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martes, 5 de agosto de 2025

Caminos del abandono: una historia de familia y despoblación en el Alto Aragón

El silencio que deja el abandono

Portada trabajo de la toponimia de Sarsa de Surta, 1985

Hay caminos que ya no llevan a ningún sitio. O, mejor dicho, que solo llevan al pasado. Caminos cubiertos de hierba, de olvido y de recuerdos. Algunos los recorrí con mi padre, otros solo. Todos llevan a lo mismo: a la despoblación del Alto Aragón, esa herida callada que marcó a tantas familias, incluida la mía. Seguro que fueron el desencadenante para que en el año 2012 comenzara el blog Caminos de Barbastro con el objetivo inicial de andar la historia.

La mirada del investigador

Desde que estuve en la universidad en Huesca, de 1984 a 1986,  he sentido una profunda fascinación por los pueblos abandonados. Gracias a una beca de investigación de la Diputación Provincial de Huesca, pude dedicarme a recuperar la toponimia de esas localidades vacías, especialmente de La Solana, cerca de Boltaña. Con la ayuda de fotografías aéreas y la memoria de antiguos vecinos, fui reconstruyendo los nombres de fincas, barrancos y caminos que ya no estaban en los mapas, pero que seguían vivos en la memoria oral. Ese trabajo fue un repulsivo para lo que vino después.

Fotografía aérea del vuelo de 1965

Uno de los momentos más significativos fue acompañar a mi padre a Sarsa de Surta en el año 1985. El pueblo ya estaba deshabitado. Recorrimos sus calles en silencio mientras él me señalaba cada rincón, cada nombre, cada historia. Aquella caminata fue también un acto de recuperación simbólica: darle voz al territorio mudo. Hice una entrada en el blog: El camino del abandono (Sarsa de Surta) En ella, aparece la toponimia que me dijo mi padre.

Casa Juan Vallés de Sarsa de Surta

Siete hermanos, siete caminos

La historia de los hermanos de mi madre refleja ese proceso de emigración rural que vivieron miles de familias en el Alto Aragón. Ellos fueron siete: Antonio, José María, Amparo, Margarita, Consuelo, Emilio y María Teresa. Ver entrada: Siete hermanos y un éxodo: historia de la despoblación del Alto Aragón.

Antonio, el mayor, fue el heredero y se quedó en Labuerda. José María se casó en Serraduy. Amparo, mi madre, se trasladó a Barbastro. Margarita emigró a Barcelona. Consuelo se fue a Binéfar. Emilio terminó en Palma de Mallorca y acabó sus últimos años con sus hermanas en Barcelona. María Teresa abrió una peluquería en Santa Coloma de Gramenet y acabó tras la jubilación en Jaca.

Detrás de cada decisión de mudanza, hay una historia de necesidad, de aspiración, de ruptura con el entorno rural. Esta dispersión geográfica fue también un reflejo del éxodo rural que vació nuestras comarcas.

El contexto: una despoblación estructural

Durante el siglo XX, Aragón vivió uno de los procesos de despoblación más intensos de España. En 1900, la comunidad tenía algo más de 900.000 habitantes. Entre 1950 y 1980, más de 300 municipios aragoneses perdieron la mitad o más de su población. Las causas: mecanización del campo, falta de servicios, centralización industrial. Las consecuencias: ruptura familiar, abandono de formas de vida, desaparición de pueblos.

Raíces invisibles

A menudo percibo en las nuevas generaciones un desapego hacia el pasado. En un mundo digital y veloz, detenerse a escuchar historias antiguas parece un lujo. Pero cuanto más difícil es el presente, más necesaria es la memoria. No para idealizar, sino para entender. Porque en las raíces hay también sentido de comunidad, resistencia y dignidad.

Contar el pasado es un acto de cuidado. Es decir: “esto también es tuyo”. Aunque no se vea, hay raíces que siguen vivas bajo tierra. Basta con recordarlas para que puedan volver a dar fruto. Aunque, ahora, veo que quizás sea una batalla perdida por la tremenda inundación de información que hace que nos desborde y seamos incapaces de asimilarla.

Cien años después

María Teresa, la hermana menor, nació hace ya más de cien años. Entre su generación y la nuestra hay tres eslabones: sus hijos, sus nietos y sus bisnietos. Hoy, recordar su historia es una forma de conectar con una sensibilidad distinta, con un mundo en el que el duelo, la fe y el silencio ocupaban el lugar que ahora llenan las pantallas y la inmediatez.

Mensaje a los jóvenes

Nuestro abuelo Antonio Turmo Turno nació en 1890. Su mujer María, en 1900. Hoy, más de un siglo después, es difícil para nuestros hijos y nietos imaginar un mundo sin electricidad, sin agua corriente, sin coche ni internet. Pero aunque cambie el escenario, hay algo que permanece: el arraigo, la familia, el valor del esfuerzo. Esa es la herencia que debemos saber escuchar. Pero, temo que hayan cambiado, también, las creencias que nos unían.

🔮 Miedo al futuro

Con lo que escucho a mi alrededor, confieso que siento miedo al futuro. Hay una sensación de vértigo, como si estuviéramos reviviendo, bajo nuevas formas, los temores que marcaron el siglo XX. El modernismo ha dado paso a una especie de posdemortismo que está deviniendo en una mezcla de distopía, cinismo y resignación— en la que pareciera que todo vale, pero nada importa.

A veces me pregunto si no estamos regresando, peligrosamente, a los años 30 del siglo pasado. Entonces surgieron los fascismos; hoy crecen las nuevas extremas derechas, alimentadas por el miedo, la desconfianza y una nostalgia mal entendida.

Y, sin embargo, ahora lo hacemos con toda la información al alcance de la mano. Internet nos permite saberlo todo, contrastarlo todo, acceder a todos los datos. Pero eso no garantiza que pensemos. Al contrario: en este contexto, cada vez me parece más actual el título de Erich Fromm: El miedo a la libertad.

Porque sí, hay miedo. Y porque muchas veces ese miedo se traduce en una renuncia a pensar, a decidir por uno mismo. Se sustituye el pensamiento por el eslogan, la duda por el dogma, la reflexión por el refugio en unos valores “tradicionales” que no ofrecen soluciones reales, sino seguridad emocional.

Hoy las personas parecen ser más fieles a sus creencias que a la información. Y eso, en una era donde la información abunda pero la reflexión escasea, puede ser profundamente peligroso. Por eso repito —casi como un lema personal—: pensar es necesario. No solo útil, no solo recomendable.

Ojalá esta historia familiar sirva para mirar con más calma lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. Porque el futuro también se escribe con memoria. Y porque cada vez que recorremos un camino del abandono, también estamos recuperando un pedazo de nosotros mismos.

🏞️ Estado de la despoblación en la provincia de Huesca

La provincia de Huesca tiene uno de los paisajes más afectados por el éxodo rural en toda España. Según diversas fuentes, hay actualmente alrededor de 320 núcleos o pueblos deshabitados. Muchos de ellos han quedado reducidos a ruinas, estructuras aisladas o simplemente han desaparecido de los mapas.

Investigadores como Cristian Laglera y Adolfo Castán han documentado este fenómeno en libros como Imágenes de un tiempo, donde recopilan más de 300 pueblos y aldeas abandonadas, especialmente entre los valles del Sobrarbe, Ribagorza y Alto Gállego. Esta documentación muestra cómo, a lo largo del siglo XX, gran parte del territorio altoaragonés fue perdiendo población hasta quedar vacío.

Algunos ejemplos de pueblos despoblados en la provincia:

  • Búbal, desalojado en los años 60 por la construcción del embalse. Se ha reconstruido parte de la zona no inundada desde el año 1984.

  • Acín, en la Garcipollera, expropiado y hoy en ruinas.

  • Lasaosa, abandonado en los años 70, con algunas casas recientemente reconstruidas.

  • Susín, Escartín, El Sarrato, Cillas… nombres que suenan a pasado, pero que aún guardan memoria en sus piedras.

A pesar de todo, la provincia no ha dejado de cambiar. Según el Instituto Nacional de Estadística, en enero de 2024, la población total de Huesca era de 228.634 habitantes, con un ligero crecimiento en núcleos urbanos como Huesca capital, Barbastro y Monzón. Sin embargo, el mundo rural sigue perdiendo presencia, lo que mantiene el desequilibrio entre ciudad y territorio.

Este contraste —entre los pueblos que desaparecen y las ciudades que crecen— es precisamente el contexto que da sentido a esta reflexión. Porque contar lo que fue, lo que se vació, lo que aún queda, también es una forma de resistir al olvido.

🥾 Caminando por el silencio: la ruta de Muro de Roda y el despoblado de Ministerio

Una de las formas más directas y conmovedoras de comprender la despoblación es caminar por ella. En el año 2014 realicé una ruta circular que parte desde Muro de Roda, un impresionante conjunto fortificado que domina el valle, y desciende hasta el despoblado de Ministerio, antes de regresar al punto de inicio.

Mapa de la ruta circular desde Muro de Roda hasta el despoblado de Ministerio, en el Sobrarbe. Un recorrido por el vacío que aún habita en el paisaje

Hoy, Ministerio está completamente deshabitado. Apenas quedan restos visibles: algunas piedras sueltas, ruinas invadidas por la vegetación, un paisaje que parece haber sido tragado por el tiempo. Pero al caminar por allí, uno puede intuir la vida que hubo, los pasos que se daban, las voces que llenaron esas laderas.

Esta ruta no es solo un ejercicio físico. Es una travesía simbólica por la memoria del Alto Aragón: cada curva del sendero, cada casa hundida, cada rincón olvidado nos habla de un pasado reciente que se desvanece, y del que apenas quedan huellas.

Ministerio

He contado esta experiencia en una entrada de 2014, que puedes leer aquí y hacer la ruta:

👉 Muro de Roda y el despoblado de Ministerio

Contenido desarrollado por el autor con el apoyo de herramientas de redacción asistida.

Daniel Vallés Turmo

Agosto de 2025

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