Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen
De la ermita sobre el Cinca al santuario junto al embalse
Torreciudad, pasado y presente
Esta entrada comenzó como una mirada a la transformación de Torreciudad: desde la antigua ermita sobre el río Cinca hasta el gran santuario construido junto al embalse de El Grado.
El conflicto surgido entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei terminó incorporando una nueva dimensión a ese recorrido y devolvió al primer plano la antigua ermita, la talla de Nuestra Señora de los Ángeles y la relación entre los dos espacios.
Por eso, más que seguir la actualidad día a día, esta entrada intenta comprender cómo se llegó hasta aquí: el paisaje, la historia, la Virgen, el santuario y, finalmente, el conflicto que volvió a ponerlos a todos en relación.
Torreciudad es uno de esos lugares que he conocido siempre y que, sin embargo, con los años he aprendido a mirar de otra manera. Por mi edad, he conocido el nuevo santuario prácticamente desde sus comienzos y he podido seguir su evolución viviendo a apenas media hora. Ya hice una entrada en el blog en el año 2015, Torreciudad.
Curiosamente, uno de mis primeros recuerdos de aquel nuevo Torreciudad es muy cotidiano: el bar que había junto al embalse y que cerró pocos años después. Por encima de edificios e instituciones, lo que siempre permaneció fue un paisaje excepcional.
Tiene además para mí una dimensión personal. Mi madre, Amparo Turmo Barrabés, fue llevada siendo niña hasta Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad después de recuperarse de una caída. Aquella historia familiar hizo que este lugar nunca me resultara indiferente.
Después llegó el paisaje. He llegado tres veces a pie desde Barbastro hasta Torreciudad, una de ellas corriendo. Son kilómetros recorridos por Costean, El Grado, el Cinca y las laderas que rodean el santuario. Es un territorio que conozco también desde los pies.
Recuerdo especialmente aquella carrera de 1985. Después de recorrer más de una media maratón desde Barbastro, llegamos con ropa deportiva y no nos permitieron siquiera acceder a la explanada porque nuestra indumentaria no se consideró decorosa. El santuario quedó allí, a cientos de metros, frente a nosotros.
Vista hoy, aquella pequeña anécdota también habla de otra época. Resulta especialmente curioso comprobar que décadas después Torreciudad acoge la carrera de relevos 500 km Tajamar-Torreciudad, una actividad suficientemente consolidada como para aparecer con un apartado propio en la Wikipedia dedicada al Santuario de Torreciudad.
En 1985 llegamos corriendo y no pudimos entrar; hoy llegar corriendo forma parte de la propia historia de Torreciudad.
Durante muchos años practiqué además piragüismo en el embalse de El Grado. En una lámina de agua de casi veinte kilómetros de longitud, la silueta de Torreciudad era una referencia inconfundible. Desde la piragua aparecía sobre las laderas como un punto de orientación. También así he aprendido a conocer este paisaje: desde el camino y desde el agua.
Durante aquellos años en los que conocía bien el embalse desde la piragua llegué incluso a proponer a Torreciudad una pequeña iniciativa que me parecía muy ligada al lugar: que cada 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, una imagen llegara hasta Torreciudad por las aguas del embalse. La idea no llegó entonces a desarrollarse, pero recuerdo que me parecía una forma muy hermosa de unir el paisaje, el agua y la devoción popular.
En otros proyectos tuve más fortuna. El Obispado de Barbastro-Monzón sí acogió años después la propuesta del Camino de San Ramón, una iniciativa que desde Caminos de Barbastro y con el imprescindible apoyo de Montañeros de Aragón de Barbastro y el Centro Excursionista de Ribagorza, permitió movilizar a muchas personas alrededor de los antiguos caminos de estas tierras. Eran también otros tiempos, y quizá otra forma de relacionarnos con el territorio y con las instituciones.
Durante mucho tiempo, como probablemente le ocurre a casi todo el que llega, mi mirada se dirigía principalmente hacia el gran santuario, mientras la pequeña ermita permanecía abajo, casi como un resto de todo lo anterior. Con los años me ha sucedido justamente lo contrario: cada vez me interesan más aquella pequeña ermita, la torre medieval, Nuestra Señora de los Ángeles y el paisaje que existió antes de que el río Cinca se convirtiera en embalse.
Quizá porque Torreciudad permite contemplar algo más que la historia de un santuario: cómo cambian un paisaje, una sociedad y nuestra propia manera de mirar un lugar.
Antes de ser santuario, Torreciudad fue una torre
El propio nombre nos lleva mucho más atrás que el actual edificio. La torre medieval ocupa una posición privilegiada sobre el corredor del Cinca. Desde allí se podía controlar el paso por el valle y mantener contacto visual con otros puntos elevados.
Al estudiar recientemente otras fortalezas del Cinca, como el castillo de Artasona, he empezado también a mirar Torreciudad desde esa perspectiva. Desde Artasona se distingue Torreciudad. No sabemos hasta qué punto aquellas posiciones formaron una red organizada de comunicación, pero su relación visual permite comprender que no eran lugares aislados.
Antes de ser un lugar al que acudir, Torreciudad fue un lugar desde el que mirar.
Con el paso de los siglos aquella función defensiva perdió importancia. Sin embargo, junto a la torre permaneció un pequeño edificio que acabaría teniendo una vida mucho más larga: la ermita.
Al visitar hoy la antigua ermita me sorprende que apenas encontremos una explicación sobre aquella torre que, en realidad, dio nombre a Torreciudad. Se trata de una construcción medieval documentada ya en el siglo XI, situada en una posición estratégica sobre el valle del Cinca, cuando esta zona formaba parte de la frontera entre los territorios cristianos y musulmanes. Desde aquí se vigilaban el valle y los caminos en una época en la que lugares próximos como Graus y El Grado todavía no habían pasado definitivamente a manos cristianas.
No haría falta una gran intervención para recuperar esta parte de la historia. Un sencillo panel interpretativo junto a los restos de la torre permitiría explicar su función defensiva, su relación con el valle del Cinca y, sobre todo, algo tan elemental como por qué este lugar se llama Torreciudad. La ermita explica la historia religiosa del lugar; la torre permitiría recordar la historia anterior sobre la que aquella devoción acabó asentándose.
Nuestra Señora de los Ángeles
Hoy utilizamos casi siempre la expresión Virgen de Torreciudad, pero durante siglos la advocación fue más precisa: Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad. Las antiguas espéculas de peregrino todavía conservan ese nombre.
Aquellas pequeñas insignias permiten acercarnos a un Torreciudad muy diferente del actual. Sobre las espéculas y las antiguas insignias de peregrinación ya escribí hace años en Caminos de Barbastro.
Las familias llegaban desde los pueblos próximos para pedir ayuda, agradecer una curación o cumplir una promesa. Entre las tradiciones asociadas a Nuestra Señora de los Ángeles tuvo especial importancia la presentación y protección de los niños. Y eso permite comprender dos pequeñas historias separadas por casi treinta años.
Dos niños llevados a la Virgen
En 1904 una familia de Barbastro llevó hasta aquella pequeña ermita a un niño de unos dos años después de que se recuperara de una grave enfermedad. Se llamaba Josemaría Escrivá de Balaguer. Su madre había prometido llevarlo a Torreciudad si sanaba. Décadas después, aquel niño impulsaría la construcción del gran santuario que hoy conocemos.
En 1932 otra familia llevó hasta el mismo lugar a una niña procedente de Merli después de recuperarse de una caída. Era mi madre, Amparo Turmo Barrabés.
Son dos historias particulares, pero pertenecen a algo mucho más amplio: una religiosidad popular en la que las familias acudían hasta Nuestra Señora de los Ángeles para poner a sus hijos bajo su protección o agradecer su recuperación.
Antes de que Torreciudad recibiera peregrinos de todo el mundo, recibía a las familias de estos valles.
La misma Virgen, dos maneras de verla
También ha cambiado ante nuestros ojos la manera de contemplar a la Virgen. No se trata solamente del lugar en el que se encuentra, sino también de la forma en que la imagen ha sido presentada y venerada a lo largo del tiempo.
Durante generaciones la talla románica permaneció cubierta por vestidos, manto y corona. Ésa fue la imagen que contemplaron muchos de quienes llegaron hasta la antigua ermita. Con su restauración volvió a quedar visible la escultura, pero también cambió notablemente el aspecto con el que hoy la conocemos.
Antes y después de la restauración
Una fotografía tomada durante la romería de Torreciudad de 1967 permite observar con especial claridad aquel cambio. La talla conservaba entonces una policromía muy visible: azules, rojizos, tonos claros y algunos detalles dorados cubrían los vestidos de la Virgen y del Niño.
El contraste con su aspecto actual es muy llamativo. La estructura de la escultura es la misma, pero la presencia dominante del oro modifica profundamente nuestra percepción de la imagen.
El propio Opus Dei explica este proceso en un vídeo dedicado a la historia de la talla. Se realizó una primera intervención de consolidación en 1964 y, posteriormente, una nueva restauración en torno a 1970. Fue en esta segunda intervención cuando se incorporó una lámina de pan de oro, que dio a buena parte de la escultura el aspecto con el que hoy se contempla en el nuevo santuario.
El vídeo resulta especialmente interesante porque muestra también imágenes antiguas de la ermita y de la propia Virgen antes de aquella transformación. Permite comprobar que no sólo cambió el lugar en el que se veneraba la imagen: también cambió profundamente la manera de presentarla ante los peregrinos.
Es la misma imagen y, sin embargo, cuando observo esta transformación tengo una sensación parecida a la que producen los dos paisajes de Torreciudad: parecen pertenecer a mundos diferentes.
La Virgen en los dos espacios
Al recorrer el mismo día, uno detrás de otro, la antigua ermita y el nuevo santuario, me llamó especialmente la atención que Nuestra Señora de los Ángeles parece hablar en cada lugar un lenguaje diferente.
En la ermita continúa muy presente la representación tradicional de la Virgen vestida, coronada y rodeada de ángeles, la forma en que fue contemplada durante generaciones por las familias que llegaban hasta Torreciudad. En el nuevo santuario, en cambio, la talla románica restaurada aparece sin aquellos vestidos y ocupa el centro de un enorme retablo.
No es únicamente una diferencia estética. Los dos espacios parecen responder también a dos maneras distintas de vivir Torreciudad. La ermita invita a una relación próxima, individual o familiar. El nuevo santuario fue concebido desde su origen para las grandes peregrinaciones y para recibir a muchas personas.
Y al contemplar la talla dentro del enorme retablo se comprende mejor también su transformación. La imagen románica mide apenas 84 centímetros y, vista desde la nave, ocupa un espacio diminuto dentro de una arquitectura de dimensiones monumentales. El dorado hace que destaque sobre un retablo deliberadamente oscuro y que la mirada del visitante se dirija inmediatamente hacia ella. En ese contexto, el pan de oro no parece solamente una decisión de restauración: cumple también una función iconográfica y visual, convirtiendo a la pequeña talla en el centro luminoso de todo el santuario.
La percepción cambia mucho cuando contemplamos la imagen fuera de ese marco. Aislada, el dorado resulta mucho más llamativo y hace difícil imaginar la policromía azul, rojiza y clara que todavía conservaba en las fotografías de 1967. También aquí conviene mirar aquella intervención con los criterios de su época. A comienzos de los años setenta se estaba creando un gran santuario y se buscaba una imagen capaz de presidir visualmente aquel espacio. Con los criterios actuales de conservación del patrimonio, una intervención que modificara de forma tan intensa la apariencia de una talla románica sería mucho más difícil de justificar.
No son simplemente una ermita pequeña y un santuario grande.
Son dos espacios concebidos para experiencias diferentes.
1969-1975: cuando cambió la escala
Durante siglos la ermita estuvo sobre el río Cinca, no sobre un embalse. El agua corría por el fondo del valle, entre gleras y laderas, bajo la torre y la ermita. En 1969 se terminó la presa de El Grado y aquel paisaje cambió profundamente con la creación del nuevo embalse. Solamente seis años después, en 1975, abrió al culto el nuevo santuario de Torreciudad.
En muy poco tiempo cambiaron simultáneamente el paisaje y la arquitectura. El río se convirtió en embalse y la pequeña ermita pasó a convivir con un enorme santuario preparado para recibir grandes peregrinaciones.
La antigua ermita pertenecía al paisaje del río.
El nuevo santuario pertenece al paisaje del embalse.
Presa y santuario son obras completamente diferentes, pero ambas pertenecen a unos años caracterizados por la confianza en las grandes construcciones y en la capacidad humana para transformar el territorio. Una gran obra modificó el Cinca; la otra modificó para siempre la imagen de Torreciudad.
La escala al acercarse
Las fotografías aéreas y las cifras permiten medir Torreciudad, pero caminar hacia el santuario permite percibir su tamaño de otra manera. Desde la entrada del recinto el edificio todavía aparece integrado en el paisaje. Conforme nos acercamos, va ocupando cada vez una parte mayor de nuestra mirada hasta que su volumen acaba dominando por completo el espacio.
Esta sucesión ayuda a comprender algo que las cifras por sí solas no muestran. El nuevo Torreciudad fue concebido para hacerse presente en el paisaje y para recibir grandes concentraciones. Su monumentalidad no es accidental: forma parte del propio concepto del santuario.
La escala vista desde el aire
Visto desde el aire se comprende todavía mejor la magnitud de aquella transformación. Una medición aproximada sobre la ortofoto actual muestra que el conjunto de Torreciudad se extiende a lo largo de unos 500 metros y que la zona ocupada por el santuario, edificios, explanadas, aparcamientos, jardines y accesos ronda las 5,3 hectáreas.
La información catastral aporta otra referencia para comprender esa escala. El edificio del santuario propiamente dicho figura con 7.555 m² construidos, mientras que la otra gran unidad catastral del conjunto figura con 16.616 m² construidos. Entre ambas unidades principales se superan los 24.000 m² construidos.
Una comparación cercana
Cada día, al ir al trabajo, veo la catedral de Barbastro y siempre me ha parecido un edificio enorme. Por eso me ha sorprendido especialmente comparar sus dimensiones con las de Torreciudad. Según la información catastral, la catedral de Barbastro cuenta con 2.986 m² construidos, mientras que solamente el edificio religioso del nuevo santuario de Torreciudad alcanza los 7.555 m².
Es decir, el santuario de Torreciudad tiene aproximadamente dos veces y media la superficie construida de la catedral de Barbastro.
Para hacerse una idea de la escala:
Catedral de Barbastro: 2.986 m² construidos
Santuario de Torreciudad: 7.555 m² construidos
Otra gran unidad catastral del conjunto: 16.616 m² construidos
Longitud aproximada del conjunto: 500 metros
Superficie ocupada aproximada: 5,3 hectáreas
No se trató, por tanto, únicamente de construir un gran templo, sino de crear un amplio conjunto capaz de recibir peregrinaciones, familias y grupos de muy diversa procedencia.
También en este aspecto Torreciudad es una obra muy vinculada a su tiempo. Cuando fue proyectado y construido todavía no existía en España el actual marco de evaluación ambiental y paisajística. Hoy una actuación semejante, por su extensión y por encontrarse en una ladera especialmente visible sobre un embalse, tendría que someterse a unos controles ambientales y paisajísticos mucho más exigentes. No podemos saber cuál sería el resultado, pero difícilmente podría plantearse hoy de la misma manera.
La importancia del agua en este paisaje se hizo especialmente visible durante el gran descenso del nivel del embalse de El Grado en 2025. Al descender extraordinariamente su nivel, el paisaje contemplado desde Torreciudad se volvió áspero y casi irreconocible, muy alejado de la imagen serena que ofrece el embalse cuando está lleno.
Un rincón olvidado del nuevo Torreciudad
Hay también un pequeño lugar que forma parte de mis primeros recuerdos de Torreciudad. Cuando era niño recuerdo el bar del antiguo Merendero, situado poco antes de llegar al santuario. Décadas después he vuelto hasta allí y me ha sorprendido encontrar el edificio completamente abandonado y vandalizado, en fuerte contraste con el cuidado del resto del entorno.
La paradoja es que desde este lugar se obtiene una de las perspectivas que más me gustan de Torreciudad. Desde aquí pueden contemplarse en una misma mirada la antigua ermita, la torre medieval, el nuevo santuario y el paisaje del embalse. Precisamente desde este edificio abandonado hice una de las fotografías que mejor me ha permitido comprender la relación entre los dos Torreciudad.
Actualmente existe un proyecto para recuperar este edificio y convertirlo en alojamiento para familias y peregrinos, una iniciativa de la que informó Diario del AltoAragón. Quizá dentro de unos años este rincón vuelva a formar parte de la vida de Torreciudad.
Mi mirada también ha cambiado
Mi relación con Torreciudad ha evolucionado igualmente. Durante muchos años el gran santuario ocupó para mí el primer plano y la antigua ermita permanecía casi como algo residual. Ahora me ocurre lo contrario, aunque también he aprendido a comprender mejor la función diferente de ambos espacios.
Durante décadas, ésta ha sido probablemente una de las imágenes más características del nuevo Torreciudad: el santuario lleno, la gran explanada ocupada por miles de peregrinos y el embalse como fondo paisajístico. En momentos así se comprende mejor la escala con la que fue concebido.
Lo percibí de una manera completamente diferente este último invierno. Fui a Torreciudad un martes de febrero y prácticamente estaba solo. Había regresado con una intención muy personal: agradecer que una caída de cabeza que había sufrido mientras preparaba aquella entrada sobre el descenso del nivel del embalse de El Grado hubiera quedado, afortunadamente, en nada. Resultaba curioso pensar que, muchos años después de que mi madre hubiera sido llevada allí tras recuperarse de una caída, yo regresaba también después de otra caída para dar gracias.
Pedí permiso para acercarme al camarín y después me senté en la primera fila del templo. Delante de mí había un enorme santuario prácticamente vacío. El espacio que en las grandes concentraciones podía acoger a miles de personas era ahora casi sólo para mí.
Aquel día, más que proximidad o recogimiento, sentí cierta inquietud. Era una experiencia muy personal: un espacio concebido para reunir a muchas personas se encontraba prácticamente vacío y su monumentalidad se hacía especialmente perceptible.
Después, al volver a Torreciudad y recorrer de nuevo con calma la antigua ermita y el nuevo santuario, comprendí mejor algo que entonces no había valorado suficientemente. La monumentalidad del nuevo templo no es accidental, sino que responde a la función para la que fue concebido. El santuario cobra especialmente sentido cuando recibe peregrinaciones, familias y grandes celebraciones. La antigua ermita responde a otra escala y a otra experiencia religiosa.
Cuando bajé hasta la antigua ermita la sensación fue completamente diferente. El espacio era reducido, próximo y silencioso. Allí encontré un tipo de recogimiento que personalmente siento más próximo.
Una sola persona basta para que aquel pequeño espacio tenga sentido.
Pero había algo que siempre me había producido una sensación extraña. En el lugar donde durante siglos estuvo Nuestra Señora de los Ángeles ya no había ninguna talla, sino una pintura. De alguna manera, aquel día me encontré con dos situaciones completamente diferentes:
El gran santuario estaba vacío de personas.
La pequeña ermita estaba vacía de su Virgen.
Quizá fue entonces cuando comprendí con mayor claridad cuánto había cambiado también mi propia manera de mirar Torreciudad.
Con independencia de la relación que cada persona pueda tener con el Opus Dei, resulta difícil no reconocer la extraordinaria capacidad de iniciativa de Josemaría Escrivá. Desde una ciudad pequeña como Barbastro impulsó proyectos que acabarían alcanzando una dimensión internacional, y Torreciudad es probablemente una de sus manifestaciones más visibles.
Tampoco puede olvidarse el impacto económico y turístico que Torreciudad ha tenido durante estos cincuenta años en su entorno, especialmente en el Somontano y en poblaciones como Barbastro y El Grado. Un estudio elaborado en 2024 por la Cámara de Comercio e Industria de Huesca estimó en 97,4 millones de euros anuales su impacto económico directo, indirecto e inducido, calculado fundamentalmente para la provincia de Huesca y, en algunos efectos, para el conjunto de Aragón. El propio estudio destaca además la especial repercusión turística y territorial de Torreciudad en el Somontano y su contribución al conocimiento de Barbastro y de otras poblaciones del entorno.
Los recelos que durante años despertó el santuario llegaron a generar toda clase de rumores y leyendas. Resulta muy ilustrativo el blog Secretos de Torreciudad, creado por José Alfonso Arregui, entonces responsable de comunicación del santuario, precisamente para explicar y desmontar muchos de aquellos rumores.
Mi relación con este lugar nunca ha sido, por tanto, simplemente de adhesión o rechazo. Torreciudad forma parte de mi paisaje, de mi historia familiar y de mis propios caminos, y mi manera de verlo también ha cambiado conmigo.
La antigua ermita después del traslado de la talla
Cuando la talla original fue trasladada al nuevo santuario, la antigua ermita cambió también de función. El retablo permanece, pero en el lugar que durante siglos ocupó Nuestra Señora de los Ángeles encontramos actualmente una pintura de la Virgen.
Siempre me ha llamado la atención esta solución. Precisamente porque éste fue durante siglos el lugar de la imagen, me pregunto si una réplica de la talla no ayudaría a conservar visualmente esa relación histórica. Permitiría comprender mejor el sentido original de la ermita sin necesidad de mantener allí expuesta de forma permanente una imagen románica de tanto valor.
Y quizá esa réplica ni siquiera tendría que reproducir el aspecto dorado con el que hoy contemplamos la talla en el nuevo santuario. Podría recuperar, de forma interpretativa, la imagen policromada que conocieron quienes acudían a la antigua ermita antes de las restauraciones del siglo XX. De esa manera, los dos espacios quedarían también diferenciados visualmente: el santuario conservaría la presentación actual de la talla original y la ermita ayudaría a comprender cómo fue contemplada durante generaciones.
Sería, evidentemente, sólo una posibilidad. Pero permitiría que la ermita y el nuevo santuario no aparecieran como dos espacios en competencia, sino como dos momentos diferentes de la historia de una misma devoción.
El conflicto devuelve la mirada a la ermita
Durante medio siglo el nuevo santuario pasó inevitablemente a ocupar el primer plano de Torreciudad, mientras la antigua ermita quedó en una posición mucho más discreta. Al mismo tiempo, el nombre de Torreciudad quedó estrechamente identificado con el Opus Dei y con el gran proyecto mariano desarrollado desde la década de 1970.
El conflicto surgido entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei tuvo, sin embargo, una consecuencia inesperada: devolvió al primer plano la antigua ermita, la talla románica y la pregunta sobre la relación entre los dos Torreciudad.
La controversia no gira únicamente alrededor de quién es propietario de la imagen. También afecta a la interpretación de los acuerdos históricos, a la situación jurídica y pastoral del santuario moderno y, sobre todo, a una cuestión muy visible: dónde debe permanecer habitualmente Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad.
La Diócesis de Barbastro-Monzón defiende el regreso estable de la talla original a la antigua ermita. El Opus Dei reconoce que la propiedad de la imagen corresponde a la diócesis, pero sostiene que los acuerdos de 1962 y 1966 amparan su culto, custodia y permanencia en el santuario moderno.
Roma intervino en 2024 mediante el nombramiento de Alejandro Arellano como comisario pontificio para intentar encauzar una solución. Desde entonces, el conflicto ha combinado cuestiones históricas, jurídicas, pastorales y simbólicas que no siempre resulta fácil separar.
La ermita y el santuario no tienen por qué competir.
Son dos maneras distintas de entender y vivir Torreciudad.
La imagen. La talla románica de Nuestra Señora de los Ángeles pertenece a la diócesis, pero desde 1975 preside el retablo del santuario moderno.
Los acuerdos históricos. La escritura de 1962 y el acuerdo documentado en 1966 son interpretados de forma diferente por las partes, especialmente en lo relativo al uso, custodia y ubicación de la imagen.
La organización de Torreciudad. La diócesis reclama una integración institucional más clara, mientras el Opus Dei defiende la continuidad de la misión y del modelo desarrollado durante medio siglo.
La solución. Desde 2024 la Santa Sede interviene mediante un comisario pontificio. El conflicto continúa abierto y no existe todavía una solución definitiva conocida.
🎥 ¿Qué tiene que decidir Roma?
Antes de seguir con la escalada pública de septiembre de 2026 conviene separar el ruido informativo de las cuestiones que realmente siguen pendientes.
Este vídeo intenta ordenar el problema a partir de los acuerdos de 1962 y 1966, la evolución del nuevo Torreciudad, su configuración canónica y las posiciones actuales del Obispado de Barbastro-Monzón y del Opus Dei.
La cuestión no es simplemente quién es propietario de la imagen, sino cómo deben interpretarse los acuerdos históricos, qué derechos siguen vigentes sobre su uso, custodia y ubicación y qué configuración jurídica debe tener Torreciudad en adelante.
Torreciudad: ¿qué tiene que decidir Roma?
🎥 La guerra de los seis días
Entre el 31 de agosto y el 5 de septiembre de 2026, el conflicto de Torreciudad alcanzó uno de sus momentos de mayor exposición pública. En apenas seis días se sucedieron comunicados, documentos, titulares nacionales y, finalmente, la romería en la que la talla original regresó temporalmente junto a la antigua ermita.
Este vídeo recoge aquella breve escalada y el cambio de tono que pude observar personalmente en Torreciudad el 5 de septiembre.
Torreciudad: la guerra de los seis días · 31 de agosto–5 de septiembre de 2026
¿Puede existir una solución para los dos Torreciudad?
Después de recorrer la historia del lugar, revisar los documentos y asistir a la romería del 5 de septiembre, la pregunta que me quedó ya no fue solamente quién tenía razón en el conflicto.
Me interesó más otra cuestión: ¿es posible reparar el desequilibrio histórico de la antigua ermita sin debilitar para ello el santuario moderno?
La siguiente matriz intenta representar ese problema. No pretende resolver la cuestión jurídica, sino observar qué ocurre con cada espacio según las distintas soluciones posibles.
En este esquema, «ganar» no significa quedarse con la talla, sino que cada espacio conserve o recupere una función propia, reconocible y sostenible.
La antigua ermita representa el origen histórico de la devoción. El santuario moderno concentra desde hace medio siglo la talla original, el gran retablo, las peregrinaciones y una infraestructura construida alrededor de esa misma devoción.
El problema aparece cuando fortalecer uno exige necesariamente debilitar el otro. Por eso quizá la cuestión no sea volver a 1962 ni mantener sin cambios la situación creada desde 1975, sino encontrar un nuevo equilibrio.
La ermita debe volver a ser necesaria sin que el santuario deje de serlo.
A partir de esta reflexión he preparado una segunda entrada dedicada exclusivamente a pensar una posible salida al conflicto: Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer .
📜 Documentos esenciales del conflicto
Más allá de declaraciones y titulares, buena parte del conflicto de Torreciudad puede entenderse a partir de unos pocos documentos fundamentales.
1. Escritura pública de 24 de septiembre de 1962
Otorgada en Barbastro ante el notario Luis F. Alós Bobadilla. Regula mediante un contrato de censo enfitéutico la relación jurídica sobre la antigua ermita y sus dependencias. También contiene disposiciones relativas a la conservación y al culto de la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad.
2. Acuerdo documentado en 1966
Un testimonio notarial recoge el acuerdo entre el obispo Jaime Flores Martín y los promotores de Torreciudad para la construcción del nuevo santuario, contemplando que la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad recibiera allí culto y veneración.
3. Cartas del papa Francisco al obispo de Barbastro-Monzón
Las cartas dadas a conocer en septiembre de 2026 documentan el respaldo personal de Francisco a Ángel Pérez Pueyo y muestran hasta qué punto el conflicto había llegado directamente al Papa.
4. Código de Derecho Canónico: cánones 556–563
Estos cánones regulan determinados aspectos relativos a rectores de iglesias y fueron invocados por el Obispado en el conflicto sobre el nombramiento del rector de Torreciudad. La cuestión discutida es precisamente si el santuario moderno está jurídicamente sometido a este régimen.
Para interpretar estos documentos: no tienen la misma naturaleza ni responden exactamente a la misma cuestión. La escritura de 1962 y el acuerdo documentado en 1966 forman parte de los antecedentes históricos y jurídicos de Torreciudad. Las cartas de Francisco documentan el respaldo y la intervención personal del Papa en el conflicto contemporáneo. El Código de Derecho Canónico aporta el marco normativo general. Su alcance concreto en Torreciudad forma parte precisamente de la controversia.
🧭 El conflicto de Torreciudad, en siete hitos
La diócesis de Barbastro y los promotores vinculados al Opus Dei formalizan mediante escritura pública la relación jurídica sobre la antigua ermita de Torreciudad y la conservación del culto a la Virgen.
Un acuerdo posterior contempla la construcción del nuevo santuario y que la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad reciba allí culto y veneración.
Con la apertura del santuario moderno, la talla románica restaurada pasa a presidir su gran retablo. La antigua ermita conserva su valor histórico, pero deja de ser el centro principal de la devoción.
Las diferencias entre el Obispado de Barbastro-Monzón y el Opus Dei sobre la situación jurídica y pastoral de Torreciudad pasan al primer plano público.
El papa Francisco nombra a Alejandro Arellano comisario pontificio para estudiar la situación y buscar una salida al conflicto.
Se hacen públicas propuestas diferentes sobre el futuro de Torreciudad. Ese mismo año, el obispo Ángel Pérez Pueyo revela en una homilía el respaldo personal que había recibido del papa Francisco.
El obispo reclama el regreso permanente de la talla a la antigua ermita, se publican las cartas manuscritas de Francisco, el Opus Dei responde defendiendo los acuerdos históricos y, finalmente, la imagen regresa temporalmente junto a la ermita durante la romería del 5 de septiembre. La jornada termina con un tono mucho más conciliador que el de los días anteriores, aunque el conflicto de fondo permanece abierto.
📰 También se disputa el relato
Seguir el conflicto de Torreciudad durante aquellos días permitió observar algo que normalmente sólo percibimos con distancia: los hechos y su interpretación se construyen al mismo tiempo.
Los mismos documentos podían conducir a lecturas muy diferentes. Las cartas de Francisco reforzaban el relato de un obispo respaldado personalmente por el Papa. Los acuerdos de 1962 y 1966 permitían al Opus Dei presentar su posición como una defensa de compromisos históricos y no como una retención ilegítima de la talla. Y la forma de conducir públicamente el conflicto terminó convirtiéndose también en objeto de debate.
Para ordenar esas distintas narraciones elaboré este esquema. No pretende describir cómo son realmente las personas o las instituciones, sino cómo pueden aparecer representadas según qué hechos se seleccionan y cómo se cuentan.
De esta combinación surgen cuatro grandes formas de contar el conflicto: un relato favorable al Opus Dei, un relato favorable al obispo, un conflicto duro en el que ambos aparecen mal situados y un relato conciliador, capaz de reconocer al mismo tiempo la aportación realizada por Torreciudad y la difícil situación en la que puede haber terminado el obispo.
Este mapa permite entender mejor lo que ocurre cuando observamos después los titulares, los vídeos o las informaciones de distintos medios. Los hechos pueden ser los mismos, pero su selección y su interpretación pueden situar al lector en lugares muy diferentes del cuadrante.
Mientras sigo estos acontecimientos me resulta cada vez más evidente que no sólo estamos asistiendo a una disputa jurídica, pastoral o institucional. También estamos viendo cómo se construye el relato con el que probablemente será recordado este conflicto.
Hay además otra dificultad: no recibimos la información desde una posición neutral. En las conversaciones sobre Torreciudad he comprobado cómo unos mismos documentos pueden reforzar opiniones muy diferentes. Con frecuencia tendemos a interpretar cada nueva información desde la posición que ya teníamos previamente.
Quizá sea uno de los grandes problemas de una sociedad cada vez más polarizada. Cuando una cuestión acaba dividiéndose en dos posiciones, resulta difícil moverse de una a otra: buscamos argumentos que confirmen lo que pensamos y prestamos menos atención a aquellos que podrían obligarnos a revisarlo.
Por eso, en esta entrada intento hacer justamente el ejercicio contrario: volver a los documentos, escuchar las distintas explicaciones y estar dispuesto a modificar la interpretación cuando aparecen nuevos datos. No siempre es fácil. Pero quizá comprender una historia exija precisamente eso.
La reacción en las redes sociales ofrece otro ejemplo interesante. En los comentarios a la publicación de El País sobre las cartas de Francisco aparecen posiciones prácticamente opuestas: unos ven en ellas una confirmación de sus críticas al Opus Dei; otros cuestionan a Francisco, al obispo o al propio periódico; algunos dudan incluso de la autenticidad o de la oportunidad de publicar las cartas, mientras otros consideran que lo verdaderamente importante sigue siendo determinar qué dicen el derecho y los acuerdos históricos. No son una muestra representativa, pero sí ilustran hasta qué punto una misma noticia puede ser recibida desde posiciones previas muy diferentes.
Quizá por eso la polarización resulta tan difícil de romper. Una información nueva que podría obligarnos a revisar nuestra posición termina muchas veces utilizándose para reforzarla. No sólo elegimos entre relatos diferentes: en ocasiones escogemos el relato que mejor encaja con lo que ya pensábamos.
El relato también se mueve
Para observar esa evolución estoy siguiendo siempre la misma búsqueda en Google y valorando las noticias que aparecen destacadas. El resultado se representa sobre el cuadrante anterior: no indica quién tiene razón, sino hacia qué relato se desplaza en cada momento la información más visible.
De esta combinación surgen cuatro grandes formas de contar el conflicto: un relato favorable al Opus Dei, un relato favorable al obispo, un conflicto duro en el que ambos aparecen deteriorados y un relato conciliador, capaz de reconocer al mismo tiempo las razones y aportaciones de cada parte.
Durante los primeros días de septiembre de 2026 el encuadre fue cambiando. La publicación de las cartas de Francisco desplazó inicialmente la atención hacia el respaldo al obispo. La respuesta documental del Opus Dei devolvió después el protagonismo a los acuerdos históricos. Y, tras la romería del 5 de septiembre, una parte de la opinión publicada comenzó a valorar no sólo las posiciones institucionales, sino también la forma en que Ángel Pérez Pueyo había conducido públicamente el conflicto.
El resultado fue un relato cada vez más fragmentado. No apareció una única interpretación dominante, sino varias narraciones que convivían y competían entre sí.
La historia no sólo se hace con lo que ocurre.
También con la manera en que cada época decide contarlo.
5 de septiembre de 2026: el regreso
El 5 de septiembre volví a Torreciudad para asistir a la 47.ª Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe. Después de tantos días siguiendo documentos, declaraciones y noticias, quería observar también lo que ocurría sobre el terreno.
La Virgen junto a la antigua ermita
Llegué hacia las nueve y media de la mañana. Junto a la antigua ermita estaban terminando de preparar el espacio para recibir a Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad.
La talla románica había sido colocada bajo el pequeño porche exterior, delante de la puerta de la ermita, sobre un pedestal adornado con flores.
De cerca, la imagen aparecía especialmente resplandeciente. Me detuve también en uno de sus pequeños detalles: el libro que sostiene en su mano.
Un camarín vacío
Cuando se abrió el santuario moderno subí hasta el templo. Allí encontré la segunda imagen que quería documentar: el camarín central del gran retablo estaba vacío.
Durante unas horas podían contemplarse así, casi simultáneamente, las dos consecuencias del traslado: abajo, la talla junto al lugar donde había sido venerada históricamente; arriba, vacío el espacio que ocupa habitualmente desde la apertura del nuevo templo.
La romería junto a la ermita
Poco a poco fueron llegando las distintas advocaciones marianas procedentes de pueblos de Ribagorza y Sobrarbe. El espacio situado delante de la ermita, relativamente pequeño, se fue llenando de peregrinos.
Antes del comienzo del acto, el obispo de Barbastro-Monzón rezó en la ermita. Después comenzaron los saludos y la celebración exterior.
Entre los momentos más significativos estuvieron el gesto del obispo al besar la talla y la presentación de un manto confeccionado con las cintas aportadas por las distintas advocaciones presentes en la romería.
Una procesión sin la talla original
Cuando comenzó la procesión hacia el santuario moderno se produjo uno de los detalles que más me sorprendieron: la talla románica no subió en procesión. Tampoco lo hizo la imagen peregrina de Nuestra Señora de Torreciudad.
Mientras los peregrinos comenzaban a subir, la talla original fue retirada delante de la ermita, protegida cuidadosamente y trasladada en automóvil hasta el santuario moderno.
De nuevo en el santuario
Antes de comenzar la misa, la talla no había sido recolocada en el camarín. Quedó situada junto al altar mientras el espacio central del retablo permanecía vacío.
Un resumen en imágenes de la jornada del 5 de septiembre
La homilía del obispo: una llamada a la comunión
Durante la eucaristía, el obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez Pueyo, pronunció una homilía bajo el lema «Una Madre, muchas advocaciones, una sola familia». Después de la tensión de los días anteriores, el tono resultó especialmente significativo.
Pérez Pueyo reivindicó el valor de la antigua ermita y de la religiosidad popular, recordando la relación histórica de las familias de estos valles con Nuestra Señora de los Ángeles.
Al mismo tiempo, reconoció expresamente el bien realizado por el Opus Dei durante los últimos cincuenta años y manifestó su deseo de que pudiera continuar desarrollando su misión en Torreciudad, aunque plenamente integrado en la diócesis.
«Que nadie tenga que desaparecer para que todos podamos vivir, amar y servir».
La frase resume bien el cambio de tono de aquella jornada. Las posiciones de fondo no habían desaparecido, pero el conflicto dejó momentáneamente de presentarse como una lucha entre dos realidades incompatibles.
Lo que me hizo pensar la jornada
Asistí a la romería intentando observar más que tomar partido. La impresión que me quedó fue la de una distancia contenida: no hubo enfrentamientos ni gestos abiertamente hostiles, pero sí sensibilidades diferentes compartiendo la misma celebración y procurando mantener la comunión.
Aquella jornada me ayudó también a comprender que el problema de Torreciudad no puede reducirse únicamente a decidir dónde debe estar la talla. Detrás aparecen cuestiones más amplias sobre autoridad, gobierno, pertenencia, responsabilidad y futuro.
Torreciudad no puede funcionar como una realidad ajena a la Iglesia particular en cuyo territorio se encuentra. Pero integrar tampoco debería significar absorber. El reto parece estar precisamente en integrar sin borrar identidades y conservar una misión propia sin convertirse en una realidad aislada.
Dos paisajes y una misma Virgen
Cuando empecé a preparar esta entrada quería comprender mejor cómo había cambiado Torreciudad desde aquel pequeño santuario sobre el Cinca hasta el gran conjunto que conocemos hoy.
Al hacerlo descubrí que el cambio había sido mucho mayor de lo que imaginaba. Cambió el paisaje con la construcción del embalse de El Grado. Cambió la imagen de la Virgen después de sus restauraciones. Cambió la escala de la devoción con la construcción del nuevo santuario. Y cambió también nuestra forma de mirar la antigua ermita, que durante décadas había quedado casi oculta detrás del Torreciudad moderno.
El conflicto de 2026 volvió a unir todas esas capas de la historia. La antigua ermita recuperó protagonismo, la talla románica regresó durante unas horas al lugar en el que había recibido culto durante siglos y volvió a hacerse visible algo que quizá habíamos olvidado: Torreciudad no empezó en 1975.
Pero tampoco puede entenderse el Torreciudad actual sin lo sucedido desde entonces. El santuario moderno, sus peregrinaciones, sus visitantes y el paisaje creado alrededor del embalse forman ya parte de medio siglo de historia.
Quizá por eso hablar de dos Torreciudad sea sólo una manera de intentar comprenderlos. En realidad son dos paisajes, dos escalas y dos momentos de una misma historia alrededor de una misma Virgen.
Después de conocer mejor esa historia, me resulta difícil imaginar una solución en la que para recuperar una parte de Torreciudad sea necesario hacer desaparecer la otra.
Para seguir recorriendo la historia de Torreciudad
Si quieres profundizar en la relación histórica entre Torreciudad, san Josemaría Escrivá y Barbastro:
➜ Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto
Y si quieres conocer el ejercicio que he realizado sobre una posible salida al conflicto:
➜ Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer
Llegar todavía caminando
Hay algo que, pese a todos estos cambios, permanece: todavía podemos llegar caminando. El recorrido entre Barbastro, El Grado y Torreciudad está hoy mucho mejor señalizado y forma parte del GR 17 Vía Arán-Pirineos.
Desde Barbastro se puede seguir hasta El Grado por el trazado del GR 17 y continuar hacia Torreciudad por el tramo que enlaza El Grado con La Puebla de Castro. Puede consultarse más información en GR 17 - Senderos Turísticos de Aragón.
No se trata sólo de otra forma de llegar al santuario. Caminar permite comprender las distancias, atravesar lentamente el paisaje y aproximarse a Torreciudad de una manera parecida a como lo hicieron durante generaciones quienes acudieron hasta Nuestra Señora de los Ángeles.
Después de hablar de torres, presas, grandes santuarios, conflictos e instituciones, me gusta terminar de la forma más sencilla.
Caminando.
Durante siglos ésa fue la manera de llegar hasta la pequeña ermita. Y quizá recorrer hoy esos caminos siga siendo una de las mejores formas de devolver a Torreciudad su verdadera escala.
Torreciudad en Caminos de Barbastro
Una serie de entradas para recorrer la historia, el paisaje y el conflicto actual de Torreciudad:
-
Torreciudad
Una primera mirada publicada en Caminos de Barbastro en 2015. -
Torreciudad: dos paisajes y una misma Virgen
De la antigua ermita sobre el Cinca al gran santuario junto al embalse. -
Torreciudad desde el Obispado: la historia que empezó antes del gran santuario
La antigua ermita, la Virgen y el nuevo santuario vistos desde la historia y la posición del Obispado de Barbastro-Monzón. -
Torreciudad y Barbastro: una historia compartida antes del conflicto
Los vínculos históricos entre Torreciudad, Barbastro y la diócesis. -
Bolturina y Torreciudad: cuando cambió el camino
Los pueblos, caminos y relaciones humanas que rodeaban a la antigua Torreciudad. -
Torreciudad y Barbastro: un camino de restitución, reconciliación y futuro
Una reflexión sobre el conflicto y la búsqueda de una salida compartida. -
Torreciudad: una solución para que nadie tenga que desaparecer
Una reflexión sobre una posible salida al conflicto preservando las distintas realidades de Torreciudad.
Esta entrada ha sido escrita a partir de la experiencia personal del autor, de la observación directa de la Romería de Vírgenes del 5 de septiembre de 2026 y de fuentes históricas, documentales y periodísticas. La fotografía histórica utilizada en la comparación del paisaje de Torreciudad ha sido coloreada digitalmente para facilitar su interpretación y comparación con la imagen actual. El conflicto permanece abierto, pero esta versión de la entrada busca ofrecer una lectura de conjunto y no un seguimiento diario de la actualidad.
Contenido desarrollado por el autor con el apoyo de herramientas de redacción asistida.
Daniel Vallés Turmo
Septiembre de 2026
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