar.

Es la pausa en medio del caos, el refugio donde se puede descansar sin miedo. Una fuerza profunda que no necesita gritar para hacerse sentir, porque su poder reside en la quietud, en la entrega silenciosa y en el amor que no exige nada, solo está.

Farol

Es como un farol antiguo colgado en la esquina de una calle tranquila, apagado durante el día bajo la claridad del sol. Su luz no se impone ni se adelanta, simplemente espera, paciente y silencioso.

Cuando el crepúsculo cae y la noche extiende su manto, el farol se enciende lentamente, proyectando una luz cálida y constante que no deslumbra, pero sí guía.

Esa luz es calma y refugio, un pequeño fuego que resiste la oscuridad sin prisa, ofreciendo esperanza y claridad justo en el momento en que más se necesita.

Así es esa persona serena: un farol que no brilla para llamar la atención, sino para sostener el camino de quienes se pierden en la noche.

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La presencia

Hace unas semanas, un familiar de un gran amigo que falleció me compartió algo muy especial: a veces siente que él sigue cerca. Dice que los pájaros se le acercan sin miedo, que percibe una compañía invisible. Que, de alguna forma, sigue a su lado.

Yo no lo niego. De hecho, lo entiendo. Lo reconozco. Cada uno sentimos la ausencia a nuestra manera, pero también —y sobre todo— la presencia.

Con mi amigo compartíamos algo muy profundo, casi inexplicable. Una empatía que nos hacía sentir lo que el otro sentía, aunque no lo dijéramos. A veces bastaba una mirada, una pausa, un silencio. Era una amistad que no necesitaba palabras para saber que el otro estaba ahí. Y eso es justo lo que sigo sintiendo ahora, incluso en su ausencia.

Empatía

No hace falta que sea un momento especial para sentir la presencia. A veces llega como una sutil inspiración, como una idea inesperada o un recuerdo que nos abraza por dentro. Es una manera callada y misteriosa de hacernos sentir cerca de la persona querida que ya no está.

No puedo hablarle ni abrazarlo, pero me inspira constantemente. Es como si hubiera asumido otro papel en mi vida: ya no está físicamente, pero su amor, su forma de ver el mundo, su luz… siguen aquí.

Algo parecido he sentido muchas veces en la montaña. He hecho rutas exigentes en solitario, de noche, en condiciones difíciles. Y, lejos de sentir miedo, sentía que alguien caminaba conmigo. En esos momentos descubrí lo que muchos alpinistas han descrito como el fenómeno del “Tercer Hombre”: una presencia invisible, reconfortante, que aparece en situaciones de soledad extrema o peligro. Es como si el alma, o la fe, o quizá algo más allá de nosotros, despertara esa figura silenciosa que nos cuida.

El tercer hombre

Recuerdo también el testimonio del explorador polar Ernest Shackleton, uno de los hombres más valientes que ha pisado la Antártida. En su expedición fallida al Polo Sur, tras el hundimiento del Endurance, él y dos de sus hombres cruzaron la isla Georgia del Sur caminando durante 36 horas sin descanso, en medio del frío, la nieve y el agotamiento. Más tarde escribió:

“Durante aquel largo y rudo viaje de treinta y seis horas sobre las montañas y glaciares de Georgia del Sur, a menudo me pareció que éramos cuatro, no tres.”
Ernest Shackleton, South (1919)

No fue una alucinación, ni una fantasía. Era una presencia real para ellos, aunque invisible. Un cuarto caminante, un protector silencioso.

Hay un capitel románico en el cementerio de Barbastro que representa la resurrección de Cristo. En él debería haber dos ángeles sobre el sepulcro, pero falta uno. Siempre que lo contemplo, pienso: ese ángel que falta es el mío. El que no se ve, pero acompaña.

El ángel de la guardia se ha ido del capitel

La Presencia es eso: una forma de amor que ya no tiene cuerpo, pero permanece con nosotros. Nos inspira, nos anima, nos salva sin que lo sepamos.

“No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros.”
Juan 14,18

El ángel que se ha ido es nuestra guardia

Quizá la fe, el recuerdo, el amor compartido —o la suma de todo eso— se transforma en Presencia. En ese acompañar invisible que, cuando es verdadero, nunca se pierde.

Y también es cierto que estamos en una dimensión distinta. Y como todo lo sutil, esa presencia se va diluyendo con el tiempo, como los rayos del sol en el poniente. Pero mientras dure, es un regalo. Y cuando se apaga, deja una huella de luz que siempre sabremos reconocer.

Atardecer

Quisiera que mis pensamientos volvieran a ti, como esta luz del sol poniente.”
— Rabindranath Tagore

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