domingo, 2 de agosto de 2026

Cuando nació el paisaje histórico

3. Cuando nació el paisaje histórico

Cómo unas setenta generaciones transformaron el territorio

Recreación de las termas romanas de Labitolosa
Recreación de las termas romanas de Labitolosa. Hace unas setenta generaciones, las ciudades, los caminos y las explotaciones agrícolas comenzaron a organizar el territorio de una forma desconocida hasta entonces.

Hace unas setenta generaciones, el paisaje comenzó a parecerse al que heredaron nuestros abuelos.

Los primeros agricultores y pastores llevaban miles de años recorriendo y transformando lentamente el Pirineo y el Somontano. Vivían en pequeñas comunidades, seguían senderos marcados por el relieve y apenas modificaban el territorio.

Con Roma comenzó una etapa distinta: las personas dejaron de limitarse a ocupar el paisaje y empezaron a organizarlo como una red de ciudades, caminos, cultivos y mercados.

Hace unas 70 generaciones
Roma Visigodos Al-Ándalus Edad Media
Setenta generaciones construyendo el paisaje histórico

Durante más de mil años, distintas sociedades construyeron ciudades, abrieron campos de cultivo, levantaron iglesias, castillos y puentes, consolidaron caminos y fundaron muchos de los pueblos que todavía existen.

Ninguna generación transformó el territorio por sí sola. Cada una heredó la huella de las anteriores y añadió una nueva capa.

Así nació el paisaje histórico que hoy seguimos recorriendo.

Roma organiza el territorio

Cuando el Somontano y la Ribagorza pasaron a formar parte del mundo romano, el paisaje ya llevaba miles de años habitado.

Los caminos ya existían, los ríos marcaban los mejores lugares para vivir y las montañas condicionaban los desplazamientos. Roma introdujo una nueva manera de organizar ese territorio.

Las ciudades de Labitolosa y Barbotum se convirtieron en centros administrativos y económicos desde los que se organizaban la agricultura, el comercio y las comunicaciones.

A su alrededor se extendieron villas y explotaciones rurales, mientras los antiguos recorridos pasaban a formar parte de una red que enlazaba ciudades, campos y mercados.

El territorio dejaba de ser únicamente un espacio habitado y se convertía en una red organizada.

Roma no inventó los caminos. Transformó antiguos recorridos en una red organizada al servicio de una sociedad cada vez más compleja.

Un paisaje construido por las personas

Las termas de Labitolosa representan mucho más que un edificio romano.

Hablan de una sociedad capaz de levantar obras públicas permanentes, explotar canteras, transportar materiales, mantener caminos y organizar servicios comunes para sus habitantes.

Cada construcción necesitaba piedra, madera, agua y mano de obra. Cada villa requería campos de cultivo y cada camino facilitaba el movimiento de personas y mercancías.

La presencia humana comenzaba a dejar una huella cada vez más visible.

El paisaje empezaba a ser, además de natural, una obra construida por generaciones.

El paisaje sobrevivió a Roma

A partir del siglo V, el Imperio romano fue perdiendo fuerza hasta desaparecer en Occidente.

Muchas ciudades redujeron su actividad y algunas villas fueron abandonadas, pero el territorio no volvió a empezar desde cero.

Los campos continuaron cultivándose, los caminos siguieron utilizándose y muchas comunidades permanecieron en los mismos lugares.

La época visigoda fue un período de cambios, pero también de continuidad.

Durante unas quince generaciones, el paisaje heredado de Roma fue adaptándose lentamente a una nueva realidad política y social.

Las civilizaciones cambiaban, pero el territorio conservaba la memoria de quienes lo habían habitado y transformado antes.

Lauda funeraria hallada en Barbotum, Monte Cillas
Lauda funeraria de Barbotum (Monte Cillas), fechada hacia el siglo IV. Mientras cambiaban los poderes políticos, las comunidades seguían viviendo en el territorio. El paisaje conservaba la huella de las generaciones anteriores.

Al-Ándalus introduce una nueva forma de organizar el territorio

A comienzos del siglo VIII, el Somontano y buena parte del valle del Ebro pasaron a formar parte de Al-Ándalus.

El territorio quedó integrado en una extensa red que comunicaba el valle del Ebro con el resto de la península y con los pasos pirenaicos.

Barbastro nació como una fortificación andalusí levantada para controlar el territorio. A su alrededor fue creciendo una medina y una huerta estrechamente ligada al aprovechamiento del agua, elemento esencial desde el origen de la ciudad.

Su posición reforzó el valor de los caminos comerciales, administrativos y militares que comunicaban el valle del Ebro con los pasos pirenaicos. Otros recorridos continuaron siguiendo los mismos corredores naturales utilizados desde la Prehistoria.

Tras la conquista cristiana, Barbastro consolidó su importancia política, religiosa y territorial, aumentando su influencia sobre el Somontano y las comarcas vecinas. Cambiaron los poderes y las formas de administrar el espacio, pero la ciudad, la huerta, los caminos, los ríos y las montañas siguieron organizando la vida del territorio.

El paisaje volvía a transformarse, pero conservaba las capas construidas por las generaciones anteriores.

La gran expansión medieval

A partir del siglo XI comenzó una etapa decisiva.

Los reinos cristianos fueron incorporando progresivamente estas tierras y la población empezó a crecer.

Este crecimiento coincidió con un período de clima relativamente favorable, conocido como el Periodo Cálido Medieval.

La combinación de una población creciente y unas condiciones climáticas generalmente benignas aceleró la transformación del territorio.

Los bosques retrocedieron para dejar espacio a nuevos cultivos. Se fundaron pueblos, los monasterios impulsaron la ocupación de nuevas tierras y los castillos protegieron los pasos estratégicos.

La ganadería se expandió por las sierras, la trashumancia conectó el Pirineo con las tierras bajas y los caminos enlazaron pueblos, mercados, puentes, hospitales, monasterios y ciudades.

Muchos de los recorridos históricos que todavía seguimos hoy nacieron o alcanzaron entonces su mayor desarrollo.

El crecimiento de la población y un clima favorable transformaron el paisaje con una intensidad desconocida hasta entonces.

El paisaje que heredamos

Al finalizar la Edad Media, el territorio ya empezaba a parecerse al que conocerían muchas generaciones posteriores.

Los pueblos ocupaban prácticamente los mismos lugares y los grandes caminos históricos estaban consolidados.

Las terrazas agrícolas modelaban las laderas, los puentes y las barcas permitían atravesar los ríos, las iglesias marcaban el centro de las comunidades y las sierras estaban recorridas por caminos ganaderos.

Tras unas setenta generaciones de transformaciones, el paisaje había adquirido una estructura que permanecería reconocible durante siglos.

Roda de Isábena y puente medieval sobre el río Isábena
Roda de Isábena y el puente medieval sobre el río Isábena. El puente, el camino, los campos y el núcleo elevado resumen un paisaje construido durante generaciones y todavía plenamente reconocible.

No heredamos el paisaje de una sola civilización. Lo heredamos de muchas generaciones que fueron añadiendo una nueva capa sobre la anterior.

Todavía quedaba un nuevo cambio

Durante siglos, aquel paisaje pareció haber alcanzado un cierto equilibrio. Los pueblos, los campos, los caminos y los puentes ya formaban una estructura reconocible.

Pero el clima todavía tenía reservada una nueva transformación.

A partir del final de la Edad Media, las condiciones comenzaron a cambiar.

Los inviernos se hicieron más largos y fríos. Los glaciares crecieron de nuevo. Los ríos modificaron su comportamiento y muchas comunidades tuvieron que adaptarse otra vez.

El paisaje construido durante siglos tendría que enfrentarse a una nueva etapa: la Pequeña Edad del Hielo.

Ese será el siguiente paso de nuestro viaje.

📍 Visita recomendada

Para comprender cómo Roma organizó y transformó el territorio de la Ribagorza, merece la pena visitar los restos de la antigua ciudad de Labitolosa.

🚗 Ciudad romana de Labitolosa

Se puede llegar en coche hasta las proximidades del yacimiento, situado junto a La Puebla de Castro. Labitolosa permite descubrir cómo era una pequeña ciudad romana del interior, alejada de las grandes capitales del Imperio, pero plenamente integrada en su organización política, económica y cultural.

Sus edificios públicos, las termas, las inscripciones y la disposición urbana muestran cómo Roma creó nuevos centros de poder y comunicación en un territorio hasta entonces organizado principalmente en pequeños asentamientos rurales.

Desde el yacimiento también se comprende la importancia de su emplazamiento: una posición elevada desde la que se dominaban el valle del Ésera, las tierras agrícolas y las vías que comunicaban el Somontano con la Ribagorza y el Pirineo.

Labitolosa permite ver cómo Roma convirtió el territorio en una red de ciudades, caminos y espacios organizados.

Descubrir Labitolosa

Para seguir descubriendo

Las ciudades romanas, los restos visigodos y los caminos históricos permiten comprender cómo cada generación fue añadiendo una nueva capa al paisaje.

🏛️ El Somontano romano

Un recorrido por las ciudades, villas y caminos con los que Roma comenzó a organizar el territorio.

Descubrir el Somontano romano

📖 Nuestra época visigoda

Una etapa poco conocida, pero fundamental para comprender la continuidad entre el mundo romano y Al-Ándalus.

Conocer nuestra época visigoda

📍 Labitolosa

La antigua ciudad romana permite comprender cómo era la vida en este territorio hace unas setenta generaciones.

Descubrir Labitolosa

🥾 El Camino de San Ramón

Un recorrido histórico que muestra cómo los caminos aprovecharon los corredores naturales utilizados durante generaciones.

Recorrer el Camino de San Ramón

Continúa el viaje por El camino del clima

Este capítulo forma parte de una serie de cinco recorridos para comprender cómo el clima y las personas han construido el paisaje del Pirineo y el Somontano.